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La victoria de Karl Rove  

17 junio, 2018

Todavía puedo verla caminar hacia mí, por la malagueña calle Puerta de Buenaventura, con esa belleza rotunda tan suya, con la risa a punto de estallarle en la boca, porque me ha sorprendido, completamente absorto, ajeno al mundo, ante el escaparate de la librería Proteo, mirando con ojos golosos un libro, editado en dos volúmenes, guardados en una caja de cartón en cuyo lomo había una foto en blanco y negro de Jorge Luis Borges, bajo la cual ponía “Prosa completa”. Entonces yo pasaba hambre de libros, ya no me avergüenza reconocerlo, en todo caso, como me dijo una vez José María González García, mi profesor de Sociología de primero: “que se avergüence el amo”. Sí, en aquellas navidades de 1980 todavía la sombra del amo, muerto en 1975, nos obligaba a elegir entre lo necesario y el lujo, y Borges era el lujo.

Mi madre me preguntó: “¿te hace falta para la carrera?”. Dudé. ¿Borges para Sociología? ¿Por qué no? me decía interiormente ¿Pero para qué asignatura?, pensaba deprisa, y el sociólogo francés Pierre Bourdieu contestaba dentro de mi cabeza: “para todas, la cultura te distingue, y los profesores no evalúan solo tus conocimientos, sino tu ‘habitus’ de clase, y eso es el estilo literario, lo importante no es solo lo que digas, sino cómo lo digas”. Mientras Bourdieu me hablaba, mi madre esperaba una respuesta. Vale, Bourdieu tiene razón, pero cuando le dije a mi madre: “sí, me hace falta para la carrera”, sentí que le estaba mintiendo. Y entramos en Proteo y me compró aquel libro, mil doscientas pesetas. Aquí lo tengo, a mi lado. Un día, hace unos meses, mientras paseaba con ella, no pude más y se lo conté: “madre, creo que te mentí, pero no estoy seguro”, estalló en una carcajada, y luego me preguntó: “de qué se murió papá”.

En el segundo volumen de ese libro hay un cuento, titulado Deutsches Requiem, que pertenece al Aleph, y en el que hace casi cuarenta años subrayé, en la página 68, algo que dice un oficial nazi horas antes de ser ejecutado por crímenes de guerra, una frase que me golpea desde hace tiempo:

“Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. ¿Qué importa que Inglaterra sea el martillo y nosotros el yunque? Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas. Si la victoria y la injusticia y la felicidad no son para Alemania, que sean para otras naciones. Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno”.

Karl Rove, el que fuera jefe del gabinete del presidente Bush, impulsó, entre otros, una forma de hacer política en la que, desde las medias verdades hasta las mentiras completas, todo vale. Una forma de hacer política en la que, cotidianamente, la prensa, los adversarios políticos, desatan verdaderas “shit storms” sobre cualquiera que parezca vulnerable, da igual si ha cometido un crimen o se ha quedado dormido en el escaño. En el espacio público cada día aparecen más voluntarios para empuñar el martillo, pero lo que es seguro es que, tarde o temprano, todos seremos el yunque.

Publicado en el Diario Sur el 17 de junio de 2018

Estilos de liderazgo

10 junio, 2018

La semana que viene se presenta al público un libro del historiador británico Archie Brown titulado: “El mito del líder fuerte: el liderazgo político en la era moderna”. Un libro, por cierto, cuya publicación en nuestro país se debe al empeño de Andrés Vicente Gómez, uno de nuestros más prominentes productores de cine, y de Rafael Escuredo, el ex presidente de la Junta de Andalucía, cuyo liderazgo cambió la historia, no solo de Andalucía, sino de todo nuestro Estado Autonómico. Y, aunque el libro habla de líderes políticos, sus enseñanzas se pueden extender a cualquier otro tipo de liderazgo, incluido el empresarial o el profesional. Porque el liderazgo es un fenómeno transversal a muchas actividades humanas, y las ideas de liderazgo, fuerte o débil, carismático o burocrático, innovador o rutinario, reformista o revolucionario, pueden aplicarse lo mismo a la directora de un hospital que al capitán de un equipo de fútbol infantil, o a un cabo del ejército.

