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¿Para qué sirve Mozart?

21 octubre, 2018

 La pasada semana parlamentaria ha traído una buena noticia: la aprobación, por unanimidad de todos los grupos políticos, de una Proposición No de Ley (PNL) para recuperar la importancia de la Filosofía en el currículum de la Enseñanza Secundaria. Una PNL es algo así como un consejo que el Parlamento da al Gobierno, y es verdad que, como se suele decir, los consejos son baratos. Sin embargo sé por experiencia que muchas leyes comienzan siendo PNLs. Así que es posible que, en un plazo que nunca será tan breve como desearíamos, una mañana de otoño, los adolescentes de nuestro país tengan la maravillosa oportunidad de encontrarse, al entrar en su aula, con Sócrates y Protágoras discutiendo sobre la democracia. Que esa conversación les resulte apasionante, o un tostón insoportable, va a depender en buena medida del profesor o la profesora que les toquen en suerte, porque tanto Sócrates como Protágoras no están en condiciones de hacer más de lo que hicieron por elevar el nivel.

 

La recuperación de la asignatura de Filosofía ha supuesto también la recuperación de un debate que estuvo en el origen de su casi desaparición: el de la utilidad de determinadas materias. ¿Utilidad para qué? La respuesta que surge espontáneamente es utilidad para el empleo. Y eso nos lleva a un debate bastante trillado sobre qué empleo, si el empleo presente o el futuro. Hace unos días escuché decir a un matemático de unos cuarenta años que cuando estaba en la Universidad y le preguntaban qué estudiaba, al decir que Matemáticas, la respuesta inmediata era: “¡ah!, entonces, ¿te vas a dedicar a dar clase en un instituto?”. Hoy las empresas se rifan a los matemáticos. Lo que demuestra lo difícil que es prever las necesidades del sistema productivo incluso en un plazo bastante corto.

 

Por otro lado, si hay que subordinar el sistema educativo al sistema productivo ¿quiere esto decir que si los capitalistas de un país apuestan por una economía exclusivamente basada en el ladrillo y en el turismo, el sistema educativo debe exclusivamente producir buenos albañiles y camareros? ¿No es mejor desarrollar todo lo que den de sí las capacidades intelectuales de los jóvenes y que espabile el sistema productivo si quiere aprovecharlas? ¿No es mucho peor castrar la inteligencia “sobrante” de una generación? ¿A quién le sobra inteligencia, cultura, conocimiento?

 

Cuando, a comienzos de los ochenta, acabé Sociología, y los jóvenes teníamos tasas de paro del cincuenta por ciento, me apunté a un curso de informática para mejorar mis posibilidades de empleo. A mi lado se sentaba una joven licenciada en Ciencias Químicas. Un día me preguntó: “¿para qué sirve la Sociología?”. Le dije: “tengo dos respuestas, la primera es que la Sociología sirve para explicarte por qué me has hecho una pregunta de carácter instrumental, me has preguntado para qué sirve, no qué es la Sociología”. No muy convencida, me dijo: “¿y la segunda?”. Le respondí: ¿sabes para qué sirve un ingeniero de teleco que hace un tocadiscos? Ella dijo: “sí”. Entonces le pregunté: “¿y para qué sirve Mozart?”.

Publicado en los diarios SUR y el Correo el 21 de octubre de 2018

Apuesta ganadora

14 octubre, 2018

 

En un par de semanas, el 31 de este mes de octubre, se cumplirán los cuarenta años de la aprobación por las Cortes de la Constitución de 1978. He tenido la suerte de formar parte de la comisión que las actuales Cortes han creado para la celebración del 40 aniversario de la aprobación por el pueblo español de la que se conoció como la Constitución de la Concordia. Formar parte de esa comisión me ha permitido escuchar y aprender, entre otras excelentes personas que forman parte de la misma, de los padres de la Constitución que afortunadamente quedan con vida, a los que hay que añadir a Alfonso Guerra al que, si bien no fue miembro de la ponencia, como ocurre con el ya desaparecido Fernando Abril Martorell, todo el mundo reconoce su paternidad sobre la Constitución. 

