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Aquiles, su madre y la democracia española

12 agosto, 2018

Cuentan que Tetis, la madre de Aquiles, le pronosticó que si iba a Troya a ayudar a los aqueos, estos ganarían, y él alcanzaría una fama inmortal, eso sí, tras morir en esa guerra, lo que no es precisamente una anécdota. Por el contrario, si no acudía a la llamada de sus aliados, tendría una vida larga y feliz, pero sus amigos perderían la guerra. Ciertamente todos conocemos a personas que resolverían ese dilema, y cualquier otro, pegando un puñetazo en la mesa, pero, a poco que nos paremos a pensar, ese dilema apunta a una parte esencial de la naturaleza humana.

Siglo arriba o abajo, tres mil años después de la conversación de la diosa griega con el héroe de los pies alados, cayó en mis manos un espléndido libro de divulgación científica, titulado ‘La conquista social de la tierra’, del entomólogo y biólogo norteamericano Edward O. Wilson. En una de sus páginas el autor dice: “Por lo tanto, era inevitable que el código genético que prescribe el comportamiento social de los humanos modernos sea una quimera. Una parte prescribe rasgos que favorecen el éxito de los individuos dentro del grupo. La otra parte prescribe los rasgos que favorecen el éxito del grupo en la competencia con otros grupos”.

Mucho antes de que tuviéramos noticia de la biología de los genes y  los alelos, los griegos habían descrito la extraña naturaleza de los humanos. Ahora, gracias a la ciencia, sabemos que los humanos somos, fruto de un doble sistema de selección natural, una quimera biológica, de esas que describe la mitología, mitad corderos, mitad leones, o mitad águilas y mitad serpientes. Un ser paradójico que, con cierta frecuencia, se termina desgarrando y rompiendo, en la tensión entre nuestra supervivencia individual y nuestra supervivencia colectiva.

Las circunstancias han llevado a la democracia española a una situación en la que los partidos empiezan a vivir una fuerte tensión entre las posibilidades de gobernar y las de sobrevivir. Tanto en el eje del nacionalismo, como en el eje izquierda derecha, la aparición de partidos competidores en el mismo bando termina teniendo consecuencias negativas para los intereses generales.

En ambos ejes, las fuerzas sociales y políticas llevan empatadas mucho tiempo. En esas condiciones, lo sensato es buscar acuerdos para ir tirando, para convivir, antes que una victoria que siempre será por la mínima, y que nunca legitimará el cambio brutal del status quo al que aspiran los radicales de cada extremo.

Siempre que no haya otra opción en tu bando, puedes pactar con el otro bando y dejar que griten tus radicales hasta hartarse. El problema es cuando tus radicales tienen otro partido al que votar en tu mismo espacio político. A partir de ahí tienes que elegir entre gobernar tu sociedad o encabezar tu bando. Y esa siempre es una elección trágica entre la convivencia y la supervivencia. También puedes mentir, al fin y al cabo, mucha gente perdona antes el deshonor que la derrota, y también son muchos los que terminan deshonrados y derrotados.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 12 de agosto de 2018

Nacionalismo en vena

5 agosto, 2018

Cuesta trabajo entender la pervivencia del nacionalismo, sobre todo después de la historia del siglo XX. Y si nos cuesta trabajo entender la pervivencia del nacionalismo de los otros, nos resulta casi imposible entender el nuestro, entre otras razones porque, generalmente, no somos conscientes del mismo, ni lo vemos.

Henri Tajfel, uno de los padres de la moderna psicología social, demostró experimentalmente que, en un juego entre dos grupos, si puedes elegir entre I) dos vacas para tu grupo y dos vacas para el otro grupo; y  II), una vaca para tu grupo y una gallina para el otro grupo, generalmente preferirás la opción II. Da igual cómo se formen los grupos, incluso aunque sean grupos formados a cara o cruz, por regla general tendemos a actuar de manera que maximizamos la diferencia entre nuestro grupo y el otro, incluso por encima del interés de nuestro grupo.

Cada vez resulta más claro que la selección natural ha ido dotándonos de sesgos cognitivos que, como en el caso de la formación de grupos, y en palabras del biólogo Edward O. Wilson, tienen el “distintivo del instinto”.

