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¿Quién dijo miedo?

25 septiembre, 2016

Esta semana hemos asistido a un debate ideológico entre los máximos dirigentes de Podemos. Marx se hubiera sentido obligado a escribir otra Crítica al Programa de Gotha, pero los dirigentes de Podemos lo han resuelto, literalmente, en dos tuits. El meollo del debate viene a ser el siguiente: ¿es mejor seducir o dar miedo? A diferencia de laboristas, socialistas, socialdemócratas, y reformistas de toda laya, los populistas son gente práctica. De modo que toda su preocupación ética, filosófica o política, es qué estrategia les da más votos, si seducir o dar miedo.

 

No es fácil encontrar datos que arrojen suficiente luz para resolver la disputa, no conozco ninguna encuesta en la que se pregunte de manera directa: “¿siente usted mucho, bastante, poco, o ningún miedo de Podemos?”. En la encuesta preelectoral del CIS de las elecciones de 2008, sí se hizo una pregunta sobre el miedo que le producía a los entrevistados una posible victoria del PP o del PSOE. Un 54% declaró que no sentía ningún miedo de que ganara el PP, y un 67% declaró que no sentía ningún miedo de que ganara el PSOE. La encuesta preguntaba también por la alegría que produciría la hipotética victoria de uno de los dos partidos, y las respuestas fueron un 23% de mucha o bastante alegría en el caso de una victoria del PP, y un 42% en el caso de una victoria del PSOE. En 2008, como es bien sabido, ganó el PSOE, que era el partido cuya victoria daba menos miedo y producía más alegría. Claro que aquellos, dirán los dirigentes de Podemos, eran otros tiempos. Sin embargo, me da la impresión de que la naturaleza humana ha cambiado poco en los últimos diez o veinte mil años, así que yo que ellos tendría muy en cuenta que es la esperanza y no el miedo lo que da las victorias.

 

Con los partidos pasa como con las personas, y es que algunos se encuentran de pronto con el éxito, sea en forma de poder o de riqueza, sin saber muy bien por qué lo han logrado. Recuerdo lo que me decía a finales de los años noventa un experimentado político socialista cuando comenzaba a inflarse la burbuja tecnológica, también llamada de las “punto com”: “hay gente que está muy preocupada porque no tiene ni idea de por qué se está enriqueciendo”. Si no sabes muy bien las razones de tu éxito, es muy probable que no sepas cómo evitar tu fracaso.

 

Quizá el origen de los problemas de Podemos está en su propio éxito, concretamente en el éxito en su proclamado objetivo de que el miedo cambiara de bando. En octubre de 2014, un 42% de los entrevistados por el CIS declaraba que nunca votaría a Podemos, en mayo de 2016 esa cifra ascendía al 54%. Como decía en una reciente entrevista uno de los máximos inspiradores de Podemos, su debate ahora es cómo ayudar mejor a la desaparición del PSOE, si votando una hipotética investidura o no. Por eso no es de extrañar que, según las encuestas, Podemos produzca más rechazo entre los votantes socialistas que entre las clases altas. Las clases altas, las verdaderamente altas, no tienen miedo de Podemos, al contrario, le están muy agradecidas.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 25 de septiembre de 2016

Teoría y práctica de la democracia interna 

18 septiembre, 2016

Hace unos días leía una entrevista a un viejo dirigente de la izquierda comunista, ahora diputado de Unidos Podemos, en la que recomendaba tener cuidado con la democracia interna: “Me parece extraordinario –afirmaba- que se juegue a la democracia, pero hay que recordar que los poderes quieren rompernos, dividirnos y situar un liderazgo alternativo a Pablo Iglesias. Hace falta ser un ingenuo para pensar que lo que hagamos no va a ser utilizado por el enemigo”.

 

A un socialista, como es mi caso, ese tipo de planteamientos le activan todas las alarmas políticas, y hasta biológicas. Al fin y al cabo, los socialistas ya apostábamos apasionadamente, frente a los comunistas, por la democracia representativa y la libertad política, bastante antes de que buena parte de la derecha se hiciera totalitaria. Hombres como Pablo Iglesias Posse, el fundador del PSOE, y Fernando de los Ríos, reivindicaron las libertades democráticas frente a quienes, entregados a la tarea de asaltar los cielos, despreciaban lo que llamaban, y siguen llamando, libertades burguesas. Fue entonces cuando los socialistas descubrimos que si alguien te pide que le entregues tu libertad a cambio del pan, la paz o la victoria, es que te va a robar el pan, la paz y la victoria.

 

No es de extrañar el descubrimiento de los comunistas y populistas de izquierda de Carl Schmitt, tan querido del nazismo. Para Schmitt la política tiene que ver con el enfrentamiento a muerte entre posiciones irreconciliables. Para quienes ven la política de esa manera los debates parlamentarios son una pérdida de tiempo, lo que hay que hacer es tomar decisiones sin perder ni un minuto. Dice Byung Chul Han que “la palabra ´decisión´ procede del decidere latino, que significa ´cortar´. Las decisiones se toman degollando al otro, al enemigo. Así es como se le corta la palabra”. La deliberación democrática se funda en una concepción completamente distinta de la política, en palabras de Han: “En lugar del combattere aparece el compromettere”.

