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Candidatos, encuestas y brujos

21 septiembre, 2010

Cuando pienso en la relación de los sociólogos electorales con los políticos siempre me acuerdo de un chiste que cuentan los antropólogos sobre un poblado de indios hopi en el desierto de Arizona, situado cerca de un observatorio meteorológico. Tras una larga sequía los indios comenzaron a presionar al nuevo brujo de la tribu para que hiciera la danza de la lluvia. El brujo, que no debía tenerlas todas consigo respecto a sus poderes, trató de retrasar la ceremonia todo lo que pudo para ver si llovía sin necesidad de la misma. Finalmente, la presión de la tribu terminó en amenazas muy serias. Acorralado, el brujo organizó la ceremonia, y después de que la tribu bailara hasta muy entrada la noche, les dijo a los indios que antes de dormir sacaran todas sus vasijas para recoger el agua. Casi al amanecer, el brujo, vestido de occidental, se escapó del poblado. Pero antes de huir definitivamente, se acercó hasta el observatorio meteorológico y allí vio a un hombre con una bata blanca, se acercó a él y le preguntó: “¿Usted me podría decir si hoy va a llover?”. El hombre le contestó sin la menor duda: “Sí”. El brujo, lleno de curiosidad y de esperanza, le preguntó al científico: “¿Y cómo lo sabe con tanta seguridad?”, a lo que el científico contestó: “Porque los indios del poblado de ahí abajo han sacado las vasijas para recoger el agua de la lluvia”.

Responder a la pregunta de quién es el mejor candidato con el resultado de una encuesta tiene cierta similitud con la respuesta del señor de la bata blanca al brujo. Al elegir al candidato exclusivamente a partir de la encuesta se produce una tautología: el mejor candidato es el que según la encuesta tiene más posibilidades de ganar. Sin embargo, es posible que uno piense que el mejor candidato, coincida o no con el de la encuesta, es el que tiene más competencia a la hora de resolver problemas, el que demuestra mayor coraje moral frente a la injusticia, el que tiene mejor proyecto o cualquier otra cualidad que uno crea que es valiosa para gobernar, y que de ser conocida será también reconocida por los votantes como algo valioso.

Si en el año 2000 los socialistas hubiéramos seguido el método de preguntar en una encuesta quién era el mejor candidato, lo más seguro es que nos hubiéramos perdido el liderazgo de José Luis Rodríguez Zapatero. Claro que un sociólogo honesto advertiría a sus clientes de que sus conclusiones están mediadas por la cláusula cæteris paribus, es decir, que sus conclusiones valen si todo permanece igual. Pero las cosas no suelen permanecer iguales, y menos en política.

Las cosas cambian como consecuencia de nuestras acciones, y frecuentemente lo hacen en un sentido distinto del que esperamos. Por ejemplo, quienes esperaban que la publicación de una encuesta del PSOE convenciera a los militantes del PSOE, y a todo el mundo, de que Tomás Gómez era poco conocido, no imaginaban, ni por supuesto deseaban, que un efecto secundario de la publicación de la encuesta fuera que creciera abrumadoramente el grado de conocimiento público de Tomás Gómez. Eso es un buen ejemplo de un efecto perverso de su acción y no es el único.

Algunos adversarios de Tomás Gómez, en una estrategia bastante reprobable, se han empleado a fondo en (des)calificarlo como el candidato que prefiere la derecha. Ocurre, sin embargo, que la encuesta de marras se convierte en un problema para sostener ese argumento. Según dicha encuesta, preguntados los votantes del PP que si tuvieran que optar entre Tomás Gómez y Trinidad Jiménez a quién elegirían de los dos, el 52% de los votantes del PP mostraron sus preferencias por Trinidad Jiménez y el 17% por Tomás Gómez. No sé qué conclusiones sacará el amable lector, pero a la vista de los resultados yo concluiría que muy probablemente solo contestaban la verdad el 25% de los votantes de la derecha, que decían que no votarían a ninguno de los dos. En este caso la encuesta plantea un supuesto verdaderamente irreal para los votantes del PP. A una pregunta imposible, una respuesta inservible.

