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La indignación como espectáculo

4 diciembre, 2016

 

Al principio se acercaban a nosotros cuando entrábamos en el Congreso, con su micrófono en la mano, mientras un cámara nos apuntaba con su objetivo, y nos hacían preguntas, simples unas veces, complejas otras, casi siempre inesperadas y ajenas a nuestra tarea como diputados, para las que, en ocasiones, no tenías una respuesta y se te quedaba una cara de tonto que luego, por la noche, daba mucha risa a la gente que volvía de su trabajo y encendía la tele para entretenerse un rato.

 

Entonces nadie se indignaba demasiado, porque la economía iba como un tiro, y un joven escayolista, que había dejado la escuela unos pocos meses antes, ganaba un sueldo cercano al de un médico residente. Luego vino la crisis, y el escayolista, que se había casado y tenido un hijo, se encontró en una trampa vital y con una trampa económica. Los ánimos empezaron a cambiar, y alguna gente necesitaba una explicación, o mejor, un culpable. Los escaños vacíos, o la foto de un diputado dormitando, ilustraban el relato de una “clase política” poco trabajadora e indiferente a los problemas de la gente. Aquellas fotos, que también podían reflejar el cansancio de alguien que madrugó para llegar a Madrid desde un extremo de la Península, fueron ayudando a señalar a los culpables.

 

La política, la democracia, el Estado, los gobiernos, los parlamentos, se habían ido desarmando bastante antes de la crisis. Los países habían ido cediendo soberanía a entidades supranacionales como la Unión Europea o al Banco Central, los gobiernos habían vendido las empresas públicas y privatizado los medios de comunicación públicos. Todo el mundo se felicitaba porque, nos decían, el mercado sería más eficiente que la burocracia pública. Y los gestores de las empresas públicas siguieron como gestores de esas mismas empresas privatizadas. Cuando vinieron los problemas, el nombre de los cargos políticos era el mismo, presidente del gobierno, ministro, diputado, senador, pero el perímetro del poder y la capacidad de respuesta de la política se había achicado.

 

Y ahora hay gente que se dice: “ya que no pueden acabar con el desempleo, por lo menos que nos diviertan”. Y unos señores muy inteligentes e ingeniosos, al servicio de otros muy ricos, han organizado circos televisivos en los que los representantes del pueblo luchan entre sí, como aquellos ricos y obesos patricios romanos que los gladiadores de Espartaco pusieron a pelear para divertirse. En la película de Kubrick, Espartaco reprende a sus compañeros y les dice: “¿Qué somos, Griso? ¿Nos hemos convertido en romanos? ¿No aprendimos nada? ¿¡Qué nos ocurre!? Nos damos al vino en vez de procurarnos el pan. No podemos ser una banda de ladrones borrachos”.

 

El espartaquismo ha vuelto de nuevo, y esta vez, como predijo Marx, como farsa. Los bolcheviques digitales han convertido la revolución, la solidaridad y la justicia en parte del espectáculo. Se equivocan los que gritan “no nos representan”, al contrario, cada día hay más gladiadores o payasos que, para el consumo de una democracia de audiencias, los representan.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 4 de diciembre de 2016

Pedradas en el alma 

27 noviembre, 2016

En ocasiones hemos podido ver imágenes de lapidaciones de mujeres en algunos países de África o de Oriente Medio. No conozco a nadie que no se horrorice de semejantes prácticas, ni a nadie que no condene a los gobernantes de los países en los que se llevan a cabo, y todos nos sentimos reconfortados de vivir en sociedades avanzadas en las que cosas así no pueden pasar. Y, sin embargo, pocas veces he escuchado a alguien mencionar a los que tiran las piedras.

 

En el pasaje evangélico, Jesús consigue evitar la lapidación de la mujer adúltera de una forma verdaderamente sorprendente. No afirma que esté mal la ley que establece la lapidación como castigo por el adulterio, sino que les dice a los lapidadores que si están libres de pecado pueden tirar la primera piedra. Hoy, en nuestro país, algunos sectores de la política, de la opinión pública y de la opinión publicada, acusarían a Jesús de propiciar un pacto de corrupción: “como todos estamos manchados mejor nos tapamos entre todos las vergüenzas”.