 

Hoy ya casi nadie cuestiona la democracia y las llamadas libertades burguesas, pero siempre hay quienes, a derecha e izquierda, en los momentos de dificultad de los países y de las organizaciones políticas, tienen la tendencia a ver las condiciones y la necesidad de instaurar un Estado de Excepción schmittiano, es decir, a suspender las libertades hasta nuevo aviso. No se atreven a decirlo claramente, pero lo dicen. Y, en cuanto pueden, lo practican. Eso sí, con el aplauso de propios y extraños.

 

En los años 20 del pasado siglo los socialistas españoles tuvimos claro que Lenin no era un modelo político para nosotros, pero una década más tarde muchos socialistas aclamaban con entusiasmo a Largo Caballero como el Lenin español. Nuestra historia, y esa es una de las ventajas de tenerla, debería prevenirnos contra la enorme fuerza de las modas políticas, y llevarnos a perseverar en nuestros valores y en nuestra tradición política, para no terminar practicando aquello que decimos rechazar.

 Publicado en el diario SUR el 18 de septiembre de 2016 

 

Rajoy y el sentido común

11 septiembre, 2016

Mi abuela lo decía con la misma elegancia que si estuviera citando a Plutarco: “a nadie le hieden sus pedos ni sus hijos les parecen feos”. En Sociología del Conocimiento, de quinto curso, Luis Martín Santos, el filósofo, nos lo explicaba de otra manera: nuestra ideología nos resulta transparente, no la vemos.

 

Lo que en un momento dado es una idea que compite con otras, que hasta podemos calificar como una ocurrencia, algo que es, en todo caso, la creación de una o varias personas, en el momento en que vence, se naturaliza, deja de parecernos una invención humana y se nos aparece como un producto de la naturaleza. Cuando una ideología triunfa y se extiende, se convierte en sentido común. Común porque la compartimos todos, y común porque no es de nadie.

 

Hubo un tiempo en el que se reunían jóvenes matrimonios progresistas a comer, y mientras los varones hablaban durante la sobremesa de la importancia de conquistar la igualdad de derechos de las mujeres, sus mujeres retiraban los cubiertos y fregaban los platos en la cocina. Que ese comportamiento esté dejando de parecer de sentido común no ha sido fácil ni gratuito, sino el fruto de una dura pelea por establecer otra normalidad. Una pelea que ha costado sufrimientos, broncas, malas caras, divorcios. Nadie le ha regalado nada a las mujeres, pero su combate y su victoria han hecho que ahora a una gran mayoría nos parezca antinatural lo que antes parecía natural. El sentido común varía mucho de un tiempo a otro, y de un lugar a otro.

 

Si hay un campeón del sentido común en España ese es Mariano Rajoy. El señor Rajoy es el plusmarquista de lo normal, de lo que siempre se ha hecho así, de las cosas que son como Dios manda. El problema es que el sentido común de Rajoy caducó hace mucho tiempo, allá por el siglo XIX, y se ha vuelto tóxico. Al señor Rajoy no le huele mal nada de lo que hace, por mucho que el hedor sea insoportable para una mayoría de la sociedad española. No es cinismo, como algunos sostienen, es algo peor y más peligroso, es inconsciencia. Por eso resulta imposible pactar con él y salir indemne.

 

Estoy convencido de que mientras Rajoy pactaba con Ciudadanos la regeneración de la vida pública española no pensaba ni por asomo que darle al señor Soria un puesto en el Banco Mundial fuese una deslealtad a sus nuevos socios. Ni siquiera pensó en lo que estaba diciendo cuando le preguntaron por qué el Gobierno enviaba a Washington al señor Soria y contestó: “¿Qué vamos a hacer, echarle de España?”. Si no lo podemos echar de España, pensaba Rajoy, lo normal, lo de sentido común es que lo enviemos a Washington de director ejecutivo del Banco Mundial.

 

Cuando Rajoy ha escuchado las críticas de sus compañeros Alonso, Cifuentes y Feijóo, al nombramiento de Soria, ha debido pensar que han perdido el sentido común, y que, como el país entero, se han vuelto locos. Ese es el problema, que no podemos permitirnos tener un presidente del Gobierno que considera que mandarles mensajes de ánimo a los delincuentes es de sentido común.

Publicado el 11 de septiembre de 2016 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una solución no convencional 

6 septiembre, 2016

Tras dos elecciones y dos investiduras fallidas, muchas personas se preguntan, con razón, si caminamos a unas terceras elecciones y, después de ellas, a una nueva investidura fallida. En realidad nadie puede asegurar que a continuación de unas terceras, no vendrán unas cuartas y unas quintas elecciones generales. Lo cierto es que desde diciembre nuestra democracia es incapaz de resolver el bloqueo para elegir gobierno. No lo hemos hecho los representantes, y no lo han hecho los electores cuando se les ha devuelto la decisión.

