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Licencia para odiar

18 noviembre, 2012

Ocurre a veces. El jueves pasado salía del Congreso por la puerta de Cedaceros, y al llegar a la esquina de la calle Ventura de la Vega con la Carrera de San Jerónimo me crucé con una pareja de personas mayores. El hombre señalaba al edificio del Congreso y gritaba «aquí están los mayores ladrones de España», mientras la mujer trataba de reprimirlo diciéndole «habla más bajo que te van a oír». Estuve por decirle «señora, déjelo que se desahogue; además, ¿no se da cuenta de que está tratando de impresionarla?», pero pensé que iba a añadir todavía más confusión a la escena, y ya estamos todos bastante confusos.

El hecho trajo a mi memoria un libro del sociólogo Zygmunt Bauman, titulado En busca de la política, en el que cuenta los sucesos ocurridos en tres ciudades inglesas con motivo de la imprecisa publicación de la noticia de que un famoso pedófilo había salido de la cárcel. Al parecer una multitud de personas muy irritadas llegaron a sitiar un cuartel de la policía creyendo que allí custodiaban al pederasta. Dice Bauman que la ignorancia de estas personas «acerca de los hechos y detalles del asunto era solamente superada por la determinación de hacer algo al respecto y que lo que hicieran fuera advertido».

Bauman cuenta que una inteligente periodista del Guardian dio con la explicación: «lo que verdaderamente ofrece el pederasta, en cualquier parte, es la rara oportunidad de odiar realmente a alguien, de manera audible y pública, y con absoluta impunidad (…) un gesto contra el pedófilo define que uno es decente. Solo quedan muy pocos grupos humanos que uno pueda odiar sin perder respetabilidad. Los pedófilos constituyen uno de ellos». Y los políticos, se podría añadir. En las cárceles, hasta los criminales más abyectos se sienten mejores que los pederastas, y en ocasiones los golpean hasta matarlos para demostrar que son moralmente mejores. Y así limpian su imagen a la par que satisfacen su verdadera naturaleza.

Dice Bauman que, en el mundo contemporáneo, el dolor y sus causas están fragmentados y dispersos, como lo están las personas, aisladas en sus problemas, y que las únicas comunidades que pueden edificar los solitarios «son aquellas construidas a partir del miedo, la sospecha y el odio». La crisis está rompiendo muchas redes, laborales, de solidaridad, de organización social, y cada vez hay más persona solas con sus problemas. En ese caldo algunos cultivan el odio.

Hoy, el banquero que dio hipotecas a sabiendas de que no podrían ser devueltas, el constructor que compró una televisión local para desestabilizar al alcalde y poner otro más dócil, el periodista que le hizo el trabajo, los que nunca han pagado sus impuestos, algunos políticos oportunistas, y hasta los pederastas, se mezclan con las personas que gritan legítimamente su dolor por haber perdido su casa o su empleo, y gritan sus insultos contra todos los políticos, contra todos sin distinción. Y así limpian su imagen a la par que satisfacen su verdadera naturaleza.

Publicado en SUR el 18 de noviembre de 2012

Los derechos del dolor

Aceptamos que la enfermedad y el sufrimiento son razones legítimas para relajar las exigencias sociales y personales a las que debemos someternos normalmente. En nuestra infancia las madres decían un refrán: «no siento que mi niño enfermara, sino las gachitas que le quedaran». Léase caprichitos donde dice gachitas. Disculpamos la respuesta desabrida del amigo con jaqueca o dolor de muelas; entendemos la insistencia, rayana en la descortesía, en rehusar nuestras invitaciones y cuidados de quienes han sufrido una gran pérdida. Comprendemos y respetamos su duelo.

