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Nacionales y nacionalistas (*)

12 noviembre, 2005

EN una ocasión un estudiante latinoamericano me preguntó por qué en nuestro país el partido de la derecha se llama Popular. Aquel chico estaba acostumbrado a la identificación simbólica de la izquierda con el pueblo y de la derecha con las clases medias y las elites. Le expliqué que la acepción de pueblo que usa el Partido Popular, no es la gente, ni el pueblo llano, sino la nación. La Unión Nacional Española y la Unión del Pueblo Español eran algunos de los partidos que se coaligaron en Alianza Popular. La coartada democristiana es mucho más tardía.

Resulta paradójico y previsible. El PP, tan combativo contra los nacionalismos, es un partido nacionalista. Toda su historia es coherente con esa ideología: su oposición al Título VIII de la Constitución, a la España de las Autonomías; la apropiación que hacen sus seguidores de los símbolos nacionales; la tendencia de sus líderes a monopolizar la interpretación y la defensa de los intereses últimos del Estado; o esa extraña confianza de amo con la que pactan y acuerdan con los nacionalistas periféricos las mismas cosas que denuncian como traición en los socialistas. Se han recordado estos días los pactos de Aznar con CiU y el PNV en la VI legislatura, y también las alabanzas de Arzallus y Pujol a la extraordinaria flexibilidad del PP.

La vocación de los partidos nacionalistas es ser partidos del Todo. Probablemente como una reacción a la propia incompletitud de su ideal nacional. La España del catalán, del vascuence, del gallego, no cabe en el proyecto nacionalista español que representa el PP. Quizá por eso la derecha española no ha conseguido ser una verdadera derecha nacional, la derecha política catalana y vasca son la prueba de su fracaso. El grito de Pujol enano habla castellano no es más que la expresión grosera de una frustración amarga. De igual modo que las exageraciones retóricas de algunos representantes del nacionalismo periférico, cuando dicen que las Cortes tienen que limitarse a aprobar, sin enmienda, sus Estatutos, no son más que la expresión de una frustración similar. La expresión del fracaso de ambos, de los nacionales y de los nacionalistas, en su objetivo de conseguir un Estado independiente y nacionalmente homogéneo.

Esa pluralidad de identidades nacionales que tanto irrita al PP, también atraviesa los límites del País Vasco o Cataluña para disgusto de los nacionalistas vascos y catalanes. Sus ideales no son más que eso, fantasías que chocan con la realidad social de nuestro país, de manera inocua unas veces y letal otras. Porque lo cierto es que la identidad territorial de los españoles es muy diversa; así lo prueba un estudio del CIS de 2002 en el que se presentaba a los encuestados una escala que iba desde sentirse sólo español hasta sentirse sólo de su comunidad autónoma, pasando por posiciones intermedias en las que se combinaban ambos sentimientos. Por ejemplo, sólo el 3 por ciento de los extremeños y el 4 por ciento de los asturianos se sienten sólo españoles. Por el contrario, el 30 por ciento de los madrileños se sienten sólo españoles, y algo similar les ocurre a los castellanos, murcianos y valencianos. En Aragón, el 73 por ciento se siente tan de su comunidad como españoles, y ésa es también la posición mayoritaria, el 70 por ciento, entre nosotros, los andaluces. Los vascos y catalanes, y también entre los canarios, baleares, gallegos o navarros, abundan quienes se sienten sólo, o fundamentalmente, de su comunidad; pero son mayoría los que en alguna medida también se sienten españoles.

Así es nuestro país, en el todo y en las partes. No existe la España plural y la Cataluña o la Euskadi homogéneas, la pluralidad describe a todo el país como un fractal. Esa realidad desborda cualquier esquema nacionalista, sea español o periférico. Lo malo es que el nacionalismo suele tener, además de una vocación de totalidad, un reflejo antipolítico, un reflejo antidemocrático. El nacionalista, como cierto marxismo, cree que su proyecto es más que una opinión, cree que porta una verdad. Una verdad anterior a cualquier acuerdo humano, una verdad prepolítica, preconstitucional.

El pasado día 2, en el debate en el Congreso sobre la reforma del Estatuto de Cataluña, Mariano Rajoy decía: “Señorías, el pueblo español no es soberano porque lo diga la Constitución, no. Es al revés: el pueblo español hizo la Constitución porque era soberano. (…) Es la nación soberana la que ha dispuesto constituirse en Estado y que en ese Estado existan comunidades autónomas”. Pura metafísica nacionalista, la misma que emplea el nacionalismo periférico.

Con metafísica identitaria como ésa, y grandes golpes en el pecho, los nacionalistas de uno y otro bando se alimentan mutuamente de votos y de discurso, y dañan la convivencia. Es evidente que esa no es nuestra ideología, pero los socialistas tenemos que gobernar también esa realidad que es tan ajena a nuestros valores. Ésta es la difícil y compleja tarea del Gobierno de Zapatero, respetar la expresión de las identidades y, además, tratar de que el Estado de las Autonomías mejore su funcionamiento, eliminando en lo posible los defectos que a lo largo de los años han ido evidenciándose, establecer mecanismos que fortalezcan la lealtad institucional, dotar a las comunidades de instrumentos para abordar sus responsabilidades, y mantener la cohesión territorial y social.

(*) Publicado en el Diario Málaga Hoy el 12 de noviembre de 2005

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