 

En una democracia representativa, como la nuestra, los diputados no reciben un mandato imperativo. Constatado el bloqueo al que llegan cumpliendo el mandato de sus electores, los representantes pueden, legítimamente, intentar otras soluciones que no llevaban en sus programas. Sin embargo, no son buenos tiempos para la autonomía de los representantes. Vivimos una crisis de confianza en la representación, y la perspectiva de unas próximas elecciones hace que nadie se atreva a hacer nada que no tenga el previo visto bueno de su electorado. Aunque, precisamente en un tiempo en el que nadie confía, quizá convendría que los elegidos confiaran en la comprensión de sus electores y aventuraran algunas posibles soluciones al bloqueo, antes de devolverles de nuevo la pelota en forma de otras elecciones generales.

 

Unas semanas antes de las elecciones del 26J, y unos días después de las mismas, expuse en estas páginas mi opinión, como diputado y militante socialista, sobre lo que deberíamos hacer. Que muy sumariamente consistía en lo que hemos hecho, es decir, votar no a la investidura del señor Rajoy. Sin duda en los próximos días se abrirá un intenso debate sobre lo que ha de hacer ahora el PSOE, un debate que, como es lógico, cerrarán de manera democrática los órganos de dirección política del Partido Socialista. Entre tanto, y ya que los extraños, y hasta los adversarios más ásperos, no se privarán de dar su opinión, entiendo que nadie se tomará a mal que también demos nuestra opinión los propios socialistas. Como se ha visto estos días, los socialistas somos más sensibles a la razón que a la presión, por eso, un partido con la tradición democrática del PSOE no sólo no impide el debate a sus afiliados, sino que lo amplía, e invita, sin temor y con generosidad, a participar en él a una sociedad que está lógicamente concernida por nuestras decisiones.

 

Empezaré por recordar que, frente a lo que le hemos oído al PP y a sus apoyos, el liderazgo, en una democracia parlamentaria, es de quien se lo gana en el Parlamento. De modo que si nos atenemos a esa lógica, al menos formalmente, los socialistas no hemos sido puestos en la oposición por los ciudadanos, como tampoco el PP ha sido puesto en el Gobierno, ni Podemos o Ciudadanos en posiciones subalternas a partidos más grandes, pero incluso si aceptamos que, como se ha dicho, los ciudadanos nos han colocado en la oposición, también desde la oposición los socialistas debemos contribuir al desbloqueo de la situación política con nuestras propuestas. Lo que no haremos es dimitir de nuestra responsabilidad, como hicieron los señores Rajoy e Iglesias en la pasada legislatura, y dejar correr el tiempo hasta la disolución automática de las Cortes y convocatoria de unas nuevas elecciones de las que no tenemos ninguna garantía de que fueran la solución del bloqueo.

Por supuesto, el resto de las fuerzas políticas que se han opuesto a la investidura del señor Rajoy tampoco deberían sentarse a esperar pasivamente, sino que deberán, cada una, arriesgar sus propuestas de solución. A nadie de los que excluyen a una parte de los diputados del juego político se les ocurriría excluir a los electores de esos diputados del pago de impuestos. El establishment de nuestro país ha decidido que los 71 diputados de Unidos Podemos, que representan a cinco millones de ciudadanos y ciudadanas, están exentos de cualquier responsabilidad respecto al desbloqueo de la situación política, nada se espera de ellos, nada se les reprocha, nada se les exige. En tanto que los 85 diputados del PSOE, que representan a cinco millones cuatrocientos mil ciudadanos y ciudadanas, deben echarse sobre sus solas espaldas la solución del problema. Me parece tan absurdo como injusto, tanto, por defecto, para con Unidos Podemos como, por exceso, para con el PSOE. La idea, y la práctica, de excluir cada vez a más españoles y españolas de la comunidad política a la que legítimamente pertenecen está también en el origen del bloqueo político que sufrimos.

 

En ninguna parte de nuestro ordenamiento constitucional se establece un número mínimo de diputados para liderar una alternativa de gobierno. En la pasada legislatura el PSOE trató de formar gobierno con 33 diputados menos que el PP, que ni siquiera lo intentó. En esta legislatura Unidos Podemos tiene sólo 14 diputados menos que el PSOE, y si cree que tiene una alternativa, nada le impide presentarla. Es obvio que la única manera que tienen PSOE y Podemos de sumar los 176 escaños de una mayoría de gobierno es contando con el centro derecha. En ese sentido, la diferencia entre Podemos y PSOE sería que, mientras el PSOE apuesta por sumar al centro derecha no independentista, es decir, a Ciudadanos, Podemos prefiere intentarlo con el centro derecha independentista. De modo que si los líderes de Unidos Podemos creen que es posible un gobierno de España que incluya al centro derecha independentista tienen el deber de intentarlo ellos mismos, y cuando tengan un proyecto de gobierno coherente, del que estén dispuestos a responsabilizarse ante la sociedad española, pedirnos el apoyo a los socialistas. Lo que no tiene sentido es que Podemos nos exija a los socialistas montar la coalición de gobierno que a ellos les gustaría, y que además seamos nosotros los que nos responsabilicemos de sus consecuencias ante la sociedad. De las consecuencias, por ejemplo, de hacer depender la gobernabilidad de nuestro país de socios que antepondrían, por encima de cualquier otra consideración, la independencia de Cataluña a la existencia de un gobierno de izquierdas en España.