 

Hace unos días hablaba con mi hermana a cuenta de alguno de los primeros vídeos de la campaña de celebración que se han hecho públicos, y recordábamos aquel ejemplar de la Constitución, un cuadernillo en tono beige o marrón claro, que enviaron a los hogares españoles en el otoño de 1978, antes de la celebración del referéndum. Mi hermana me preguntó: “¿cuánta gente crees que se lo leyó?”, y después de mirarnos, dijimos entre risas: “¡papá!, al menos él se la leyó de cabo a rabo”. No creo que, en toda su vida, nuestro padre leyera un libro más largo que aquel cuadernillo, pero desde luego que se la leyó. Cada tarde, después de volver de trabajar en CITESA, se ponía a leer la Constitución y, de vez en cuando, nos preguntaba por el significado de alguna palabra. Todavía le quedaban veinte años de vida bajo aquellas normas que con tanta pasión y tanta dificultad leyó. Veinte buenos años, con sus penas y sus alegrías, quizá los mejores de su vida.

 

Este pasado septiembre, con motivo del 40 aniversario de la Constitución, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha preguntado sobre nuestra satisfacción con la misma. El 47% de las personas entrevistadas se declararon satisfechas o muy satisfechas con la Constitución de 1978. Un 28%, por el contrario, decían sentirse insatisfechas o muy insatisfechas. El resto no terminaban de aclararse. Con todo, una mayoría muy amplia, del 70%, cree que hay que reformar la Constitución, frente al 15% que dice que hay que dejarla como está. Y, lo cierto es que, cuando se les pregunta, las personas que son partidarias de reformar la Constitución apuntan a temas que son bastante razonables, como la distribución de competencias en el Estado Autonómico, el llamado blindaje del Estado del Bienestar y la igualdad entre géneros, entre otros temas que generalmente consideraríamos relevantes.

 

Quizá lo que falta es el contexto político que permita reformar una Constitución que es bastante buena, para hacerla mejor todavía. Y eso es lo que más debería sorprendernos, porque no cabe duda de que la España de la Transición no era mejor en ningún sentido que la España actual. Y la España actual es mejor porque, en efecto, nuestros padres ganaron su apuesta por la concordia. Igual me equivoco, pero creo que esa seguirá siendo la apuesta ganadora.

Publicado en el diario SUR el 14 de octubre de 2018

Decepciones de ida y vuelta

7 octubre, 2018

Hace unos días leí un artículo de una brillante periodista que ponía el dedo en una dolorosa llaga. Contaba la periodista que, en un contexto privado y relajado, una importante política le había confesado que había días en los que no se le ocurría nada ingenioso que decir en el Congreso. La columnista aprovechaba la confesión de la política para concluir que los diputados vamos al Congreso a decir frases ingeniosas en lugar de ocuparnos de los problemas reales de nuestra sociedad, y recordaba sus tiempos de humilde becaria en los que ella se estudiaba la ley que se estaba discutiendo en el Pleno como si estuviera haciendo un máster, y las sumarias y superficiales intervenciones de los diputados que participaban en el debate de la misma. Apuntalaba su argumentación con el duro dato de que solo un 14% de los entrevistados por el CIS está de acuerdo con la idea de que en el Parlamento se tratan los problemas que realmente afectan a los ciudadanos, en tanto que el 76% afirman que en realidad los parlamentarios se dedican a discutir de asuntos de poca importancia.

 

Mientras leía la columna de la decepcionada periodista me venía a la mente el comentario recurrente y también decepcionado de los parlamentarios más jóvenes y noveles cuando hacen sus primeras intervenciones: “he estado preparando mi intervención durante días, me he documentado, he consultado con el sector, y hasta la he ensayado delante del espejo, y ¿sabes lo que ha sacado la prensa?”. Y ahí la respuesta puede ser, una frase descontextualizada, una frase ingeniosa o, directamente nada”.

