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Lo llamativo y lo importante 

21 mayo, 2017

Estos últimos días he estado haciendo campaña por diversas agrupaciones socialistas de distintos, y distantes, lugares de España. De vez en cuando, aunque no en demasiadas ocasiones, escucho intervenciones de compañeros que atribuyen mis opiniones a mi condición de diputado. Tú tienes esas opiniones porque eres diputado, me dicen, y yo les suelo responder, ¿y no se te ha ocurrido pensar que tú tienes las tuyas porque no eres diputado? Un veterano dirigente socialista solía decir, parafraseando a Karl Marx, que el sillón determina la conciencia. Lo que ocurre es que si el sillón determina la conciencia, la ausencia del sillón, o la añoranza del mismo, también la determinan. Al final ese tipo de argumentos no te ayudan a ganar ningún debate, todo lo más te permiten empatar con un juego poco elegante. Además, bien pensado, hay compañeros y compañeras con un cargo público que piensan de forma muy distinta unos de otros, como hay militantes de base de todas las opiniones.
 

Lo que ocurre es que el cerebro de los humanos es fruto de un proceso evolutivo regido por las leyes del azar y no un producto perfectamente diseñado por un grupo de ingenieros del MIT, y eso, al final, se nota. De modo que, vemos regular lo que pasa, e inferimos bastante peor de lo que vemos. Con cuatro casos mal evaluados somos capaces de construir una teoría sobre el Universo. Por ejemplo, tendemos a fijarnos en lo más llamativo antes que en lo más importante, lo que está en el origen de muchos accidentes de tráfico. Ciertos miembros de la alta dirigencia de Podemos son hijos de antiguos dirigentes socialistas, algunos de los cuales, además han girado bastante en las puertas giratorias. Lo que no saben es que el caso de sus padres es muy excepcional. La inmensa mayoría de los diputados y ministros socialistas que conozco, al terminar su periplo institucional, volvieron a sus puestos de origen, o peores. Lo llamativo, que no lo más frecuente, son los casos en los que la política produce un ascenso social.

 

Lo más frecuente, sin embargo, es que ser socialista, y más si te significas asumiendo una responsabilidad pública es que te ocurra lo contrario de lo que les ha pasado a algunos de los padres socialistas de los dirigentes de Podemos. Lo más frecuente es que ser hermano, hijo o, incluso, amigo, de un dirigente socialista te cause problemas. Cuando el presidente Aznar salió de Moncloa, sus colaboradores fueron fichados por importantes empresas de nuestro país. Cuando los presidentes socialistas Felipe González y Rodríguez Zapatero salieron de Moncloa, sus colaboradores no corrieron igual suerte que los del presidente Aznar. Para ellos, haber colaborado con gobiernos socialistas no fue una ventaja cuando pedían trabajo en una empresa, sino un problema. En fin, que los poderosos no te quieran si eres socialista es algo mucho más frecuente que lo contrario, pero mucho menos llamativo. Y es que, aunque a los dirigentes de Unidos Podemos les parezca imposible distinguir entre el PSOE o el PP, las élites del poder y del dinero lo hacen sin ningún problema.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 21 de mayo de 2017

Cultura política y liderazgo en el PSOE 

19 mayo, 2017

Últimamente escuchamos con cierta frecuencia hablar de quién tiene, o no, cultura política socialista. En realidad la cultura socialista no está establecida de una forma fija y acabada que, además, podamos definir fácilmente. Se trata, sin duda, de un concepto muy amplio, que abarca muchos aspectos de la vida del PSOE, que van desde los símbolos hasta la forma en que nos tratamos en nuestras reuniones. También forman parte de la cultura socialista las expectativas que tenemos sobre la relación entre los líderes y los militantes, o respecto a lo que podemos esperar legítimamente de un compañero.

 

Cuando escucho a algunos compañeros y compañeras decir que, una vez elegido un líder, todos tenemos que obedecerlo, me pregunto qué pensarían si alguien dijera lo mismo del presidente del Gobierno. Probablemente, nos dirían que la persona que hace esa afirmación no tiene cultura democrática, pero nos dirían también que un partido es distinto de un país. Quienes hacen esa distinción, puede que hasta sin saberlo, tienen una cultura leninista de la organización, pero no una cultura socialista. El PSOE tiene una cultura democrática no solo por obligación constitucional sino porque es la esencia de su proyecto político.

 

Por eso, no es fácil ser secretario general del PSOE, como no es fácil ningún liderazgo político en una democracia. Es verdad que los socialistas usamos coloquialmente los términos militante, militancia y militar, pero a lo que nos referimos con esas palabras es a una forma intensa de compromiso cívico. Somos una organización política, de ciudadanos, de militantes, pero no de militares. En el PSOE no se manda como en un cuartel, ni como en una empresa.

 

En efecto, no es fácil liderar al PSOE. Algunos jóvenes, y también algunos veteranos, con ambición por el liderazgo, sólo ven las luces del poder, los grandes aplausos de los que asisten a los mítines, los abrazos y el reconocimiento. De cerca, la realidad es otra. Durante los cuatro años que José Luis Rodríguez Zapatero fue el líder de la oposición, fui su jefe de gabinete. Un secretario general del PSOE, que no es presidente del gobierno, prácticamente solo tiene un instrumento para dirigir la organización: la persuasión. Realmente, como presidente del Gobierno de una democracia tampoco tiene muchos más. De modo que, o persuades y convences, o no lideras. Porque ni el PSOE es un partido de ordeno y mando, ni los socialistas somos dados a renunciar a pensar con nuestro propio cerebro. Así que, aunque algunos no lo recuerden, Rodríguez Zapatero era obedecido por los miembros de su ejecutiva, los secretarios de las federaciones, o los miembros del Comité Federal, cuando los convencía. Mientras tanto, tenía que aceptar las críticas que sufre el líder de cualquier institución democrática. Lo que hacía con su proverbial talante.