 

No se trata, en ningún modo, de que crea que el PSOE deba aceptar los vetos que, de manera hipócrita, impone el PP a los demás, pero se salta para sí mismo cada vez que le conviene. Se trata de respetar las preferencias del electorado socialista, sobre todo en aquello que obviamente está en manos del PSOE, como es la decisión de con qué socios gobierna y a qué precio. Pues para algo sirve ser un partido con experiencia de gobierno y saber en qué condiciones se puede gobernar cuando se está en minoría.

 

Como otra posible salida al bloqueo, el PP y sus valedores nos proponen a los socialistas una negociación sobre políticas, a la manera en que lo ha hecho Ciudadanos. Sin embargo, no son sólo las políticas sectoriales, que lo son y mucho, sino la forma de entender la política del señor Rajoy lo que nos resulta más inaceptable. Llevar la convocatoria de unas próximas elecciones al 25 de diciembre es el último ejemplo, y quizá el más llamativo, pero es sólo uno. Proponer como presidente de las Cortes, en esta situación de desconfianza ciudadana hacia nuestras instituciones, a un ministro cuyas prácticas están siendo cuestionadas por poco democráticas, en un área tan sensible como Interior, puede resultar menos llamativo, pero no es una muestra menos importante de la escasa sensibilidad democrática del líder del PP. Es con esa falta de sensibilidad con la que el señor Rajoy ha deteriorado algo mucho más importante que cualquier política sectorial: la política con mayúsculas. Con Rajoy, al frente de una mayoría absoluta y por primera vez en nuestra democracia, una parte muy importante de la ciudadanía se ha rebelado no ya contra un partido, sino contra el Congreso, no contra el gobierno, sino contra todo el sistema político.

 

No es verdad que el bloqueo que padecemos sea puramente aritmético, un bloqueo aritmético es relativamente fácil de resolver, el problema es el bloqueo político que da lugar a la imposibilidad de producir una suma que permita no ya la gobernabilidad del país, sino tan siquiera la investidura. Que, a estas alturas, nuestra ambición tenga que ser tener un gobierno, y luego ya veremos, es la expresión del daño que ha sufrido nuestro sistema político. La derrota de Rajoy en su investidura es, sobre todo, el triunfo de una moción de censura contra su actuación como presidente del Gobierno. Su imposibilidad de encontrar aliados es, más que la expresión de su fracaso como candidato, la expresión de su fracaso como presidente. Es el propio Rajoy quien ha producido una importante coalición en su contra, una coalición que ha roto Ciudadanos, después de acudir a las elecciones afirmando que sólo apoyaría al PP si presentaban a alguien distinto a Rajoy a la presidencia. Y, después de lo visto en la investidura, es bastante probable que Ciudadanos se sienta liberado de su compromiso con Rajoy y recupere su compromiso inicial con sus electores.

 

Se nos dice que le demos la presidencia a Rajoy, como sea, y luego le hagamos una oposición dura. Se nos ha llegado a decir que poner el gobierno de España en manos de alguien que no lo merece es un acto de responsabilidad, pero eso es algo más que un error, es una señal de hasta qué punto se ha degradado nuestra situación política. La salida de Rajoy de la presidencia es una condición de recuperación de la política. No es una condición suficiente, pero es completamente necesaria. Después de dos elecciones, y de dos periodos de investidura, es obvio que la mayoría de los españoles no quieren a Rajoy como presidente. En lo demás puede haber muchos y profundos desacuerdos entre las fuerzas que han votado en contra de la investidura de Rajoy, pero en eso no.

 

A partir de ahí tiene sentido discutir de políticas y el lugar para ello es el Congreso. Sobre todo porque ningún grupo tiene mayoría absoluta. Que en unos pocos días de negociación previa a una investidura acordemos reformar la Constitución o derogar la Reforma Laboral o la LOMCE, es desconocer cómo se hacen las leyes y la dinámica del Parlamento. Es obligarnos a acordar como “gran coalición” leyes y políticas que los socialistas podemos acordar, por ejemplo, con Ciudadanos y Unidos Podemos. No hay confianza, ni coincidencia ideológica, para firmar con el PP un manifiesto de buenas intenciones. La derogación y reforma de sus leyes deberá hacerse en las Cortes con los tiempos y los procedimientos que garantizan la calidad democrática de las leyes. El acuerdo, implícito y no coordinado, de las fuerzas políticas que impiden la investidura de Rajoy, no puede extenderse a las políticas sectoriales. Una vez roto el bloqueo, viene la política, con toda su pluralidad representada en las Cortes en esta legislatura.