Eso sí, conviene tener claro que si bien necesitamos vivir en sociedad para sobrevivir, no estamos condenados al nacionalismo por una maldición genética, aunque sí venimos diseñados de serie con la propensión a construir categorías mentales y hacer grupos con ellas. Los concebollistas y los sincebollistas, sin ir más lejos, a la hora de hacer la tortilla de patatas, son dos categorías fundamentales. Tengo un amigo que sostiene que la diferencia entre unos y otros no solo en lo que se refiere a la cocina española, sino respecto al buen gusto en general, y que nada mínimamente sofisticado cabe esperar de un sincebollista.

La ventaja de nuestra plasticidad cerebral, que también es genética, es que podemos ampliar los grupos a los que pertenecemos, por ejemplo, de la familia a la nación, y de la nación pequeña a la nación grande. La Unión Europea es un intento bastante exitoso, teniendo en cuenta la dificultad del empeño, de construir un “nosotros” que una a muchas naciones. El eurobarómetro ha preguntado alguna vez a los europeos si, además de miembros de su país, se ven también como europeos. Un mes antes del referéndum del Brexit, en mayo de 2016, el 62% de los británicos declaraban sentirse únicamente ciudadanos de su país, frente al 28% de los españoles, el 29% de los alemanes y el 32% de los franceses.

Dicen los expertos que para constituirnos como un “nosotros” tenemos que definir a nuestros “otros”. Obviamente en el Reino Unido había muchas personas que nos consideraban a las demás europeas y europeos como “los otros”. Unos meses después del Brexit, en noviembre de 2016, el porcentaje de quienes no se sentían europeos, además de británicos, pasó del 62% al 48%. Por desgracia, a esas alturas, ya era tarde para “ellos” y para “nosotros”, es decir, para todos. No parece que definirnos como “otros” al resto de los europeos, vaya a hacer más grande al Reino Unido, sino que nos hace más pequeños a todos.

Publicado en el diario SUR el 5 de agosto de 2018

Vuelve a casa, vuelve

29 julio, 2018

Estos días seguimos en el Congreso a vueltas con RTVE. Ya he hablado en un reciente artículo sobre el asunto y poco puedo añadir, así que no volveré sobre el tema. No obstante, y con motivo de las votaciones para elegir a la nueva dirección, hemos venido asistiendo a un fenómeno que alguna vez, tarde o temprano, protagonizamos todos los Grupos Parlamentarios. Me refiero al abandono del Hemiciclo por la totalidad de los diputados y diputadas de un Grupo. Es este caso se trata de Ciudadanos, que lo hacen como expresión de su protesta y rechazo por el sistema elegido por el Gobierno para dotar de una dirección provisional a RTVE.

A mí, personalmente, es una reacción que me produce cierta ternura, quizá porque me recuerda una tarde de sábado, allá por mi lejana adolescencia, que me sentí ofendido por alguna cosa que habían dicho mis padres, y me marché de casa dando un portazo. Después de dar varias vueltas al feroz paisaje urbano de la malagueña Cruz de Humilladero y alrededores, empezó a hacerse de noche. Fue entonces cuando descubrí que no me había llevado las llaves de casa. Lo malo de marcharse es que tienes que explicar por qué vuelves. Y no es lo mismo volver furtivamente, y sin hacer ruido, que tener que llamar al telefonillo, primero, y al timbre de casa, después. Mis padres, generosos y sensatos, me abrieron y no dijeron nada, y me pude ir a mi habitación sin tener que dar explicaciones. Eso sí, desde allí escuchaba sus carcajadas.

Como llevamos ya unas cuantas votaciones, la Mesa del Congreso le ha cogido el tranquillo al procedimiento, y van a toda velocidad. De modo que, nada más decir la presidenta Pastor que comience la votación, el secretario segundo de la Mesa del Congreso, mi amigo Juan Luis Gordo, ya va por los apellidos que comienzan por B. Lo que obliga a los parlamentarios de Ciudadanos a bajar en tropel, para no estar en el Hemiciclo durante la votación, y, claro está, el apresuramiento en la salida le quita toda la solemnidad a su protesta.