 

En cierta ocasión, Rodríguez Zapatero, ya siendo presidente del Gobierno, le expresó al secretario general de la federación de Madrid que sería bueno que renunciara a ser candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Como es sabido, Tomás Gómez le dijo que no. Hubo muchos compañeros y algunos creadores de opinión que se rasgaron las vestiduras: “¡¿cómo se atreve a decirle que no?!”. Todos leninistas, y la mayor parte sin saberlo. En mi caso, que era miembro de la ejecutiva de Rodríguez Zapatero, en lugar de escandalizarme por la supuesta desobediencia de Tomás Gómez, me puse de su parte. Y así se lo anuncié al presidente Rodríguez Zapatero, que me respondió que estaba en mi derecho, no solo de ponerme de parte del dirigente madrileño, sino, por supuesto, de ayudarle a ganar las primarias. Porque ese fue el método que Rodríguez Zapatero y Tomás Gómez acordaron para tomar la decisión.

 

Tomás Gómez y sus compañeros ganaron aquellas primarias. Y desde entonces no dejé de trabajar con él para ayudarle en su combate contra la derecha más tramposa y más tóxica de nuestro país. Fue un combate muy desigual. Hoy algunos ven más claro lo que entonces ya era evidente, las ramificaciones del poder de la derecha madrileña en la prensa y en la justicia. Un buen ejemplo de cómo actúa la derecha es lo que le sucedió a la secretaria de organización del PSM y ex alcadesa de Torrejón, condenada a inhabilitación para desempeñar cargo público por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Un año después de esa condena, fue absuelta por el Tribunal Supremo con todos los pronunciamientos favorables. Hoy, casi nadie recuerda que a la portavoz socialista en la Asamblea de Madrid la expulsó el presidente de la Asamblea, suspendiéndola de su condición de parlamentaria durante un mes, por denunciar la corrupción de Ignacio González. Casi nadie lo recuerda porque una parte de la prensa ocultaba la labor de oposición del PSOE en Madrid, y otra difundía las noticias falsas sobre Tomás Gómez que suministraba la derecha política, mediática y judicial madrileña.

 

Aunque ahora se presenta como el candidato de la militancia, lo cierto es que en el origen de cualquier trayectoria política siempre hay alguien que te presta un cierto capital político inicial. Tomás Gómez, junto con otros compañeros, le prestó ese capital inicial al último secretario general federal del PSOE y ahora de nuevo candidato. Y antes de que se lo prestara Tomás Gómez se lo prestaron desde Ferraz para ser concejal y diputado, porque lo cierto es que el último secretario general federal del PSOE, y ahora candidato, nunca tuvo muchos apoyos entre sus compañeros madrileños.

 

Una vez elegido, el último secretario general de los socialistas españoles sintió que los compañeros y compañeras no le obedecían como él había imaginado, es decir, comprobó que los socialistas esperan ser persuadidos en lugar de sometidos. De modo que puso en marcha una operación para reforzar su poder, o mejor dicho, la imagen de su poder. Cuenta Hannah Arendt en su libro La crisis de la República, hablando del desastre que fue la Guerra de Vietnam para los norteamericanos, que se puede hacer una guerra para ocupar un territorio, para ayudar a un amigo, pero que los norteamericanos habían hecho una guerra para producir una imagen, “algo nuevo en el gran arsenal de humanas locuras que registra la Historia”.

 

Para producir una imagen de autoridad, el último secretario general de los socialistas españoles, y ahora de nuevo candidato, aprovechó una campaña mediática auspiciada por Ignacio González para destituir al líder de los socialistas madrileños. Como en la leyenda de la Campana de Huesca, el último secretario general federal del PSOE, y ahora de nuevo candidato, quiso enviar un mensaje de intimidación a todos los secretarios generales de las federaciones cortando la cabeza política del líder madrileño. Tomás Gómez no era un barón, puesto que no había heredado el cargo de sus padres, sino que había sido elegido secretario general por sus compañeros de la federación socialista madrileña, una de las federaciones más numerosas del PSOE. El secretario general federal, y ahora de nuevo candidato, lo destituyó por un procedimiento sumario, sin ningún tipo de garantías jurídicas ni estatutarias. Lo hizo con un golpe, que algunos medios de comunicación calificaron de manera infame como un golpe de autoridad. La complicidad de unos pocos, el temor de otros a que, aún inocente, la justicia pudiera imputarlo para desimputarlo unos meses más tarde, y la indiferencia de los más, contribuyeron al éxito de la operación.

 

Hay quien dice que estas prácticas las hace todo el mundo en el PSOE, pero no es cierto. En cuarenta años de militancia he visto el juego agresivo de la política democrática también en la vida interna del partido, pero hay una diferencia entre ir a dar una patada al balón e ir, directamente, a dar una patada a la cabeza. Es muy distinto que te llamen para que no te presentes a un cargo, o que promocionen a alguien que lo merece menos, que, siendo completamente inocente, en una rueda de prensa te acusen de corrupto y te destituyan de un cargo electivo por un procedimiento sumarísimo. Esto último no forma parte de la cultura política socialista, sino que la destruye, porque rompe las expectativas de lealtad entre nosotros. Si convalidamos ese comportamiento, a partir de ese momento la desconfianza y la inseguridad minarán la organización. Quién se esforzará si el trabajo de años de muchas personas puede arruinarse injustamente en un momento para mejorar la imagen del líder. El día que destituyeron injustamente a Tomás Gómez como secretario general, arruinaron injustamente su reputación personal y disolvieron los órganos de dirección y control político regionales de Madrid. Destruyeron el trabajo y los equipos que se habían formado durante años sólo para dar una imagen. Por otro lado, y para colmo de felicidad, el secretario general federal podía “mandar” en su propia federación, en la que nunca tuvo éxito, aunque para ello hubiera tenido que acabar con la democracia interna y con las expectativas de lealtad y solidaridad que debemos tener entre compañeros.

