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Después de Newtown

16 diciembre, 2012

Decía Theodor W. Adorno que escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie. Escribo la columna de esta semana apenas un par de horas después de haber leído la noticia de la matanza de 27 personas, la mayor parte niños de entre 5 y 10 años, en un colegio de Newtown, en Estados Unidos, y creo que sé a lo que se refería Adorno. Después del horror de una matanza de inocentes resulta cruelmente pretencioso recordarle nuestra humanidad a nadie mediante la poesía o la escritura en general.

En algún lugar leí que lo único que Dios puede alegar como eximente es que no existe. Pues bien, después de algunas monstruosidades como la ocurrida en el colegio de Newtown, lo mejor que podemos argumentar a nuestro favor los seres humanos es que en realidad no somos humanos, que cuando reivindicamos esa condición exageramos bastante, que no nos juzguen bajo un prisma tan exigente. Y sin embargo, y porque somos humanos, los seres humanos seguimos escribiendo poesía después de cada ignominia, y hacemos literatura, y cine, y música, y seguimos haciendo política.

Para muchas personas, para mí mismo, resultará incomprensible que hoy mismo no se prohíba la venta de armas en Estados Unidos. Nos costará entender que, ante la evidencia absoluta de la muerte, ante el dolor insoportable de unos padres cuyas vidas también han sido destruidas para siempre, haya personas que se enreden en un debate sobre la segunda enmienda a la Constitución de Estados Unidos y el derecho a portar armas. Pues bien, si tomamos en consideración los antecedentes, esto es lo que va a ocurrir después de Newtown: habrá un debate social que llegará a los órganos de representación política y, en el mejor de los casos, después de muchas peripecias, se prohibirá determinado tipo de armas, pero no otras, y desde luego no todas. Cuando nos ponemos en el lugar de los padres de esos niños, cuando sufrimos su pasión, entonces el debate político nos resulta tan insoportable como un acto de barbarie.

La compasión nos permite sentir con el otro, nos pone en el lugar del otro. Dice Hannah Arendt que generalmente la compasión no se propone cambiar el mundo, sino aliviar el dolor del que sufre, pero que si decide cambiar el mundo «evitará el largo y fatigoso proceso de persuasión, negociación y compromiso en que consiste el procedimiento legal y político» y reivindicará «una acción expeditiva y directa, esto es, una acción con los instrumentos de la violencia». La compasión, a diferencia de la piedad, carece de elocuencia, apenas se puede expresar con palabras. Por eso, porque es difícil expresarla con palabras y porque puede incitar a la violencia, la compasión está reñida con la política. Dice Arendt que Rousseau introdujo la compasión en la teoría política, y que Robespierre la llevo a la calle.

La compasión es una explosión que silencia todo, la poesía, el arte, la política, para que se escuche el dolor del que sufre. Pero el silencio y la violencia no construyen instituciones duraderas; por eso, a pesar de todo, los seres humanos, después del grito de dolor, volvemos a las palabras.

Publicado en SUR el 16 de diciembre de 2012

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