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Higiene y democracia

14 junio, 2011

Cuántas veces habremos dicho a un compañero de clase al salir de un examen: «No sé, me he enrollado y he rellenado todo el cuadernillo». Eso los de letras y humanidades, los de ciencias suelen decir: «No llegué a la solución, pero he hecho casi todo el planteamiento». Luego, la mirada del profesor suele estar en concordancia con el examen: «Vaya rollo que me ha soltado éste», y claro, el profesor no se enrolla, y suspende al estudiante. La parte más complicada es cuando el estudiante del rollo viene a protestar la nota. Es ahí donde uno tropieza con un obstáculo epistemológico insalvable, porque para que el estudiante al que has suspendido comprenda por qué lo has suspendido, necesitaría tener los conocimientos que le hubieran permitido aprobar.

Algunos de esos estudiantes, y probablemente alguno de sus profesores, terminan siendo periodistas y políticos. Sé que eso inquieta, pero también es verdad que los hay que terminan siendo médicos u otras profesiones en las que los errores se entierran generalmente sin ruido. De hecho, cuando voy al médico, siempre me dan ganas de preguntarle: «¿Y usted, se enrollaba mucho en los exámenes?». Nunca olvidaré a un dentista, que mientras me tenía en esa posición tan desvalida en la que se encuentra cualquier persona a la que le están haciendo una endodoncia, acarició el lomo de su gato, que en mala hora pasaba por allí. Vi con horror como metía de inmediato su mano en mi boca, y a partir del día siguiente sufrí con dolor la infección de aquella muela. Han pasado unos cuantos años desde aquello (dos décadas), pero si se acuerda de mí como yo de él y lee esto, seguro que comprenderá por qué no volví nunca.

Uno puede pensar que aquél hombre hizo aquello sin darse cuenta, pero imaginemos que ante mi protesta, hubiera afirmado públicamente que su gato estaba limpio, y que la mayoría de sus colegas y de la opinión pública le hubieran dado la razón. En ese caso pensaríamos no sólo que estábamos ante una mala praxis del dentista, sino ante algo todavía más peligroso, ante una regresión de la ciencia médica y de las prácticas higiénicas más elementales en nuestra sociedad.

La alcaldesa de Alicante ha sido acusada de una mala praxis en lo que a la higiene política se refiere. Son los jueces quienes tienen que establecer si esa mujer se ha corrompido o no en el ejercicio de su cargo y, en todo caso, tiene derecho a la presunción de inocencia. Sin embargo, hay algo que ha afirmado públicamente, y lo ha hecho mientras tomaba posesión de su cargo. Refiriéndose a los jueces la alcaldesa ha afirmado: «Lo que las urnas han dicho, no puede modificarse en otros lugares».

Pues bien, la alcaldesa de Alicante es licenciada en Sociología, y alguien le aprobó la asignatura de Historia de las Ideas y las Formas Políticas. A lo mejor se enrolló en el examen, pero debería saber en qué consiste el populismo, y cómo el populismo supone el enaltecimiento de la voluntad del pueblo por encima de las instituciones y de las leyes que se ha dado a sí mismo ese pueblo. Cuando un político quiere que las urnas le absuelvan de sus delitos, está haciendo algo todavía mucho más grave que corromperse a sí mismo, está corrompiendo la democracia.

Publicado en La Opinión de Málaga el 14 de junio de 2011

3 comentarios
  1. Emilio Manuel permalink
    14 junio, 2011 8:42

    Para no enrollarme. Chachi.

    Aunque se entiende lo que quiero decir, seguro que un profesor igualmente me suspendería por lacónico.

    Saludos

  2. Arturo permalink
    14 junio, 2011 14:48

    LETRAS Y CIENCIAS

    Unos, llegaron
    y en el sillón,
    se sentaron.
    Otros,que no
    tenían sillón.
    De pie se quedaron.

    Se hartaron de jamón
    y con champán y buenos vinos,
    !brindaron!.
    Má de una vez
    hablaron con el caviar
    y desayunaron.

    Salones de recreo
    y cuartos de baño
    de museos.

    Letras, frases , estrofas,
    que brotan del bolígrafo y lápiz.
    De la pluma,el ordenador
    y cuentan historias.
    Porque la literatura
    tiene estas cosas.

    Mas tarde.
    Todos se olvidaron
    de las letras,
    y se centraron en la ciencia.

    El problema era,
    que dos más dos
    resultaba cuatro.
    Y cuatro más cuatro
    daba ocho.
    Entonces,no se podía
    tener dieciocho.

    Una cuestión que el matemático
    tenía que resolver.

    “Se lo llevaron, se lo llevó”.
    Y luego se refugiaron
    en el paraguas,
    de la presunción.

    La abuela que tan cervantina
    y antigua era,decía:
    “Cuando el río suena
    agua lleva”.

    Y tanta agua llevaba
    que hasta la lluvia,
    los relámpagos y los indignados
    iniciaron una tormenta.

    Las togas irritadas,
    tanto viento soplaron,
    que el paraguas.
    Se abrió ,!voló!.
    Y al final se pudo
    castigar al ladrón.

    Y es que el matemático,
    las togas,la abuela
    y los indignados.
    Todos ellos tenían razón.

    Un cordial saludo.//

  3. jose maria martinez-cava permalink
    17 junio, 2011 19:10

    Totalmente de acuerdo, pero somos humanos, a algunos se les olvidan las enseñanzas y conocimientos, otros dicen que no pasa nada si se transgreden larsnormas, la mayoría solemos cumplir con mas o menos exactitud, lo peor de todo es que consentimos y callamos, por aquello de vivir tranquilos

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