 

Dice Hannah Arendt que el peligro de la mentira en política es el autoengaño, “el engañador autoengañado pierde todo contacto, no sólo con la audiencia, sino con el mundo real, que, sin embargo, acabará por atraparle porque de ese mundo puede apartar su mente pero no su cuerpo”. Cuando el anterior secretario general del PSOE, y ahora de nuevo candidato a la secretaría general, pidió su aval a los compañeros y compañeras de Madrid quedó segundo, detrás de Susana Díaz. La imagen de poder que quiso transmitir destruyendo política y civilmente a Tomás Gómez, se disipó como el humo a la hora de pedir los avales en su federación.

 

Los que creen ingenuamente que quien no respetó los derechos de un secretario general de una federación, para intimidar al resto de los secretarios generales, va a respetar los derechos de los militantes de base están peligrosamente equivocados. Lo que hizo con un secretario general lo hará con cualquiera cada vez que le convenga, y siempre encontrará una excusa para justificarlo.

 

Después de destituir a Tomás Gómez al frente de los socialistas madrileños, el secretario general federal del PSOE, y ahora candidato, lo quitó de la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid aduciendo que tenía malas perspectivas electorales. Unos meses después, en diciembre de 2015, el secretario general federal se presentó a la presidencia del Gobierno de España por la circunscripción de Madrid, y quedó el cuarto. Es decir, que cuando se midió con Rajoy, Iglesias y Rivera, cara a cara, liderazgo a liderazgo, quedó detrás de todos ellos. La cultura socialista establece que quien nos dirige sea más exigente consigo mismo que con los demás. Si echó a Tomás Gómez por tener malas perspectivas electorales, debió irse cuando él cosechó la peor derrota de nuestra historia en el mismo contexto político y geográfico en el que peleaba Tomás Gómez.

 

Sin duda, los compañeros y compañeras pueden convalidar estas prácticas y esta cultura de liderazgo en las primarias del próximo domingo, pero incluso si consiguieran ser mayoría, no lograrán que esto se pueda considerar como parte de la cultura socialista. Quizá esta sea la razón de la tensión que vivimos en estas primarias, porque no es sólo el liderazgo lo que decidimos, sino nuestra propia identidad, nuestra propia cultura política.

 Publicado en El Plural el 19 de mayo de 2017

Un militante dos votos, por lo menos 

18 mayo, 2017

Frente a lo que algunos piensan, el debate interno que se está produciendo en el PSOE no es entre posiciones de izquierda y derecha. No nos enfrentan a unos socialistas con otros las políticas de sanidad, educación, fiscal o laboral. En torno a nuestras políticas los socialistas tenemos un consenso bastante grande. Lo que nos enfrenta, y por eso este proceso es tan apasionante y doloroso, no son las políticas, sino la política. Lo que está en juego es la identidad política del PSOE. La fuerte convulsión interna que sufrimos los socialistas tiene que ver con la presencia en el seno de nuestra organización de un cuerpo extraño a nuestros valores e ideología: el populismo.

 

Hay personas que son populistas, pero creen que son demócratas. En parte es comprensible, porque ambos, populismo y democracia, tienen la misma fuente de legitimidad: el pueblo. O las bases. El populismo es la democracia sin instituciones. El populismo afirma que cumplirá hasta sus últimas consecuencias la promesa de la democracia: el gobierno directo del pueblo. O de las bases. En la práctica, sin embargo, el populismo se concreta en la concentración de todo el poder político en un líder carismático que, supuestamente, aúna sabiduría, honestidad y voluntad, y que se pasea por las calles nacionalizando, a ojo de buen cubero, las propiedades de la pequeña burguesía venezolana, o disolviendo los órganos de representación democrática de las federaciones socialistas sin más garantías legales, en uno y otro caso, que las supuestas buenas intenciones del líder. Siempre, por supuesto, con el aplauso de un pueblo o unas bases, que nunca son ni todo el pueblo, ni todas las bases. De modo que cuando aquí hablo de populismo me refiero a esa forma de la política, y no a si el líder usa un lenguaje más o menos llano a la hora de hablar, o si va con camisa remangada, o regala relojes. Esto último pueden ser técnicas de mercadotecnia, pero el populismo de verdad es otra cosa, es una forma de autoritarismo que cuenta con el respaldo del pueblo o de las bases, según se trate de la sociedad o del partido.

 

En el PSOE se ha extendido la consigna “un militante, un voto” como la máxima expresión de la democracia interna. Defenderé aquí que más democrático que “un militante un voto” es “un militante dos votos, por lo menos”. Pierre Rosanvallon, en su excelente libro El buen gobierno, sostiene que para los populistas no puede haber dos expresiones legítimas y simultáneas de la voluntad popular. Si el pueblo ha elegido a un presidente directamente, sostienen los populistas, entonces el Parlamento no tiene nada que decir. Sin embargo, el Parlamento también ha sido elegido directamente con el voto de los ciudadanos. ¿Es una casualidad o un error que existan dos expresiones legítimas y simultáneas de la voluntad de los ciudadanos? Ni una cosa ni la otra. La democracia es una institución política algo más sofisticada que la mera sustitución de la guerra por el recuento de votos. Lo que, por cierto, es un gran avance.

