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Así que pasen treinta años (*)

14 noviembre, 2005

Es muy difícil comprender el éxito de nuestra Transición a la democracia si no se acepta que la sociedad española ya estaba cambiando antes del final de la dictadura. Las cosas fueron muy rápidas en la vida social, en el censo de 1960 España era un país agrícola, en el de 1970 un país industrial y en el de 1981 uno de servicios. La emigración de dos millones de españoles en las décadas de los cincuenta y sesenta a los países del centro de Europa no sólo tuvo consecuencias económicas, los emigrantes trajeron consigo una experiencia viva de sindicatos, partidos, procesos electorales, democracia en definitiva. Estoy convencido de que tan importante como la memoria histórica de la República, la experiencia viva de los emigrantes fue clave para el éxito del socialismo democrático en las elecciones de 1977.

Pero si la modernidad, el laicismo y los valores democráticos ya impregnaban la sociedad antes de 1975, si las fronteras sociales nunca son nítidas, si la democracia penetraba en el franquismo, ¿hasta qué punto el franquismo sigue penetrando en la democracia?, ¿cuánto franquismo queda aún en nuestra sociedad, en nuestra cultura política?

A mediados de los noventa les solía poner una tabla estadística a mis estudiantes de Sociología, una tabla en la que los encuestados evaluaban el régimen de Franco veinte años después. La tabla tenía las casillas vacías, y yo les pedía a los estudiantes que intentaran adivinar qué resultados habían salido en la encuesta. Es la mejor manera de leer una tabla estadística: establecer una hipótesis sobre lo que esperamos que salga y comparar nuestra hipótesis con lo que realmente ha salido. De ese modo la reflexión se hace más rica cuando, además de estudiar el objeto, consideramos nuestros problemas teóricos para abordarlo. En general mis estudiantes esperaban que la gente tuviera peor opinión del régimen de Franco y de su labor que la que finalmente revelaba la encuesta. ¿Por qué aquellos inteligentes estudiantes se equivocaban?, ¿por qué esperaban que la gente tuviera un peor recuerdo, una peor valoración, del franquismo?

Veinte años después de la muerte del dictador, la mitad de los españoles tenía una imagen mala o muy mala del régimen de Franco y de su labor, pero también había una cuarta parte de los entrevistados que tenían una opinión buena o muy buena del franquismo. Cuatro lustros después había mucha gente que opinaba bien de aquella dictadura. Quizá aquellos jóvenes no veían a esas personas, y por eso no esperaban que hubiera tantos, quizá los franquistas no tuvieran una expresión política, pero era evidente que los había. ¿Cómo si no, se había mantenido el régimen tanto tiempo? En alguna parte debían estar quiénes gobernaron, apoyaron y sostuvieron ese régimen, y también en alguna parte debía estar la justificación ideológica del mismo.

La última encuesta que conozco sobre el franquismo es una del CIS del año 2000, coincidiendo con el veinticinco aniversario de la muerte de Franco. En esa encuesta se apreciaba un resultado paradójico: todavía un 66% de los entrevistados pensaban que aún se nota la huella profunda que dejó aquel periodo en nuestro país y, a la par, un 70% afirmaban que la forma de ser y de pensar de los españoles tenía muy poco que ver con el pasado.

Es un buen tema para pensar. La sociedad española ha seguido avanzando en sus valores democráticos a la par que reconoce que aún quedan importantes restos de aquella época. De pronto, como decía Hannah Arendt, la luz del presente ilumina el pasado y lo esclarece. A diferencia de lo que ocurrió con la izquierda, una buena parte de los responsables del régimen de Franco pasó sin solución de continuidad a ser respetables demócratas. La derecha, después de treinta años, no ha hecho todavía su Bad Godesberg, el congreso en el que los socialdemócratas alemanes renunciaron al marxismo. La derecha nunca ha analizado qué fue la dictadura, qué papel tuvo, en qué se equivocó. Es más, en los últimos tiempos, para desgracia de todos, algunos sectores de la derecha están dedicando un gran esfuerzo a explicar las razones que, a sus ojos, la hicieron necesaria.

Ahora, precisamente ahora, es cuando más se nota que muchos de ellos no hayan condenado si quiera intelectualmente el franquismo. Se nota en lo que les cuesta admitir la legitimidad de la alternancia política, el gobierno democrático de la izquierda. Soportan la alternancia, porque no les queda otro remedio, pero la consideran una anomalía, así ocurrió con la etapa anterior de Gobierno socialista, cuya prolongación les parecía intolerable y tan anómala como para deberse al voto cautivo, una tesis en la que insistieron durante años. Tampoco le han reconocido legitimidad al actual Gobierno.

Treinta años después de la muerte de Franco, en contraste con una ciudadanía fuertemente comprometida con los valores democráticos, la huella poderosa de aquel pensamiento nacionalista español y autoritario sigue manifestándose en una parte de la derecha política que, como diría su presidente de honor, ha vuelto a las andadas.

José Andrés Torres Mora

Sociólogo y Diputado Socialista

* Publicado en la revista Tiempo de Hoy el 14 de noviembre de 2005

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