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Por si acaso

28 octubre, 2012

Mi profesor y yo quedamos a comer en un restaurante cercano a la Facultad. Resulta extraño encontrarnos treinta y cinco años después de recibir su primera clase. Cuando lo conocí él era un hombre joven, y ahora ninguno de los dos lo somos. Él fue siempre muy exigente, consigo mismo y con los demás. Sus discípulos solemos bromear diciendo que, comparado con él, el coronel de Rambo es un párvulo. Cada vez que quedamos tengo la sensación de que me va a examinar y que me pondrá nota, y que otra vez su nota será la peor de mi expediente.

Así que traté de llevar la conversación por terrenos llanos, pero antes de que nos hubieran puesto el primer plato mi maestro me espetó, «yo no soy de izquierdas». Obviamente era él, genio y figura. Capaz de infiltrarse en lo más profundo de las líneas enemigas y dejar una bomba que suma en el más absoluto desconcierto al Estado Mayor del adversario. «No entiendo», fue todo lo que alcancé a responderle. «Por ejemplo, tú pensarás que no se puede matar a nadie, y yo creo que sí», me contestó. Comenzaba algo que nunca sé si va a ser un ejercicio o un combate, aunque da igual, con mi maestro el fuego es siempre real.

«Se puede matar, le dije, te recuerdo que yo hice la mili y tú no, yo me comprometí a matar y tú no». «Entonces, estarás a favor de la pena de muerte», me respondió. «No. Estoy completamente en contra de la pena de muerte». Antes de probar su sopa, mi maestro me dijo: «explícate». Mientras mi comida se enfriaba en el plato, empecé a hablar: «creo que moralmente es peor matar a un inocente que dejar vivo a un culpable. Y no solo lo creo yo, tres de cada cuatro personas de nuestro país también lo piensan. Sabemos que el sistema judicial tiene fallos y después de haber ejecutado a algunas personas se ha descubierto que eran inocentes; la única forma de estar seguros que no matamos por error a personas inocentes es no matar a nadie. Claro que eso tiene un precio, un precio muy alto, pues el precio de no matar a un solo inocente es dejar vivos a todos los culpables. Las cosas valiosas suelen ser muy costosas». Aquel día aprobé.

Nuestra idea de justicia viene de antiguo. El Dios de la Biblia, que era un Dios severo, estuvo dispuesto a dejar vivos a todos los malvados habitantes de Sodoma y Gomorra a condición de que hubiera diez justos entre ellos. Hoy las cosas están cambiando, hace unos días, hablando de la desafección política, me decía un amigo que mientras haya un político corrupto, uno solo, nuestro sistema político no merece ser salvado. Encuéntrame diez justos, le decía Dios a Abraham, y los perdono a todos. Encuéntrame uno culpable y los condeno a todos, dice mi amigo. Uno de cada cuatro españoles es como él. Mi amigo es de izquierdas, pero también podría ser de derechas, para él la naturaleza humana es una buena excusa para dar rienda suelta a sus instintos, muy humanos por cierto. Hace décadas mi maestro lo suspendió.

Publicado en SUR y El Correo el 28 de octubre de 2012

One Comment
  1. 30 octubre, 2012 22:49

    Está claro que la derecha y sus medios, todos, están interesados en propagar la desafección política, lo malo es que lo consiguen. Se debe por una pàrte en su insistencia y por otra en la desidia e ignorancia de los ciudadanos, en el no querer saber, en la comodidad. Por eso con unos pocos corruptos que haya, es suficiente para llegar donde estamos, no se molestan, no indagan, no leen, es demasiado esfuerzo. Sigue no te canses, tus líneas son muy provechosas, aparte de estar bien escritas, pues leer en la prensa buenos, y bien escritos, no es fácil.

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