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Lo que represento

18 noviembre, 2011

Me van a perdonar si soy demasiado directo en este artículo, pero tienen que comprenderme: soy un candidato en campaña. Llevo ya unas cuantas semanas recorriendo los barrios de mi ciudad, los pueblos de mi provincia, y acudiendo a todas las entrevistas y debates que me ofrecen las radios y las televisiones locales. Para los candidatos, como para los músicos o las compañías de teatro, hay distintos circuitos. Mi circuito es el de los pueblos pequeños y las pedanías, con mítines de entre cincuenta y cien asistentes. Mítines pequeños, pero con todo, con su modesta decoración de carteles, con su música y, en ocasiones, hasta con agitadas banderas del partido, y sobre todo con la inmensa dignidad cívica de quienes asisten a los mismos. Mítines en salones de plenos o de baile, en casas de la cultura, siempre con varios oradores que nos vamos cediendo la palabra con un abrazo mientras suenan los aplausos, todo con la misma emoción que si fuéramos miles y estuviéramos en un polideportivo o en una plaza de toros. Mítines con preguntas del público, y con oradores espontáneos que no siempre resultan más elocuentes que los oradores oficiales, pero que también aportan su granito de arena.

No se tarda mucho en descubrir que los oyentes se conocen los discursos y los argumentos casi tan bien como nos los conocemos los oradores. Y si hay mala cobertura en el trayecto, incluso mejor. Mucho antes de que los oradores partamos a nuestros destinos ya han llegado las noticias, los cortes más impactantes de los candidatos, y los siempre inteligentes, ecuánimes y neutrales, análisis de los tertulianos. Es verdad que Twitter y Facebook hacen el camino contrario, y antes de que regreses de una lejana pedanía, tu red de amigos ya tiene las fotos de tu intervención y algunas frases más o menos afortunadas que los jóvenes locales han subido al ciberespacio antes de que te bajes del estrado. Sin embargo, uno tiene la impresión de que, a pesar del avance que suponen las redes sociales en Internet, la producción de la ideología no se democratiza al ritmo de su distribución. Que por esas redes, como por los medios tradicionales, circula un discurso mucho más homogéneo que las circunstancias y las personas que asisten a esos actos electorales, un discurso que se superpone a la experiencia de la gente que nos escucha en esos lugares, y que en cierto modo sustituye su vida: pura ideología, en el viejo sentido marxista de la falsa conciencia.

En la radio y en la televisión, en la prensa escrita y en Internet, en la voz del que pregunta y en la del que responde, suenan o se leen las palabras de ese nuevo amo que es la opinión pública. Resulta difícil romper una lógica tan poderosa como esa en la que todos decimos lo que se espera que digamos, en la que si el orador se olvida, consciente o inconscientemente, de hablar de corrupción, alguien se lo recuerda desde el público. De tal modo que representamos un guión prefijado de antemano en el que ayer tocaba hablar de cómo se rompía España, aunque la estuviéramos construyendo en exceso, y hoy toca hablar de la prima de riesgo, o del paro y sólo del paro, como si los parados no tuvieran hijos que llevar a la escuela, o padres que ya no se pueden valer por sí mismos, o como si estar parados nos inmunizara contra las enfermedades o contra la discriminación por nuestro género o nuestra orientación sexual.

No es fácil romper el discurso del amo, ese en el que ya no importa la vida vivida, sino que lo que se dice sea lo que se espera. No es fácil, pero nosotros lo intentamos, una y otra vez. A pesar de ser el tercero de la lista, como me toca el circuito de los pueblos pequeños, yo soy el último que habla. Para ese momento todo lo importante ya está dicho. La crisis, los mercados, el paro, los avances en política social, las propuestas de reforma de la fiscalidad de los poderosos, la dación en pago, las medidas para abaratar la contratación en lugar del despido, cuando me toca hablar todo eso está dicho, y está bien dicho.

Así que entonces, después de los abrazos y de los aplausos, miro a todos esos rostros desconocidos y pienso que sus vidas me son conocidas, me bajo del estrado, me acerco a esas personas y golpeo en lo más duro del discurso del amo, alzo la voz y digo:

Dicen que soy un político, pero yo me veo como un ciudadano que representa a otros ciudadanos. No he heredado mi poder de mi padre. Soy hijo de una limpiadora y de un obrero de fábrica, que antes fueron emigrantes en Alemania, y antes aún, pequeños campesinos. Mi vida y la de mi familia es parecida a vuestras vidas. Con esfuerzo y con suerte pude hacer un doctorado y soy profesor de Universidad, pero puedo explicaros cada cosa que ha hecho mi partido con la misma claridad y el mismo respeto que se lo explico a mi madre, que ya tiene setenta y ocho años. No soy ajeno ni a lo que sois ni a lo que os pasa, en eso soy igual que vosotros, pero no es por eso por lo que os represento. Os represento porque una mañana de domingo, libre y conscientemente, después de treinta años de experiencia democrática, me elegisteis. Soy vuestro representante porque basta una decisión vuestra para que deje de representaros. El poder que tengo me lo disteis vosotros: un poder limitado en el tiempo y por las leyes. Limitado también por el poder de otros representantes, y por otros poderes no democráticos. Con ese poder temporal y limitado por las leyes, renovado cada cuatro años, a lo largo de tres décadas, mi partido construyó el Estado del Bienestar, no cambiamos el sistema, pero cambiamos la vida de la gente. Lo hicimos con vuestro poder y en vuestro nombre, representándoos.

Publicado en Público el 18 de noviembre de 2011

4 comentarios
  1. 18 noviembre, 2011 15:20

    Me ha gustado mucho su post por lo sentido que parece haber sido escrito. El único “pero” que pongo es que patrimonialice en su partido la construcción del Estado del Bienestar. Yo creo que ha sido tarea de todos y especialmente, de generaciones anteriores a ésta. En cualquier caso, he disfrutado con su texto

  2. Carmen Rosa permalink
    18 noviembre, 2011 21:07

    ¡¡ Ojalá todos los politicos fuesen como Jose Andrés Torres Mora !!

  3. ana permalink
    18 noviembre, 2011 23:51

    Y yo te doy las gracias por haber visitado mi pueblo y nuestro “taller” de política, y haber sido cercano y casi íntimo en tus palabras y habernos alegrado la tarde con algunas anécdotas y mostrarnos un camino político tan cotidiano como casi universal.
    Gracias José Andrés y estoy segura de que te tendremos otros cuatro años empeñado en construir senderos de libertad.

  4. 19 noviembre, 2011 11:41

    He leído en el diario Público su artículo. Entre tanta palabrería y conceptos manipulados las más de las veces, me ha emocionado su discurso. Gracias.
    ¡Hay tan pocas ocasiones en las que se encuentran palabras verdaderas! El amo del que usted habla se parece cada vez más al Gran Hermano.
    Voces como la suya nos reconcilian con los políticos y la Política. Esa que molesta tanto a algunos…

Los comentarios están cerrados.

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