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Todos los hijos de Zapatero

16 julio, 2017

 Me recuerdo corriendo por la Ciudad Universitaria de Madrid, cerca de donde hoy está el rectorado de la Complutense. Corría de prisa, muy de prisa, los diecinueve años y el miedo me daban alas. Volví la cara y vi claramente como el policía, exhausto, se paraba y me apuntaba con su pistola, corrí más de prisa, volé, hasta caer por un terraplén, que me sirvió para esconderme y alejarme. Era el mes de diciembre de 1979. Nos manifestábamos contra el proyecto de ley de Autonomía Universitaria (LAU) del gobierno de UCD. Estudiaba tercero de Sociología, y José María Maravall era dirigente del PSOE y mi profesor de Cambio Social, al terminar la clase me acerqué a él y le conté lo que estaba ocurriendo con la policía. Maravall me dio el teléfono de Javier Solana, y le expliqué lo mismo, Solana me dijo que ya habían hablado con Rosón, que entonces era el gobernador civil de Madrid, sobre las actuaciones policiales y que Rosón les había dicho que no eran capaces de controlar a toda la policía. Me obsesionaba la idea de morir luchando contra un proyecto de ley que ni siquiera había leído, y traté de hacerme con una copia. Gracias a la manía adolescente de llevar un diario recuperé, treinta años después, en la casa de mis padres, en Yunquera, aquellas conversaciones. Al día siguiente nos manifestamos de nuevo. Cuando volví con Enrique Martínez a nuestro Colegio Mayor, nos enteramos de que la policía había matado a José Luis Martínez y a Emilio Montañés, de veinte y veintitrés años respectivamente. José Luis estudiaba en mi facultad. Fui al funeral con Joaquín Arango, que había sido mi profesor de Historia en primero, dimos el pésame a los padres de los chicos. Allí comprendí lo fácil que es llevar a los adolescentes al matadero, y el precio brutal que pagan sus padres. 

El otro día leí que un guardia nacional venezolano había matado a un chico de veintidós años, David José Vallenilla, que era hijo del jefe, del supervisor, del presidente Maduro, cuando éste trabajaba de conductor de autobús en el Metro de Caracas. Luego vi en la tele al padre del chico decirle al presidente de Venezuela que ese joven era el mismo niño que él había conocido años atrás. He visto fotos del chico mientras se le escapaba la vida.

 

Si todos los esfuerzos que está haciendo el presidente Rodríguez Zapatero en Venezuela, sirven para salvar la vida de un solo chico, de uno solo, habrán valido la pena. Duele cuando le preguntan: “¿cree, señor Zapatero, que todavía es posible el diálogo en Venezuela?”. Cómo si fuera un pobre ingenuo, o algo peor. ¿Les parecería más listo si les respondiera que no, que nada hay que hacer, salvo alentar el conflicto y esperar los cadáveres adolescentes de los hijos de los otros? ¿Aceptarían quienes lo critican que fueran los de sus propios hijos? Al menos, a diferencia de esas personas, él sabe que todos los hijos valen para sus padres igual que los nuestros para nosotros: todos los esfuerzos, la esperanza más desesperada. Y, sí, no hace falta tan listo como sus críticos, basta con ser tan decente como él.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de julio de 2017

Puerto Gallego

9 julio, 2017

 Conozco a muchas personas a las que una determinada situación les recuerda una película, a otras una canción, a mi también me pasa, pero con frecuencia las cosas me recuerdan a un libro. No siempre el mismo libro, no siempre Republicanismo, de Philip Pettit, como intuyo que estará pensando algún amigo malpensado. Por ejemplo, cuando escribo estas líneas me acaba de llegar una buena noticia, el archivo de la causa que obligó a una magnífica diputada a dejar el escaño hace unos meses. Y lo primero que me ha venido a la cabeza es el título de un excelente libro del profesor Ángel Rodríguez, catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Málaga: El honor de los inocentes.

 

En su libro el profesor Rodríguez advierte de un triángulo al que debemos prestar atención, el que componen los medios de comunicación, por un lado, los policías y fiscales, por otro, y los jueces, no sé si en el vértice. Un triángulo en el que, en ocasiones, desaparece el honor de personas inocentes, en medio de operaciones policiales diseñadas como un espectáculo mediático, y seguidas de juicios paralelos y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por columnistas justicieros, por no hablar de los ciberlinchamientos, por llamarlos de algún modo, a manos de sujetos sin perfil y por perfiles sin sujeto, por robots insultadores.