 

Hace año y medio la dirección de mi grupo parlamentario me encargó por enésima vez que preguntara en el pleno por el IVA del cine. Lo había hecho varias veces y no  salió nada en los medios, salvo en una ocasión en  la que,en lugar de contestar a mi pregunta, el ministro Montoro me respondió acusando a alguien de no pagar impuestos, pero aunque sacaron su respuesta, ni mencionaron mi pregunta. Así que pensé, esta vez tengo que hacer algo para salir en los telediarios. Lo tenía difícil, porque una semana antes, un diputado había acaparado toda la atención mediática diciéndole al presidente Rajoy que esperaba que su respuesta fuera: “me la trae floja, me la suda, me la trae al fresco, me la pela, me la refanfinfla”. Intentar superar eso no me parecía ético, y desnudarme, como había amagado un diputado valenciano, no me parecía estético. Así que se me ocurrió hacer exactamente la misma pregunta de siempre, pero a modo de soneto. 

 

Es verdad que recibí algunas merecidas críticas literarias, unas porque los versos no eran endecasílabos, otras porque, directamente, el poema les parecía malo, pero yo no pretendía sacar plaza de poeta, sino que bajaran el IVA del cine y, a ser posible, que lo recogiera la prensa. Esa noche, mientras recibía las llamadas y mensajes de mis familiares y amigos de Yunquera, mi pueblo, comprendí que había alcanzado al menos uno de mis objetivos: salir en los telediarios. El otro vino más tarde, pero esa fue una victoria de  muchos.

Publicado en los diarios Sur y el Correo el 7 de octubre de 2018

El comisario de las golosinas

30 septiembre, 2018

Estos días me ha venido a la memoria, como probablemente le haya ocurrido a muchas otras personas, “La vida de los otros”. Una hermosa película que cuenta la historia de un oficial de la policía política de la Alemania del Este, la Stasi, durante la época de la dictadura comunista. El trabajo de aquel policía consistía, por encargo de sus superiores, en espiar la vida privada de un escritor disidente. Los poderes totalitarios no distinguen la vida privada de la vida pública, y de hecho, como decía Hannah Arendt, su objetivo es acabar con las dos. “¿Por qué te niegas a exponer a nuestros ojos tu ámbito íntimo? ¿Qué tienes que ocultar? ¿Qué malo has hecho?”, te pregunta el poder totalitario para justificar su escaneo completo de tu vida.  Y, en efecto, se podría pensar que si no has hecho nada malo, todo lo puedes mostrar sin avergonzarte. O no. Quizá, incluso sin haber hecho nada malo, la exposición de nuestra intimidad en público podría avergonzarnos a cualquiera. Bastaría, por ejemplo, que, como si fuera una casita de muñecas, alguien levantara el techo mientras estamos en el baño.

El titular del poder totalitario considera que tiene el derecho a saberlo todo sobre ti, sin límite alguno. ¿Y el titular del poder democrático, tiene el mismo derecho? ¿Puede ser toda tu vida expuesta para que el pueblo, pueda satisfacer su curiosidad sobre ti? ¿Estaría bien que tu jefe en el trabajo pudiera hacer lo mismo? ¿Tiene derecho a conocer la transcripción de lo que dijisteis en una cena en tu casa varios compañeros de trabajo? Probablemente casi todos coincidiríamos en que nuestro jefe no tiene ese derecho, pero ¿y el pueblo? ¿Qué clase de jefe es el pueblo?