 

Hay algo inquietante en la obstinada insistencia, que raya en la obcecación, del señor Rajoy en mantener su liderazgo en un país en el que la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas no está dispuesta a dárselo. Después de lo ocurrido ayer en el Congreso, una persona con el sentido común que el señor Rajoy tanto invoca debería comprender que no puede forzar unas terceras elecciones para ver si los ciudadanos le dan lo que, a través de sus representantes, le han negado ya dos veces. Esas terceras elecciones, con las que nos amenaza, podrían volverse dramáticamente contra un presidente que empezó su mandato recibiendo “mucha” o “bastante” confianza del 36% de los entrevistados del CIS y lo acabó con una confianza del 16%, y una desconfianza del 82% de la población. Lo que incluye a una buena parte de sus propios votantes.

 

Forzar unas nuevas elecciones, bajo la forma de un plebiscito sobre su persona, no es la mejor forma en que el señor Rajoy puede agradecer la lealtad de sus compañeros, y el apoyo de sus aliados. Que el PP no esté dispuesto a dejar caer al señor Rajoy dice mucho del PP, que importantes personalidades del mundo de la prensa y los negocios nos presionen a los socialistas más allá del mínimo decoro para no dejarlo caer, dice también mucho de esas personas, pero nada de eso impide que el señor Rajoy los libere de su compromiso y sea él mismo el que, en un acto de responsabilidad con su partido, y de generosidad con quienes le han apoyado, permita a otra persona de su partido intentar lo que él no ha logrado, si ninguna otra fuerza es capaz de formar una coalición más amplia de la que fue derrotada ayer.

 

Nuestro sistema constitucional establece, en su artículo 99, un mecanismo de elección del presidente del Gobierno muy exigente, que garantiza la estabilidad del gobierno hasta el punto de que nunca nadie ha ganado una moción de censura. El problema es que tampoco hasta ahora había ocurrido que, de manera sistemática, la mayoría parlamentaria de bloqueo fuera más grande que cualquier mayoría de gobierno propuesta en el Congreso. De modo que hemos de encontrar una fórmula que rebaje las exigencias del artículo 99. Y como es materialmente imposible modificar la Constitución en este momento, lo único posible es llegar a un acuerdo entre las fuerzas políticas que, incapaces de constituirse en mayoría de gobierno, actúan como mayoría de bloqueo.

 

Obviamente, la única forma de desbloqueo de esta situación es producir mediante un artificio el resultado que exige el artículo 99 de la Constitución, ya que resulta imposible obtenerlo mediante un acuerdo de apoyo político al nuevo gobierno. Esto supondría, ceteris paribus, que en la segunda votación se abstuvieran once diputados. La abstención para evitar unas terceras elecciones sería, en estas condiciones, un ejercicio de responsabilidad que no debería ser usado por ninguna otra fuerza de oposición como arma política contra quien lo hiciera. La única forma de que esto no ocurra es que esos once diputados pertenecieran, en proporción a su representación, a todas las fuerzas políticas que votaran no a la investidura.

 

Hay otro tipo de soluciones técnicas, las hay en el sistema de elección del presidente en algunas Autonomías, esta solo pretende ser una más. En todo caso, para este caso concreto o para una circunstancia similar en el futuro, mientras no cambiemos el artículo 99 de la Constitución, conviene no despreciar cualquier solución, esta u otra, porque sea un artificio técnico. ¿Qué otra cosa es la votación sino un artificio para tomar una decisión, cuando la deliberación se prolonga sin que la asamblea democrática llegue al acuerdo unánime? Insistiré, sin embargo, en que la solución al bloqueo aritmético, sin un desbloqueo de la política, en su sentido más noble y elevado, tiene un horizonte muy corto. ¿Y el día después de esta u otra solución técnica, qué hacemos? ¿Cómo, salvada la investidura, garantizamos la gobernabilidad? ¿Cómo empezamos a ocuparnos de las cosas? Me temo que para eso no hay una solución técnica, sino una larga tarea política para la que es necesario poner en marcha la legislatura.

 

Ponernos a hablar con el detenimiento necesario de leyes, enmiendas y transacciones, en el breve plazo que hoy empieza a correr hasta la disolución de las Cortes, cuando no somos capaces de ponernos de acuerdo en una solución de emergencia es una meta quizá excesiva. No tiene sentido que cada fuerza política negocie por separado su abstención, porque no se trata de una negociación política para que haya un gobierno. Se trata de un procedimiento no convencional para evitar unas terceras, o unas cuartas o quintas elecciones. Si algo ha quedado claro en la investidura de esta semana es que la oposición a Rajoy es lo único que nos suma a todos, de modo que la renuncia de Rajoy parece el único esfuerzo que todos podemos pedir al PP a cambio de nuestro propio esfuerzo. Sin duda esta es una solución no convencional para una situación no convencional. Podemos ponerla en marcha ahora, o quizá lo tengamos que hacer después de las terceras elecciones, si no encontramos otro modo de salir del bloqueo. Si ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo en una solución tan elemental, que reparta los esfuerzos entre todos, y si tememos que nuestros electores no la entiendan, entonces ningunas elecciones van a resolver nada. Este u otro acuerdo debería ser el primer paso para reconciliar a los ciudadanos con la política y las instituciones, y no deberíamos tardar mucho en darlo, si es que queremos andar el camino que nuestra sociedad tiene por delante.