 

Resulta interesante el final de la historia evangélica. Se van todos los de las piedras, porque han hecho examen de conciencia y saben que también ellos se merecen unas cuantas pedradas, y se queda Jesús, que está limpio. Sin embargo Jesús no se apunta al radicalismo y apedrea a la mujer adúltera, sino que le dice que se vaya tranquila. ¿Por qué Jesús no apedrea a la mujer? ¿Sabe que la mujer es inocente?¿Aprueba el adulterio? ¿Lo rechaza pero le parece que el castigo es excesivo? Nunca lo sabremos. Siempre he pensado que en este caso Jesús es un inocente preventivo, quiero decir, que sabe que si no tiras la piedra te estás ahorrando un error que ya nunca podrías reparar. Dicho de otro modo, Jesús había llegado limpio de conciencia a ese momento de su vida precisamente porque no estaba dispuesto a matar a pedradas a nadie. Coger la piedra te descalifica para tirarla.

 

Hace unos años, en 2007, el Centro de Investigaciones Sociológicas preguntó en una encuesta si, en caso de error judicial, es peor condenar a un inocente o dejar libre a un culpable. El 62% de los entrevistados respondieron que lo peor es condenar a un inocente, y el 23% respondieron que lo peor es dejar libre a un culpable. Si los números siguen siendo parecidos, podemos albergar la esperanza de que somos una sociedad bastante decente, pero también tenemos motivos para estar preocupados, casi uno de cada cuatro de nuestros conciudadanos y conciudadanas están dispuestos a asumir el coste de condenar injustamente a una persona inocente. Por razones distintas, o no, algunos políticos y periodistas sin escrúpulos, incluso antes de que los jueces siquiera encuentren indicios delictivos de ningún tipo, castigan a los “culpables” antes de que sepamos de qué se les acusa. Y un buen número de voluntarios disparan cada día sus tuits insultantes y descalificadores, muchas veces ocultando sus identidades, como pedradas que golpean la reputación de su prójimo. Es verdad que sus golpes son virtuales, pero también lo es el alma de la gente que los recibe.

 Publicado en el diario SUR el 27 de noviembre de 2016

Un dólar por tus sueños 

20 noviembre, 2016

El presentador de la tele contaba en tono de, mal, humor el sueldo que como presidente de comisión va a cobrar el ex ministro del Interior. Seis mil euros brutos al mes. El periodista aclaraba que, encima, la comisión que iba a presidir el ex ministro es, poco más o menos, una comisión de chicha y nabo. Quizá vendría bien que un ingeniero fordista midiera y cronometrara los procesos parlamentarios, como se hace con las cadenas de montaje de las producciones en serie, y estableciera sueldos justos e indiscutibles como lo son los de las fábricas en el imaginario de los revolucionarios de clase media. El caso es que ahora las cosas no son así, y con el sueldo del ex ministro del espionaje, de los inmigrantes ahogados, de la ley mordaza, el presentador golpeaba las conciencias de los espectadores.
 

El público reía, pero en el fondo todos pensábamos, con rabia, en la anciana de Reus a la que le habían cortado el suministro eléctrico por impago y que había muerto como consecuencia del incendio producido por una vela con la que trataba de iluminar su casa. Ochenta y un años, vulnerable, olvidada, su dignidad y su vida se habían escapado entre los dedos del sistema de protección social de las administraciones públicas. Dicen que hay comparaciones que son injustas, pero ninguno renunciamos a comparar injusticias, y un mundo en el que unos cobran sueldos de seis mil euros y otros mueren en la pobreza, se presta a tanto a comparar injusticias como a injustas comparaciones.

