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Fortuna y Virtud (*)

29 noviembre, 2006

Hace unos meses el profesor Santos Juliá escribía en las páginas dominicales de EL PAÍS, que “Zapatero pertenece a la primera generación de políticos que nunca se han dado una vuelta por los arrabales del sistema a la búsqueda de un punto de apoyo exterior desde el que levantar un nuevo mundo. Son políticos constitutivamente reformistas desde su primera juventud (…). Para ellos, el sistema actual es todo el sistema posible”.

¿Qué hay fuera de la política?, ¿dónde está ese punto de apoyo exterior que reivindicaba mi admirado Santos Juliá para cambiar el sistema? Para la tradición tecnocrática, de izquierdas o de derechas, ese punto se sitúa en el conocimiento experto, en la ciencia. Para los fundamentalistas en la religión. Para los nacionalistas en la historia. Todos ellos tienen una verdad que está por encima de la opinión democrática. Una democracia que, efectivamente, es para Rodríguez Zapatero todo el sistema posible.

La esperanza de que exista una idea teórica de la que extraer deductivamente las respuestas precisas a cada circunstancia que se presente en la vida política es tan vieja como fallida. Lo cierto es que los razonamientos políticos terminan en una elección. Finalmente, después de haber considerado racionalmente todas las posibilidades, el curso de la acción se elige, no se deduce. Al cabo, hay siempre un paso en la oscuridad, que exige fortuna además de virtud. Esa es la esencia de la libertad humana, y por ende de la política.

Gobernar democráticamente implica aceptar que el resultado es más fruto del acuerdo entre muchos, siempre contingente, que de un plan necesario. Sin duda ese carácter contingente de la vida política democrática produce vértigo. Y si gobernar democráticamente siempre implica incertidumbre, cuando se gobierna una democracia en la que algunos de los actores principales no comparten la legitimidad de las reglas del juego, la incertidumbre es mayor aún.

Comprendo que le puedan desagradar las contingencias de algunos procesos. Pero es injusto que Santos Juliá atribuya el carácter imprevisible de la política a la ausencia de un cuerpo de discurso de Rodríguez Zapatero. Y más injusto aún es acusarlo de tener un pensamiento débil. Acusación en la que no le va a la zaga el profesor Antonio Elorza que, en un artículo reciente, venía a atribuir la fuente de todos los problemas a la “insuperable ligereza de entendimiento” del Presidente Rodríguez Zapatero.

Cuando el señor Moreno, director de EL PAÍS, habla de la pésima gestión del proceso de reordenación territorial que ha hecho el presidente Rodríguez Zapatero, usa precisamente el término gestión. Y esa palabra, asociada a la política, pertenece más a una tradición más cercana al pensamiento autoritario de Platón que al republicano del Maquiavelo de los Discorsi. Si el proceso de reordenación territorial se estudia como un problema gerencial de distribución racional de competencias, nos estamos perdiendo la realidad. La realidad es que la reordenación territorial es un proceso político que expresa el conflicto entre distintas fuerzas que, además, van cambiando sus posiciones. ¿Cuál es la coherente línea de acción que está teniendo Rajoy respecto a las reformas estatutarias de las comunidades que gobierna su partido?

En ese sentido, es notable la injusta acusación de quienes sostienen que si no sabíamos dónde íbamos a ir, ¿para qué iniciamos el camino? Como si el camino lo hubiéramos iniciado nosotros. Como si estuviéramos en el momento inicial del proceso autonómico, cuando todo quedó abierto. Como si ahora no hubiera nuevos y poderosos actores como son las comunidades autónomas. Como si no se sentaran en el Parlamento diputados nacionalistas e independentistas y diputados que siguen sin estar de acuerdo con el Estado de las Autonomías. Como si pudiéramos hacer tábula rasa de la historia autonómica de los últimos 25 años y planear todo de nuevo desde la racionalidad pura y desinteresada.

Zapatero se encontró con un plan Ibarretxe, del que ya nadie se acuerda, pero que conmocionó a la sociedad española. Se encontró con una fuerte demanda catalana de una reforma estatutaria, y con otras cuantas reformas que ya estaban comprometidas en los programas de gobierno de varias autonomías. Ciertamente pudo hacer como Aznar, ese brillante estadista. Pero no pareció prudente. Cuando Aznar llegó al poder tuvo el voto de investidura del PNV, y cuando se fue nos dejó en marcha el plan Ibarretxe. Cuando llegó Aznar, ERC tenía un diputado, y cuando se fue tenía ocho. Cuando llegó teníamos un problema de terrorismo, y cuando se fue teníamos dos problemas de terrorismo y un problema territorial. Debe ser ese el modo políticamente correcto de tratar a los adversarios políticos, dejarlos más fuertes cuando te vas que cuando los encontraste.