Del término fuerte, tal como lo usa Brown, podría afirmarse lo mismo que decía Tony Judt cuando distinguía entre la concepción antigua y moderna del término duro. Los antiguos reservaban el término duro para quienes son capaces de soportar el dolor, en tanto que hoy en día, duro es el quien es capaz de producírselo a los demás. Se puede ser un líder fuerte a la manera de Rafael Escuredo, esto es, haciendo una huelga de hambre para conseguir la igualdad entre todas las autonomías, y se puede ser un líder fuerte a la manera de Donald Trump, capaz de soportar el hambre de los demás sin que se le mueva el tupé. Obviamente cuando Archie Brown usa el término fuerte para referirse al liderazgo está pensando en gente como Trump.

El texto de Brown milita claramente contra el prejuicio a favor del liderazgo fuerte: “existen muchas cualidades deseables en un líder político que deberían tener más peso que el criterio de la fortaleza, más adecuado quizá para juzgar a un profesional de la halterofilia”. Y entre esas cualidades cita el historiador inglés: “la inteligencia, la integridad, la elocuencia, el compañerismo, la capacidad de juicio, la curiosidad, la capacidad de defender puntos de vista diferentes, la capacidad de absorber información, la flexibilidad, la buena memoria, el valor, la visión de futuro, la empatía o una energía ilimitada”. Ya ve, la amable lectora, o lector, que la fuerza es una variable demasiado limitada para gobernar en un mundo tan complejo como el nuestro. A todas esas virtudes añade, por si fueran pocas, la modestia, aunque, a estas alturas, nuestro autor, piensa que quizá eso ya sea “picar demasiado alto”.

En fin, un panorama mucho más rico que la idea tan extendida del líder amo, o del pueblo amo, igual de impropias para una democracia. No estaría mal que la nueva hornada de candidatos a las miles de alcaldías de nuestro país, además de a otras responsabilidades más altas, leyeran esta aguda reflexión sobre el liderazgo, que es además un excelente compendio de biografías de líderes de todo el mundo entre los que se encuentra el español Adolfo Suárez.

Publicado en el Diario SUR el 10 de junio de 2018

Hacer de la necesidad virtud

3 junio, 2018

Para unos, sin duda, habrá sido un trago amargo, para otros dulce, pero estoy seguro de que para nadie va a ser fácil digerir lo que ha ocurrido esta semana en el Congreso.  De modo que, o todos hacemos un esfuerzo, o la política y la sociedad españolas seguirán estragadas. Lo que puede ser un consuelo para quienes se sientan frustrados por los acontecimientos, pero sólo será un consuelo triste, y se podría decir que mezquino.

Por eso lo mejor es que cada una de las fuerzas políticas, y de sus líderes, acepte el carácter transitorio de su situación, que es algo que suele ayudar a mantener la dignidad en la adversidad. Y también en la fortuna, porque saber que más temprano que tarde estarás en el lugar del otro, ayuda bastante a moderarte tanto en el ejercicio del poder como en la oposición.

Mi maestro Julio Carabaña, que ha investigado en nuestro país el fenómeno de la movilidad social, con tanto rigor y profundidad como el que más, si no el que más, encontró que los mejores modelos sociológicos del ascenso y descenso social consiguen explicar el cincuenta por ciento del mismo, y que el resto se debe al azar. Eso también debería ser un consuelo y una advertencia, no todo lo que logramos, o perdemos, es por culpa nuestra, hay imponderables que no caben en ninguna ecuación más que como buena o mala suerte. Nietzsche recomendaba que estuviéramos a la altura de nuestro azar. Me parece una figura elegante: estar a la altura del azar que nos ha tocado y no tratar de convertir la buena fortuna en un inmerecido mérito, ni la mala en un demérito del que avergonzarse.