 

Todo eso es posible gracias a una justificación que ha hecho fortuna. Hace unos años un amigo politólogo me decía que para recuperar el prestigio de nuestra democracia era necesario sacrificar a algunos políticos inocentes. ¿Cuántos? cabría preguntarse. Todos, contestarían algunos de los que hoy disputan el poder político a la democracia. Estos días leemos que algunos altos mandos de la policía llevan años haciendo un uso espurio de su poder y de los instrumentos que la democracia ha puesto en sus manos. Resulta que esos policías, al igual que algunos fiscales, jueces y periodistas, hacen más política, y una política más corrupta, que los representantes elegidos por los ciudadanos, y uno de sus servicios es ofrecer víctimas propiciatorias en el altar de la regeneración democrática. Resulta paradójico que se instituya el crimen como instrumento para recuperar la virtud.

 

También los partidos han ido pasando de aprovecharse oportunistamente de los casos de corrupción que surgían entre los adversarios a reaccionar aterrorizados aplicando la consigna de mi amigo politólogo, es decir, a sacrificar preventivamente a personas inocentes al severo dios de la regeneración de la democracia.

 

Puerto Gallego, que así se llama la exdiputada cuya causa ha sido archivada esta semana, es una pediatra con una enorme vocación social, fue alcaldesa de Santoña con mayoría absoluta. Un adversario político la denunció, y hoy en nuestro país una denuncia es ya una condena. Ella, sabiéndose inocente, dimitió antes de ser juzgada, para no perjudicar a su partido. Quienes la conocemos no necesitábamos que la rompieran para saber de qué está hecha, de su integridad y de su nobleza. Mi amigo está equivocado, sacrificar a inocentes no mejora la democracia.

 Publicado en el diario SUR el 9 de julio de 2017

La boda de Helenita 

2 julio, 2017

Helenita era un bella joven que vivía en una pequeña ciudad Estado del Mediterráneo. Helenita era hija de Tindáreo, el rey, y acababa de volver a su ciudad después de pasar su primer curso en una universidad extranjera. Una tibia tarde de verano, Leda, que así se llamaba la madre de Helenita, le dijo: “Helenita, hija, tu padre ha acordado con Agamenón que te vas a casar con su hermano Menelao”. Helenita, poniendo el grito en el cielo, contestó a su madre: “¡ni muerta!, ¡con Menelao no!, mamá, con Menelao no, que es feo y viejuno. Además, a mí el que me gusta es Paris, el hermano de Héctor, que vive en un Colegio Mayor que hay al lado del mío”. La madre de Helenita insistió: “hija, esta es una decisión de tu padre, que es el rey, y tienes que acatarla”. A lo que Helenita, que acababa de terminar el primer curso de Ciencias Políticas, dijo: “papá es un tirano, y me gustaría que hubiera una revolución democrática para que sea el pueblo quien tome las decisiones”.
 

Por aquellos tiempos se estaba produciendo un proceso de transición a la democracia en la mayor parte de las ciudades de la región. De modo que, al poco tiempo de que Helenita tuviera esta conversación con su madre, la ola democratizadora, que se había iniciado unos meses antes en una ciudad vecina, alcanzó a la ciudad de Helenita. El rey fue depuesto y sustituido por la asamblea permanente de los ciudadanos y ciudadanas de la ciudad. La democracia se extendió hasta el último confín de la vida social, y desde ese momento todas las decisiones se tomaron por mayoría.

 

De modo que, cuando nuestra heroína volvió a su casa en las siguientes vacaciones, una delegación de mozos y mozas se acercó a la casa de Helenita y le dijeron: “ciudadana Helena, hija de Tindáreo y Leda, los mozos y mozas de la ciudad, después de deliberar y votar democráticamente, hemos decidido que te vas a casar con Menelao, el hermano de Agamenón”. Naturalmente Helenita se agarró un rebote notable y, acordándose del libro de un autor llamado Philippos de Hibernia sobre un ideal político llamado republicanismo, que le había recomendado el profesor Andréas de Kiko, replicó a la delegación de jóvenes demócratas: “¡qué vais a ser demócratas!, vosotros sois unos populistas de mierda (sic), eso que vosotros estáis haciendo se llama tiranía de la mayoría, no democracia, sois un pueblo liberticida y no acato vuestra decisión”.

