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Lo que no tiene nombre

20 enero, 2013

No hace mucho, y sin otro motivo que haber expresado una opinión en defensa de la honestidad de sus compañeros, un diputado recibía un pequeño chaparrón de críticas en ciertos medios digitales. Cuenta Elías Canetti en Masa y Poder que la masa de acoso crece rápidamente porque participar en ella no conlleva ningún riesgo; la desproporción entre acosadores y acosado es tan grande que la víctima no tiene ninguna posibilidad de repeler la agresión. Así que en su deseo de no perder la oportunidad de darle una bofetada a aquel diputado, un periodista de un medio digital le dedicó un artículo en el que califica al diputado de parlamentario anónimo, para seguidamente llamarlo por su nombre y apellidos. Obviamente el escritor del artículo quería decir que el diputado objeto de sus atenciones no es un político famoso para el gran público, pero en lugar de usar la palabra desconocido, usó erróneamente la palabra anónimo. Lo más paradójico del asunto, es que el artículo no estaba firmado por nadie. Así que resulta que el anónimo era el columnista, y no el diputado que, aunque poco conocido, tiene nombre.

Siempre he desconfiado de lo que no tiene nombre. Desconfío cuando alguien dice “se ha decidido que tienes que hacer tal cosa o tal otra”. Uno tiene derecho a saber quién ha tomado la decisión, tiene incluso la obligación de saber si quien la ha tomado tiene legitimidad para ello y si asume la responsabilidad de la misma, es decir, si está dispuesto a afrontar las consecuencias que se deriven de su decisión. Así que cuando alguien usa el impersonal «se ha decidido», no puedo evitar pensar que algo no está bien en lo que me piden que haga. La trazabilidad de los alimentos se ha convertido en una garantía de su calidad, y creo que lo mismo cabe exigir de las decisiones o las opiniones. Uno no debe tragarse algo que no viene convenientemente etiquetado con su procedencia.

Es verdad que todos tenemos derecho a la privacidad, pero ese derecho es un derecho para nuestra vida privada. Cuando un griego clásico traspasaba el dintel de la puerta de su casa, sabía que a partir de ese punto era un hombre público, alguien para quien su nombre, su identidad, su fama, eran su pasaporte. No es fácil imaginar a la asamblea ateniense tomando en consideración las propuestas políticas de un ciudadano oculto bajo una capucha. Ciertamente, uno podría pensar que el velo de la ignorancia es una garantía de imparcialidad, y que la verdad es la verdad la diga Agamenón o su porquero, pero como bien nos enseñó Antonio Machado, Agamenón y su porquero no tenían la misma opinión sobre el asunto.

El teorema de Pitágoras no tiene nada que ver con el comportamiento cívico de la persona que lo demuestra en la pizarra, así es la ciencia; pero la política es el reino de la opinión y se funciona a crédito, y el crédito es personal. Por eso creo que en nuestra democracia mediática el anonimato está sobrevalorado. Si Polifemo hubiera sido más astuto que Ulises nunca le hubiera dado crédito a Nadie.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 20 de enero de 2013

2 comentarios
  1. 20 enero, 2013 18:45

    Aunque no estoy de acuerdo, el anonimato es una opción y por tanto hay que aceptarla aunque no me guste. Lo malo,es que suele utilizarse mal, hay pocas loas anónimas.Suele emplearse para soltar la mala baba, sin fundamento.Es como el difama que algo queda. Ahora que el PP tiene un gran problema que nos afecta a todos, una de sus gachís, sale con las fortunas de otros.Siempre aparece la mala baba,

  2. 24 enero, 2013 19:18

    Buenas tardes….Ante todo felicitarte por tu gran labor, por tus escritos en éste blog que sigo con especial interés. No puedo dejar de enviarte nuestro especial cariño y admiración, sobre todo hoy, que “Mi cocina” es también “Tu cocina”.
    Un fuerte abrazo http://micocinacarmenrosa.blogspot.com.es/2013/01/normal-0-21-false-false-false-es-x-none.html

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