Sería bueno que el PP no se engañara, ni se dejara engañar, porque como les dijo el candidato socialista, y hoy presidente del Gobierno, el señor Sánchez, no son un partido corrupto. Ningún partido en nuestro país lo es, aunque ninguno está libre de que, en el momento y el lugar más insospechados, les surja un caso de corrupción. Nadie. Pero es verdad que aquellos sms del presidente Rajoy al tesorero de su partido diciéndole, “Luis sé fuerte” y sobre todo aquel otro en el que le decía “hacemos lo que podemos”, que conocimos en julio de 2013, le produjo una herida al presidente del Gobierno que lo hubiera obligado a dimitir en cualquier democracia avanzada, pero que el señor Rajoy taponó con su mayoría absoluta hasta que la infección se extendió primero a su partido, y luego por todo el sistema político hasta hacerlo reventar.

Si la democracia es, al mismo tiempo, un poder y un contrapoder, desde 2013 en nuestro país ha sido, sobre todo, un contrapoder: la reacción de una buena parte de la sociedad a la impunidad de un poder elegido democráticamente. Desde entonces nuestro sistema político ha tratado de expulsar, con fuertes convulsiones, aquellos sms. Ya lo ha hecho. Ahora necesitamos que la democracia vuelva a ser un poder, capaz de unirnos a todos en la tarea de resolver los problemas de nuestra sociedad. Porque a lo único que la sociedad española debe temer en este momento es a la parálisis política en la que estábamos instalados.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 3 de junio de 2018

Casilla de salida

28 mayo, 2018

Es común que en el Pleno del debate de Presupuestos no se haga un receso para almorzar, así que de manera más o menos escalonada, yo diría que nada escalonada, al terminar la larga votación del medio día del miércoles, nos fuimos casi todos los diputados y, obviamente, las diputadas, a comer algo en la cafetería del Congreso o en los restaurantes de los alrededores. A esa hora ya era evidente que el Gobierno había conseguido sacar adelante, con el apoyo del PNV, los presupuestos de 2018, lo que nos hacía reflexionar a mis compañeros y a mí sobre el carácter tan azaroso e imprevisible de la política.

Mientras almorzábamos, repasábamos las últimas semanas y comentábamos cómo, de un día para otro, la situación de los partidos y sus líderes cambiaba de manera tan abrupta como insospechada. Hace tan solo tres semanas, nos decíamos, el PP estaba hundido, como consecuencia del escándalo de la Comunidad de Madrid, y hoy se acaban de asegurar dos años más de legislatura. Hace dos semanas, comentábamos, Podemos aparecía en algunas encuestas por delante del PSOE, y de pronto, como consecuencia de algo tan insospechado como que sus dos máximos dirigentes se compraran un chalé, ahora tenían una crisis de credibilidad política que los podía llevar, incluso, a tener que abandonar la dirección de su partido. Hasta el domingo pasado Ciudadanos parecía haber sido tocado por los dioses, proseguíamos, hasta que, un discurso de su líder, inspirado en otro del presidente Obama, evocó, de manera tan insospechada como sospechosa, al de José Antonio Primo de Rivera en el Teatro de la Comedia, allá por 1933. Con lo que, de pronto, se había cortado el flujo de simpatías de ciertos sectores de centro izquierda hacia ese partido, que ahora parecía escorarse más hacia el nacionalismo español más exacerbado, que hacia el aseado centro tecnocrático con el que había amagado.

Después de comer volvimos al Hemiciclo a escuchar las intervenciones que quedaban, que se prolongaron más de lo previsto y, mientras algunos amigos veían impotentes como partían sus aviones, votábamos, cada diez segundos, cada una de las decenas de enmiendas, con una ventaja de seis o siete votos para el Gobierno en cada ocasión. Al terminar la última votación, los diputados del PP se levantaron aplaudiendo al ministro Montoro al grito de “¡sí se puede!, ¡sí se puede!”, sin que, por ello, nadie los confundiera con un círculo de Podemos. El miércoles por la noche, los miembros del Gobierno y de su partido, estaban eufóricos.

El jueves por la  mañana la rueda de la fortuna política volvió a girar, y conocimos la sentencia del caso Gürtel. Después de un inmenso destrozo a nuestra democracia, el presidente Rajoy se encuentra en la misma casilla en la que estaba el 1 de agosto de 2013, cuando debió dimitir, y no lo hizo, a raíz del escándalo de los papeles de Bárcenas.

Decía Maquiavelo que la política es fortuna y virtud. En la España de nuestro tiempo la rueda de la fortuna política, ya lo vemos, gira a velocidad de vértigo.