 

La democracia es, por un lado, un mecanismo de autorización. Con nuestro voto autorizamos a determinadas personas para que nos gobiernen, pero las sociedades democráticas siempre se cuidaron de convertirse en tiranías electivas. De forma que, además de la democracia de autorización, instituyeron una democracia de control, y de oposición, a quien gobierna. Votamos para elegir quién nos gobierna, y votamos para elegir quiénes han de controlar a los gobernantes. Lo cierto es, además, que ni el pueblo gobierna directamente, ni controla directamente. Los populistas saben bien lo primero, y delegan el gobierno en un líder, pero se resisten a aceptar lo segundo, y prometen que el pueblo será quien controle, directamente, al líder y a los delegados del líder.

 

Quienes sostienen la consigna de “un militante, un voto”, no están proponiendo un avance, sino un retroceso en la democracia interna en el seno del PSOE. Quieren que nos quedemos con el voto con el que autorizamos al líder a gobernarnos, pero que renunciemos al voto con el que elegimos a quienes controlan al líder. Hasta ahora, además del voto en primarias para elegir a la persona que liderará el partido y a la que encabezará la candidatura socialista a la presidencia del gobierno, los militantes votan al comité de su agrupación, a los representantes de su agrupación en el Comité provincial, o regional, y a los delegados a los congresos provinciales, regionales y federal, y a través de estos últimos, a los representantes en el Comité Federal, además de a los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal. Toda esa arquitectura institucional no es una casualidad, ni un error, sino una decisión consciente de los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas, que los liga a principios democráticos de matriz liberal o republicana, también en su organización interna.

 

Nuestra manera de organizarnos responde a una decisión tomada firmemente por el socialismo democrático después de la Segunda Guerra Mundial, y que nos alejó de esa otra izquierda que, de una forma u otra, sigue atada al espíritu de Robespierre. Los dos votos, el de autorización y el de control, sirven, entre otras cosas, para impedir que un líder elegido democráticamente se comporte como un tirano. La legitimidad que da la democracia de elección no basta. Para que un liderazgo sea democrático, además de serlo por elección, deberá serlo por ejercicio. Y para eso tenemos estructuras institucionales que garantizan un sistema de controles y contrapesos. Hace mucho tiempo que los demócratas, liberales y republicanos, entendieron que el mejor líder, el más sabio, puro y bien intencionado, actuará como Maduro, Putin o Erdogan, si tiene la menor oportunidad y cuenta con el aplauso de una parte de su sociedad muy movilizada. Ese aplauso, la complicidad de ciertos medios de comunicación, el temor de muchos compañeros y el apoyo entusiasta de otros, fue lo que permitió al anterior secretario general del PSOE, y ahora de nuevo candidato, destituir y tratar de deshonrar al secretario general de los socialistas madrileños, y disolver la ejecutiva regional y el Comité Regional de Madrid. En lo primero, en la destrucción de un compañero, sin atenerse a ningún procedimiento con garantías públicas, está la expresión de una disposición moral, además de política. La disolución de un órgano al que pertenecían quinientos representantes de las agrupaciones socialistas madrileñas es una evidente manifestación de populismo, que una parte del PSOE ha avalado, abriendo la puerta, consciente o inconscientemente, a que algo así pueda repetirse en el futuro. La democracia no es un régimen establecido para imponer el dominio de la mayoría, sino, precisamente, para garantizar la libertad como no dominación. Eso, por cierto, en la tradición del pensamiento político se llama republicanismo.

 

El federalismo es otro de los instrumentos democráticos para evitar que se constituya un poder autoritario. Los socialistas elegimos democráticamente tanto los órganos federales como los órganos de las federaciones, y regulamos la interacción entre ambos. La disolución del Comité Regional de Madrid es lo mismo que el anterior secretario general, y ahora candidato, hizo, de facto, con todos los órganos federales de control y representación interna, cuando presintió que había perdido la mayoría en los mismos. Lo hizo aprovechando, además, elementos del pensamiento político de otras latitudes. Incluso le vino bien la evolución de un lenguaje que degradaba, inicialmente casi en broma, las federaciones a feudos, y sus secretarios generales a barones, por más que hubieran sido elegidos tan democráticamente como él. Las metáforas las carga el diablo. Hoy, en alguno de los territorios aparentemente más federalistas, descubrimos un fuerte apoyo a un candidato a la secretaria general dispuesto a deslegitimar cualquier poder que no sea el del centro. Concretamente, su poder personal. Los que dicen que nadie puede toser a un secretario general elegido por la militancia están pensando en un tipo de liderazgo que no es el propio de un partido democrático.

 

Me gusta mucho más un PSOE en el que un militante tiene dos votos, por lo menos, y los dos igual de legítimos, que un PSOE en el que un militante tiene un solo voto. Por desgracia, hace mucho tiempo que los socialistas dejamos de preocuparnos por nuestra propia formación, y hoy uno se encuentra a compañeros que han tenido, tienen, y aspiran a tener, altas responsabilidades políticas, que son populistas, pero no lo saben.

Publicado en Público el 18 de mayo de 2017

Una historia triste para el PSOE

17 mayo, 2017

 Querido compañero A.

 

Me dices que muchos de nosotros, compañeros y compañeras tuyos, derrocamos al secretario general para entregar, gratis, el gobierno a la derecha. Es posible que esa explicación sencilla te permita construir historia para que tu candidato intente ganar las primarias. El problema es que es una historia falsa que deshonra injustamente a muchos compañeros y compañeras, y a la postre a todo el PSOE.

 

Creo que ni tú, ni tus compañeros, merecemos que intentes construir tu hipotética victoria sobre nuestro deshonor. Por eso, si me prestas atención, te contaré una historia menos conocida, pero verdadera. La historia que cuenta cómo el anterior secretario general, después de dos severas derrotas, fue incapaz de afrontar el dilema en el que se encontraban el partido y el país, y dejó que otros asumiéramos la responsabilidad que él no quiso asumir.

