Skip to content

El socialista que cargaba una piedra

13 mayo, 2011

Una vez, hace ya muchos años, en un viaje a las Islas Canarias, un viejo militante socialista me contó una historia, no sé si apócrifa, pero muy aleccionadora. Durante la II República, había en su ciudad una numerosa agrupación del Partido Socialista y de la Unión General de Trabajadores. En un momento determinado decidieron construir una sede común para ambas organizaciones, una Casa del Pueblo. Un edificio con espacio para oficinas, pero sobre todo para algunos servicios, como una mutua sanitaria, una cooperativa de consumo o un salón de actos para proyectar cine y representar obras de teatro.

Los socialistas se fueron poniendo de acuerdo en el lugar, en el diseño arquitectónico y en todo lo necesario para iniciar la construcción del edificio. Sin embargo, en el ejercicio de una arraigada cultura de debate no tardaron en encontrar el motivo para la discordia. Lo encontraron precisamente los miembros del poderoso gremio de canteros, y no fue otro que el tamaño de los bloques de piedra con los que iban a hacer la gran Casa del Pueblo. Un bando defendía que los bloques tuvieran un tamaño bastante grande y el otro defendía que el tamaño fuera exactamente la mitad del que proponían los primeros.

A partir de ahí, es fácil imaginar lo que sucedió. Durante semanas hubo todo tipo de reuniones públicas y privadas, debates apasionados, conspiraciones cruzadas y finalmente, una votación. Ganaron los partidarios de hacer los bloques pequeños. Todos se pusieron manos a la obra, y los canteros fueron cortando los bloques hasta tener una buena parte de los mismos preparados, a la par que otros fueron preparando el terreno para empezar a construir.

Por aquellas fechas, Franco dio el golpe de Estado con el que se inició la Guerra Civil, y ocupó militarmente las Islas Canarias, incluida la ciudad de aquellos socialistas. Por supuesto lo primero que hizo fue condenar a trabajos forzados a los socialistas que no fusiló. Concretamente a construir el edificio previsto para la Casa del Pueblo, que obviamente se convertiría en una sede de Falange. Golpeados y desnutridos, los socialistas del partido y del sindicato tuvieron que acarrear los bloques de piedra desde la cantera hasta el edificio en construcción. Me contaba aquel viejo militante que cuando los socialistas que defendieron los bloques pequeños se cruzaban con los que habían defendido los bloques grandes, unos y otros doblados por el peso de su carga, les decían no sin cierta ironía: “¡Desgraciados, menos mal que os ganamos la votación!”.

Nunca he sabido si la historia es cierta o no, pero entendí bien lo que me quería decir aquel veterano socialista. Hay quienes, con la mejor intención, diseñan el cambio social y político con gran ambición, proponiendo transformaciones de mucho calado, que requieren grandes esfuerzos y sacrificios. El problema es el coste de la transformación social y quién ha de soportarlo. Pondré un ejemplo real como la vida misma. En los años de la Transición mi padre era un obrero industrial y yo un estudiante de Sociología. Él era bastante más renuente que yo a hacer huelga por razones políticas (yo más bien era entusiasta), y un día se lo reproché. La respuesta de mi padre fue sencilla: “Si yo hago huelga un día o una semana, a mí me descuentan el sueldo de ese día o de esa semana; si tú haces huelga, te libras de ir a clase”. No es que él tuviera menos ganas que yo de transformar la sociedad, es que el beneficio iba a ser el mismo, pero para él tenía un coste mayor que para mí.

Hace unos días me reuní con un profesor de una de las universidades más prestigiosas del mundo, perteneciente a una rica familia de su país. Ese hombre, situado muy a la izquierda, se mostró bastante crítico con la socialdemocracia y su actuación en defensa de los trabajadores frente a la crisis internacional. Ante mi pregunta de por qué no tenían éxito sus propuestas de cambiar el sistema, el hombre me contestó que “el problema es que las propuestas de cambiar el sistema sólo son inteligibles para quienes son perjudicados por el cambio”. La verdad es que su argumento no me satisfizo en absoluto. Cuando algunos de nuestros intelectuales no sabían bien si apostar por el maoísmo o el trotskismo, muchos trabajadores manuales de nuestro país apostaron por la socialdemocracia. Es verdad que el proyecto socialdemócrata, en apariencia al menos, ofrecía un paraíso con menos comodidades que el que ofrecían aquellos revolucionarios llenos de buenas intenciones, pero era asequible para los trabajadores. Con sus escuelas y sus hospitales públicos, con sus pensiones y sus libertades civiles, los que apostaron por los bloques pequeños han cambiado muchas cosas. Hoy hay quienes creen que no merece la pena apoyar a un gobierno que protege a los parados, si no puede hacer pagar inmediatamente a los culpables de la crisis. Esos son los partidarios de los bloques grandes.

Publicado en Público, el viernes 13 de mayo de 2011

4 comentarios
  1. 13 mayo, 2011 12:21

    Es tan estulta, primaria y falsa esa parábola, que no merece ni comentarla, ya que lo de las piedras en bloque no resiste la metafora de los pasos políticos de las “reformas”– cómo dijo Mao, ” a este paso, llegaremos en 6 000 años”, y pecaba de panglosiano– sino de los ” medios” para su ejecución y transporte e instalación– o sea, la Correlación de Fuerzas entre poderes y clases, para decirlo escuetamente— y ¡no esa trampa tan falsa y boba.!
    ¡¡¡Nos toman por tontos e iletrados, pero lo peor, es que en parte tienen razón visto el nivel y la actitud de los pseudociudadanos!!! Ejemplo: lo de la enésima muerte de Bin Laden!!!!

  2. jose maria martinez-cava permalink
    15 mayo, 2011 10:50

    Que somos un partido dialéctico es claro, pero al final la razón suele imponerse, ver los bloques pequeños. No obstante deberíamos copiar al enemigo, si te das cuenta llevan años, muchos ,con el mismo slogan, no lo cambian y les está dando resultado. No estoy diciendo el copiar su slogan, pues es miserable, pero si que el nuestro fuera siempre el mismo, invariable en su contenido central y adaptado al tiempo en que se comun ica. Insisto una vez más que esas discusiones internas entre militantes, deberían ser en la calle, los ciudadanos nos oirían, sería enriquecedor, para ellos y nosotros.

  3. inhakimm permalink
    22 junio, 2011 22:13

    Tambien conviene tener cuidado de que los bloques no sean cada vez mas pequeños hasta que se quedan en nada o que alguien vaya contardo los bloques que ya estan puestos. Se hace mucho pero la gente debe conocer lo que se hace, hay que saber venderlo como lo vende la derecha que te roban y parece que te estan haciendo un regalo, somos demasiado criticos con nosotros mismos y tenemos que criticar a los demas.

Trackbacks

  1. Mecomolacabeza » Hasta los huevos

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: