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Cuento de Reyes

6 enero, 2013

Aquel año los Reyes Magos me trajeron una gran caja de piezas de Lego. No creo que ningún niño de Yunquera tuviera otra igual. Según me contó mi abuela, los Reyes me la habían traído desde Alemania, precisamente el mismo país al que habían emigrado mis padres. Jugué con aquellas piezas durante todo el día, construí una casa y la desmonté para hacer un avión, un coche y, finalmente, un elefante. Al llegar la noche deshice el elefante y metí las piezas en la caja. Al día siguiente la caja había desaparecido. Le pedí a mi abuela que me ayudara a encontrarla, y la buscamos infructuosamente durante días, pero no apareció.

Un año más tarde los Reyes Magos me volvieron a traer la misma caja de Lego, no una igual, sino la misma del año anterior. Fui feliz ese día, y bastante infeliz durante las semanas siguientes, pues la caja volvió a desaparecer misteriosamente. El suceso ocurrió una tercera vez. Así que después de jugar con las piezas del Lego durante todo el día de Reyes, a la mañana siguiente me vi condenado a apelar a la generosidad de mi primo para jugar con unas canicas preciosas que los Reyes Magos le habían traído de Francia, precisamente el mismo país al que había emigrado su padre.

Durante un tiempo reflexioné sobre el misterioso comportamiento de aquella caja de piezas de Lego. Con la caja ocurría en el día de Reyes como con mis padres algunos veranos. Venían de Alemania, pasaba con ellos unos días felices y una mañana, al despertar, ya no estaban. Se ve, pensaba yo, que las cosas que vienen de Alemania son así. Te hacen feliz un día, y luego desaparecen y te dejan triste mucho tiempo. Con Francia las cosas eran distintas, pues aunque mi tío también se volvía a aquel país, lo cierto es que las canicas de mi primo no desaparecían, al menos no todas de golpe como le ocurría a mis piezas de Lego.

Un día mis padres regresaron a España para siempre, y poco tiempo después encontré en lo más alto de una alacena de casa de mi abuela la caja de Lego. Me la llevé a casa y ya no volvió a desaparecer. Treinta años después los Reyes le regalaron una gran caja de Lego a mi hijo, y yo le di mi caja, que ahora parecía mucho más pequeña, para que sumara mis piezas a las suyas. Hace un par de años mi hijo le regaló todas sus piezas de Lego a mi sobrino, que las unió a las suyas.

Mezcladas con las piezas de mi sobrino y de mi hijo, están aquellas que los Reyes me trajeron en las navidades del año 1964, y en las del 65, y en las del 66. Afortunadamente, una vez mezcladas, ya no hay forma de distinguirlas. Cuando pienso en esas piezas abrigo la esperanza de que los malos tiempos no nos harán peores.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el día 6 de enero de 2013

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