En Orlando Furioso, Rinaldo renuncia a beber la copa que le permitirá saber con absoluta certeza si su amada le es fiel, prefiere confiar. Cervantes, en el cuento del curioso impertinente, hace que la curiosidad de Anselmo lo lleve a poner a prueba la  fidelidad de su esposa Camila, con un trágico final. La transparencia absoluta acaba con la confianza. Un móvil encima de una mesa se puede convertir en el fin de la intimidad de un grupo de amigos. Sin vida pública ni privada, nos convertimos en seres aislados a merced de cualquier poder totalitario, aunque sea el poder de un pueblo amo.

Hace unos años, con motivo del estreno de la película “Searching for Sugar Man”, fuimos muchos los que conocimos la historia del cantante norteamericano Sixto Rodríguez y su canción más famosa: “Sugar Man”. El hombre de las golosinas de la canción era, en realidad, un camello, y las golosinas eran marihuana, coca o LSD. En la llamada sociedad de la información, las golosinas son noticias escandalosas, generalmente falsas, y casi siempre banales. En la España de hoy, el hombre de las golosinas es un comisario de policía que graba conversaciones privadas para hacer negocios y, cuando lo han pillado, intentar chantajear a los poderes democráticos. Vigilando a políticos ha destapado a policías, pero no solo a policías.

¿Quién vigila a los vigilantes?

Publicado en el diario SUR el 30 de septiembre de 2018

Pensión vitalicia

23 septiembre, 2018

El miércoles es, a mi entender, el día más interesante de la semana en el Congreso. En la sesión de control se ponen en práctica las estrategias políticas y las tácticas parlamentarias. Las preguntas y las interpelaciones dan la medida de la profundidad, del ingenio, o de la brillantez, de las ideas y de quienes las sostienen. Ese día me gusta llegar al Congreso un buen rato antes de que comience el Pleno. Entrar por la puerta de la verja que da al patio, llegar hasta la barrera que forman los periodistas en la puerta del Hemiciclo, coger un par de caramelos de la bandeja que hay a la entrada, permanecer de pie en mi sitio mientras se llena la sala, intercambiar alguna broma con mis vecinos de escaño hasta que llegan los líderes y la presidenta Pastor da comienzo a la sesión.

Este miércoles, bajando por la Carrera de San Jerónimo, vi salir por la puerta de Cedaceros a una docena de diputados y diputadas de diferentes formaciones políticas, que llevaban una mesita de playa, de esas plegables, con una silla del mismo estilo y un cartel enrollado. Al llegar a los leones, desplegaron la silla y la mesa, y colocaron con cinta adhesiva el cartel. A la par que los policías del Congreso, que estaban perplejos, y unos periodistas con una cámara, que trataban de pescar a algún diputado incauto para reírse de él por la noche, me acerqué a los de la mesa. Al aproximarme pude leer en el cartel: “Hoy renunciamos a la pensión vitalicia”. Asombrado, les dije a mis colegas: “pero si no tenemos pensión vitalicia”. A lo que una diputada de Unidos Podemos me contestó: “no te fastidia, claro que no, pero nadie nos cree”. Un diputado del PP añadió: “por eso, si renunciamos a ella, acabamos con la leyenda urbana”, a lo que asentían con entusiasmo varios jóvenes diputados y diputadas del PSOE y de Ciudadanos. “Avisa a los que están en el Pleno”, me dijeron, mientras empezaban a enviar mensajes a los compañeros por sus teléfonos móviles.

Al poco rato, frente a una nube de cámaras y fotógrafos, habíamos firmado más de trescientos diputados. Algunos hacían declaraciones muy solemnes después de firmar, señalando el carácter regenerador de la medida. La gente empezaba a mandar mensajes de apoyo en las redes sociales, hasta que, maldita sea, en una tertulia televisiva alguien dijo: “¡no tienen  vergüenza, esto es un fraude, no pueden renunciar a algo que no tienen, los políticos le están tomando el pelo a la gente que sufre!”. A partir de ese momento, la situación se hizo insostenible, las redes sociales ardían de indignación. Los líderes de los principales partidos se reunieron urgentemente en la zona del Gobierno, a la entrada de Palacio, y acordaron, para salvarnos el cuello a los que habíamos firmado, que se trataba de una renuncia a futuro, que nunca aceptaríamos una pensión vitalicia, si la hubiera, pero que no la iba a haber, porque habíamos renunciado preventivamente a ella.