 

En efecto, el día 29 de octubre, como la gran mayoría de los diputados socialistas, me abstuve en la segunda votación de la investidura de Mariano Rajoy. En mi modesta opinión, un diputado no debe justificar la orientación de su voto diciendo que lo hizo por disciplina, porque una decisión de esa gravedad sólo se puede tomar en conciencia. Así lo exige, además, nuestra Constitución. Por supuesto la disciplina y la conciencia pueden entrar en contradicción, y en ese caso, la forma de resolver esa contradicción no es sacrificar la conciencia a la disciplina, sino abandonar el escaño.

 

Hay una izquierda que pone grandes esperanzas en el sufrimiento como catalizador de la revolución. Para esa izquierda Rajoy es una bendición, y con una mayoría más amplia, más bendición. Los socialistas, sin embargo, somos una izquierda que conoce el valor de una aspirina. Y, de los dos Rajoy posibles, el que tiene menos escaños, y por tanto más necesidad de negociar con más grupos parlamentarios, es el menos malo. Es más, si hubiera podido elegir, me hubiera quedado con el Rajoy de diciembre, con 123 escaños y sin la presidencia del Congreso, en lugar del que en junio sacó 137 escaños y recuperó la presidencia del Congreso. Y como no soy un adicto al juego, decidí no jugarme el margen de poder que nos habían dado los electores no fuera a ser que en unas terceras elecciones desapareciera para darle una cómoda mayoría a Rajoy. Así que, pensando en el interés general de España, para aclararnos, en los golpes que podía evitarle a los sectores sociales más vulnerables con un Rajoy en minoría, elegí mi conciencia en lugar de mi reputación izquierdista, y me abstuve.

 

Sí, ya sé, me dices que cómo llegamos, divididos y sin liderazgo, a esa situación en la que estábamos el 29 de octubre, al borde de la convocatoria automática de las terceras elecciones. Es ahí donde viene esa otra falsedad, la de que el 1 de octubre el aparato derrocó al secretario general. Lo cierto es que nadie derrocó al secretario general, sino que dimitió tras perder una votación en el máximo órgano político democrático del partido. Me he encontrado a compañeros y compañeras que están convencidos de que la votación que perdió el secretario general era sobre si nos absteníamos o íbamos a terceras elecciones. Esa es otra falsedad. Si nos absteníamos o íbamos a terceras elecciones era la cuestión urgente que teníamos los socialistas encima de nuestra mesa, precisamente la que no quiso afrontar el secretario general. Es así como el secretario general perdió su liderazgo incluso antes de dimitir, lo perdió por no ejercerlo, porque si no tomas una decisión cuando la debes tomar, has perdido el liderazgo, aunque sigas teniendo el puesto. Tampoco le planteó la cuestión al Comité Federal, ni siquiera pensó en ofrecerle la decisión a la militancia. Lo que planteó al Comité Federal fue hacer un Congreso en el plazo de 23 días, para, después, en una semana, intentar ser investido al frente de un gobierno del cambio.

 

El Comité Federal es el máximo órgano político del partido, y en él suelen estar compañeros y compañeras con gran experiencia. No hacía falta, sin embargo, gran experiencia política para ser conscientes de que en una semana no se podía articular un gobierno de cambio, como le replicó a nuestro secretario general el líder de Podemos al conocer su propuesta, y como ya habíamos constatado el 26 de junio por la noche después de ver como empeoraban los resultados de la izquierda. Si desde el 26 de junio al 1 de octubre no habíamos sido capaces de conseguirlo, ¿cómo lo íbamos a conseguir en la última semana? No había que ser un lince para darse cuenta de que el 23 de octubre, fuera quien fuera el nuevo secretario general del PSOE, los socialistas nos veríamos abocados a tener que elegir entre las dos opciones que el secretario general se negaba a admitir: abstenernos o ir a terceras elecciones.

 

¿Podíamos haber hecho algo diferente de lo que hicimos hasta llegar al 1 de octubre? Creo que hicimos bien votando dos veces no en la primera investidura de Rajoy, pero luego ya no hicimos nada que nos ayudara. El día 2 de septiembre el líder de la derecha estaba debilitado, y nosotros estábamos legitimados para plantear algunas exigencias. Ese mismo día algunos planteamos una abstención a escote de todas las fuerzas políticas a cambio de que el PP retirara a Rajoy, otros propusieron una negociación con el PP a cambio de determinadas conquistas sociales y políticas. En los periódicos, claro. Porque el secretario general, en lugar de buscar una solución al problema en el que se encontraba la democracia española, y proponerla al partido y al país, se fue a cosechar grandes aplausos, y grandes derrotas, en las elecciones autonómicas de Galicia y el País Vasco. El 25 de septiembre nuestra capacidad de negociación había menguado considerablemente, con un PP reforzado en Galicia y un PSOE severamente derrotado en Galicia y el País Vasco, y eso a pesar del no es no en la investidura de Rajoy.

 

En esas condiciones fue en las que el secretario general, en lugar de consultar directamente a la militancia que tanto invoca ahora, o convocar un Comité Federal para ver qué hacíamos ante la situación en la que estaba España, lo convocó para organizar un Congreso, y como en el Comité Federal le dijeron que no era el momento de hacer un Congreso, dimitió para que los demás resolvieran el dilema que él no quiso resolver y asumieran el coste que él no quiso asumir. En el siguiente Comité Federal, que tuvo lugar, precisamente, el 23 de octubre, 235 compañeros y compañeras, miraron de frente el dilema ante el que nos encontrábamos y, sin engañarse, previa deliberación, por 139 votos a favor y 96 en contra tomaron la decisión que él no fue capaz de tomar, ni compartir con nadie.