 

Helenita había comprendido que lo importante no es quién tiene el poder, si una persona o una multitud, sino los límites de ese poder. La gente de la ciudad seguía usando el poder en los mismos términos que su padre, el rey Tindáreo, es decir, como un tirano. Lo importante, recordó Helenita del ideal republicano, es no estar sometido al capricho arbitrario de nadie. Ya sea ese capricho la voluntad de su padre o de una mayoría de los ciudadanos. En la práctica tanto o más importante que decidir quién tiene el poder, es definir cómo se ejercer el poder y para qué se puede usar. Querido lector o lectora ¿a que se entiende?

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 1 de julio de 2017

Constitucionalismo para usuarios

25 junio, 2017

 

El pasado jueves, al terminar el Pleno del Congreso, los miembros de la Comisión para las Políticas Integrales de la Discapacidad elegimos al nuevo presidente de la misma, a mi buen amigo Jordi Xuclà, diputado de PDeCAT, la antigua Convergencia. Salió elegido por unanimidad, y después de que nos diera las gracias con un breve discurso me acerqué a felicitarlo. Con una sonrisa cercana a la carcajada le dije: “espero que reconsideres lo de la independencia, al fin y al cabo, ahora eres presidente de una Comisión del Congreso de los Diputados, y no querrás perder el puesto”. Luego le hice una foto con mi móvil, con la imagen de los padres de la Constitución a su espalda, incluido Miquel Roca, que, además, fue uno de los fundadores de Convergencia. Jordi Xuclà me recordó que yo le hice su mejor foto, y es verdad. Unas vacaciones de verano de hace muchos años tuve la fortuna de atrapar con mi cámara las miradas arrobadas que le dedicaban sus dos hijas pequeñas. Él y yo sabemos que nunca nadie lo volverá a mirar así, y aquella foto se convirtió en la rosa sustraída del paraíso que prueba que, efectivamente, una vez estuvo allí.

 

Estoy seguro de que Xuclà será un buen presidente de Comisión, es decir, que velará con independencia e imparcialidad por los derechos de todos los diputados y diputadas que la conformamos. Por eso es frecuente que se produzcan unanimidades a la hora de elegir a los miembros de las mesas de las comisiones del Congreso, porque esa elección por los diputados de todos los grupos políticos simboliza que, desde ese momento, el elegido ya no se debe al grupo que lo ha propuesto, sino a la institución que preside. Su honor, y el honor político del grupo que lo propone, se juega, a partir de ese momento, en el terreno de la lealtad a la institución.

 

Precisamente, para evitar tentaciones, es decir, para evitar que su partido intente instrumentalizar a los presidentes o a los miembros de las mesas, viciando su función institucional, todos ellos son elegidos por todos los diputados. Los portavoces, por el contario, son comunicados a la Cámara por el grupo al que pertenecen y basta con otra simple comunicación para revocarlos. Recuerdo que en mi época de presidente de la Comisión de Educación solía ser muy generoso con los tiempos de intervención de la oposición cuando comparecían los miembros del gobierno de mi partido, no sé si eso molestaba a alguien pero yo sabía que, en todo caso, los míos se tenían que aguantar, porque no me podían quitar.

 

Cuando cambia la dirección política de un grupo parlamentario, se puede estar más o menos de acuerdo, puede parecer más o menos ético o estético, pero es legítimo que la nueva dirección cambie a los portavoces para poner a otros en los que tenga más confianza política. No sería igual de legítimo, desde el punto de vista constitucional, sustituir a los presidentes y miembros de mesa por razones de confianza política de la nueva dirección, porque ellos se deben a la totalidad de la institución, y la sola insinuación de lo contrario los deshonraría a ellos y a su grupo.

Publicado en el diario SUR el 25 de junio de 2017

Parpadeos

18 junio, 2017

A Maribel Martínez Marín

y a Carlos Martínez Orgado,

que supieron decir lo esencial a tiempo.

 

En la tribuna del Congreso hay una luz que empieza a parpadear cuando se te acaba el tiempo del que disponías para intervenir. A diferencia de lo que ocurre con las intervenciones parlamentarias, en la vida no sabemos con precisión cuánto tiempo nos queda, pero, a partir de cierta edad, como ocurre con la luz que hay en la tribuna, la vida te hace un parpadeo.

