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Un zoólogo y un arzobispo entran en un sindicato

28 febrero, 2012

La semana pasada se celebró en la Universidad de Oxford un debate sobre la existencia de Dios entre el zoólogo Richard Dawkins y el arzobispo de Canterbury, Rowan Williams. Según cuentan los cronistas fue un debate de altura, en el que se trataron temas como la evolución de la materia, la estructura del átomo y la aparición de la conciencia. Estoy convencido de que los asistentes al debate habrían entendido como una bajeza que Dawkins hubiera usado los casos de pederastia en los internados católicos de la vecina Irlanda para negar la existencia de Dios. Además, es más que probable que el autor de El Gen egoísta conozca la teodicea de Leibniz los suficientemente bien como para adivinar el siguiente movimiento del arzobispo, es decir, la explicación de la compatibilidad de la existencia del mal y de Dios en un mismo universo, e incluso en un mismo internado. Afortunadamente para todos, Dawkins respeta la inteligencia de sus oyentes como para no usar argumentos ad hominem, y menos aún en un debate sobre Dios. Hay que reconocer que tampoco está mal la actitud del arzobispo, que respeta la libertad del científico en lugar de quemarlo en la hoguera.

La argumentación contra la persona que defiende una idea, en lugar de contra la idea, se usa porque funciona. Por eso el mundo está lleno de pícaros que toman el atajo de descalificar a las personas para ahorrarse el trabajo de rebatir sus argumentos. Y si hay pícaros que tienen éxito al tomar ese atajo es porque el mundo está lleno de personas dispuestas a creerlos, sea por ingenuidad o sea por conveniencia. Cuando nuestro infante Don Juan Manuel contaba en el Conde Lucanor la historia del traje mágico que sólo podían ver los hijos de madres virtuosas, no sólo ponía en evidencia la maldad de los pícaros que tejían el traje mágico al rey, sino el cinismo de la gente que decía que lo veía, porque nadie se sentía seguro de la virtud de su madre.

Un día que estaba yo en la mesa de una comisión del Congreso junto a un veterano diputado socialista y un no menos veterano diputado de la derecha, se nos acercó una joven diputada de Izquierda Unida a plantear algún tema del orden del día de la comisión. Cuando la diputada se alejaba, nuestro colega de la derecha dijo: «sí, ésta es muy de izquierdas, pero seguro que le gusta el jamón serrano». Mi compañero censuró con una broma ingeniosa al político conservador, que se puso ligeramente colorado, aunque no rojo, obviamente. Estoy convencido de que aquel diputado no es representativo de la mayoría de los diputados de la derecha, pero tampoco es un caso aislado.

Nada más anunciar los sindicatos su oposición a la reforma laboral aprobada por el gobierno del PP, los medios de comunicación de la derecha, en lugar de defender las bondades de la reforma, se dedicaron a descalificar a los sindicatos y a los sindicalistas. Que si los elevados ingresos de un dirigente sindical, que si las famosas vacaciones en un crucero de otro, que si las comidas de un tercero, etcétera. Lo paradójico es que descalifican a los dirigentes sindicales diciendo: «No os fiéis de vuestros dirigentes, que son como nosotros». Respetuosos con los demás no son, pero la verdad es que son sinceros respecto a ellos mismos. Frente a la tradición protestante en la que el éxito económico es un indicio de salvación, nuestra derecha ve en su riqueza la prueba de su delito. Les faltó decirles a los trabajadores: «No vayáis a la manifestación que a vuestros dirigentes les gusta el jamón».

Muy mala tiene que ser la reforma laboral cuando en lugar de defenderla, sus autores prefieren atacar a los sindicatos y a los sindicalistas.

Publicado en La Opinión de Málaga el 28 de febrero de 2012

One Comment
  1. 28 febrero, 2012 23:57

    Lástima que hay personas que no saben lo que es el sindicalismo, yo creo que la juventud de hoy, se debería implicar un poco más. Excelente el escrito.

Los comentarios están cerrados.

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