 

Ahora, tomada aquella decisión, puesta en marcha la legislatura, desbloqueadas las instituciones de nuestra democracia, nuestro último secretario general quiere ser de nuevo secretario general. Para conseguirlo muchos compañeros nos insultan en las redes y nos llaman traidores. En esa lista de traidores aparecen los dos presidentes del Gobierno y los cuatro secretarios generales que ha tenido el PSOE en democracia. También aparecen cinco de los seis presidentes autonómicos. También, para esos que nos insultan, es traidor el Comité Federal, que de máximo órgano de representación democrática ha pasado a tener la consideración de aparato, y el Grupo Parlamentario Socialista. Todos corruptos. Todos manchados para que, limpio y refulgente, nuestro último secretario general sea nuestro próximo secretario general.

 

Compañero, ¿te imaginas los mítines de la próxima campaña a la presidencia del Gobierno, hablando de los logros de los gobiernos socialistas, pero sin la presencia de Felipe González ni José Luis Rodríguez Zapatero? Seremos un partido sin historia. Si los compañeros y compañeras convalidan el cuento de que los presidentes socialistas de Andalucía, Asturias, Castilla la Mancha, Extremadura y la Comunidad Valenciana, quisieron entregar caprichosamente el gobierno de España a la derecha, ¿los invitaréis a subir a la tribuna a alabar la grandeza de nuestro candidato a la presidencia del gobierno? ¿Esperas que los ciudadanos les den crédito a quienes una mayoría de los propios socialistas habría desacreditado? Todos ellos acusados de entregar el gobierno de España a la derecha, gratis, por un capricho, por una traición. Seremos un partido sin historia y sin presente. Con el mismo nombre, ciertamente, pero sólo eso. La historia que nos contáis es una historia bien triste, pero falsa, y eso es, precisamente, lo más triste.

Publicado en Infolibre el 17 de mayo de 2017

Mil veces repetidas

14 mayo, 2017

Si los socialistas queremos que la democracia ejerza su efecto sanador sobre nuestro maltrecho partido, debemos debatir entre nosotros con libertad y con respeto. Una votación sin que haya un verdadero debate sería como coser una herida infectada sin antes limpiarla, y un debate sin respeto es imposible.
 

Las redes sociales, en particular Twitter, se han convertido en un estercolero. La mentira y el insulto, arrojadas a toneladas por personas que esconden su identidad, generan una imagen que se superpone sobre la realidad misma hasta que un mundo de ficción sustituye al real. Finalmente lo importante termina siendo, no cuál es la verdadera historia, cuáles son los hechos sobre los que debatimos, sino qué historia y qué hechos tienen más apoyos.

 

Uno tiene derecho a tener su propia opinión, pero no sus propios hechos. El anterior secretario general del PSOE, y ahora candidato, anunció en una rueda de prensa, el 26 de septiembre, su intención de convocar el Congreso del partido, pero hay quien sostiene que lo hizo porque el 28 de septiembre dimitió la mitad más uno de los miembros de su ejecutiva, y esa dimisión le obligaba a convocar un Congreso. Que el 26 de septiembre vaya antes que el 28 de septiembre, concretamente dos días antes, debería importar, pero ¿quién se acuerda de que primero fue el anuncio de un Congreso y después fueron las dimisiones? Como no nos acordamos, escucharemos machaconamente que las dimisiones obligaron a la convocatoria del Congreso hasta que el falso recuerdo sustituya a la verdad olvidada, porque ahora la verdad es de quien tiene más retuiteos, o más me gusta.

 

Si mostramos los datos y las fechas, se nos cubrirá de insultos y de ruido, para que no se nos oiga, y si logramos que se nos escuche, entonces se nos hablará de las intenciones, pero todo el mundo tiene intenciones, como todo el mundo tiene malos y buenos pensamientos, lo que ocurre es que esos pensamientos sólo son delitos o heroicidades cuando dejan de ser intenciones para ser actos. Ante los hombres, y las mujeres, somos presos de lo que hacemos y decimos, no de lo que pensamos. Por eso los juicios de intenciones tienen, con razón, mala fama.

 

En estos tiempos en los que la crisis, además de la vida y la política, ha degradado la calidad de la prensa y las redes sirven para extender la verdad y la mentira sin control, el efecto disponibilidad, que tan bien conocen los psicólogos, hace que aquello que más se repite en el mundo bidimensional de las pantallas nos parezca más real que lo que ocurre en el mundo de tres dimensiones en el que vivimos, en el que estamos en paro o estudiando, cobramos la pensión o necesitamos ayuda para la dependencia. En este mundo de tres dimensiones estamos mucho más solos, no tenemos dos mil amigos, ni cinco mil seguidores, y nuestros actos tienen consecuencias para la vida, que no podemos prever ni controlar, por eso conviene distinguir las voces de los ecos, los compañeros de los troles, y la verdad que hemos olvidado, de las mentiras que recordamos de verlas mil veces repetidas.

 Publicado en el diario SUR el 14 de mayo de 2017

Cómo ganarle al PSOE

12 mayo, 2017

 La noche de la victoria de Emmanuel Macron en Francia leí en Twitter un inteligente y divertido comentario del profesor Fernández Albertos en forma de paradoja: “el colapso del PSF se debe a una percepción nefasta de la gestión económica de Hollande, pero el vencedor es su ex Ministro de Economía”.