Después del resultado del Congreso del PP, parece importante para nuestra democracia que vuelva Ciudadanos. No al Hemiciclo, que en cuanto acaba la votación de RTVE regresan discretamente, sino a la política. Comprendo que sus dirigentes, después de la moción de censura, se sientan muy perdidos, pero es urgente que recuperen la consciencia y la orientación, y vuelvan al lugar en el que los esperan sus votantes. Según el último barómetro político del CIS, del mes de abril, los votantes y simpatizantes del Ciudadanos se sitúan en el 5,4 en la escala ideológica que va del 1, que sería la extrema izquierda, al 10, que sería la extrema derecha. En tanto que los votantes y simpatizantes del PP se sitúan en un 7,0 y la media de la población española en un 4,6. Por tanto el electorado de Ciudadanos, muy numeroso en la encuesta de abril, se sitúa en el centro derecha. Ahí deberían encaminarse, en buena lógica, sus dirigentes, porque si siguen radicalizándose hacia la derecha, es muy probable que terminen quedándose con Vox y sin votos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 29 de julio 2018

Autopsia a destiempo

22 julio, 2018

Normalmente cuando un partido pierde las elecciones es el momento oportuno, aunque tardío, para preguntarse: ¿en qué fallamos? ¿por qué esta derrota? Y es ahí dónde surge toda la inventiva, toda la originalidad, toda la perspicacia analítica de quienes explican las causas de los males que sufre el partido en cuestión y proponen las terapias y los terapeutas que lo sacarán de su postración. Eso en el mejor de los casos, es decir, en el caso de quienes tratan de ganar la dirección del partido en el congreso ulterior a la derrota. Porque, en el peor, es decir, en el caso de quienes ya están pensando en cambiar de caballo, de los adversarios ideológicos irreductibles, y de los simples cenizos, lo normal es que, en lugar de una terapia, propongan darle sepultura.

El pasado 1 de junio no hubo elecciones en España. Lo que ocurrió ese día es que el presidente Rajoy perdió la moción de censura que le había puesto el PSOE. El PP tiene el mismo número de diputados en el Congreso y la misma mayoría absoluta de senadores que tenía el 31 de mayo, los mismos que obtuvo en las últimas elecciones generales, en junio de 2016. Sin embargo, sus dirigentes, afiliados y entornos mediáticos y políticos en general, no han dejado de comportarse como si las hubieran perdido.

Y aunque en las últimas semanas hemos podido leer algunas autopsias a destiempo, resulta más práctico atenerse a los diagnósticos y los remedios. Dicen que el cerebro humano tiene una preferencia innata por las clasificaciones de tres elementos. De modo que, si me lo perdona la amable lectora, o lector, de estas líneas, clasificaré en tres las  causas que he leído y escuchado sobre por qué el PP ha perdido el Gobierno, aunque lo más probable es que no sean ni tres, ni estas tres.

Una causa sería la pérdida de la autenticidad de principios y valores en la acción de gobierno, es decir, que los ministros y ministras del señor Rajoy no han sido lo bastante nacionalistas españoles y suficientemente de derechas. Otra explicación sería precisamente el déficit de explicación de su acción de gobierno. Y la tercera sería la corrupción. La señora Saénz de Santamaría y sus partidarios se decantarían por la segunda y, fundamentalmente, tercera causa, en tanto que el señor Casado representaría a quienes atribuyen la situación del PP a la primera y, en menor medida, a la segunda.

En mi modesta opinión tanto los resultados de las últimas elecciones generales para el PP, como el de la moción de censura, tienen que ver, principalmente, con su falta de respuesta adecuada al problema de la corrupción, y en particular, en su insistencia por mantener al señor Rajoy en la presidencia del Gobierno tras conocerse sus sms a Bárcenas. Esa parte de la terapia contra la corrupción ya está hecha, pero se la hemos tenido que hacer los demás. La elección del señor Casado responde, obviamente, a otro diagnóstico, y lleva al PP a dar un rodeo más largo para llegar al único sitio desde el que puede gobernar la España democrática: el diálogo, las concesiones mutuas y los acuerdos.

Publicado en el diario SUR el 22 de julio de 2018

El motor inmóvil

15 julio, 2018

En la Filosofía del bachillerato estudiábamos las cinco vías de Tomás de Aquino para explicar la existencia de Dios. Una de ellas era la del motor inmóvil. Cada cosa en este mundo es movida por otra, hasta llegar a una primera que mueve a las demás sin ser movida por nada. Naturalmente, para Tomás de Aquino, ese primer motor inmóvil es Dios.

