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Infeliz coincidencia

14 julio, 2019

 

Dice el señor Casado que el PP no está para resolverle los problemas al PSOE, y tiene razón. Para un socialista es muy halagador que el líder de  la derecha confunda al PSOE con España. Ya lo decía el presidente Rodríguez Zapatero: el PSOE es el partido que más se parece a España. Casado ha dado un paso más. En todo caso, lo que sí esperamos todos de Casado y su partido es que ayuden a resolver los problemas de España, al menos tal como ellos los perciben.

 

¿Qué puede hacer el partido del señor Casado con sus actuales fuerzas, y en coherencia con sus preferencias políticas e ideológicas, para beneficiar a España o, en su defecto, para evitarle males mayores? Si no lo he entendido mal, que es probable, la derecha está convencida de que lo peor que le puede ocurrir a España es un gobierno en coalición del PSOE y Unidas Podemos con el apoyo parlamentario del separatismo catalán. Para evitar ese mal basta con que se abstengan, y así el presidente Sánchez no tendría que negociar nada con los separatistas. Aunque más que una negociación inexistente con los separatistas, lo que evitarían sería un bloqueo en la investidura, y sería bueno.

 

El siguiente peor escenario para España a ojos de la derecha sería una coalición del PSOE con UP aunque fuera sin el apoyo de los separatistas. En mi opinión, en una situación de bloqueo en la investidura del presidente Sánchez, el PP debería abstenerse sin condiciones, tal como hicimos los socialistas en la investidura del presidente Rajoy, pero lo cierto es que Casado podría evitar el escenario de un gobierno de coalición entre PSOE y UP poniéndolo como condición para su abstención. Lo que llevaría a UP a tener que elegir entre un gobierno de izquierdas, del que ellos no formarían parte como ministros, o el bloqueo del sistema. Lo que no es muy esperanzador.

 

Porque el problema es que ya en 2016 el señor Iglesias se convenció de que, vista la dificultad de asaltar los cielos, lo fundamental es conseguir un ministerio, y eso significa, entonces y ahora, el apoyo de los separatistas catalanes. Los socialistas estábamos convencidos ya entonces de que un gobierno así no es viable, y por eso intentamos el pacto con Cs, pero Iglesias rechazó ese acuerdo y prefirió un gobierno presidido por Rajoy a uno presidido por Sánchez sin él dentro. El destino del gobierno que nació de la moción de censura demostró que el señor Iglesias está equivocado y los socialistas tenemos razón, no hay gobierno viable con el apoyo de los separatistas. Pero, por desgracia, un gobierno del PSOE con el apoyo de los separatistas catalanes es la única fórmula que le permitiría al señor Iglesias sentarse de manera inmediata, aunque breve, en el Consejo de Ministros. Por cierto, esa misma fórmula también les facilitaría el acceso al Gobierno a los señores Casado y Rivera, aunque tengan que esperar un poco más. Tanto Casado (y Rivera) como Iglesias necesitan, para llegar al Gobierno, que el PSOE dependa de los separatistas catalanes. Una infeliz coincidencia para el PSOE y, sobre todo, para España.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 14 de julio de 2029

Franco sigue muerto

7 julio, 2019

 

Hace poco leí un libro de un profesor de Harvard, Seth Stephens-Davidowitz, titulado Todo el mundo miente. Según este autor, cuando expresamos nuestras opiniones ante nuestros amigos, o en las redes sociales, o ante un encuestador, tendemos a dar una buena imagen de nosotros mismos más que a contar la verdad. Sostiene nuestro autor que, sin embargo, hay alguien a quien no le mentimos nunca: el buscador de Google. Si, en la tranquilidad del hogar, no recordamos a qué hora es el partido entre el Madrid y el Barcelona, le preguntaremos a Google el horario del partido, y no la hora a la que empieza Il Trovatore en el Teatro Real para impresionar al buscador con nuestros gustos culturales. Preguntar a Google sobre los intereses de la gente puede ser mejor que preguntarle a la gente directamente.

 

En las encuestas del CIS casi el 90% de los entrevistados respondemos que estamos a favor de la democracia y en contra de la dictadura, pero ¿cuánta gente, en un momento de intimidad, se dice, “qué será de Franco”, y le pregunta a Google por él? Inquieto por las recientes declaraciones del nuncio sobre la resurrección de Franco, me he puesto a emular a Stephens-Davidowitz y he mirado en Google Trends la evolución de las búsquedas de Franco. Obviamente esas búsquedas no significan necesariamente añoranza del dictador, pero algo nos dicen sobre el interés que provoca.

