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A cuerdos

1 junio, 2010

Hace unos meses me invitaron a que saludara a un grupo de personas que visitaban el Congreso de los Diputados. Después de las presentaciones, una señora me preguntó por qué los diputados no parábamos de discutir en vez de ponernos de acuerdo en lo que le conviene al país. Porque es discutiendo entre
nosotros como sabemos lo que le conviene al país, respondí. Si usted va a comprar unos zapatos no va directamente a coger el par que más le convienen. Al ver los zapatos en los estantes, en su cabeza se inicia un diálogo sobre cuál es el par que le parece más bonito, cuál más cómodo, cuál más barato, porque no siempre coincide. Si va con un hijo adolescente entonces ese diálogo interior se hace exterior, y si además vienen su pareja, los abuelos y un amigo de la familia, el diálogo interior puede terminar siendo una discusión bastante ruidosa en mitad de la zapatería.

Si supiéramos automáticamente lo que nos conviene en cada momento, si no tuviéramos dudas, si no nos viéramos obligados a elegir y con ello también a renunciar, es posible que nuestra vida fuera más tranquila, pero no sería más libre. Si no podemos silenciar nuestro diálogo interior a la hora de elegir unos zapatos, cómo vamos a silenciar el diálogo de cuarenta y cinco millones de personas a la hora de elegir nuestro destino. El Parlamento es la cámara de resonancia de ese gran diálogo.

Cuando sentado en mi escaño escucho en boca de un diputado cosas que no me gustan, suelo pensar que si está allí es porque hay muchas personas que piensan lo mismo que él. No es un consuelo, pero es la verdad. Representamos a personas con distintas visiones e intereses y de nada sirve un acuerdo entre nosotros si después no lo pueden asumir nuestros representados. La ausencia de acuerdos políticos es, la mayor parte de las veces, el reflejo de la falta de acuerdos sociales. Los mismos medios de comunicación cuyos solemnes editoriales nos exigen a los partidos que lleguemos a acuerdos unánimes e inmediatos sobre lo que habría que hacer mañana, no son capaces de ponerse de acuerdo en contarnos una versión siquiera aproximada de lo que ocurrió ayer.

El jueves pasado, en la misma sesión en la que el Congreso se dividió dramáticamente en dos a la hora de aprobar las medidas propuestas por el Gobierno para disminuir el déficit, votamos por unanimidad la protección social de dos millones de trabajadores autónomos. Fue relativamente fácil recabar el apoyo de todos para ampliar derechos y prestaciones, pero nos quedamos solos a la hora de asumir esfuerzos y renuncias. Ése ha sido en muchas ocasiones el papel del PSOE en la democracia, el del partido que representa a los ciudadanos y ciudadanas que se sienten responsables de España. Hay días que es un papel difícil, pero si se ve la obra completa, es el papel protagonista.

Publicado en La Opinión de Málaga el 1 de Junio de 2010

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