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Canción para una larga despedida

21 septiembre, 2010

Tuve la fortuna de coincidir con José Antonio Labordeta como diputado en el Congreso durante la VIII Legislatura. Por Jesús Membrado, diputado socialista por Zaragoza, sabía de la evolución de su enfermedad y del empeoramiento de su salud en los últimos días, pero la noticia de su muerte me sorprendió, como sólo nos sorprenden las cosas que nos negamos a aceptar, y me llenó de tristeza. Labordeta era tan sólido, tenía una presencia tan rotunda como su voz; tan poderosa y grave, que resulta inimaginable que alguien así pueda desaparecer de la faz de la Tierra y difuminarse en ese mundo inestable de los recuerdos. Pareciera que si nos fallara la memoria fuéramos a oír su vozarrón recordarnos los contornos precisos de los hechos y las circunstancias que tratamos de evocar.

Me gustaría aportar a esa memoria mis propios recuerdos de él. En mi juventud había leído su poesía y había cantado sus canciones. Quién no se recuerda cantado a voz en grito aquellos versos de la canción «Meditaciones de Severino el Sordo» que decían: «Evaristo el cuchillero / se ha comprado ahora un camión / y pasando el puente en Fraga / desde arriba lo midió». Quién no ha cantado: «Habrá un día / en que todos/ al levantar la vista / veremos una tierra / que ponga libertad».

Labordeta tuvo la fortuna de ver esa tierra que pone libertad, porque tuvo el valor de conquistarla. Toda una generación de españoles que, como él, se están yendo, fueron capaces de ganar esa tierra de libertad para los que vinieron después. Por eso les debemos a todos ellos nuestra canción para una larga despedida: «Escribo aquí / tu nombre sobre el viento».

En el Parlamento conocí a un hombre que describen mejor sus intervenciones en la tribuna que algunas anécdotas que estos días se recuerdan. Puestos a recordar una, me quedo con la paciencia con la que llevó que el presidente Manuel Marín lo llamara frecuentemente señor Sagaseta, cuando le daba la palabra. Me consta que aquel error continuado no le hacía mucha gracia, por eso en su última intervención parlamentaria se despidió del presidente Marín diciéndole: «al señor presidente del Congreso, señor Marín, paciencia y un fuerte abrazo, de verdad, en nombre del diputado difunto, señor Sagaseta».

En mi memoria de parlamentario queda la admiración por su rigor intelectual, por la belleza de su oratoria, sencilla y directa en apariencia, pero laboriosamente labrada, cuidada con esmero para alcanzar una mayor eficacia política. Alguna vez necesité su voto y me lo dio sin encarecerlo, a cambio sencillamente de una explicación razonable de para qué lo quería. Si estaba de acuerdo, no había más que decir. Conocía bien las necesidades de su tierra aragonesa pero no desatendía las necesidades del resto de España, era pragmático a la hora de alcanzar sus objetivos, pero no se olvidaba de sus valores ni de sus ideales. La edad no lo había convertido en un cínico, sino en un hombre más sabio.

Publicado en La Opinión de Málaga el 21 de septiembre de 2010

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