Publicado en el diario SUR el 27 de mayo de 2018

Extraña mente

20 mayo, 2018

Si algo se le puede pedir a un gobernante es que conozca la sociedad que va a gobernar. No es fácil, porque todos, gobernantes y gobernados, tendemos a confundir el mundo con nuestro mundo. Cuando una sociedad está muy fragmentada en clases, o comunidades lingüísticas, o religiosas, todos solemos tener un ángulo ciego por el que se nos escapa buena parte de la realidad social, y que la sociología ayuda a corregir.

Se critica al nuevo president de la Generalitat, el señor Torra, por haber escrito, referidas a quienes llegaron a Cataluña procedentes de otras regiones de España, cosas como esta: “Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O un pequeño bache en su cadena de ADN. ¡Pobres individuos! Viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia. Se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán. Les crea urticaria. Les rebota todo lo que no sea español y en castellano”.

Lo cierto es que, más allá del muy merecido reproche intelectual, moral y político que se le hace al señor Torra, también conviene señalar su preocupante desconocimiento de la realidad social catalana. En la última encuesta del Centre d´ Estudis d´ Opinió, al igual que todas las anteriores, hay dos preguntas que, si se cruzan, dan unos resultados que deberían hacer pensar al nuevo president de la Generalitat. La primera es “¿Cuántos abuelos nacidos en Cataluña tiene usted?”. La segunda es una escala sobre el sentimiento de pertenencia, en la que se les pide a las personas entrevistadas que elijan la posición que mejor refleja sus sentimientos de identidad territorial: “1) Solo española; 2) Más española que catalana; 3) Tan española como catalana; 4) Más catalana que española; y 5) Solo catalana”.

El 48% de las personas cuyos cuatro abuelos nacieron fuera de Cataluña declaran que se sienten tan catalanas como españolas, una posición que solo comparte el 10% de las personas cuyos cuatro abuelos nacieron en Cataluña. Es más, cuando se les pide que se sitúen en esta escala a quienes tienen sus cuatro abuelos nacidos en Cataluña, el 58% declaran que sienten exclusivamente catalanes, sin mezcla española. Y cuando se les hace la misma petición a aquellos cuyos cuatro abuelos han nacido fuera de Cataluña, solo el 9% contestan que se sienten exclusivamente españoles.

Por otra parte, cuando se les pregunta en qué idioma quieren hacer la entrevista, un 25% de los entrevistados cuyos cuatro abuelos nacieron fuera de Cataluña elige que le hagan la entrevista en catalán. Por el contrario, solo el 9% de quienes tienen los cuatro abuelos catalanes pide que se la hagan en castellano. De modo que si alguien muestra un carácter más impermeable a la identidad de los otros, a su cultura y a su lengua, no son los nietos de quienes llegaron, sino algunos nietos de quienes ya estaban. La realidad social catalana es justo al revés de como la ve el hombre que va a gobernarla.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 20 de mayo de 2018

La rompí porque era mía

13 mayo, 2018

El pasado jueves, después de conocerse la decisión del ex presidente Puigdemont, sobre su candidato a presidir el gobierno de la Generalitat llamé a mis amigos catalanes para que me dieran su opinión sobre el señor Quim Torra. Mis amigos catalanes, conviene decirlo, son casi todos del PSC y, en general, se mostraron muy decepcionados. Luego la prensa publicó el rastro de xenofobia que el señor Torra ha ido dejando en las redes sociales durante estos últimos años y entendí perfectamente las razones de su decepción. Salvo sorpresa, que siempre las hay, la apuesta evidente del señor Puigdemont es profundizar en la división de la sociedad catalana y avanzar hacia un conflicto cuyas últimas consecuencias  nadie puede prever, pero que los socialistas hemos intentado prevenir durante muchos años.