En eso sentí que mi mujer, tirándome del brazo, me decía: “despierta, que vas a llegar tarde al Pleno”. Al llegar al Congreso, la situación había empeorado.

Publicado en los diarios SUR y el Correo el 23 de septiembre de 2018

Enemigos necesarios

16 septiembre, 2018

El pasado jueves escuchaba a la portavoz de Unidos Podemos decir en la tribuna del Hemiciclo que todos los demócratas son antifascistas, y es verdad; pero también es verdad que no todos los antifascistas son demócratas. Un ejemplo: Stalin era un antifascista, pero no era un demócrata. Otro ejemplo más actual, el primer ministro rumano Viktor Orban es un anticomunista, pero no es un demócrata.

La verdad es que hay muchas formas de no ser un demócrata y caerle bien a la gente, incluida la gente demócrata. Demasiadas. Se suele decir que los enemigos de mis enemigos son mis amigos, pero solo mientras acaban con mis enemigos, luego conviene tener cuidado. Aunque también conviene tener cuidado con los amigos, sobre todo a la hora de prestarles libros. De hecho tengo un amigo muy querido que en el milenio pasado me perdió para siempre un maravilloso libro, que yo tenía subrayado, de Theodore Caplow, titulado “Dos contra uno: teoría de las coaliciones en las tríadas”.

En ese libro Caplow propone un juego entre tres jugadores, llamémosles: Amancio, Benita y Casimiro. Amancio es más fuerte que Benita, y Benita más fuerte que Casimiro, pero Benita y Casimiro, cuando se alían entre ellos, le ganan a Amancio. Pues bien, Caplow demuestra en el libro que la alianza más frecuente es la que se produce entre Benita y Casimiro. Con el libro de Caplow me pasó como cuando mi mujer estaba embarazada, que veía embarazadas por todas partes, a pesar de que eran años de baja natalidad, después de leerlo solo veía tríadas y coaliciones. Por ejemplo, en las sociedades patriarcales, la alianza más frecuente es la de la madre con el hijo, o los hijos, frente al padre. Otra bastante común en la mayor parte de las sociedades conocidas es la alianza de la pareja con su madre, frente al otro miembro de la pareja, lo que hace que el tabú de la suegra sea prácticamente universal, como explicaba Caplow en su libro. Con todo, el sociólogo norteamericano señala que la alianza entre Benita y Casimiro tiene una cautela, y es que a Casimiro no le interesa que Benita destruya completamente a Amancio. Porque si Benita, con la ayuda de Casimiro, destruye a Amancio, luego Casimiro estará a merced de Benita.

En los años treinta del pasado siglo, la burguesía democrática de derechas, asustada por el totalitarismo stalinista dejó que creciera el fascismo, y se alió con él, luego el fascismo acabó con la burguesía democrática y con la democracia misma. En otros lugares pasó al revés, el auge del fascismo hizo que la izquierda democrática se arrojara en brazos del stalinismo.

Se me ocurren dos enseñanzas. La primera es que quienes sueñan con la completa aniquilación de su adversario deben asegurarse de que no lo necesitan para sobrevivir, no vaya a ser. La segunda es que la izquierda democrática no debería empujar a la derecha democrática en brazos del autoritarismo de derechas, y que, a la inversa, la derecha democrática debería cortarse un poco a la hora de llamar a todo el mundo terrorista o socio de los terroristas.