 

Un pueblo civilizado, europeo, con experiencia política democrática y con una cierta tradición de Estado del Bienestar, de protección pública de las personas en situación de riesgo, se preguntaría cómo se pueden taponar los agujeros por los que se escapó la vida de la anciana de Reus. ¿Qué leyes, qué recursos, que protocolos cambiar? Toda esa cultura la construyeron los políticos en los Parlamentos, con sus largas discusiones, con su pasos perdidos, negociaciones y conspiraciones, con peleas por el poder, tipos mediocres y tipos sublimes, avanzando dos pasos y retrocediendo uno. Eso mismo ha hecho el presidente Obama con el sistema de salud pública en Estados Unidos, negociar, renunciar a mucho para conquistar algo. Pero ya no se nos invita a reflexionar y actuar políticamente sobre eso, ni sobre nada, sino a vomitar una ira que arrase con todo.

 

El presidente Trump y la nueva mayoría conservadora en el Congreso y el Senado estadounidenses intentarán cargarse las conquistas sociales de Obama de un papirotazo. Eso sí, Trump sólo va a cobrar un dólar al año. Por el sueldo de Obama, los americanos podrían tener a cuatrocientos mil Trump. Es más, siguiendo una lógica demoledora, pronto alguien dará un paso más, y propondrá: “mejor que elegir los cargos, los podemos subastar, y cada cuatro años haremos caja”. Un idiota racional, un periodista o un político, joven y urbano, dirá: “modernicemos nuestro programa, si alguien quiere ser presidente, diputado o concejal, que nos pague”. Entonces, el presentador de la tele se preguntará cómo hemos llegado hasta aquí.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 20 de noviembre de 2016

El populismo y la estadística

14 noviembre, 2016

Cada vez que hay elecciones me acuerdo de Mlodinow, Kahneman y Nassim Taleb, todos ellos nos recuerdan que los seres humanos estamos mal dotados para la estadística. Estos días son muchos los columnistas que se preguntan “por qué los estadounidenses han elegido al que los demás no les señalábamos con el dedo sabio”. Un amigo me decía “¿cómo es posible que el mismo país que votó hace cuatro años a Obama vote ahora a Trum?”. Lo cierto es que usamos palabras muy grandes para realidades muy finas, y la realidad se nos escapa entre las palabras. Casi la mitad de los posibles votantes estadounidenses, un 46,9%, no fueron a votar el martes 9. La otra mitad, se dividió en dos partes prácticamente iguales: un 25,6% votó a Clinton y un 25,5% votó a Trump. De modo que lo exacto y preciso es que sólo uno de cada cuatro votantes norteamericanos votó por Trump, pero todos encontramos las explicaciones más variadas e imaginativas a por qué “el pueblo norteamericano” votó a Trump.

Podríamos hacernos otras preguntas que me parecen más instructivas, como, por ejemplo, ¿por qué muchos de nosotros estamos tan preocupados por quién ha sido elegido presidente de Estados Unidos, y a la mitad de su población el asunto no parece preocuparle lo suficiente como para ir a votar?¿Por qué están tan polarizados unos y tan indiferentes otros? Decir que los estadounidenses han votado a Trump, o dejado de votar a Clinton, es decir algo sumamente impreciso, y explicar con precisión algo impreciso es o una tarea candorosa o una tomadura de pelo. Incluso las cosas que creemos más evidentes, si las examinamos detenidamente, conviene tratarlas con cuidado. Ciertamente las mujeres han votado más a la feminista Clinton que al machista Trump, pero un 42% de las mujeres han votado al machista. Por cierto que hay quien dice que los obreros blancos han votado a Trump, porque Clinton no les parece suficientemente de izquierdas, para que se fastidie el capitán no como rancho. Ahora va a resultar que negros y latinos han votado mayoritariamente a Clinton porque a los excluidos les gusta la casta política más que la empresarial.

