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DURDABURUDRURDURAB

17 agosto, 2011

Para llegar a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense hay una especie de pequeño túnel o pasadizo que atraviesa la carretera de La Coruña. No es fácil encontrarlo. Todavía recuerdo la inmensa e innecesaria vuelta que, por no conocerlo, di en 1977, recién llegado de Málaga, el primer día que fui a la que iba a ser mi Facultad. Con el tiempo aquel pasadizo se convirtió en un camino diario.

Unos años después, a mitad de la década de los ochenta, ya convertido en un joven profesor, me encontré con una inmensa pintada, perfectamente rotulada, en la que ponía algo así como: DURDABURUDRURDURAB. Durante días le di vueltas a aquella pintada, tan grande, tan trabajada y sin aparente sentido. La Sociología es una disciplina que siente curiosidad por las cosas más diversas, desde cómo llevan los hombres la barba hasta los delitos de cuello blanco, y aquella pintada era para mí un desafío profesional. No había salido espontáneamente de los azulejos, como dicen que ocurría con las caras de Bélmez, sino que una o varias personas se había tomado la molestia de dejar bien claro en letras de metro y medio de alto y treinta o cuarenta centímetros de ancho aquel intrigante mensaje: DURDABURUDRURDURAB.

Un día, harto de darle vueltas al asunto, le pedí a mi maestro Ángel de Lucas que se acercara a ver la pintada. Después de observarla un momento me dijo, «parece claro, es un significante sin significado, una energía potencial que está ahí acumulada y que tarde o temprano se transformará en otra cosa». Aquella, en mitad del túnel fue una de sus mejores clases, y yo tuve el privilegio en aquel momento de ser su único estudiante.

Eran años complicados, como estos, en los que una generación, también la generación de jóvenes más preparados de la historia de España, tenía tasas de paro superiores al cuarenta por ciento, y cuando encontró empleo escuchó por primera vez expresiones como las de «precariedad» y «contrato basura». También aprendimos una palabra sobre la democracia entonces recién estrenada: «desencanto». Entonces, y desde hacía bastantes años, yo ya pensaba que la necesidad y la injusticia son formidables motores sociales; pero para entonces ya había aprendido también que esos motores no nos llevan necesariamente al reino de la libertad ni al de la justicia, sino que muchas veces estallan en una explosión de rabia y de ira que, en el mejor de los casos, no conduce a nada, o que, en el peor, conduce a una situación de más necesidad y más injusticia.

Este es un tiempo en el que se producen grandes concentraciones de energía potencial, que en ocasiones se expresan de la manera elaborada y pacífica de aquella pintada del pasadizo a mi Facultad, y otras de la manera brutal que hemos visto estos días en Londres, en el barrio de Tottenham. A lo largo de mi vida he conocido a personas que cada vez que ven una de esas acumulaciones de energía sueñan con meterle un «cerillazo» que haga saltar por los aires el sistema. Ahora los vuelvo a ver, aferrados a su vieja fe, celosos de su tesoro, soñando con la explosión que lo ponga todo en orden. Su fe no es más que una superstición, al final lo que queda es la frase de una mujer de Tottenham que recogía este periódico hace una semana: «nos han quemado casas y tiendas, ahora somos pobres».

En los ochenta, los jóvenes no pretendimos hacer la revolución, pero seguimos intentando cambiar el mundo. También comprendimos que una parte de nuestro destino personal era cosa nuestra, y mejoramos nuestros currículos para ser más empleables, tuvimos menos hijos que la generación anterior y todavía estamos pagando la hipoteca. No acabamos con el hambre, pero fundamos ONG, o nos incorporamos a ellas. No acabamos con las guerras, pero nos salimos de alguna particularmente injusta. No acabamos con la desigualdad, pero conquistamos amplios espacios de respeto para los diferentes. Descubrimos que el heroísmo que exige la decencia es, al menos, tan grande como el que exige la revolución, pero bastante más constante, más prosaico y pesado, y también más productivo.Todavía seguimos en el camino.

Publicado en La Opinión de Málaga el 16 de agosto de 2011

3 comentarios
  1. 17 agosto, 2011 9:06

    Me ha gustado mucho.

  2. jose maria martinez-cava permalink
    18 agosto, 2011 18:14

    Claro que seguimos camino, pero nos cansamos y paramos, por eso esdtamos de vacaciones,
    . Pero aún de vacacioneds seguimos peleando co ntra las fuerzas del mal. Un abrazo hasta la vuelta

  3. amaia permalink
    20 agosto, 2011 13:41

    Tú artículo es muy interesante.

    A vosotros no os compraron en los 80.

    A nosotros tampoco nos van a comprar.

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