Publicado en Infolibre el 3 de septiembre de 2016

La boda roja

4 septiembre, 2016

 Hubo un tiempo de mi adolescencia, allá por 1972 o 1973, en el que la idea de dedicarme a trabajar la tierra era algo más que una posibilidad. Al fin y al cabo es lo que habían hecho todos los miembros de mi familia desde la invención de la agricultura en el Neolítico. Mientras regábamos nuestro campo, mi padre me explicaba la disposición de los surcos por los que fluía el agua. Técnicamente la forma de regar que usábamos se llama riego por gravedad. Recibe ese nombre porque es la fuerza de la gravedad la que hace que el agua fluya a lo largo del tablero y penetre la tierra.

 

Mi padre insistía en que es muy importante leer la inclinación del terreno porque, si te equivocas e intentas que el agua suba una leve pendiente, casi imperceptible para el ojo no entrenado, te puedes encontrar con todo tu campo encharcado y hecho un barrizal. Del mismo modo que un buen campesino sabe leer la inclinación del terreno, un político debe saber leer la correlación de fuerzas de su sociedad, para hacer que la convivencia fluya de manera razonable, los conflictos se resuelvan con justicia, y su sociedad prospere en libertad.

 

El pasado viernes me vino a la cabeza la lección de mi padre mientras bajaba al Hemiciclo desde mi despacho en la tercera planta de la segunda ampliación del Congreso. Inevitablemente me vino también la añoranza de él, y el deseo de oír su voz bromeando algo así cómo: “quién me iba a decir cuando te veía subir desde la Fuentecita hasta el Guarillo con la soleta al hombro, que te iba a ver subir por las escaleras del Hemiciclo con traje y corbata”. Nunca lo vio, pero él sube conmigo por esa escalera, y con él la memoria de todos sus esfuerzos, de su coraje y de su templanza.

 

La cosa es que, pensaba, a pesar de sus preferencias ideológicas, Albert Rivera había sabido leer la inclinación de la sociedad española en contra de la renovación del mandato de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno. Esa había sido una condición, diría que la condición sine qua non, para dar su apoyo al partido por el que siente más afinidad personal, ideológica y política. Sin embargo, contra su propio criterio, el señor Rivera se había dejado doblegar por la enorme presión que el establishment de nuestro país ha hecho para sostener al señor Rajoy. Entonces ocurrió lo que peor le podía suceder al señor Rivera, y justo antes de la segunda sesión de Investidura, vio claras señales de que el establishment estaba dispuesto a dejar caer a Rajoy después de su segundo fracaso.

 

Tenía curiosidad por cómo actuaría Rivera, me preguntaba si echando pecho a lo hecho, o dando la espantada antes de tiempo. Todos tuvimos pronto la respuesta, y antes de que se produjera la votación Rivera escenificó su ruptura, que es la del establishment, con Rajoy. Lo que vino después fue una versión de las derechas parlamentarias del episodio “La boda roja”, de Juego de Tronos. La derecha mediática, la de los negocios y la política, no han sabido leer la inclinación del terreno. Convendría que la izquierda sí lo hiciera.

Publicado en el diario SUR el 4 de septiembre de 2016

Poder, mentiras y cintas de video

28 agosto, 2016

 Estos días ha circulado por las redes sociales un fragmento de la retransmisión televisiva de una competición de natación, en el que el locutor explica que Phelps ganó ocho medallas de oro en los juegos olimpicos de Munich y que Hitler se negó a dárselas. En el año 1972, el año de los juegos olímpicos de Munich, Hitler llevaba muerto 27 años y faltaban todavía 13 años para que naciera el gran nadador norteamericano. Cuando uno ve la grabación y escucha al locutor hablar con tanto aplomo, comprende qué está pasando en el mundo: no sólo se puede cambiar de opinión gratuitamente, se pueden cambiar los hechos sin coste alguno. Como dice un buen amigo: “si has de hablar en una tribuna política o mediática, y no tienes ni la menor idea, no te preocupes, hazlo con fluidez e ignorancia, y triunfarás”.

 

Hace unos días un portavoz del PP afirmaba, ante los micrófonos de una radio, que “decirle no a Rajoy, es decirle no al Rey”. Seguro que algunas personas que lo escucharon dirían, “ah, pues si lo afirma con tanto aplomo, alguna razón tendrá”. ¿Qué personas pueden creer una afirmación como esa? Pues, por ejemplo, los editorialistas de uno de los principales periódicos de Madrid. En efecto, hace unas semanas el artículo editorial de un periódico, bastante seguido por lectores progresistas, decía que era poco operativa la petición de Rivera de que Rajoy saliera del escenario político, dado que se trata “del jefe del partido más votado y candidato propuesto por el Rey para la investidura”. En efecto, no se trataba de la crónica enloquecida de un comentarista deportivo sin la menor idea de historia europea, sino del artículo editorial de un periódico de referencia en nuestro país. No sé si el señor Rivera lo tuvo en cuenta a la hora de abandonar sus exigencias respecto a la sustitución del señor Rajoy, pero si fue así, hizo mal.