 

Por ejemplo, desde enero de 2004, que es el primer dato que nos ofrece Google, el momento en que más búsquedas se realizaron sobre Franco fue en noviembre de 2005, con motivo del treinta aniversario de su muerte. Si a las búsquedas de Franco durante ese mes le damos un valor 100, la media a lo largo de todos estos años es 28. En agosto del año pasado hubo una subida hasta un valor 77, debida a la polémica de su exhumación, que según el nuncio habría provocado su resurrección, para bajar rápidamente a un 27. No parece que la cosa se haya desmadrado.

 

Busquemos algunos términos de comparación. En relación con el valor 100 de las búsquedas sobre Franco en 2005, el momento de mayores búsquedas sobre el rey Juan Carlos, con un valor de 128, fue en junio de 2014 coincidiendo con su abdicación. La media de búsquedas de Juan Carlos I desde 2004 hasta hoy, con un valor de 16, es más baja que la de Franco. Si saltamos de la liga de los Jefes de Estado a la otra, en comparación con el 100 de Franco y el 128 de Juan Carlos I, Lionel Messi tiene su record en abril de 2007, con un 172, y su media de búsquedas a lo largo de los años es de 55. Efectivamente Messi juega en otra liga. ¿Y con quién comparamos a Messi? Es obvio, con Dios. A diferencia de los tres anteriores, las búsquedas de Dios en Google en España no tiene grandes picos, son más constantes, pero su media, con un valor de 83 en nuestra escala, está por encima de los otros, incluido Messi.

 

En fin, creo que si el nuncio le da estos datos, el papa Francisco tendrá una imagen más realista de la sociedad española. Y, además, estará bastante contento, como papa y como argentino. Por lo demás, Franco sigue muerto, como de costumbre.

 

Publicado en el diario SUR el 7 de julio de 2019

Memoria y reencuentro

30 junio, 2019

 Desde que me ocupé como ponente en el Congreso de los Diputados de la Ley 52/2007, de 26 de diciembre, popularmente conocida como Ley de la Memoria Histórica, apenas he podido volver sobre el asunto hasta que, Vicente Lázaro, profesor de la Universidad de la Rioja me invitó a participar en un Curso de Verano que se ha celebrado esta semana.

 

En mi memoria de la tramitación de la ley, que ya empieza a ser histórica, han quedado las posiciones encontradas entre ERC y el PP, mientras los socialistas, ayudados por algunas almas caritativas, como los diputados del PNV, CiU, y el BNG, tratábamos de sacar adelante un texto equilibrado, que sirviera para cerrar viejas heridas sin abrir otras nuevas. De hecho durante el año de tramitación de la ley, viendo las actitudes tan enfrentadas de unos y otros, y la imposibilidad de satisfacer las demandas de todos, algunos llegaron a pensar que lo mejor era aparcarla y esperar mejores tiempos, pero no es la ley lo que está en el origen del enfrentamiento, que es previo y ajeno a la misma. De hecho quienes la critican más son quienes menos la conocen. La ley, por cierto, ha sido buena para muchas personas, como el hombre que recuperó hace unos días, junto con los restos de su madre, el sonajero que ella le había comprado en 1936, y que llevaba en el bolsillo cuando fue fusilada.

 

De aquella España salió, cuando tenía once años, Carlos Vélez Ocón, para seguir un periplo de casi tres años que lo llevaría de España a México, a través Argelia, Francia y República Dominicana. Carlos Vélez se doctoró en ingeniería nuclear en Ann Arbor, en Michigan. Durante toda su vida fue un destacado militante socialista. Aunque se quedó a vivir en México hasta su muerte en 2012, volvió muchas veces a España, pero nunca definitivamente. En 1977 vino a ayudar al PSOE en la campaña de las generales de ese año, e hizo una enorme apuesta personal por nuestro país: convenció a una de sus dos hijas, Marisela, para que se viniera a España y estudiara en Madrid. Hoy es doctora en biofísica en el CSIC. Conocí a Marisela en 1977, en la Agrupación Socialista Universitaria, nos hicimos amigos, con Rodrigo Peruga, su hermano Armando Peruga, y Antonio Fernández Poyato, entre otros. Esta semana la he vuelto a ver después de cuarenta años. El miércoles pasado ella nos leyó los diarios de adolescencia de su padre, muchas veces he podido constatar el amor de los socialistas a España, pero creo que nunca con una voz tan clara como la de aquel niño. Carlos Vélez sabía que no podía ignorar el pasado, que no podía volver al pasado, y que el pasado no podía volver a él, pero eso no le impidió vivir el presente y construir el futuro. Hubo una España que no pudo ser para él, pero supo hacer una España mejor que la suya, para su hija y para los hijos de todos. La generación de nuestros abuelos nos produce compasión, la de nuestros padres orgullo.