Después de dos años y medio, Zapatero ha reconducido la relación con el PNV y ha sacado adelante el Estatuto de autonomía de Cataluña, y el cielo no ha caído sobre nuestras cabezas. Y sí, probablemente Rodríguez Zapatero cometiera un error: no hacer hincapié en el éxito en la adecuación del Estatuto a la Constitución. Y eso por no encarecer el acuerdo con las fuerzas nacionalistas dándose satisfacciones retóricas, de esas a las que la derecha nos tiene tan acostumbrados. Como consecuencia de esa actitud tenemos un Estatuto constitucional y algunos intelectuales confundidos. Por ejemplo, cuando pontifican sobre los efectos del Estatuto catalán sobre la unidad de España. Confundiendo el reconocimiento de una bilateralidad que viene siendo práctica habitual entre los Gobiernos autonómicos y central, con una bilateralidad vinculante que fuese el portillo por el que se colase una articulación confederal del Estado. Nunca me atrevería a poner en cuestión la capacidad de entendimiento del profesor Elorza, pero su discurso tiene más que ver con la excesiva exposición a las retóricas del nacionalismo español y del nacionalismo periférico, que con la lectura atenta del Estatuto que aprobamos en las Cortes.

A estas alturas del proceso, ya son reconocibles los rasgos objetivos de un nuevo modelo de desarrollo del Estado Autonómico, que va a permitir a los ciudadanos identificar mejor las responsabilidades de los diferentes poderes públicos. Un Estado Autonómico que ha producido mucha más igualdad territorial en España que el viejo e ineficaz Estado unitario que algunos todavía parecen añorar.

Me parece muy bien que el señor Elorza piense que los nacionalistas no tienen razón. Yo también lo creo, soy socialista. Pero cuando cierro los ojos en el hemiciclo y los abro, los nacionalistas no desaparecen, tampoco los diputados de la derecha, curiosa obstinación de la realidad. Están ahí, y también a ellos los han votado varios millones de ciudadanos. Y tienen derecho a defender lo que propugnan, y yo defiendo ese derecho aunque no me guste lo que dicen. Seguro que ellos piensan lo mismo de mis ideas. Pero tenemos que vivir, y eso exige incoherencias que no caben en las limpias teorías del pensamiento impecable.

Vivir. Eso querían hacer millones de personas en Irak cuando algunos políticos, al parecer menos leves que Zapatero, decidieron seguir los consejos de ciertos intelectuales impecables de la derecha. Los implacables defensores de la democracia y los derechos humanos decidieron que la paz que vivía el pueblo iraquí no era una paz verdadera. Que sin libertad, sin democracia, sin derechos humanos, bajo una religión fundamentalista, no hay verdadera paz. Cientos de miles de muertos más tarde, estos libertadores impecables e implacables no han cambiado de opinión. No es raro que la idea de la Alianza de Civilizaciones les resulte intelectualmente intolerable.

Con los mismos argumentos, la derecha exige la interrupción del proceso de paz en el País Vasco. Con argumentos impecables, los mismos que llamaron a ETA Movimiento de Liberación, los mismos que rebajaron penas, acercaron presos, dialogaron y negociaron, los mismos que hablaron de una paz sin vencedores ni vencidos, dicen ahora que sólo cabe la aniquilación de los asesinos. La paz dialogada les parece demasiado cara. Debe resultarles más barato intentarlo de otro modo.

Frente al Zapatero virtual que construyen sus adversarios para atacarlo cómodamente, hay un político patriota que ofreció un pacto antiterrorista a un partido que nunca tuvo reparos en usar el terrorismo como un arma electoral. Que se mantuvo leal a ese pacto, aceptando un no siempre cómodo liderazgo de la derecha en la lucha contra el terrorismo, y guardándose de exponer públicamente sus discrepancias. Casan mal todos estos datos de la realidad con la imagen que cada día propala la derecha sobre él, la imagen de una persona irresponsable y decidida a destruir el país (y el mundo). Lo irresponsable es acusarlo de ingenuidad por haber pactado con un partido tan desleal. Extraño e irreconocible el país que castiga la decencia.

No deja de ser curiosa la compasión que sus críticos muestran por los adversarios de Zapatero en comparación con la dureza con la que se emplean contra el líder socialista. Rafael del Águila ha hablado de la implacabilidad de los intelectuales impecables. Contrasta el implacable juicio del impecable profesor Elorza sobre la voluntad de destrucción del adversario que tiene Zapatero, con la trayectoria real del político que integró a sus adversarios internos y que ha demostrado siempre una extraordinaria contención a la hora de calificar a sus adversarios externos. Incluso cuando le han dedicado lindezas como la de ser un traidor a los muertos del terrorismo. Para un intelectual de izquierdas deberían pesar también en el juicio sobre el presidente sus logros en política social, en materia de derechos y libertades, de igualdad efectiva entre hombres y mujeres, y las apreciables mejoras de la calidad de nuestra democracia.

(*) Publicado en EL PAÍS, el 28 de noviembre de 2006

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