Igual de exagerada e imprecisa es la afirmación de que Estados Unidos ya no es el mismo país que votó a Obama hace cuatro años. En realidad al presidente Obama obtuvo sesenta y seis millones de votos, frente a los sesenta millones que ha tenido Hillary Clinton. No parece que el comportamiento de seis millones de personas pueda definir a todo un pueblo que, como decíamos, tiene más de trescientos millones. Para algunos es más fácil explicar el comportamiento de todo un pueblo que el de un 2% del mismo. Sociológicamente los Estados Unidos de Obama son los mismos Estados Unidos de Trump, otra cosa es lo que vayan a ser políticamente, que si cumple la mitad de lo que ha dicho los va a dejar que no los va a reconocer ni la madre que los parió. Aunque ya veremos, porque la realidad del gobierno es muy dura para los populistas, y una vez en el gobierno con bastante frecuencia su destino es el de criminales o el de payasos, o de las dos cosas.

 Publicado en el diarioSUR el 13 de noviembre de 2016

El debate en el PSOE

11 noviembre, 2016

Hace unos días, mientras oía una radio muy seguida por los votantes y militantes socialistas, escuché decir a un valioso periodista: “¿Otras ponencias, otro debate, otros papeles de Granada? Magnífico inútil entretenimiento para no hacer nada. Le vale cualquier cosa al cenáculo de notables menos hablar del Congreso y de la elección de un nuevo líder, que es lo que la militancia y los votantes están esperando”.

 

Me impresionó la sencillez con la que planteó el dilema, o debatimos de ideas o elegimos a un líder, y me impresionó, igualmente, la rapidez con la que lo resolvió: elijamos al líder. Lo que ocurre es que cuando el periodista dice que nos dejemos de zarandajas y elijamos inmediatamente a un líder, está eludiendo el debate más importante que tiene el PSOE ante sí. Pues, por muy importante que parezca, la cuestión fundamental no es si el próximo líder ha de ser viejo o nuevo, hombre o mujer, bajo o alto, del norte o del sur, sino cuál es el perímetro del poder que los socialistas estamos dispuestos a otorgarle al próximo líder del PSOE.

 

Desde que el “no nos representan” se instaló en la conciencia de una parte de la sociedad española, y por primera vez desde la Transición, el debate público trasciende a las políticas sectoriales, para alcanzar el corazón mismo de nuestro sistema político. Hasta el 15M las protestas sociales en nuestro país se habían dirigido contra el gobierno de turno, desde entonces las protestas se extendieron contra el Congreso y contra los representantes elegidos por los propios ciudadanos, es decir, contra el sistema político nacido del pacto constitucional de 1978. Como dijo José Luis Rodríguez Zapatero ya hace unos años, el PSOE es el partido que más se parece a España, y del mismo modo que una parte de la sociedad critica al Congreso, y llama casta a los diputados elegidos por todos, algunos militantes socialistas denuestan al Comité Federal y llaman barones a los secretarios generales de las federaciones, elegidos por procedimientos igual de democráticos que el secretario general federal.

 

El PSOE no ha sido históricamente inmune a las modas políticas del momento. No lo fue en los años treinta del pasado siglo, y no lo es ahora. Y la moda política del momento es el populismo. No debe confundirse el populismo con el uso de un lenguaje popular, ni con la apelación al pueblo como instancia de legitimidad política, ¿qué otra cosa es, si no, la democracia? El populismo es otra cosa, es una forma de la política, de la antipolítica, deberíamos decir, para ser más precisos. Una forma que es capaz de servir a objetivos muy diferentes como estamos viendo en todo el mundo. Hay populismos de derecha que enfrentan a los locales con los extraños, y populismos de izquierda que enfrentan a los excluidos con las élites, pero todos ellos comparten un mismo diagnóstico: las dificultades a las que se enfrenta la sociedad derivan de un problema de representación, y pueden resolverse fácilmente cambiando el sistema político para que de verdad exprese la voluntad del pueblo, a ser posible encarnado en un líder carismático que, sin las molestias de la política, pueda pasearse por las calles señalando edificios y diciendo “exprópiese”.