 

Lo cierto es que Benoît Hamon, el candidato del PSF a las presidenciales francesas, fue, a la vez, uno de los más críticos con la política económica del presidente Hollande y, al menos inicialmente, uno de los más beneficiados de la mala reputación de la política económica de su partido. Una política económica que también ponía en cuestión Francia Insumisa, el partido hermano de Podemos, liderado por Jean Luc Mélenchon. De hecho, Hamon, que había sido ministro de Hollande, le ganó las primarias internas a Manuel Valls, el primer ministro de ese gobierno, convenciendo a sus compañeros socialistas de que, tanto Valls como Hollande, lo habían hecho muy mal. Obviamente no sólo convenció a los militantes socialistas franceses, sino, lo que parece más importante, a buena parte de sus votantes.

 

En lo que Hamon ya no tuvo tanto éxito fue en convencer a los votantes socialistas de que él podía hacer una política mejor que Hollande. Unos se fueron al partido de Mélenchon, por aquello de que es mejor el original, otros debieron creer que las políticas de Hollande no eran tan malas, y fueron más leales a las políticas que al partido, de modo que votaron al responsable de las mismas, es decir, a Macron.

 

En la época del presidente Rodríguez Zapatero los socialistas españoles vivimos algo parecido: la derecha lo acusó de falta de reflejos para ver venir la crisis y de falta de inteligencia económica para combatirla adecuadamente. Da igual que los informes de todos los centros de prospectiva económica de aquellos meses no anunciaran una crisis, y que algunos premios Nobel de Economía afirmen que nadie la vio venir, ahora nadie se acuerda de aquellos informes y todo el mundo la vio venir. A esa campaña de la derecha se unió una parte del partido socialista y sus aliados mediáticos, de modo que, cada vez menos disimuladamente, fueron elevándose voces que pedían la sustitución del presidente Rodríguez Zapatero por Alfredo Pérez Rubalcaba. Sin embargo, en las elecciones de 2011, según el CIS, sólo el 15% de la población pensaba que un gobierno del PSOE, liderado por Rubalcaba, pudiera ser el mejor gestor de la economía. Sin duda los adversarios internos del presidente socialista tuvieron un gran éxito en desacreditar su política económica, un éxito que no fueron capaces de superar a la hora de convencer al electorado de que Pérez Rubalcaba lo haría mejor que Rodríguez Zapatero.

 

Lo peor de todo es que cuando uno se empeña en convencer a la sociedad de que su partido lo hace mal, suele tener un éxito duradero: en las elecciones de 2015, Pedro Sánchez solo consiguió convencer al 14% del electorado de que el PSOE podía ser el mejor gestor de la economía, un punto menos que Rubalcaba cuatro años antes. Con la perspectiva del tiempo, y con datos oficiales, resulta que el desempeño en economía del gobierno de Rajoy no ha sido particularmente brillante, ni mejor que el de Rodríguez Zapatero. De hecho, a pesar de la incomparable dureza de sus recortes sociales y de sus políticas laborales, todavía en diciembre de 2015 el presidente Rajoy no había sido capaz de recuperar el nivel de empleo que heredó del presidente Rodríguez Zapatero. Incluso los expertos tienen dificultad para evaluar las consecuencias finales de determinadas políticas económicas o de otro tipo, de modo que, para los ciudadanos, una mala opinión de los propios es un argumento más poderoso que todas las críticas de los adversarios, independientemente de que tengan, o no, razón unos y otros. Muchos socialistas defendieron que la reforma del artículo 135 de la Constitución, que entrará en vigor en 2020, no puede ser la causante de las consecuencias de las políticas de recortes del PP, pero cuando Pedro Sánchez decidió revocar la reforma del 135 cualquier defensa del mismo quedó desacreditada. Naturalmente eso no sirvió para recuperar los votos que se iban a Podemos, sino para silenciar a los socialistas frente a las críticas de los radicales. Aceptar, acríticamente las tesis del contrario, solo sirve al contrario.

 

Así que los socialistas nos encontramos ahora en un momento perfecto para vencer definitivamente al PSOE y arrojarlo al basurero de la historia. Nadie lo puede hacer mejor que nosotros, nadie será más creíble que nosotros mismos a la hora de destruir la reputación del PSOE. Es verdad que los líderes de Podemos sostienen que, en connivencia con el IBEX, lo socialistas entregamos el gobierno de España a la derecha, pero muchas personas no los creen. No los creen porque para millones de personas que apostaron por el PSOE desde la Transición, los socialistas nunca hemos sido lo mismo que la derecha, como dicen los líderes de Podemos. Es más, todavía la sociedad española tiene demasiado reciente la negativa de Podemos a apoyar un gobierno limpio de corrupción, como el que se presentó a la investidura con el apoyo del PSOE y Ciudadanos, es decir, un gobierno de centro izquierda. Si no nos doblegábamos a hacer un gobierno de alianza con la extrema izquierda y los independentistas, como querían los líderes de Podemos, seguiría el que estaba. Los líderes de Podemos prefirieron dejar a España con un gobierno de derechas en lugar de uno de centro izquierda, y uno manchado por la corrupción en lugar de uno limpio. Los líderes de Podemos lo quieren todo o nada, y la gente lo sabe.

 

Ahora bien, si el que dice que los diputados socialistas traicionamos nuestros principios y a nuestros electores, y le dimos gratis el gobierno a la derecha, es nuestro último secretario general, entonces la cosa cambia. Ciertamente nuestro último secretario general, después de que votáramos dos veces no a la investidura del señor Rajoy, en lugar de reunir a los máximos órganos políticos del PSOE para ver qué hacíamos, se fue durante el mes de septiembre a hacer campaña en las elecciones gallega y vasca. En las que, por cierto, los ciudadanos no parecieron muy impresionados por nuestra coherencia al oponernos a la investidura de Rajoy, sino que nos depararon dos derrotas, eso sí, históricas en ambos territorios. Después de las cuales, y sin anunciar cuál era su propuesta para desbloquear el funcionamiento de nuestras instituciones, en un momento en el que estábamos en tiempo de descuento para unas terceras elecciones, decidió convocar un congreso en tres semanas.

