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De asesores y líderes (*)

16 mayo, 2005

Hace unos días leí un artículo de opinión de un prestigioso periodista que venía a advertir sobre la figura del asesor del político. El periodista dibujaba al asesor como “el gran urdidor, el que trenza alianzas en la trastienda, el correveidile del jefe, el que advierte o intoxica, sin desgastarse en los medios de comunicación”. Quedaba en suspenso la hipótesis de si, además, el asesor no será también el encargado de los “trabajos sucios”. Aprovecho la amable petición de la revista Tiempo para explicar mi propia experiencia en este tema, en la esperanza de que pueda ser generalizable.

Durante cuatro años fui el director del gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero. Y creo que me ha pasado como aquel que se alistó en la marina para ver mundo y le tocó servir en submarinos. Nada de urdir planes, trenzar alianzas, servir de correveidile, intoxicar o hacer “trabajos sucios”. En mi caso, llegaba a mi trabajo a eso de las nueve y cuarto de la mañana, y creo haber salido pocas veces antes de las once de la noche. La mayor parte de ese tiempo la pasé en un despacho de nueve metros cuadrados. Fue un tiempo emocionante, en cierto modo bello y lleno de aventura, pero también prosaico y pesado.

Mis recuerdos son bastante ingenuos si se comparan con ese mundo oscuro y algo siniestro que algunos novelan. Lo que realmente hace un gabinete es papeles. Por ejemplo, contestar cartas, atender llamadas, preparar documentos, informes. Éramos pocos, y yo lamentaba que no tuviéramos recursos para investigar, así que básicamente hacíamos de documentalistas. Buscábamos datos, e informaciones, que sirvieran para documentar intervenciones del secretario general. Normalmente él tenía bien claro qué necesitaba, y nosotros buscábamos en estadísticas, periódicos, revistas, libros, aquello que nos pedía. Por supuesto que teníamos criterio, y si veíamos algo que podía ser útil, una idea, un argumento, un dato, se lo hacíamos llegar.

Las mayores emociones eran ayudar a preparar un gran evento político como, por ejemplo, el debate del Estado de la Nación. Entonces Ferraz competía con Moncloa, los gabinetes nos esmerábamos en tener los mejores datos, los mejores argumentos, las mejores ideas. En frente teníamos al Gabinete de Presidencia de Gobierno y a todos los gabinetes de los ministerios. Nosotros teníamos la inestimable ayuda del Grupo Parlamentario Socialista y de las Secretarías de Área del partido. Ellos trabajaban para Aznar y nosotros para Zapatero, y me acuerdo de algunos paseos en aquellos días luminosos y emocionantes con miembros del gabinete de Aznar, comentando el desarrollo de la jornada y deseándonos buena suerte.

Lo latente goza en ocasiones de un inmerecido prestigio intelectual frente a lo patente. Porque, como en La carta robada de Poe, el poder está en los lugares más visibles: son los gobernantes, los banqueros, los dueños de los medios de comunicación, los que tienen el poder. Es la Ejecutiva Federal la que toma las decisiones, y son los responsables políticos quienes influyen más en los temas que les son próximos. Es difícil imaginar alguien más influyente en la estrategia parlamentaria que Caldera en aquellos años, o que Rubalcaba en estos, o más influyente que Blanco en los temas orgánicos. No es imaginable que en el entorno del Presidente del Gobierno pueda haber personas con más información y con más criterio, y por tanto con más influencia, que la Vicepresidenta De la Vega o el Vicepresidente Solbes.

El trabajo del asesor no es salir en la prensa, pero es bueno para la democracia que nada se hurte al escrutinio de la opinión pública. La luz disipa lo que son sólo fantasmas de una imaginación morbosa alimentados por la oscuridad. Es verdad que del mismo modo que un periodista no concedería una entrevista sobre sus fuentes, todas las profesiones deben conservar su grado razonable de confidencialidad. No es razonable que la secretaria o el conductor hablen sobre con quién habla, o dónde va, su jefe. Esa información no su propiedad, sino de su jefe.

Las sociedades modernas son muy complejas, no es fácil encontrar las razones del sufrimiento de la gente, de por qué las cosas salen mal. En general, muchas veces, son consecuencias de procesos, del ciego desarrollo de fuerzas sistémicas. Pero eso es difícil de explicar, es difícil de entender. Y entonces resulta más fácil personalizar los argumentos, buscar un culpable: el verdadero responsable, que lo es más porque está detrás de la tramoya. Un ser anónimo contra el que es más fácil lanzar la masa de acoso.

La democracia es un buen instrumento para gobernar las sociedades, no sólo normativamente, sino también en la práctica; no sólo porque sea justo, sino también porque es lo más conveniente. También en lo que a la selección del personal político atañe. No imagino a ningún Cyrano detrás de un líder político democrático. La realidad desmiente todos los días a esos vendedores de crecepelo electoral que van ofreciendo su mercancía a otros pícaros menos avisados. Los líderes democráticos no se fabrican, no se crean artificialmente, no hay trampa ni cartón. Por eso el trabajo político es tan duro, tan bello y tan impredecible.

* Publicado en la revista Tiempo el 16/05/2005

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