 

L.P. Hartley dejó escrito para la eternidad: “El pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otra manera”.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 30 de junio de 2019

Tú, robot  

23 junio, 2019

Hace unos días leí un artículo de Ignacio Sánchez Cuenca, uno de nuestros más brillantes científicos sociales, en el que sugería que, para mejorar nuestra democracia, los líderes políticos despidieran a todos sus asesores. Al terminar de leer el artículo, y sin llegar a estar completamente de acuerdo con mi admirado Sánchez Cuenca, pensé en la respuesta que hubiera dado el bueno de Nicolás Maquiavelo: “si un príncipe no es sabio de por sí, no puede ser bien aconsejado”. Alguna responsabilidad tendrá el político en la elección de sus asesores y a la hora de seguir sus consejos.

 

Me atrevería a decir que el problema es que los líderes políticos a título individual, y la democracia como institución, tienen pocos asesores. Para regular unas sociedades tan complejas y poco transparentes como las nuestras hace falta más información, más conocimiento y más sabiduría de la que puede disponer una sola persona.

 

En esta misma línea, otro brillante politólogo, Pablo Simón, defendía hace pocos días la idea de dotar de más recursos a una de esas instituciones de la democracia: el Parlamento. Los comentarios despectivos y poco amables que recibieron autor y artículo en la redes antisociales me recordaron a otro italiano, Dante Alighieri, y la famosa frase que colocó en la entrada del Infierno: “abandonad toda esperanza”. Y, sin embargo, Pablo Simón tiene más razón que un santo. Es muy difícil regular bien algo que comprendes mal. Y el conocimiento cuesta.

 

Claro que también los avances tecnológicos pueden ayudarnos algo. El jueves pasado leía un artículo de prensa en el que se afirmaba que unos expertos de la ONU han desarrollado un algoritmo capaz de redactar discursos políticos que podrían ser indistinguibles del escrito por un humano. Sobre todo cuando se trata de temas generales. Y todo eso hecho con software libre y una inversión menor de diez euros. Leyendo la noticia me entró la duda de si no nos habremos tragado ya alguno de esos discursos, genéricos y sin alma, pero con las palabras justas y la cadencia exacta para dormirnos en el sofá o el escaño. Va a ser que, por falta de medios y asesores, algún político ya se ha visto en la tesitura de tirar de algoritmo.

 

Con todo, en el artículo de Sánchez Cuenca que mencionaba al comienzo podría estar el germen de una buena idea: denunciar la usurpación de la función política por supuestos técnicos. En general no es el caso de los asesores de los políticos. En la práctica, si rascas debajo de la piel de un asesor sangrará un político. Por eso quizá no sea tan casual que tres de los actuales líderes de los principales partidos de nuestro país iniciaron sus trayectorias políticas como asesores de otros políticos. No obstante, sí podríamos pedir a los grandes medios de comunicación que prescindan de esos debates entre políticos subrogados, y de los otros, que, como diría el famoso vecino de Stratford-upon-Avon, generalmente derivan en un espectáculo lleno de ruido y furia que nada significa, y los sustituyan por algo más ilustrativo y que se entienda. No sea que, al final, nos reemplacen a todos por robots y algoritmos.

 Publicado en el diario SUR el 23 de junio de 2019

 

 

 

 

 

Sin gritos ni aspavientos

16 junio, 2019

 

Hace un par de semanas conocimos que un tribunal británico había aceptado a trámite una denuncia contra el político conservador Boris Johnson por haber mentido durante la campaña del Brexit. Entre otras notables falsedades el parlamentario y ex alcalde de Londres, afirmó que cada semana el Reino Unido pagaba cuatrocientos millones de euros a la Unión Europea. Y si resulta llamativo que un tribunal acepte tramitar una denuncia de este tipo, más llamativa resulta la respuesta del equipo jurídico del político conservador: “Ninguno de los actos objeto de queja se produjo en el curso de las obligaciones directas, parlamentarias o como alcalde, de Johnson, sino en el curso de la campaña política”. Esto es, sus abogados vinieron a decir: no negamos que nuestro cliente mintiera, pero lo hizo en campaña y eso no cuenta.