Con cierta frecuencia tendemos a poner motores intermedios entre las decisiones políticas y los políticos. Lo hacemos más cuando pensamos que la política ha fracasado en su misión. Y, desde la crisis, estamos en uno de esos periodos. En la última década, y no solo en España, como consecuencia de las dificultades de nuestras democracias para resolver los problemas económicos, de corrupción o los fenómenos migratorios, por poner algunos ejemplos, han reverdecido las tesis de introducir mecanismos intermedios entre los políticos y las decisiones políticas. Como, por ejemplo, entregárselas a los técnicos o los jueces.

Estos días se discute en Estados Unidos la sustitución de uno de los nueve jueces del Tribunal Supremo. De ese Tribunal dependen decisiones tan relevantes como permitir, o no, el derecho a portar armas, o el matrimonio entre personas del mismo sexo. Se trata, sin duda, de decisiones de estricto carácter político, pero que, en lugar de en manos de políticos, están en manos de nueve personas con amplios conocimientos jurídicos que, una vez elegidas, mantienen el cargo de manera vitalicia. Cuando queda una vacante, corresponde al presidente de los Estados Unidos hacer la propuesta al Senado de la persona que la ocupará, y es el Senado quien tiene la última palabra. Es verdad que todos los presidentes suelen poner a jueces de su cuerda, lo que pasa es que no todos lo hacen con la misma cordura. Ahora, con motivo de la sustitución de uno de los jueces, el presidente Trump, con el apoyo del Senado, puede desequilibrar políticamente el principal órgano judicial norteamericano hasta muchos años después de que él acabe su mandato. Y acongoja.

Estos días, en el Congreso, estamos votando a los miembros del Consejo de Administración de RTVE, pero se trata de una situación provisional, porque, en pocos meses, será una comisión de expertos la que previamente seleccione a los futuros consejeros que vote el Congreso. A esos expertos, por supuesto, los eligen los partidos, lo que ha provocado algunos desencuentros a la hora de determinar cuántos expertos elige cada partido.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que si, en los buenos tiempos, casi nadie protesta de la política, no es porque todo el mundo esté de acuerdo con las formas de la política, sino porque casi nadie le presta atención, pero en cuanto la miran, muchas personas la sustituirían por cualquier otra cosa. El problema es que la política no puede ser sustituida por otra cosa, porque, como explicaba Protágoras, la política es un don de los dioses para que los humanos podamos (sobre)vivir juntos. Por eso, cuando se trata de una decisión política, la política aparecerá detrás de todos los motores intermedios que pongamos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 15 de julio de 2018

Miénteme

8 julio, 2018

Esta semana hemos dedicado dos plenos del Congreso a la renovación de la dirección de RTVE. Al salir del Hemiciclo, después de cada una de las sesiones, el ambiente entre los diputados y diputadas que me son más próximos era de cierta consternación por la dureza de los debates. Claro que, teniendo en cuenta que en estos tiempos los ánimos están siempre prestos a encenderse por cualquier cosa, tampoco nos vamos a extrañar de que el control, o descontrol, de Televisión Española provoque tantos encontronazos como desencuentros.

Unos sencillos datos nos pueden ayudar a pensar algo más serenamente sobre el asunto. En la encuesta electoral del CIS de 2011, es decir, cuando la RTVE estaba gobernada según el modelo consensual que había propuesto el presidente Rodríguez Zapatero, la valoración en la escala del cero al diez del señor Rajoy era de un 4,5, tanto entre el conjunto total de entrevistados, con independencia de la cadena de televisión en la que se informaran, como en el subconjunto de quienes declaraban informarse de los temas políticos a través de Televisión Española. Podríamos decir que entonces el efecto de informarse en TVE era neutral sobre la valoración del señor Rajoy.

Del sistema de consenso impulsado por Rodríguez Zapatero, surgieron presidentes de RTVE que hicieron una Televisión de gran calidad profesional, como es el caso del señor Oliart, que fue ministro de los primeros gobiernos democráticos de los presidentes Suárez y Calvo Sotelo. El presidente Rajoy tenía otros planes para RTVE, para los que impuso en la presidencia de RTVE a una persona como el señor Sánchez Domínguez, que, de haber tenido más edad, hubiera podido formar parte de los últimos gobiernos de la dictadura, presididos por los señores Carrero y Arias Navarro, a plena satisfacción de ellos y del propio señor Sánchez Domínguez.