Publicado en el diario SUR el 16 de septiembre de 2018

Cataluña plurinacional

15 septiembre, 2018

Empezaré por pedir perdón a quienes, como yo, no sean nacionalistas. Me disculpo por usar el lenguaje de los nacionalistas, pero es por ellos por quienes me gustaría hacerme entender. Sostiene el nacionalismo español que como Cataluña es España, y en España no hay más que una nación, en Cataluña no puede haber más de una nación. Se podrá argumentar que esa afirmación no es coherente con la realidad, pero no contra su lógica interna. Por el contrario, el nacionalismo catalán sostiene que España es plurinacional, pero Cataluña no. Sin embargo, si España es plurinacional, no será porque en Andalucía, o en Asturias, haya más de una nación, sino porque, de haberlas, las hay en Cataluña. De modo que si España es plurinacional, lo será porque Cataluña lo es.

Expresado de una manera o de otra, la constatación por la inmensa mayoría de los españoles, de que en España hay más lenguas que el castellano, y más identidades territoriales que la española, nos llevó a cambiar la organización de nuestro Estado. Con la Constitución de 1978 los españoles hicimos lo razonable, después de haber intentado todo lo demás. La Dictadura fue el último y fallido intento de ponerle a España un corsé político uniforme y centralista en el que no encaja ni la diversidad de su realidad cultural, ni la pluralidad de su realidad política. Con la Constitución, como anticipó Argüelles en 1812, los españoles cambiamos mayoritariamente el nacionalismo por el patriotismo, que es la forma civilizada y republicana de amor a la tierra y a la comunidad política a la que se pertenece. Con la Constitución, la inmensa mayoría de las españolas y españoles acordamos que lo razonable era asumir, con Gabriel Aresti, que las lenguas de España son cuatro, y que en algunos territorios de España hay comunidades de personas que tienen una lengua distinta del castellano e incluso una identidad nacional particular, una nacionalidad dice la Constitución, que tienen derecho constitucional a preservar. Comunidades que, en esos mismos territorios, conviven desde hace siglos con otras comunidades de personas, que hablan castellano y también quieren preservar su identidad y su pertenencia a España.

Que en Cataluña hay dos comunidades con distintos sentimientos de pertenencia es algo innegable a la luz de los datos sociológicos y de la realidad política. Como tampoco se puede negar que buena parte de esos sentimientos están ligados a los ancestros y a la lengua, que son dos elementos con los que los nacionalistas construyen las naciones, pero que no obligan necesariamente a construir Estados nacionales, como demuestran los suizos o los valencianos. En Cataluña hay una comunidad de personas, la cuarta parte de la población, cuyos cuatro abuelos nacieron allí y cuya lengua materna es el catalán. Y hay otra comunidad de personas, formada por la mitad de la población, cuyos cuatro abuelos nacieron en otras regiones de España y cuya lengua materna es el castellano. También hay personas con abuelos catalanes y no catalanes, que son la cuarta parte restante de la población, y que son quienes más tienden a declarar que ambas, catalán y castellano, son su lengua propia.

La respuesta política a la diversidad constitutiva de España que dio la democracia fue el Estado Autonómico. Inicialmente para las llamadas Comunidades Históricas, después, y por empeño de los socialistas, para todas las regiones por igual. Fuimos los socialistas quienes, teniendo en cuenta su diversidad, garantizamos lo de libres e iguales para todos los ciudadanos de España. Algo que nunca gustó ni al nacionalismo español, ni a los nacionalismos periféricos.

Y como habíamos decidido que todas las culturas y todas las lenguas que se hablan en las diferentes regiones de España son españolas, hicimos algo más, y en eso tuvieron un papel importante socialistas como la pedagoga Marta Mata. De modo que, en Cataluña, la comunidad de quienes tienen el castellano como lengua materna, que la más numerosa, aceptó educar a sus hijos exclusivamente en catalán. No se me ocurre una expresión de fraternidad más grande que educar a tu hijo, en lugar de en tu propia lengua, en la lengua materna del vecino. Lo hicieron como una fórmula para fusionar esas dos comunidades en un mismo pueblo, que hablara las dos lenguas y sintiera las dos identidades. Con el tiempo descubrimos que no era ese el propósito del nacionalismo catalán.