Sostener a partir de los resultados de esa encuesta que uno de los candidatos sacaría 13 puntos de ventaja no tiene el menor rigor científico y, además, es un verdadero despropósito. Para hacerse una idea de lo que aportan los candidatos a los resultados electorales, basta con comparar los que obtuvieron el 25 de mayo de 2003 Rafael Simancas y Trinidad Jiménez en el municipio de Madrid. Simancas obtuvo 641.000 votos como candidato a la Comunidad y Jiménez, 625.000 como candidata al Ayuntamiento, una diferencia de dos puntos porcentuales. Seguramente esos dos puntos eran debidos más a la ventaja que le sacó Gallardón a la entonces todavía no lideresa Aguirre que a una diferencia entre los liderazgos de Jiménez y Simancas. Cuando en 1999, probablemente inspirado por una encuesta similar, el PSOE presentó a Cristina Almeida, sacó 504.000 votos en el municipio de Madrid y Fernando Morán, que ganó unas primarias, sacó 534.000, otra vez dos puntos porcentuales. En el 2007, la diferencia entre Simancas y Sebastián fue de 6.000 votos, medio punto porcentual a favor del primero. En el mundo real que un liderazgo, a palo seco, sume dos puntos a las siglas es una proeza. Sin embargo, hay quienes estiman a partir de una encuesta hasta 13 puntos a favor de uno de los candidatos y se quedan tan tranquilos. No pudo imaginar el infante Don Juan Manuel cuando escribió el cuento del traje invisible que unos siglos más tarde los tejerían con encuestas.

Otra consecuencia perversa del argumento de la encuesta como criterio determinante de la elección del candidato es lo que ocurriría si apareciera una encuesta favorable a Gómez. ¿Qué deberían hacer los partidarios de Trinidad Jiménez para mantener su coherencia? ¿Le pedirán que se retire, como se lo pidieron a Tomás Gómez cuando las encuestas le eran desfavorables a él? ¿O descubrirán entonces la esencia de la política? O quizá ya han comprendido por qué estas primarias atraen la atención de todos, pues nadie es capaz de quitar la vista del funámbulo cuando no hay red.

La política no puede reducirse a una ciencia, sea esta la economía, la sociología o la que sea. La política tiene que responder a problemas que no tienen una solución científica. Hay personas cultas que están convencidas de que si reuniéramos a los 100 mejores economistas del país, o del mundo, tendríamos una solución para la crisis económica. Cuando, en realidad, todo el mundo sabe que tendríamos más de 100 opiniones sobre lo que hay que hacer, pero no una única solución a la crisis. Con los sociólogos pasa lo mismo, dejar las decisiones políticas en manos de los sociólogos no es muy democrático, pero es que además yo no se lo recomendaría a nadie, y conste que soy sociólogo.

La política tiene que ver con aquellas decisiones cuyas consecuencias son incalculables, para las que no hay una respuesta verdadera, sino un acuerdo razonado y respaldado por una mayoría. Hay quienes creen que basta con poder contratar a las mejores agencias de marketing electoral para ganar unas elecciones, que hay un método científico para elegir a los candidatos y hacer los programas. Nada de eso es verdad. Una decisión política se parece más a la apuesta de un emprendedor que a un cálculo matemático. Ningún sociólogo asumiría, por hacer la estimación de un resultado electoral, la misma responsabilidad que asume un arquitecto por la estabilidad de un edificio. No habrá nadie a quien protestar si elegimos al candidato que dice la encuesta y luego no gana. No hay ni una póliza de seguro, ni una empresa que se responsabilice de los perjuicios, son los militantes los que tendrán que pechar con las consecuencias.

Por eso, lo mejor que podemos aconsejar a quienes han de elegir es que voten a quien en conciencia consideren que mejor los representa a ellos y a su causa, y no a quien diga un brujo disfrazado con la bata blanca de un sociólogo. Algo tendrán los sondeos que, en nuestro país, el legislador prohibió publicarlos desde unos días antes de las elecciones. La encuesta que se hizo pública en agosto presentaba un mapa de la opinión antes de la deliberación, pero la democracia no consiste solo en votar, sino en hacerlo después de haber deliberado con libertad. En eso estamos los socialistas, pues en el PSOE de Zapatero solo vence quien convence.

Publicado en el diario El País, el 20 de septiembre de 2010

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