 

En una excelente crónica del periodista Rafa de Miguel, se reproducían algunos argumentos de los abogados del ahora candidato a primer ministro: “Se trataba de una afirmación política, abierta a contradicción y debate. Quedaba sujeto al sentido común de los votantes descontarla o no, según decidieran hacer”. Si Boris Johnson le hubiera vendido a uno de sus abogados un robot de cocina, fabricado por el propio Johnson en persona, diciéndole que mejoraría mucho su vida matrimonial y, tras unos meses de tenerlo arrumbado en la cocina de su casa, el abogado denuncia a Johnson por publicidad engañosa, la gente le diría que debería haber usado su sentido común. Otra cosa muy distinta es que Johnson le hubiera dicho que ese robot de cocina sirve para calentar la comida, y fuese mentira. En un caso así el comprador del cacharro de Boris Johnson no sería víctima de su falta de sentido común como consumidor, sino de una descarnada mentira. Pues eso es lo que ha hecho con sus conciudadanos el “angelito” al que están defendiendo tan astutos abogados.

 

Las últimas noticias que hemos podido leer sobre el tema es que, finalmente, la justicia británica ha decidido no procesar al señor Johnson, aunque las razones de esa decisión no las conoceremos hasta dentro de unos días. Entre tanto, Boris Johnson aparece como el político con más posibilidades de suceder a la dimitida primera ministra Theresa May.

 

Es posible que los populistas británicos, con la inestimable ayuda del presidente Trump, terminen por poner a Boris Johnson al frente del gobierno del Reino Unido. Es posible que, una vez en el gobierno, Johnson trate de llevar a cabo lo que se (des)conoce como un Brexit duro. Lamentablemente, a estas alturas, ese escenario parecen no solo posible, sino probable. La cuestión es cómo actuar ante políticos de esa calaña. Obviamente, lo más razonable no es ni legitimarlos, concediéndoles ventaja sobre otros políticos más honestos y sensatos, ni hacerles el juego, con agravios y aspavientos, alimentando su victimismo.

 

El verdadero poder habla con educación y sin necesidad de alzar la voz. La Unión Europea puede hablarle así a los políticos mentirosos del Brexit. También aquí deberíamos usar así el poder de nuestra democracia.

 

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de junio de 2019

Donde las dan, las toman

9 junio, 2019

En estos tiempos acelerados las polémicas duran bastante poco en cartelera, pero siempre hay alguna. Se monta el escándalo, el personal se rasga las vestiduras a cuatro columnas, el asunto es trending topic diez minutos, y a otra cosa mariposa. En la lógica de la democracia del espectáculo lo importante es el movimiento, que es lo que atrae nuestra atención, cada vez menos constante, más superficial, menos reflexiva.

 

Viene esto a cuento de que el martes de la semana que termina saltó a los medios de comunicación una noticia de esas que provocan escándalo, en este caso un escandalito, y que luego ha desaparecido sin dejar siquiera el rastro de alguna reflexión sobre el papel de los expertos en la vida política. Me refiero a unas declaraciones de la Secretaria de Estado de Empleo sobre las previsiones que hizo el Banco de España cuando, a final del año pasado, el gobierno socialista aprobó la subida del salario mínimo de 736 a 900 euros. Dicho de forma muy sumaria, el Banco de España predijo que la subida del salario mínimo produciría la pérdida de 120 mil empleos, pero frente a los malos augurios de nuestro banco central lo cierto es que, ceteris paribus, el empleo no ha hecho otra cosa que aumentar, eso sí, con mejores sueldos.

 

Lo que ha producido sorpresa es que la Secretaria de Estado haya criticado al Banco de España. Que nuestro banco central fallara en sus pronósticos no ha sorprendido a nadie. Cuestión de expectativas. El Banco de España no ha estado muy fino a la hora de abordar los problemas del empleo, como no lo estuvo a la hora de controlar a los bancos antes, durante, y después, de la crisis. Las declaraciones de la Secretaria de Estado de Empleo, por el contrario, sí han roto las expectativas de algunos de que un miembro del Gobierno no critique al Banco de España. De ahí la noticia. La cuestión es ¿por qué se ha de entender como algo natural que un miembro del Gobierno no pueda expresar respetuosamente su desacuerdo con un informe del Banco de España?