 

 

Cuando se nos dice a los socialistas que nos dejemos de debates teóricos y, sin más dilación, elijamos a ese hombre providencial que exprese y ejecute de manera poderosa e inmediata la auténtica voluntad de los militantes y de los votantes, se nos está colando de matute todo un planteamiento teórico populista. Un planteamiento que propone sustituir la lenta y compleja arquitectura de la democracia representativa y deliberativa en el seno del partido por la elección directa de un hombre capaz de sintetizar las preferencias de los socialistas de clase obrera y de clase media, por un hombre capaz de armonizar las preferencias de la ordenación territorial de los socialistas andaluces, castellanos y extremeños con las de los vascos, gallegos y catalanes, y todo ello sin tener que escuchar las voces de sus líderes regionales, sin los premiosos procedimientos de la política, como el Pacto de Granada, sino a golpe de liderazgo. El periodista expresa lo que él supone el deseo de militantes y votantes de poner al frente del PSOE a un hombre cuya voz haga callar esa molesta cacofonía que, según algunos, ocasionan las voces plurales de los socialistas de un país tan diverso como España. Sin embargo hay algo en ese planteamiento que choca duramente con el pensamiento y los valores del socialismo.

 

El socialismo es la libertad, decía Pablo Iglesias en 1895. “Socialismo es libertad”, decíamos los socialistas españoles en la Transición, frente al “Socialismo en libertad” que decían los comunistas. Para los socialistas, si no hay libertad, no es socialismo. La arquitectura organizativa del PSOE, aquilatada a lo largo de su historia, responde a la voluntad de los socialistas de preservar la libertad política también en el seno del partido. Se trata de una arquitectura institucional de matriz liberal-republicana y federal, basada en la democracia representativa y deliberativa, en órganos de dirección colegiados, en órganos de control y dirección política distribuidos por los diversos ámbitos territoriales. Los socialistas sabemos bien que la concentración del poder es una invitación a la arbitrariedad y la tiranía, también dentro del partido. El federalismo sirve a la tradición republicana en la medida en que dispersa el poder entre diversas instancias territoriales. Si eres alcalde o alcaldesa, y la Diputación está en las manos de tu adversario, te viene bien que en el Gobierno de la Comunidad Autónoma tengas aliados, o que los tengas en el Gobierno de España, y si no, que puedas obtener ayudas en Bruselas, o hasta en la ONU, si es necesario. Y lo que vale para un alcalde vale para cualquier ciudadano o ciudadana, siempre es más fácil encontrar amparo frente a la arbitrariedad cuando hay varias instancias de poder a las que acudir que cuando hay una sola.

 

Si llamamos feudos a las federaciones, si llamamos barones a los secretarios generales elegidos democráticamente por los militantes, si llamamos aparatos a los Comités Provinciales, Regionales y Federal, si llamamos paniaguados a los compañeros y compañeras que, con el respaldo del partido y el voto de los ciudadanos, ocupan cargos institucionales, es muy probable que ya hayamos perdido la batalla del lenguaje y del pensamiento, y una vez perdida esa batalla, como advertía Gramsci, está perdida la batalla política. En la extensión de ese lenguaje resulta esencial una parte de la prensa, que viene cultivando el populismo mediático desde mucho antes de que emergiera el populismo político.

 

Describir la división de la izquierda como el enfrentamiento entre una izquierda pura y otra corrupta, y vendida a la derecha, es aceptar el marco de los más encarnizados adversarios del PSOE. Quienes promueven esa descripción, dentro o fuera del PSOE, consciente o inconscientemente, trabajan para la derrota del socialismo. La verdadera división política de la izquierda se ha producido en torno al sistema político de 1978. Hay una izquierda que sigue creyendo en él y otra izquierda que quiere derribarlo aunque no sabe qué poner en su lugar, ni cómo hacerlo. Hay una izquierda reformista que, con sus reformas, ha cambiado la vida de la gente, y que ahora ve disminuir dramáticamente su fuerza institucional, y hay una izquierda revolucionaria sin revoluciones, que está dentro y fuera del sistema, en el Congreso y contra el Congreso, al mismo tiempo, que promete cambiarlo todo para, finalmente, no cambiar nada.

