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Un país de partido

17 abril, 2007

Durante la manifestación del 10 de marzo, convocada por el PP para protestar contra la política antiterrorista del Gobierno, algunos jóvenes gritaban: “no somos fachas, somos españoles”. De ese modo expresaban perfectamente el problema frente al que nos encontramos. No distinguen su identidad nacional de su ideología política. Es obvio que ellos no querían ser confundidos con fachas, pero en lugar de decir que eran demócratas, o que eran del PP, dijeron que eran españoles. Y así, tratando de evitar la confusión con los fachas, la confirmaban.

Igual que estos jóvenes, los dirigentes del PP necesitaban aclarar que no eran fachas. Y, también como los jóvenes, eligieron un medio que en lugar de diferenciarlos, los terminó confundiendo con los fachas. Quisieron exorcizar el fantasma de la extrema derecha cubriendo literalmente su manifestación de banderas constitucionales. Y de este modo, para no hacer uso de la bandera facha, hicieron un uso facha de la bandera. Porque no es sólo el escudo de la bandera, sino el uso partidista de la misma lo que marca la diferencia entre los fachas y los demócratas. Y el PP, al hacer un uso banderizo de los símbolos constitucionales, al apropiarse del discurso del todo, se transformó en lo que tanto temía: el partido de lo único.

Intuitivamente no resulta muy democrático que una parte de los españoles usen los símbolos de todos contra un gobierno elegido por la mayoría. Cuando los dirigentes del PP critican las políticas del gobierno en nombre de la nación, y no en nombre de su partido, van más allá de los límites de una oposición democrática. El espacio democrático se achica peligrosamente cuando la discrepancia se considera traición a la patria. Pero no sólo se empequeñece, sino que se degrada, pues la deslegitimación del adversario es también un incentivo para romper las reglas del juego. Y el uso de un tema de Estado como tema de confrontación entre partidos es una flagrante ruptura de las reglas del juego. Por eso no es casual que para hacer oposición en política antiterrorista, los dirigentes del PP se envuelvan en los símbolos del Estado. Sólo en nombre del Estado estarían legitimados para hacer política en esta materia. Y como no tienen legitimidad democrática para hacerlo, construyen un simulacro de representación. Usan el discurso, el himno y la bandera de todos, para simular que representan al Estado. Una representación para la que podrán reclamar cualquier tipo de legitimidad metafísica, como hacen los fachas, pero nunca una legitimidad democrática.

Es indudable que el PP es un partido grande, que representa a muchos españoles. Pero, con ser grande, en él no cabe España. Y el intento de encajar España en los límites del PP pasa necesariamente por reducir el pluralismo del país. Por eso, incapaces de aceptar el doble pluralismo, territorial e ideológico, que constituye la España real, los dirigentes del PP sólo son capaces de ofrecer una España de partido.

José Andrés Torres Mora.

Diputado y miembro de la Ejecutiva del PSOE. Publicado en la revista Tiempo el 4 de abril de 2007

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