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Soy español, español, español.

11 agosto, 2013

Orgullo no es una palabra que me produzca mucho entusiasmo, pero tomada en su mejor acepción, en la más alejada de soberbia o vanidad, la verdad es que yo me siento orgulloso de ser español; y si fuera francés también me sentiría orgulloso, o alemán, o británico. Mis amigos repararon pronto en que me siento muy orgulloso de mis padres, como ellos se sienten orgullosos de los suyos. También me siento afortunado, porque ni a los padres ni a la patria los elegimos nosotros; aunque reconozco que hay otras muchas patrias y otros muchos padres de los que me sentiría orgulloso, de haberme tocado en la lotería de la vida. Todos no, pero muchos sí.

Generalmente el orgullo se manifiesta como consecuencia de algún acto o de alguna proeza que nos resultan particularmente llamativos o edificantes. Cuando hablábamos de nuestros padres mis amigos de la juventud y yo, me mostraba orgulloso por el coraje que tuvieron los míos cuando emigraron a Alemania, de su vida esforzada, de su tolerancia y amplitud de miras, de su capacidad de aceptar los cambios del mundo y de su apuesta por esos cambios. Es verdad que podría haber mostrado mi orgullo, y con razón, por las tortillas a la francesa que me preparaba mi madre, pero por algún motivo no se me ocurría presumir de eso. He de decir, seguro que injustamente, que ni me pongo solemne, ni se me saltan las lágrimas, cuando mi madre me hace una de sus magníficas tortillas (ella lo comprende).

En el caso de España casi podría aducir las mismas razones que respecto a mis padres, patria y padres son dos conceptos que están bastante más emparentados que en el nombre. Por eso hace unos días me llamó la atención cuando, con motivo del accidente ferroviario, vi publicada una frase de un famoso escritor lamentándose de que los españoles solo sacamos el orgullo nacional cuando ocurren grandes desgracias o cuando gana la roja. Pensé: son ganas de arruinar el clima del que dice sentirse orgulloso.

Las personas, las familias, mostramos nuestra solidaridad, nuestros mejores valores, cuando es oportuno y necesario. Si un tío se nos muere, o una prima tiene un hijo, toda la familia va al entierro o desfila por la maternidad. No quiero pensar cuáles serían nuestros sentimientos si cada día del año aparecieran todos nuestros tíos y primos por casa para manifestarnos su solidaridad familiar, porque sería señal de que nuestra vida sería muy complicada, con grandes acontecimientos diarios, o nuestros familiares unos pelmazos.

Los orgullos, en el sentido de autoestima, y las identidades colectivas, son objetos necesarios pero peligrosos. No conviene abusar de ellos todos los días. Cuando pienso en España me acuerdo del refrán que dice que no nos mande Dios todo lo que somos capaces de soportar. Somos un gran país, pero espero que tengamos que demostrarlo poco. En todo caso, que lo demostremos cada día en la arquitectura de la terminal del aeropuerto, en la puntualidad del AVE, o en la calidad de nuestros servicios públicos, pero en nada que provoque lágrimas.

Publicado en el diario SUR el 11 de agosto de 2013

One Comment
  1. 12 agosto, 2013 18:43

    Lo de ser español, es una accidentalidad, por tanto no tiene valor alguno. Podíamos ser franceses o etíopes. Se debe estar orgulloso, cuando se hacen las cosas bien y sobre todo pensando en los demás. El problema es que algunos se sienten orgullos, con cosas y situaciones nímias, para así tapar la mala baba de sus actuaciones.

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