En nuestra sociedad hay ahora mucho dolor. Un sufrimiento que ya no esperábamos, pero que muchos conocíamos. Hace un par de años que crucé la frontera del medio siglo. Muchas personas de mi edad o mayores que yo podrían citar las palabras del robot replicante Roy Batty, encarnado por Rutger Hauer en Blade Runner: «yo he visto cosas que vosotros no creeríais». Vimos una dictadura, toda ella corrupta de arriba abajo; vimos caer bajo las balas de la policía a compañeros de Facultad; vimos un Estado centralista alejado de la realidad de los territorios y de las personas; vimos el paro sin ningún tipo de protección social; vimos a millones de personas abandonar el país para ir a trabajar, sin estudios, sin papeles; vimos la pobreza, la digna y la indigna; vimos la falta de enseñanza, de sanidad, de pensiones; vimos y vivimos muchas cosas.

No solo sabemos cómo son las cosas; sabemos qué se siente. Comprendemos que algunas reacciones deben ser disculpadas porque nacen de un dolor insoportable. Sin embargo, los seres humanos también valoramos la manera como afrontan las personas su dolor. Y de igual modo que comprendemos a quien se quiebra, admiramos a quienes soportan el sufrimiento con entereza, sin romperse.

En estos tiempos de sufrimiento para muchos, España se está llenando de oportunistas y plañideras profesionales, gente que, con la billetera llena, ocupa las tribunas políticas y mediáticas, y grita un dolor y una rabia postizos. Sin el pudor, ni la vergüenza de quien mide su dignidad en la capacidad de controlar su dolor, esa gente cree que el dolor ajeno les da derecho a mentir sobre la realidad económica o política; a no meditar lo que dicen o escriben; a extender la ira que ciega la inteligencia de las personas; a acusar y juzgar sumariamente sin informarse. Gente que azuza a la masa de acoso contra los representantes elegidos por los propios ciudadanos, sin distinción, en un juicio sumario y colectivo. Los políticos dicen, para no decir los representantes, para no decir la democracia. Todo eso lo hacen con la coartada del sufrimiento de la gente, de una gente que es más fuerte que ellos, más serena, más sensata, de gente que sabe que el dolor no es una excusa para la vileza. No es probable que consigan sus objetivos políticos, pero es seguro que se están poniendo perdidos de gachas. Tan duros en la berrea y tan blandos en la pelea de la vida.

Publicado en SUR el 12 de agosto de 2012

3 comentarios
  1. Pedro Quintero permalink
    18 noviembre, 2012 14:31

    Estoy de acuerdo en que en la actualidad vivmos en un mundo en que los verdaderos centros de poder estan fuera de toda critica y conocimiento publicos. Y que ademas todos los que detentan realmente este poder son los causantes de nuestros males , incluso estoy de acuerdo en que los ciudadanos tambien somos en gran medida responsables. Pero creo sinceramente que los dirigentes politicos no han sabido ejercer su labor con eficacia y han dado lugar a que esto suceda. Los medios de comunicacion que han dejado de ejercer su labor de informacion y critica constructiva para ejercer la unica de voceros de sus amos tambien tienen mucha responsabilidad. Todo ello ha sido como consecuencia de una corta vision de los politicos. Del objetivo cortoplacista , de las proxima cita electoral. En ninguna caso esto hubiera sido posible si los intereses que hubieran primado fueran los del futuro entendiendo este por el largo plazo no por mañana.

  2. Ana permalink
    18 noviembre, 2012 18:49

    Gracias. No agrego ni una coma. Lo defines muy bien. Gracias por tus artículos. Me gustan mucho y los releo muchas veces. Pero sí agrego algo: entre todos hemos creado un monstruo: y justamente no está en el Congreso. Qué fácil sería todo si pudiéramos saber dónde se aloja el monstruo para ir a destruirlo, qué fácil nos distraen, nos despistan y qué fácil NOS CONTROLAN José Andrés.

  3. 19 noviembre, 2012 1:57

    Tienes toda la razón. Pero sabes que hay interesados en que lo anterior ocurra. Pero no sabemos combatirlos. En estos m omentos de cabreo general dichos comentarios abundan. Por mi parte reacciono y con educación les contesto, aunque se que no les hará mella, pero por lo menos que vean que hay personas que si creen en los políticos. No te desanimes, al final el sentido común, se impondrá, incluso en el Psoe y espero que pronto.

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