La inmensa mayoría de las personas que llegaron a Cataluña desde otras regiones de España, educaron a sus hijos en el amor a lo catalán, a su lengua, a su cultura, a su identidad, y las fortalecieron. Y, cuando se les pregunta a esas personas por su identidad territorial, afirman mayoritariamente que se sienten tan catalanas como españolas. Por el contrario, quienes vivían allí desde hace más tiempo, en una proporción importante, se definen exclusivamente como catalanas, y rechazan la lengua, la cultura y la identidad españolas de quienes llegaron en tiempos más recientes, y también las de otros catalanes cuyas familias llevan tantos siglos como las suyas en Cataluña, hablando castellano y sintiéndose españolas en un territorio que desde la formación de España forma parte de ella.

Durante muchos años los políticos nacionalistas catalanes han tratado de convencernos a los españoles de que el problema de encajar políticamente dos comunidades nacionales diferentes lo tiene España; pero eso es verdad solo si lo tiene también Cataluña. ¿Cuál es su propuesta para encajar políticamente la existencia de dos comunidades con identidades nacionales, una inclusiva y la otra exclusiva, diferentes? Convertirse en un Estado. ¿Con dos naciones, cabría preguntarles? ¿Con una nación, la española, separada del resto de España por una frontera? Toda la teoría comunitarista, que da soporte filosófico al nacionalismo, se basa en la idea de que hay sociedades que no son homogéneas cultural o étnicamente, en las que el voto indiferenciado no sería justo, sin el reconocimiento de la existencia de comunidades cuyos derechos van más allá de su peso demográfico. Incluso en una democracia de ciudadanos cultural y étnicamente indiferenciados hay decisiones que no se toman por mayoría simple. En una sociedad como la catalana, cuyos ciudadanos pertenecen a comunidades culturales diferentes, no parece que la mejor forma de resolver aspectos esenciales de su configuración política, sea mediante la confrontación puramente numérica, aunque sea en las urnas. Solo un populista podría confundir esa votación con la democracia. Sorprendentemente lo que el nacionalismo catalán ha visto siempre tan claro en España no lo ve en absoluto en Cataluña. Como hizo la Dictadura en España, los secesionistas catalanes quieren aplastar la diversidad nacional en Cataluña por las bravas. Sin respetar la realidad sociológica, histórica, constitucional de esa región, simplemente tratando de aprovechar de manera oportunista una coyuntura política que ni siquiera les ha sido favorable en términos electorales. ¿Cómo explicarán a la comunidad internacional los gobernantes secesionistas de Cataluña que violaron la Constitución y su propio Estatuto de Autonomía sin alcanzar siquiera la mitad de los apoyos electorales?

No sé si usando sus conceptos me habré hecho comprender por ellos, pero convendría que los dirigentes secesionistas tuvieran en cuenta que, a diferencia de otras naciones europeas, la española nunca estuvo dividida entre varios Estados, y no lo va a estar. Con el resto de los españoles, los socialistas hemos soportado mucho sufrimiento para mantener nuestra unidad, y no vamos a dejar que nadie establezca fronteras interiores que nos separen. La solución que encuentren los secesionistas catalanes a la pluralidad nacional de Cataluña habrá de pasar por el respeto a la unidad política de la nación española. De igual modo que los españoles de los demás territorios hemos integrado lo catalán en nuestra concepción de España, la solución más razonable sería que los nacionalistas catalanes integraran al resto de las lenguas, culturas e identidades españolas, en su concepción política de Cataluña y como una parte de su riqueza. Por desgracia para todos, a tenor de lo que estamos viendo, antes de hacer lo razonable, el secesionismo catalán seguirá intentando todo lo demás.

Publicado en el diario El País el 11 de septiembre de 2018