 

En mi molesta opinión los economistas no están mucho más avanzados en su disciplina que los sociólogos en la nuestra. ¿Se imaginan que los sociólogos, o los demógrafos, consiguiéramos apoyo para crear una institución pública que criticara las decisiones del gobierno, o de la oposición, sobre política de natalidad en nombre de nuestra ciencia? A algunos economistas, también del Banco de España, ciertamente no a todos, se les podría decir aquello de: ¿si eres tan listo por qué no eres rico? O nos explican cómo tener este año una economía capaz de soportar un salario mínimo de 900 euros, o como vivir con 736 euros. La política demográfica, o la política económica, no dejan de ser políticas. Y en política donde las dan, las toman. Sin duda el Banco de España tiene un magnífico servicio de estudios y unos excelentes profesionales, cuyo conocimiento nos enriquece, pero todavía no pueden aspirar a hablar ex cátedra de política económica. Si dan su opinión, tendrán que escuchar otras. Una vez más, el mayor escándalo es el que producen los escandalizados.

 

Publicado en el Diario SUR el 9 de junio de 2019

Cotillas y avergonzados

2 junio, 2019

 

El profesor Arsuaga, el prestigioso paleontólogo, afirmaba hace unos días que, a diferencia de los humanos modernos, los neandertales no conocían el sentimiento de la vergüenza. No nos vengamos arriba, es pura biología, niveles de testosterona y glucocorticoides. Por otro lado, Yuval Noah Harari, sostiene en su famoso libro “Sapiens” que el cotilleo resultó un elemento esencial para la evolución humana. La mezcla de esas dos cualidades, la vergüenza y la afición al cotilleo, puede tener consecuencias terribles.

 

Estos días hemos conocido el caso de una joven mujer, -una joven madre, oí decir en la presentación de la noticia- que se ha suicidado después de conocer que entre sus compañeros de trabajo circulaba un antiguo vídeo de contenido sexual en el que ella aparecía. Me llamó la atención la expresión “joven madre”, porque el suicidio de una madre es una tragedia dentro de una tragedia. En un descanso de una larga noche de guardia, allá por 1983, con el subfusil dormido junto a mi pierna como un perro fiel y peligroso, leí a Margarite Yourcenar: “Un niño es un rehén. La vida nos tiene atrapados”. Cuando tienes un hijo, incluso cuando tienes una planta, venía a decir Yourcenar,  ya no te puedes suicidar. Por eso el suicidio de una madre nos remueve las entrañas, porque es más fácil separar los elementos del núcleo de los átomos que a una madre de sus hijos. Mucho dolor debió sentir la joven, demasiado.

 

Los humanos hemos usado durante miles de años la vergüenza y el cotilleo como mecanismos de control social, y probablemente el temor de los poderosos al deshonor, a andar en boca de la gente, ha evitado comportamientos egoístas, crueles o inhumanos. Aunque también ha servido como mecanismo de represión, no menos cruel e inhumano, contra los diferentes, o simplemente contra los más débiles. De hecho en los últimos tiempos las llamadas “tormentas de mierda” en Internet se han convertido en un terrible arma de destrucción de vidas y reputaciones.

 

Inicialmente las víctimas de esas tormentas eran los políticos y los famosos, a consecuencia de algún acto reprobable. Luego no hizo falta que el acto en sí mismo fuera reprobable. Ahora basta un bostezo en el escaño. No digamos ya si caes en la trampa de un policía corrupto, un periódico de partido y un juez estrella. Del ataque a los políticos y a los famosos se pasó al ataque a sus hijos. Sin ninguna razón, sencillamente como entretenimiento. Si un columnista famoso, por infame, puede vejar a la hija adolescente de un político, y recibe el aplauso de cientos de miles de personas, por qué no lo van a hacer en las redes sociales con la hija de un electricista sus menos famosos, pero igual de infames, compañeros de clase o de trabajo. O por qué no lo iban a hacer con una madre, si se puede.

 

La rueda no para, mañana quizá salga la lista de las personas que difundieron el vídeo de la joven madre que se ha suicidado, y habrá quien la comparta en las redes, por diversión o por castigo, o porque hay quien se divierte castigando. Extraña especie la nuestra.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 2 de junio de 2019