 

El populismo político y mediático está explicando la crisis del PSOE como un golpe de Estado interno motivado por las ambiciones de poder de un “cenáculo de notables” para entregar las llaves del gobierno a una derecha insensible y corrupta. Una explicación que exige aceptar unas premisas delirantes. Que el máximo dirigente del PSOE acuse de complicidad con la derecha a los cuatro secretarios generales que le han precedido a lo largo de cuarenta años de democracia, a cinco de los seis actuales presidentes autonómicos socialistas, a la mitad más uno de los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal, que él mismo formó y dirigía, a la mayoría del Comité Federal, que él contribuyó a constituir, y a la mayoría del Grupo Parlamentario Socialista, que aprobaron los órganos del partido bajo su mandato, sería el reconocimiento de un fracaso personal brutal, si fuera cierto; y la mayor agresión que un dirigente del PSOE le haya hecho a su partido en toda su historia si esa afirmación fuera falsa, como es el caso.

 

Lo cierto es que no han sido barones de una oligarquía hereditaria, sino secretarios generales de federaciones, con una legitimidad democrática igual que la del secretario general federal dimitido, los que, entre otros, han parado un intento de concentración de poder interno hecho a costa de la deslegitimación de la arquitectura representativa y federal del PSOE. Cuando el secretario general dimisionario convocó, en el limite de la disolución de la legislatura, una votación para ser reelegido directamente por las bases del partido no estaba compartiendo la decisión de qué hacer con la legislatura, sino pidiendo a las bases un poder que le permitiera actuar por encima de un Comité Federal previamente desprestigiado.

 

El secretario general no expuso a la consideración de los militantes ni un acuerdo, ni una propuesta, ni siquiera a la manera genérica en que lo hizo en febrero con el pacto con Ciudadanos, tampoco se propuso consultarles los límites que podía asumir en la negociación de un gobierno alternativo, sencillamente pidió un depósito de confianza sin límites ni cortapisas. Y los secretarios generales de las federaciones ya fueron advertidos de cómo estaba dispuesto a ejercer ese poder el secretario general federal en febrero de 2015, cuando orillando los límites estatutarios, y con complicidades mediáticas, destituyó al secretario general de una federación tan importante como la madrileña. Una destitución, que incluía la destrucción de la reputación de un compañero que no estaba, ni está, incurso en ningún procedimiento judicial, y la disolución del Comité Regional de una Federación. Ese acto de intimidación hacia las federaciones respondía a una concepción del poder incompatible con la tradición republicana del PSOE, pero que una parte de la izquierda política y mediática estuvo encantada de convalidar, en el contexto de una nueva hegemonía populista. Después de ese acto de intimidación vendrían otros. Eso, aunque no se explica, es, sin embargo, lo que explica, mejor que la ambición de poder de nadie, que líderes regionales que, en principio, mantenían posiciones muy diferentes entre sí terminaran uniéndose frente al secretario general federal.

 

A la deriva hacia un populismo bonapartista interno hay que añadir la deriva externa a la que la máxima dirección federal empujó al PSOE tras las elecciones de junio. Si algo diferencia al PSOE del populismo de izquierdas es precisamente que estos últimos tienen una clara voluntad de ruptura del sistema político. Para lo cual están aprovechando un problema de diseño del artículo 99 de la Constitución Española, que rige la elección del Presidente del Gobierno, para convertir un problema procedimental en un problema político y ético. En ese contexto, los socialistas prometimos no bloquear las instituciones si no éramos capaces de formar un gobierno alternativo al PP. Para la autodenominada izquierda populista la prioridad es hacer saltar el sistema político, y para ello le viene bien no resolver las contradicciones, sino agudizarlas paralizando en cadena de todo nuestro sistema democrático y provocando un bucle de repetición de elecciones, aunque eso pueda llevar a una mayoría absoluta de la derecha. Porque para los dirigentes de una incierta izquierda, el dolor social provocado por los recortes es siempre una nueva oportunidad revolucionaria, por cierto, siempre desmentida por los hechos en la calle y en las urnas. Para los socialistas, la prioridad es el desbloqueo de las instituciones de nuestra democracia, incluidas el Congreso y el Senado, pero también de otras muchas que dependen de que haya un gobierno, aunque el efecto secundario sea que el PP pueda formar un gobierno sin mayoría absoluta. Con todo, la diferencia más importante entre el populismo de izquierdas y el PSOE no estriba en las consecuencias secundarias de sus estrategias, sino en sus objetivos últimos. La impugnación del sistema del 78 desde su raíz, con cal viva incluida, como hacen los líderes de Unidos Podemos, debería ser del todo inaceptable para los socialistas, especialmente para quien ostentaba su máxima representación.

 

Antes de elegir apresuradamente a un líder, los socialistas deberemos meditar qué partido queremos, si rendido a la moda populista del momento, o fiel a sus raíces políticas republicanas. Para los socialistas también sirve lo que en su día dijo Pericles de los demócratas atenienses: “En lugar de considerar a la discusión como una piedra que nos hace tropezar en nuestro camino a la acción, pensamos que es preliminar a cualquier decisión sabia”. Los socialistas no tenemos miedo a decidir, sino a hacerlo sin haber reflexionado lo suficiente, sólo tenemos miedo a decidir llevados de la mano de las modas o cegados por las pasiones. Como el personaje de Moliere hay, entre la prensa de izquierdas y entre algunos socialistas, personas que hablan en prosa populista, pero no lo saben. No es fácil combatir al populismo cuando infecta tu lenguaje y tu propio pensamiento, pero sólo ganándole al populismo cuando se manifiesta dentro, le podremos ganar al de fuera. Y nada mejor para ganar ese pacífico combate que las armas que nos proporciona la vieja tradición del republicanismo cívico.

 

José Andrés Torres Mora

Diputado socialista por Málaga

La democracia contra la libertad

6 noviembre, 2016

Las palabras no son siempre lo que parecen. Las usamos para comunicarnos, pero en bastantes ocasiones son un medio para confundirnos y, a la postre, para incomunicarnos. Si alguien dice en Estados Unidos que es republicano, comúnmente la gente pensará que es más de derechas que doña Urraca, pero si lo dice en España, quienes lo escuchen pensarán que esa persona está en contra de la monarquía. Si lo dice en España, pero en un seminario de Teoría Política, entonces quienes escuchen a esa persona pensarán que se trata de alguien partidario de la libertad, las leyes y la virtud cívica, y por cierto, contrario al populismo. En efecto, resulta que en Teoría Política, el republicanismo y el populismo son mortales enemigos.
 

Para el populista la democracia es una institución bien sencilla, que básicamente se compone de un pueblo bueno y sabio, y un líder carismático, también bueno y sabio, que interpreta la voluntad del pueblo de manera inmediata. Cuando decimos inmediata, decimos literalmente sin mediación institucional ninguna. El pueblo elige al líder, y luego ya el líder va disponiendo a su capricho, que, en teoría, es el capricho del pueblo. Y del mismo modo que el pueblo no quiere cortapisas para sí y para su poder, tampoco las quiere para el líder al que tan sabiamente ha elegido.

 

El profesor Guy Hermet, que ha dedicado bastante bastantes horas a estudiar el fenómeno populista, señala que lo que mejor diferencia el populismo de otras cosas parecidas es su relación con el tiempo. La política, por su propia esencia, es lenta. Exige poner de acuerdo posiciones muy diversas y, frecuentemente, contradictorias. La promesa de los populistas es que pueden satisfacer las expectativas populares de manera inmediata si el pueblo les da el poder suficiente. Lo curioso es que, en ocasiones, pueblos con sólidas tradiciones democráticas caen en las garras de los populistas.

 

Cuando un líder elegido democráticamente empieza a deslegitimar las instituciones de mediación política de su país, o de su partido, acusándolas de entorpecer su noble propósito de cumplir de manera inmediata la voluntad del pueblo, o de las bases, conviene preocuparse mucho. Hay muchos ejemplos históricos, pero el caso que más me gusta es de ficción. En el capítulo III de la saga de la Guerra de las Galaxias, el canciller Palpatine comparece ante el Senado para abolir la República e instaurar el primer Imperio Galáctico. La senadora Padme Amidala, de Naboo, al escuchar los aplausos entusiastas de la mayoría de los senadores, exclama:«Así es como muere la libertad: con un estruendoso aplauso».

 

Los peores golpes de la historia son los que han dado gobernantes elegidos democráticamente contra las instituciones republicanas o liberales de sus sistema político, en nombre, y con el apoyo entusiasta, del pueblo. Cuando un demócrata es preguntado qué haría si el pueblo eligiera democráticamente una dictadura, suele encontrarse en una contradicción irresoluble. Un republicano no tendrá nunca esa contradicción, elegirá la libertad, y lo pagará caro.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 6 de noviembre de 2016

 Se llama coraje

30 octubre, 2016

 

 

En una ocasión vi un programa de televisión en el que explicaban ciertas nociones de psicología social y las ejemplificaban con curiosos experimentos. En uno de ellos se formaba un grupo de diez personas, aparentemente al azar, de entre unos paseantes. A cada persona, por separado, se le mostraba varias líneas de distinto tamaño en una pantalla, y luego se reunía al grupo y, ya sentados todos juntos, el experimentador iba preguntando una a una a las personas del grupo qué línea era la más larga.

 

Sorprendentemente, la primera persona preguntada afirmaba que la línea más larga era una que, a ojos vista, no era la más larga en absoluto, y la misma respuesta iban dando todos hasta llegar al décimo miembro del grupo. Resulta que ese décimo miembro era el verdadero objeto del experimento y que los nueve restantes estaban conchabados con el experimentador para mentir en su respuesta. De modo que el experimento consistía en saber si el décimo en ser preguntado haría más caso a sus ojos o a la opinión de una gente que no conocía.

 

Un porcentaje importante de personas, después de escuchar nueve veces la respuesta falsa, optaban por hacer más caso a la opinión del grupo que a sus ojos, y cuando llegaba su turno respondían lo mismo que los demás. Cuando el psicólogo experimental le descubría el pastel a cada décima persona, esas personas reconocían haber apreciado la línea realmente más larga, pero que la “presión” del grupo, les había hecho dudar, y finalmente aceptar como verdad la falsedad que todo el mundo decía.

 

Llevamos un año con nuestras instituciones democráticas paralizadas. Es verdad que ver paralizado al gobierno de Rajoy resulta muy satisfactorio para muchos de nosotros, pero, a diferencia del Gobierno, el Congreso no es de Rajoy, sino de todos los españoles y españolas, y también lleva un año paralizado. Un año sin legislar ni poder controlar al gobierno. Un año sin abordar los problemas de nuestro país, ni las pensiones, ni el empleo, ni la educación, para dar vueltas todo el rato alrededor del mismo tema: la formación de un gobierno. Y si preguntamos a los partidarios de ir a las terceras elecciones si después no vendrían unas cuartas, o no responden, o dicen que sí, que “hay que repetirlas hasta que reviente el sistema”.

 

Mientras nuestros revolucionarios de salón ven en el bloqueo de las instituciones democráticas la oportunidad de cumplir su sueño de devolver el poder a la calle, otros ejercen cada día ese poder en los despachos de los altos funcionarios ministeriales, en las salas de los tribunales de justicia, en las redacciones de los grandes medios, o en los consejos de administración de las empresas, sin las para ellos molestas trabas de la política democrática. Cuando se bloquea la política, el poder fluye por otros cauces, más oscuros, más tóxicos. Todos hemos sido igual de responsables del bloqueo de la política, pero sólo unos han tenido el coraje de producir el desbloqueo. Algunos se han conchabado para acusarlos de cobardía y traición, pero se llama coraje y civismo.

Publicado en el Diario SUR el 30 de octubre de 2016