 

Como vivimos en tiempos de posverdad, conviene recordar a quienes dicen que la convocatoria del Congreso del PSOE se hizo a raíz de la dimisión de la mitad más uno de los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal, que esta se produjo el 28 de septiembre, y la convocatoria del Congreso el 26. De modo que no se convocó el Congreso porque hubiera dimitido la Ejecutiva, sino que la Ejecutiva dimitió, entre otras cosas, porque el secretario general, en lugar de afrontar la decisión de ir a terceras elecciones y mantener bloqueadas las instituciones o abstenernos, decidió convocar el proceso para su reelección. Antes de perder la votación en el Comité Federal, el secretario general ya había perdido el liderazgo. Es decir, en lugar de ejercer el liderazgo señalando el camino a los socialistas, quiso garantizarse su reelección sin explicarnos qué quería hacer con el partido y con el país.

 

Sin secretario general y sin ejecutiva, el Comité Federal debió hacerse cargo de la responsabilidad que el dimitido secretario general no había querido ejercer, y decidió, previa deliberación y votación democrática, no mantener el bloqueo de las instituciones de nuestra democracia con un gobierno en funciones, y por tanto incontrolable, hasta que el sistema reventara, como quieren los líderes de Podemos, o hasta que el PP tuviera mayoría suficiente, como parecía probable viendo los resultados de las elecciones gallegas y vascas. Fue duro abstenerse, y permitir que Rajoy formara gobierno en minoría, pero no más duro que ir a terceras elecciones para que todo siguiera igual hasta las cuartas, o para que Rajoy formara gobierno con una mayoría absoluta en alianza con Ciudadanos. Quienes nos abstuvimos teníamos ese escenario en la cabeza, no quisimos hacer con España lo que Podemos hizo con nosotros. Hicimos lo que hemos hecho siempre los socialistas, apostar por mejorar la vida de la gente con lo que tenemos, en lugar de esperar a que la desesperación de nuestra sociedad nos abra las puertas del cambio revolucionario.

 

Si como quiere nuestro ex secretario general, y ahora candidato, una parte de los socialistas llama traición a asumir la responsabilidad que él no supo o no quiso ejercer, es posible que, hablando mal del PSOE, él gane las primarias, pero también es muy probable que la gente lo crea y no vuelva a votar al PSOE.

Publicado en Eldiario.es el 12 de mayo de 2017

 

 

 

 

 

 

Cocinando cocineros 

7 mayo, 2017

Lo malo de lo malo es que siempre se presenta bajo formas nuevas. Pasa con el virus de la gripe cada año, pero también con el virus de algunas pestes políticas. Estoy seguro de que incluso políticos como Trump, por ejemplo, serían capaces de distinguir el peligro para la libertad al ver a un político vestido con una camisa de color pardo y correajes. Sin embargo, esos mismos políticos, no son capaces de apreciar ese mismo peligro cuando se miran al espejo.

 

El problema es que no estamos preparados para las nuevas formas de autoritarismo. Vemos la película de Haneke “La cinta blanca” y entendemos las posibles razones del auge del nazismo, pero eso es fácil. ¿Cómo no reconocer el nazismo, el fascismo o el stalinismo a estas alturas? La cuestión es si somos capaces de reconocer esas otras nuevas formas de autoritarismo que, de manera sutil, se cuelan en nuestro pensamiento como parte de la normalidad. Estos días se ha producido un gran escándalo con las declaraciones de un famoso cocinero en las que, al parecer, defendía como algo normal que los becarios de los mejores restaurantes no cobraran por su trabajo. Sin embargo, poca gente ha apreciado que la forma que tiene el prestigiosos cocinero de dirigirse a los concursantes del programa de televisión en el que participa es bastante discutible.

 

Resulta que el triunfo del neoliberalismo tiene de todo menos de triunfo de la libertad. Hay gente protesta porque no le pagan, pero acepta que la sometan. Se ve mal que te exploten, pero se ve normal que tus jefes te pierdan el respeto y actúen como tiranos. Y es que la libertad tiene más enemigos que el hambre, aunque sólo sea porque los tiranos y los explotadores necesitan que quienes les sirven no se mueran de inanición. Así que, para demasiada gente, si tu jefe de maltrata, es lo lógico, y hasta les debe de resultar divertido verlo por la televisión. Ya se sabe que, para algunos, la letra con el palo, o con el grito y el insulto, entra. Eso sí, si te grita y no te paga, entonces es un escándalo.

 

Aceptar que te maltraten suele ser el primer puerto en el viaje a que no te paguen. Si te quitan la libertad, si te pierden el respeto, te podrán quitar todo lo demás a capricho. Cuando una sociedad se divierte viendo como humillan a alguien en el mundo bidimensional de la televisión, aunque no lo sepa, está alentando que, tarde o temprano, esas mismas formas irrespetuosas, u otras peores, ocurran en el mundo tridimensional de la vida. El psicólogo y premio Nobel de Economía Daniel Kahneman les demostró a los oficiales de la fuerza aérea de su país que se dedicaban a la formación de nuevos pilotos, y que también les echaban unas broncas fenomenales, que las recompensas son más educativas que las broncas. Sin embargo, después de una monumental bronca a los participantes en el concurso televisivo de cocina, decía una crónica periodística, los concursantes mejoraron. Por desgracia, no es a cocinar a lo único que les enseñan en la televisión, sino a aceptar una forma autoritaria de autoridad. La tele es una gran educadora, pero no siempre buena.

Publicado el en los diarios SUR y El Correo el 7 de mayo de 2017