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Brigadoon

29 noviembre, 2011

Debí de ver por primera vez Brigadoon (1954), la película de Minnelli, a mediados de los setenta. Seguro que fue una tarde de sábado, y que la vi sentado al lado de mi hermana en el tresillo de skay de color marrón claro que había en casa, y que la vimos en sesión de tarde en una televisión en blanco y negro, de la marca Saba, que mis padres se habían traído de Alemania. Por aquel entonces la parte que menos me gustaba de los musicales eran las canciones, así que imagino que nada más que Gene Kelly y Cyd Charisse empezaban a cantar y a bailar una de las canciones de aquel musical yo estaba deseando que acabaran, para seguir la trama de la original historia que cuenta la película. Antes de continuar, quiero dejar claro que me curé de mi mal unos pocos años después, viendo Grease, y que ahora lo que más me gusta de los musicales es la música, como debe ser.

La historia que cuenta Brigadoon es la de dos cazadores norteamericanos que se pierden en mitad de un bosque de Escocia y terminan en un pueblo que sólo aparece una vez cada cien años, gracias a una especie de conjuro que le echa el cura del lugar para evitar que su maravillosa gente se corrompa con la modernidad. La verdad es que hay algunas cosas en la vida que son como Brigadoon. Hay amistades que dejamos de ver durante años y que un día vuelves a encontrar para descubrir con asombro que puedes seguir la conversación en el mismo lugar en el que la dejaste, que la relación con esa persona no ha sido tocada por el tiempo, sino que permanece intacta, con la misma fuerza, con la misma calidez que tenía cuando la relación era frecuente. Algunos de esos brigadoones son casi insignificantes, una canción, un libro, una foto que creías perdidos, y que aparecen justo cuando eres tú el que te has perdido en mitad del bosque de las preocupaciones de la vida, como si quisieran enseñarte que ellos siempre estuvieron en su sitio, y que fuiste tú el que se alejó hasta perderse.

A los brigadoones de nuestras vidas les pasa como al pueblo de la película, que aparecen de manera intermitente, aparecen para desaparecer al poco, antes de que el mundo real los contamine y se cargue su magia. Nosotros siempre los vemos desde la perspectiva de los dos americanos, pero también está la perspectiva de los habitantes de Brigadoon. Yo conozco a un compañero del partido que parece uno de esos habitantes. Me ha contado que durante cuatro años nadie lo ve, el hombre saluda, interviene en las reuniones, manifiesta acuerdos o discrepancias, pero nada, que no lo ven ni a la de tres. Ahora bien, cuando llegan los congresos, como por arte de magia, de pronto los jefes lo ven, y le dicen «¿por qué no escribes unos folios sobre las ideas y los valores del socialismo para la ponencia política?». Me ha contado mi amigo que algo parecido les pasa a unos cuantos habitantes más del Brigadoon de las teorías y de las ideas.

El otro día le contaba estas cosas a otro amigo, Daniel Innerarity, que acaba de publicar un libro titulado La democracia del conocimiento, y que lleva como subtítulo Por una sociedad inteligente. Daniel también es un brigadoonés, y me decía que cuando llegan los visitantes a su mágico pueblo le dicen «necesito unas cuantas ideas, pero dámelas rápido, y que sean sencillas y de efecto inmediato». Dice Daniel que así la cosa no funciona. Y no funciona.

Publicado en La Opinión de Málaga el 29 de noviembre 2011

One Comment
  1. jose maria martinez-cava permalink
    29 noviembre, 2011 21:26

    Esto es tirar con bala, creo que alguien se va a escocer. En la vida laboral pasa lo mismo, pero si lo que dice es la verdad, aunque el jefe se moleste, al final se da cuenta que muchos de los que le rodean lo hacen por interés. En la mayoría de los casos quien vale y dice lo que hay que decir, sigue y tiene la confianza de los superiores, su tranquilidad espiritual, la reverencia de los listos y las envidias de los ineptos. Lo digo por experiencia, despues de 12 años jubilado mi último director me sigue llamando a pesar de las fuertes discrepancias laborales que teníamos. No abandones.

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