 

A los veinte años eres inmortal, la muerte no te toca, va con los abuelos, pero los abuelos no son como tú. Es como si fueran de otra raza, incluso de otra especie, de una especie mortal. Te entristece su muerte, pero los abuelos son de otro tiempo, piensas que han vuelto a ese tiempo, con sus colegas. Un tiempo que ya pasó, un tiempo lejano, que ya no está. Por el contrario tu tiempo está aquí, lo puedes sentir, puedes percibir sus colores, brillantes, nuevecitos. Incluso, cuando en esa primera juventud pierdes a un amigo de tu edad, más allá del dolor de la pérdida, más allá del impresionante dolor de sus padres, y del reflejo de ese dolor en el abrazo que te dan los tuyos, sientes que la muerte no va contigo.

 

Al paso de los años, de pronto, un día, sin saber por qué, te das cuenta de que en el camino perdiste el don de la inmortalidad. Algo hiciste, algo pasó, pero un día notas el parpadeo ese de la vida, que se parece al de la luz que hay en la tribuna de oradores del Congreso. Esa señal puede ser la llamada de un íntimo amigo al que le han diagnosticado un cáncer, o la muerte de una amiga de juventud, que apenas había cumplido los cincuenta. Lo cierto es que te das cuenta de que has perdido la inmortalidad. Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente se muere porque se olvida de que es inmortal, en ocasiones todavía lo pienso. Pero no, es todo lo contrario. Nos morimos porque somos de la misma raza que nuestros abuelos, lo que ocurre es que nos olvidamos constantemente de que somos una especie mortal.

 

Cuando en el Congreso ves que la luz parpadea sabes que ya estás en manos de la benevolencia de la Presidencia, y que en un instante te puede quitar la palabra. Entonces es el momento de aprovechar el tiempo, de decir lo más importante que tenías que decir, de saber distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque todo tu discurso puede echarse a perder si le falta la clave de bóveda, esa frase que pones al final y le da sentido a todo lo que has dicho.

 

En la vida pasa igual, cuando ves el parpadeo que te avisa de que estás en manos de la benevolencia de Dios, del azar, del destino, o como sea que se llame, debes darte prisa en decir y hacer lo importante. En la tribuna unos ruegan más tiempo o discuten con la Presidencia, y así estropean su discurso, otros gesticulan con el micro cortado tratando de decirlo todo, sin que ya nadie pueda oír nada, y otros pelean consigo mismos para renunciar a decir todo con tal de decir lo esencial. Al final todos nos tenemos que bajar de la tribuna, es verdad, pero sólo los que luchan contra sí mismos, escuchan aplausos verdaderamente sentidos.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 18 de junio de 2017

Hic Rhodus, hic salta

11 junio, 2017

 

Los griegos son un filón. Pensemos en Procusto, que ofrecía posada a los viajeros y, cuando estaban durmiendo, los amordazaba y los ataba para ver si alguna parte de su cuerpo sobresalía de la cama, con objeto de serrarles las partes sobrantes hasta hacer coincidir la longitud de la cama y del viajero. Si, en lugar de sobresalir, eran más pequeños que el lecho, entonces los estiraba, descoyuntándolos, hasta que tenían la misma longitud que la cama. Obviamente ninguno viajero estaba en condiciones de levantarse a la mañana siguiente. Los científicos hablan del lecho de Procusto para referirse a quienes torturan a los datos para hacerlos encajar en sus teorías.

 

Una teoría muy querida por una incierta izquierda, es que el sufrimiento produce automáticamente, en los explotados y dominados, un despertar de la conciencia sobre sus verdaderos intereses. De modo que algunas almas cándidas pensaron que si, cuando la izquierda recortó quince mil millones de euros en la IX legislatura, la derecha obtuvo 187 escaños en 2011, dado que luego la derecha recortó más de cien mil millones de euros en la X legislatura, por una sencilla regla de tres, la izquierda debería haber obtenido ¡1.246 escaños! en 2015. Lo que hubiera sido un éxito extraordinario, teniendo en cuenta que el Congreso sólo tiene 350 escaños en total. Por desgracia, en 2015, la suma de los escaños del PSOE, Podemos e IU, fue de 161 diputados, frente a los 162 que sumaban PP y Ciudadanos. Seis meses después, en junio de 2016 la izquierda obtuvo 156 diputados, y la derecha 169. Si a los escaños del PP y Ciudadanos añadimos el de Coalición Canaria y los de Convergencia, entonces la derecha suma 178 escaños, dos más que la mayoría absoluta. Las políticas del PP incrementaron más el sufrimiento de la gente que el voto a la izquierda.

