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Vacaciones en Bad Godesberg

5 octubre, 2007

Al igual que en la noche todos los gatos son pardos, la oscuridad de las dictaduras homogeneiza a los diferentes sectores de la oposición. Y de la dictadura franquista quedó un buen nivel de cercanía y entendimiento entre la oposición de izquierda y los nacionalismos democráticos de la periferia, dos proyectos políticos con sustanciales diferencias.

Durante décadas el entendimiento y la colaboración entre la izquierda española y los nacionalismos periféricos ha producido resultados positivos para todo el país. Sin embargo, en los últimos tiempos, hay síntomas de que algo debe cambiar en esa relación para que pueda seguir dando sus frutos.

Como hicimos en otras ocasiones, en la actual Legislatura los socialistas hemos pactado con los nacionalistas. Sin embargo, en esta ocasión nos hemos encontrado con un elemento nuevo, cuando los socialistas acordamos con los nacionalistas hacer reformas que mejoran el autogobierno de las Comunidades a las que pertenecen, reformas constitucionales y legítimas, el nacionalismo español las denuncia como pasos dirigidos a la ruptura de España.

Una ocurrencia como esa resultaría del todo increíble si no fuera porque, en ocasiones, nuestros socios han afirmado que, efectivamente, los pasos que damos juntos se encaminan en esa dirección. Algo que es igual de falso cuando lo afirman ellos que cuando lo dice el PP, pero que a dos voces parece más creíble. Y, de ese modo, en lugar de debatir sobre las mejoras administrativas y políticas en la gestión de la sanidad, la educación, la vivienda, las infraestructuras o el desarrollo económico, que es lo que estamos haciendo, debatimos sobre lo que no estamos haciendo, es decir, sobre la ruptura de España.

España no es uniforme, pero tampoco es un puzzle de piezas homogéneas. Las piezas son tan heterogéneas como el todo. Cuando los sociólogos preguntan sobre los sentimientos de identidad territorial en España, siempre se encuentran ante al triunfo del mestizaje, la mayoría contesta: tan vasco como español, tan catalán como español, tan andaluz como español, y así. La mayor parte de los ciudadanos de nuestro país tiene identidades mestizas. Los hay exclusivamente catalanes, vascos puros o españoles sin mácula, pero son los menos. Sus sentimientos son legítimos, pero minoritarios. Y sus proporciones no han cambiado desde la Transición.

Es verdad que se trata de la mirada de un sociólogo y no la de un historiador. Sin duda la historia nos ha traído a estas playas, nos ha hecho así, con estas identidades complejas y reales. Y es necesario conocer cómo se formaron y dónde. Pero la solución institucional que más conviene a esa multiplicidad de identidades no debe servir a quienes poblaron estas tierras en el pasado, sino a los del presente y a los del futuro. Y esa solución institucional pasa por un modelo muy parecido a lo que ya tenemos, un modelo de convivencia que permite la unidad política de todos los españoles y la autonomía necesaria para que se preserve la identidad, la lengua y la cultura de los que no se sienten españoles, o no sólo españoles. Con este modelo hemos salido ganando todos, los nacionalistas y los no nacionalistas.

Hemos pasado de ser un Estado centralista y unitario a ser un Estado descentralizado y compuesto. Y a los españoles nos ha ido muy bien incorporando la autonomía política de los territorios a nuestro proyecto político. Es bueno para la democracia que el poder esté dividido, y mejor que esté disperso. El éxito de la España democrática se debe en buena medida a esa dispersión del poder que la ha hecho más democrática y más próspera. Ha resultado mejor para nuestro desarrollo económico que en lugar de tener sólo un ministro de industria, tengamos además diecisiete consejeros de industria. Ha sido muy bueno multiplicar por diecisiete las instancias de decisión y control democrático. Quizá haya perjudicado a algunas castas de burócratas que han usurpado históricamente el poder político en España, pero ha beneficiado a todo el país.

Los españoles hemos hecho un esfuerzo transformando un Estado centralista y unitario en otro que atendiera a las demandas de los nacionalistas periféricos. Y nos hemos encontrado con que ese esfuerzo nos ha beneficiado también a nosotros. Sería razonable que los nacionalistas periféricos hicieran un esfuerzo por su parte renunciando a su programa máximo, a la independencia, que no a su identidad. Primero, porque es un proyecto inviable dada la composición identitaria de sus territorios, ya que traumatizaría y desgarraría a una parte muy importante de su población. Y, segundo, porque también ellos se beneficiarán de su renuncia.

En 1959 los socialistas alemanes renunciaron al marxismo en el famoso congreso celebrado en la localidad de Bad Godesberg. Veinte años después, en 1979, los socialistas españoles hicimos lo mismo. Internamente fue traumático, pero socialmente resultó un éxito. Al final, aquella renuncia nos ayudó a ganar la confianza de una gran mayoría para consolidar las libertades y construir el Estado del Bienestar.

Uno es lo que hace. La identidad de los socialistas es ampliar la libertad y el bienestar de todos los ciudadanos, así la hemos construido en todas partes del mundo. Sin duda para llevar a cabo esa tarea deberemos seguir colaborando con los nacionalistas democráticos. Pero ayudaría mucho a nuestra colaboración que los nacionalistas se fueran de vacaciones dos o tres días, lo que dura un congreso, a Bad Godesberg.

José Andrés Torres Mora es diputado y miembro de la Ejecutiva del PSOE.

Publicado en Público el 5 de octubre de 2007

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