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La virtud de la norma y la norma de la virtud

9 junio, 2013

Estados Unidos es una democracia, Alemania, Gran Bretaña, son democracias; como lo son Suecia, Dinamarca, Francia, Grecia, Portugal, Italia, España, Irlanda, Holanda o Noruega. Cada uno de esos países tiene una arquitectura institucional diferente: unos son repúblicas presidencialistas, otros monarquías parlamentarias; unos tienen parlamentos bicamerales, otros unicamerales; unos tienen sistemas electorales mayoritarios, otros proporcionales; unos tienen distritos electorales uninominales, otros plurinominales; elecciones a dos vueltas y a una; listas abiertas y cerradas. A pesar de las diferencias tan profundas en su organización política, todos esos países son democracias.

Casi todos coincidiríamos en la idea de que una sociedad es democrática cuando hay un gobierno que nace de unas elecciones libres, en la que existen ciertas libertades como la de reunión y manifestación, o la libertad de prensa, y en la que se puede criticar duramente al gobierno sin que a uno lo metan en la cárcel. Más allá de su diseño institucional específico, lo que convierte a una sociedad en una democracia son los comportamientos reales de la gente: que voten, que acudan a las manifestaciones, que se presenten a las elecciones, que escriban artículos críticos o participen en tertulias.

Muchos han puesto sus esperanzas de mejora democrática de nuestros partidos en la modificación de sus estatutos. Me gustaría, no obstante, contar algo que, ya en el año 2000, un experto jurista, Jesús «Chechu» González Amuchastegui, compañero y amigo prematuramente fallecido, me dijo después de examinar con mirada experta los estatutos del partido socialista: «nuestros estatutos son democráticos, el problema es que no siempre se cumplen».

Han ocurrido y ocurrirán más casos, pero los dos que siguen los viví de cerca. Al final de los noventa, antes de un congreso provincial, llamaron «desde arriba» a mi compañero y amigo Antonio Fernández Poyato para que no se presentara a la secretaría general de Córdoba, pero Antonio se presentó. Viví, también muy de cerca, cómo le dijeron a Tomás Gómez que renunciara a presentarse, pero tampoco él se allanó. La opinión de arriba era legítima y no era cualquier opinión, bien lo sabían ellos al desafiarla; pero ambos, como otros igual que ellos, hicieron valer, con su coraje, su derecho a presentarse y el de sus compañeros a elegir.

A José Luis Rodríguez Zapatero le dijeron que el 35 Congreso sería a una vuelta, cuando todos sabíamos que a dos vueltas le sería más favorable. Zapatero aceptó sin discutir el sistema de elección que hacía más difícil su victoria, dispuesto a competir y ganar bajo cualquier norma, con tal de que fuera democrática.

El antiguo ideal republicano cívico da gran importancia a la ley, pero también considera esencial la virtud. Para empezar, esa virtud política primordial que es la valentía. Me parece que avanzaremos más en la democracia interna de los partidos asumiendo el riesgo de la libertad que esperando a que un cambio estatutario nos ahorre el trabajo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 9 de junio de 2013

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