 

Como Procusto, hay quienes insisten en que, si estiramos los escaños de la izquierda hasta descoyuntarla, se puede formar un gobierno de izquierdas en España. Cada vez que salen datos nuevos sobre un caso de corrupción ya conocido, crece la teoría de la izquierda ganó las elecciones, pero los escaños permanecen tercamente estables. Los escaños dan para un gobierno de centro izquierda, limpio de corrupción, como el que intentó el PSOE en marzo de 2016 con Ciudadanos, pero no para un gobierno de izquierdas con el señor Iglesias de vicepresidente.

 

A Marx le gustaba citar la fábula de Esopo en la que un hombre decía que en Rodas dio un prodigioso salto de un pie al otro del famoso coloso. La gente le dijo: “Hic Rhodus, hic salta”. Aquí está Rodas, salta aquí. Ganando la moción de censura del próximo martes, el líder de Podemos tendrá la oportunidad de dar un prodigioso salto desde el Congreso a la Moncloa, demostrando así que en junio de 2016 la izquierda ganó las elecciones. Claro que, si falla, le queda el recurso de descoyuntar moralmente a los socialistas. Dirán cualquier cosa antes de aceptar que el dolor que las políticas de la derecha infligieron a la gente trajo, además, la derrota de la izquierda.

Publicado en el diario SUR el 11 de junio de 2017

De suposiciones y presupuestos

4 junio, 2017

 Esta semana el Gobierno del presidente Rajoy ha conseguido aprobar los Presupuestos Generales del Estado para el presente año de 2017. Como los votos del PP y sus convergencias no son suficientes, el Gobierno ha debido recabar los cinco votos del PNV y el voto del diputado de Nueva Canarias. Y como el diablo mata moscas con el rabo cuando no tiene nada que hacer, se ha extendido, a partir de este resultado, la tesis de que la abstención del PSOE el pasado 29 de octubre no era necesaria para evitar unas terceras elecciones.

 

Quienes hacen esa afirmación están haciendo también, quizá inconscientemente, una concesión a quienes nos abstuvimos: que evitar unas terceras elecciones era un objetivo valioso. Aunque sólo fuera porque era una forma de evitar unas cuartas o quintas elecciones consecutivas, y sus posibles consecuencias para nuestro sistema político. La cuestión ahora es, por tanto, si, a partir de los resultados de la votación de los presupuestos, se puede sostener que el PNV y el diputado de Nueva Canarias hubieran votado favorablemente la investidura del presidente Rajoy en octubre.

 

Lo cierto es que, esta misma semana, el mismo diputado nacionalista canario que ha votado los presupuestos del gobierno Rajoy ha dicho también que votará a favor de cualquier moción de censura que se presente contra Rajoy. Es evidente que, para él, y no sólo para él, no es lo mismo facilitar el acceso al gobierno a un partido que aspira a gobernar, que facilitar la aprobación de unos presupuestos a un partido que ya está gobernando.

 

¿Por qué el PNV no apoyó al Gobierno en octubre de 2016 y nos evitó a los socialistas pasar por el trago de la abstención? He podido comprobar que algunas de las personas con las que he hablado estos días no recordaban que, tras la investidura fallida del señor Rajoy el 2 de septiembre de 2016, se celebraban las elecciones autonómicas en Euskadi, concretamente el 25 de septiembre y que la investidura del lehendakari Urkullu se demoró hasta el 24 de noviembre. ¿Se imagina el amable lector, o lectora, al PNV diciendo, en plena campaña autonómica, que apoyaría la investidura de Rajoy? Obviamente no es imaginable. Ni siquiera era imaginable en aquél momento que el PNV hubiera dicho que meses más tarde apoyaría los PGE a cambio de importantes contrapartidas. Los mismos ciudadanos y ciudadanas de Euskadi que ahora valoran favorablemente el apoyo del PNV a los presupuestos, hubieran penalizado entonces a los nacionalistas vascos por insinuar que lo harían.

 

Probablemente para buena parte de los nacionalistas la relación con España sean sólo negocios, puro utilitarismo de Barrio Sésamo: “me conviene, no me conviene”. Nunca van a sacrificar nada por los intereses generales de los españoles, por eso no era posible que en octubre hicieran lo que sí han hecho ahora. Es verdad que, en ocasiones, que te ayuden, aunque sea por interés, es preferible a que te dejen caer por amor, como quiso hacer el PP con España en mayo de 2010, cuando el presidente Rodríguez Zapatero trataba de evitar, y evitaba, que nos intervinieran.

Publicado en el diario SUR el 4 de junio de 2017