 

Que el portavoz del PP le pegue una patada a nuestra Constitución, por desgracia, no debe sorprendernos. Que lo haga el editorial de un periódico que fue ejemplar en la defensa de la Constitución el 23 de febrero de 1981, es para sorprenderse y para preocuparse, y mucho. La propuesta de candidato que hace el Rey es puramente procedimental, no es una propuesta sustantiva, es una forma de ordenar el proceso de investidura. Decirle no al candidato socialista, no significó decirle no al Rey. Es algo que todos tenemos en la memoria, también el editorialista al que nos referimos, pero es tal el grado de deterioro de la comunicación en nuestro país que decir estas mentiras no tiene la menor consecuencia para quienes las dicen. No debería asombrarnos que se vote a los corruptos una vez cada cuatro años, si se escucha a los mentirosos todos los días.

 

Decir en una televisión venezolana que Hitler se ha negado a darle las medallas de oro a Phelps no es peor que decir en un periódico de referencia en España que negarse a votar a Rajoy es desairar al Rey. Si somos respetuosos con la inteligencia de quienes hacen esas afirmaciones, deberemos concluir que ellos no lo son con la nuestra.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 28 de agosto de 2016

No empujen, por favor

28 agosto, 2016

 La semana que viene asistiremos a la celebración del pleno de investidura, previsiblemente fallida, del señor Rajoy. Hace un par de meses las élites de la derecha y de la izquierda populista (uso el término populista en el sentido del profesor Laclau) estaban convencidas de que el PSOE facilitaría la investidura del candidato del PP, pero algo no ha salido como habían previsto.

 

Más allá de su retórica de la mano tendida y de la suma posible, la izquierda populista sigue convencida de que el PSOE es una versión taimada de la derecha y que, además, tiene manchadas sus manos por crímenes de Estado. Esa visión, que inspiró al señor Anguita en los noventa, es la misma que inspira al señor Iglesias en la actualidad. La operación de entonces facilitó la llegada al gobierno del señor Aznar, la de ahora, después de la repetición de las elecciones, ha contribuido a acercar un poco más al señor Rajoy a sus objetivos. En todo caso, para Anguita o para Iglesias, y para quienes piensan como ellos, el PP y el PSOE son lo mismo, de modo que cabe esperar que el PSOE apoye al PP. Y en esa cómoda ilusión se habían instalado quienes aspiran a sustituir al PSOE en el liderazgo de la izquierda, hasta que se han encontrado con el famoso “no es no”.

 

En el caso del PP la razón de sus esperanzas es la contraria. Confían en que el PSOE desbloquee la situación, porque saben que los socialistas no son como ellos. Es decir, porque saben que los socialistas se sienten responsables del sistema democrático y no quieren someterlo a las tensiones insoportables, a las que el PP sí está dispuesto a someterlo. Rajoy les dice a los socialistas: si ustedes no son capaces de formar un gobierno alternativo, no tienen derecho a forzar unas terceras elecciones. Que es precisamente lo que él, y el señor Iglesias, hicieron con las segundas elecciones. Obviamente, y de igual modo que la lógica de los sueños no respeta las contradicciones, los dirigentes del PP esperan de los socialistas una abnegación cercana al martirio a la par que los acusan de connivencia con el terrorismo a la menor oportunidad. Una oportunidad que en este caso han encontrado en la candidatura del señor Otegi a las elecciones del País Vasco.

 

Lo cierto es que en este juego de suposiciones y deseos casi nadie se ha molestado en preguntarse por qué los socialistas se niegan a jugar el papel que sus adversarios le han asignado en esta obra. Una obra que consiste, ni más ni menos, que en poner, de nuevo, al señor Rajoy al frente del gobierno de España. Lo que significa convalidar las políticas y actuaciones del señor Rajoy, de su gobierno y de su partido, a lo largo de la legislatura de 2011 a 2015. En este caso las presiones que sufre el PSOE en la oposición no son iguales que las que sufre gobernando. Si tienes que pagar a los médicos, a los profesores, si tienes que pagar a los funcionarios, y se te han caído los ingresos, los prestamistas pueden presionarte para que cambies tus políticas, como ha descubierto el señor Tsipras. Quienes ahora presionan al PSOE no tienen la misma fuerza, ni los mismos instrumentos de presión, que quienes presionaron para que el gobierno socialista cambiara su política económica en un contexto de crisis mundial, y el PSOE tiene buenos motivos para resistir las presiones.

