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Diez años después de Nueva Vía

23 julio, 2010

Han pasado diez años desde que disolvimos Nueva Vía. Lo hicimos antes de ganar el Congreso del PSOE que eligió secretario general a José Luis Rodríguez Zapatero. Comprendimos que, para que Zapatero fuera el líder de todos, no podía ser el candidato de una parte. Por eso disolvimos Nueva Vía en el seno de la mayoría de la que había nacido. Ninguno de sus miembros pertenecíamos a otro sector que a la mayoría, a esa mayoría tan diversa que es la corriente principal del PSOE. La decisión de disolvernos no fue una consideración táctica, sino una determinación estratégica.

En Nueva Vía, que siempre fue un grupo muy pequeño de compañeros y compañeras, había tanta diversidad ideológica como en todo el partido. También estaban en ella todos los elementos ideológicos y políticos que permiten el diálogo y la cohesión del partido. En Nueva Vía convivían posiciones socialistas clásicas o socialdemócratas con otras que podríamos considerar liberales de izquierda. Compañeros que creían en la importancia de un Estado protector y quienes eran más favorables a un Estado dinamizador. Partidarios de las elecciones primarias internas y partidarios de los sistemas de representación clásicos. Nuestro manifiesto hablaba de la necesidad de una nueva política, de la pasión por la libertad, la igualdad, la solidaridad y el avance social. Hablábamos entonces de un nuevo proceso de igualdad y de una nueva dimensión del concepto de ciudadanía que implicara la ampliación de los derechos fundamentales y sociales y de las libertades públicas. Desde el primer momento insistimos en la necesidad de un nuevo estilo de hacer política, y eso que la segunda legislatura de Aznar no había hecho más que empezar. Sosteníamos que la sociedad española avanza más rápido que las instituciones políticas y que era necesaria una reinvención del gobierno y del modelo de las administraciones públicas. Defendíamos la obligación del Estado de ayudar a los ciudadanos, y la necesidad de estimular su responsabilidad, su autonomía y su capacidad de emprender. Nos preocupaba la concentración del poder económico y mediático, y también la calidad de la democracia. Hablábamos, en aquel texto, de la España plural. Creo que nuestro discurso político se situaba en eso que algunos llaman la centralidad del partido.

Por aquel entonces, algunos de nosotros encontramos en el republicanismo cívico una gramática con la que expresar de manera ordenada y sistemática una buena parte de nuestras ideas políticas, pero ni es la única gramática posible para expresarlas, ni todos la comparten. En todo caso, la mayoría de nosotros podría identificarse con la idea del socialismo de los ciudadanos, una idea que impregna buena parte de nuestra acción de gobierno.

Aquel 35 Congreso tenía como lema “El impulso necesario”, y eso fue Nueva Vía: el impulso que necesitábamos. Duramos lo que dura la fase de un cohete, lo que dura un impulso. No pretendíamos convertirnos ni en una corriente de pensamiento ni en una corriente política, nunca tuvimos espíritu de facción. Si algo da fe de esa voluntad es la composición de la ejecutiva del partido, del Gobierno o del grupo parlamentario. La mayor parte de los compañeros y compañeras que tienen las más altas responsabilidades en la dirección del proyecto socialista defendieron en aquel Congreso otras opciones diferentes a Nueva Vía. Los miembros de Nueva Vía nos olvidamos pronto de qué papel jugó cada cual en el 35 Congreso, porque entendimos que todos los papeles fueron importantes para el proyecto de ampliación de derechos y libertades en el que estamos empeñados. Por supuesto, olvidamos las consecuencias en términos de poder, no las causas en términos biográficos y políticos. Sería injusto olvidar la inteligencia, la valentía o el esfuerzo que cada uno puso de su parte.

¿Qué nos unió a un grupo de personas tan distintas en aquella primavera del año 2000? Desde luego no fue la perspectiva del poder, harto improbable para un grupo tan pequeño y tan poco relevante en términos orgánicos o institucionales. Quizá la principal razón es tan evidente que no haya merecido la pena pararse a pensarlo: el núcleo de Nueva Vía éramos gente de la misma generación. La generación de los jóvenes de los ochenta. Una generación que ha vivido toda su vida adulta en democracia, pero que llegó a participar en los últimos combates contra la dictadura y para afirmar la democracia. Una generación que, a pesar de la coincidencia del triunfo de la democracia y del PSOE con la crisis económica de los primeros ochenta, no sucumbió al desencanto. Sino que, a pesar de sufrir un fuerte bloqueo generacional en su proceso de juventud, de ver aplazada su emancipación familiar, con tasas de paro superiores al 40%, mantuvo sus lealtades democráticas y políticas.

Fueron nuestra lealtad política al proyecto socialista y nuestra cultura democrática las que nos movilizaron en un momento de extrema dificultad para nuestro partido. Fue nuestra fe en los valores universalistas de la democracia la que nos impulsó a hacernos cargo de la dirección del PSOE. No lo hicimos para sustituir a nadie, sino precisamente porque no había nadie a quien sustituir. Como demócratas de toda nuestra vida creímos que era posible, aunque sabíamos que era improbable, ganar aquel congreso; esperábamos con nuestra participación, y con nuestra victoria, en una competición limpia, generar de nuevo la ilusión necesaria, la fe, el crédito, que hacen posibles la política democrática y el proyecto socialista. Y lo hicimos.

Publicado en Público el 23 de julio de 2010

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