El señor Sánchez Domínguez se empleó a fondo. En la encuesta electoral de 2015, la valoración del presidente Rajoy entre el total de las personas entrevistadas por el CIS bajó a un 3,4, pero en el subconjunto de quienes se informan de política a través de TVE la valoración del entonces presidente del Gobierno subió a un 4,7. En realidad el efecto no fue tan grande como parece, porque más que mejorar la simpatía de la audiencia de TVE por Rajoy, lo que ocurrió fue que quienes no simpatizaban con él cambiaron de canal. Al irse quienes le daban notas bajas, y quedarse quienes se las daban altas, subió la media. Y lo cierto es que se fue mucha gente.

En 2011 el 39% de la población entrevistada por el CIS declaraba informarse de política en TVE, en tanto que en 2015 ese porcentaje bajó al 19%. Dicen que ya no acudimos a los medios de comunicación para conocer nuevas ideas y opiniones, sino para reafirmarnos en las nuestras. Al final, quienes mayormente veían TVE eran los votantes del presidente Rajoy, tratando de convencerse de lo contrario de lo que percibían en la realidad de sus vidas. Quizá eso mismo le pasó al propio Rajoy, que se creyó su propia mentira. Ya se sabe, los dioses nos castigan haciendo que se cumplan nuestros deseos.

Publicado en el diario SUR el 8 de julio de 2018

El poder de la víctima

1 julio, 2018

Sin duda hay otras víctimas, y en ciertos casos más numerosas, como las víctimas de los accidentes de tráfico o aéreos, de un robo, de una violación, o las víctimas de la crisis, pero lo que aparece en el primer plano de nuestra conciencia cuando escuchamos la palabra víctimas en España son, sin duda, las víctimas de ETA. La prolongación, durante décadas, de los asesinatos, el carácter contingente de los mismos, tan injusto y arbitrario, hizo comprender muy bien a la sociedad española qué es una víctima en el sentido más estricto del término.

También la ideología victimista, por llamarla de alguna manera, nace asociada en nuestro país a las víctimas de ETA, pero se extiende a todo tipo de víctimas. Ser conscientes de nuestra ideología es la mejor forma de no ser víctimas de ella. Y ser víctimas, incluso de nosotros mismos, no debería ser algo deseable.

En un librito luminoso, titulado “Crítica de la víctima”, el profesor italiano Daniele Gligioli hace el mejor análisis de la ideología victimista que he leído nunca. Nada más comenzar nuestro autor escribe: “la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. Por eso “la posibilidad de declararse tal es una casamata, un fortín, una posición estratégica para ser ocupada a toda costa. La víctima es irresponsable, no responde de nada, no tiene necesidad de justificarse: es el sueño de cualquier tipo de poder”.

La señora Colau, compareciendo en 2013 en el Congreso, como representante de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, hablaba en nombre de personas en una situación menesterosa, pero no hablaba como lo harían esas personas, sino como alguien muy poderoso. Y es que hablar en nombre de las víctimas, verdaderas o falsas, se sea o no una víctima, da un enorme poder a quien lo hace.

Una parte de la derecha española descubrió en los albores de nuestra democracia, que podía aprovechar los funerales de las víctimas de ETA para debilitar al presidente Suárez. Y ETA, consciente de ello, les proporcionó cada vez más funerales. Luego esa derecha usó a las víctimas contra los gobiernos socialistas, en especial contra los del presidente Rodríguez Zapatero. Y ya lo hace contra el presidente Sánchez. No son los únicos.

Nuestra propia ideología es transparente para nosotros mismos, nos parece puro sentido común, solo vemos como falsa conciencia la ideología de los demás. El víctimismo es siempre el del otro, sea el de las víctimas de ETA, el de las víctimas de los desahucios, o el de quienes llevan lazos amarillos. Cada víctima es única e incomparable, por eso no se deben contar, cada una de ellas es una catástrofe para la Humanidad, pero todos los victimismos tienen la misma lógica: hacerse con el inmenso poder de las víctimas. Cuantas más víctimas te hacen, más poderoso te vuelves, salvo que tú mismo seas la víctima, claro está.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 1 de julio de 2018