 

El que debería resultar más evidente de esos motivos es uno que extrañamente funciona a la manera de La carta robada, está delante de nosotros pero nadie parece verlo. Porque de lo que se trata la semana que viene es de elegir, o no, al señor Rajoy como presidente del Gobierno, precisamente al señor Rajoy. Hay quien trata de minimizar el asunto de las personas, pero ese es un movimiento sospechoso, un movimiento que favorece precisamente a Rajoy, a él personalmente y al sector de la derecha que encabeza. Porque Rajoy no es un líder abstracto, intercambiable por cualquier otro líder de la derecha. Es posible que con otro líder en lugar de perder más de tres millones de votos por el centro, a favor de Ciudadanos, el PP los hubiera perdido por la extrema derecha, a favor de Vox. Con Rajoy eso es inimaginable, porque Rajoy, un hombre que procede ideológicamente del franquismo, representa la posición más reaccionaria de la derecha más reaccionaria. Y no se puede entender la crisis política de nuestro país sin tener en cuenta la actuación de Mariano Rajoy como presidente del Gobierno, de él en concreto. Hay un nexo político e ideológico que lleva desde los gritos contra Gutiérrez Mellado y Suárez en los funerales de las víctimas de ETA, a la acusación al presidente Rodríguez Zapatero, desde la tribuna del Congreso, de traicionar a las víctimas de ETA. El mismo nexo que lleva desde la oposición a votar el título VIII de la Constitución, o a votar no a toda la Constitución, a pedir en las calles y plazas de España firmas contra Cataluña.

 

Tranquilícese el amable lector o lectora, no voy a reiterar aquí el memorial de agravios que los portavoces socialistas han expuesto cada vez que han tenido ocasión. Sin embargo sí me gustaría aprovechar para dar algunos datos, bastante elementales, que parecen haber olvidado quienes sueñan con una abstención de los socialistas. Datos que dan cuenta de algo todavía más importante que la opinión de los dirigentes socialistas sobre Rajoy, algo tan importante como la opinión de los votantes socialistas y de los ciudadanos en general. Porque lo que se decide la semana que viene es si se ha de dar la presidencia del Gobierno de España a un hombre al que, en una escala del 0 al 10, los ciudadanos daban un 3,09 en la última encuesta preelectoral del CIS. Y eso como media de toda la población, es decir, incluidos los votantes del PP. Porque si tenemos en cuenta sólo a los que declaraban que iban a votar al PSOE, la valoración del señor Rajoy es de 2,22 sobre 10. El 41% de los votantes y simpatizantes socialistas daban un 0, mondo y lirondo, al candidato y presidente en funciones. Un 77% de los socialistas lo suspenden. ¿Sería razonable que los diputados socialistas facilitaran el gobierno a la derecha que sostiene a Rajoy? La respuesta es no.

 

Si tomamos la serie del CIS sobre la valoración de la gestión del Gobierno que hacen los ciudadanos y ciudadanas, y calculamos la media para el periodo de la presidencia del señor Rajoy hallaremos que la frecuencia modal, la más citada, de la escala que usa el CIS, y que va de “muy buena” a “muy mala” es, precisamente, esta última. El 35% de los entrevistados dicen que la gestión del presidente Rajoy es “muy mala”. En comparación la gestión del presidente Rodríguez Zapatero fue calificada, a lo largo de presidencia, como “muy mala” sólo por el 13%. ¿Sería razonable que el PSOE supliera con sus votos o abstenciones los votos que necesita el señor Rajoy? La respuesta vuelve a ser no.

 

Ciertamente también la oposición es responsable de la situación política, pero con una mayoría absoluta, resulta difícil eximir al presidente Rajoy de la máxima responsabilidad en la situación política del país. También en este caso la comparación nos ayuda a comprender las razones de la negativa socialista a la investidura de Rajoy. Para el segundo mandato del presidente Rodríguez Zapatero, la media de los que, en la serie del CIS, decían que la situación política era “muy mala”, fue del 21,7%. Durante el mandato del presidente Rajoy la media de quienes consideraban la situación política “muy mala” ha sido del 41,6% de la población mayor de 18 años. Un 75% de las ciudadanía, como media, ha valorado la situación política de nuestro país como “mala” o “muy mala”, durante el mandato del presidente Rajoy. ¿Es esta una razón para que se considere prudente que los socialistas lo mantengamos en el gobierno? Obviamente, no.

 

Si los sueños son realizaciones de deseos, una abstención del PSOE hubiera colmado los deseos de las élites del PP y de Podemos: el PP tendría el poder y Podemos tendría la oposición. Pero las cosas no han salido como habían previsto, y los socialistas han actuado según el criterio de sus votantes en lugar de atendiendo a las preferencias de sus adversarios y competidores. La solución al bloqueo político de nuestro país va a resultar más complicada de lo que algunos han soñado, y también va a necesitar del concurso de todos, pero desde luego no pasa por la inmolación voluntaria del PSOE en aras de los intereses de otras fuerzas políticas, y en contra de los intereses de una mayoría de los españoles y españolas. Quienes dieron por supuesto que el PSOE iba a resolver las contradicciones de los demás actores políticos, entregando el gobierno al PP, deberían no dar por supuesto lo que ocurrirá a partir del día 2 de septiembre al finalizar la sesión de investidura. Es posible que, después de ese día, más actores políticos entiendan que una situación no convencional requiere soluciones no convencionales.

 Publicado en la revista CTXT el 26 de agosto de 2016