Hace unos días el profesor Oriol Bartomeus escribía un interesante y acertado artículo en el que constataba el aumento de la correlación entre lengua y voto en Cataluña, quienes hablan habitualmente en catalán se agrupan en torno a los partidos secesionistas y quienes lo hacen en castellano se agrupan en torno a los partidos no secesionistas. Dice Bartomeus, y no le falta razón, que cualquier sociedad está hecha del ensamblaje de muchos retales, formados por comunidades humanas heterogéneas, que han sido unidos sin que generalmente se hayan fusionado del todo, de modo que se notan las costuras. Esas costuras son unas veces la religión, otras el color de la piel, el origen territorial, la lengua. En fin, como diría mi maestro Paramio, los humanos tenéis mucho donde elegir para diferenciaros unos de otros.

Tras intentar, durante décadas, construir un solo pueblo, las tensiones actuales muestran algo que muchos nos habíamos querido negar: la existencia de dos comunidades lingüísticas en Cataluña. Es verdad que se trata de una sociedad bilingüe. Según la última encuesta postelectoral del CIS en Cataluña, un 83% de las personas entrevistadas declaraban poder hablar el catalán con fluidez y un 99% decían entenderlo. Sin embargo, según la última encuesta del Centre d´ Estudis d´ Opinió (CEO), que es el CIS catalán, y que acaba de publicarse la semana pasada, cuando se les pregunta a los entrevistados cuál es la lengua que consideran propia, y un 45% dice que el castellano, un 42% dice que el catalán y un 12% dice que las dos.

En julio de 2006, el CEO preguntaba por la valoración del presidente Maragall, y lo aprobaba el 73% de la población, sin diferencia alguna por la lengua, y lo mismo ocurría, en aquel momento, con Artur Mas. En abril de 2018, la diferencia en la aprobación de Puigdemont entre las dos comunidades lingüísticas es de más de cincuenta puntos porcentuales, y de más de cuarenta puntos en el caso de Arrimadas. En 2006 el presidente de la Generalitat era el presidente de un solo pueblo con dos comunidades lingüísticas. Entonces algunos no supieron ni comprenderlo, ni valorarlo, y decidieron romper ese pueblo en dos comunidades nacionales. Esa estrategia ya se ha vuelto contra quienes la promovieron, pero por desgracia no solo contra ellos.

Publicado en el Diario SUR el 13 de mayo de 2018

Infames por un día

6 mayo, 2018

Hace años, muchos si lo pienso, allá por finales de los noventa, se estrenó una película, protagonizada por Denzel Washington, que contaba la historia de un ángel caído que se apoderaba de los cuerpos de las personas para cometer sus crímenes. La dificultad que tenía el policía para detener al demonio estribaba en la facilidad que tenía este para pasar de un cuerpo a otro.

Lo cierto es que, en los últimos tiempos ocurre que, en cuestión de horas y sin que importe mucho la gravedad del asunto, de repente una cadena de personas se van volviendo, una a una, objeto de las iras de todo el mundo, y después de haber recibido las atenciones de tertulianos, columnistas, políticos, monjas de clausura, comunidades veganas, asociaciones de vecinos, cofradías, redes sociales, o asociaciones deportivas, de esas personas solo quedan los huesos, mondos y lirondos, como aquellos que encontraba Charlton Heston después de que hubiera pasado la marabunta.

Así las cosas, lo más sensato es atrincherarse en casa y no salir para nada, como hacían los nobles medievales cuando la peste asolaba el mundo. Estás apedreando tranquilamente, en mitad de la multitud, a un chivo expiatorio y, de pronto, la gente te mira. Y ya solo puedes esperar que tu final sea rápido.

Y aunque lo mejor es no apuntarse a apedrear a nadie, eso no te garantiza nada. Hace poco publicaron que una compañera diputada había añadido una titulación nueva a su currículum. Cosa que hizo legítimamente tras aprobar las pocas asignatura que le faltaban. No obstante le dieron la del pulpo. Por supuesto quienes la atacaron gratuitamente ya lo habrán olvidado. Los seres humanos tenemos memoria de pez para el daño que hacemos y memoria de elefante para el daño que nos hacen.

Es verdad que si no te metes en política no es fácil que te conviertan en el blanco de las iras populares, pero eso puede cambiar deprisa. El Ministerio de Hacienda quiere publicar las listas de los funcionarios absentistas. No les basta con apercibimentos y sanciones, necesitan el linchamiento. De modo que, algunos empleados públicos, mientras hacen tiempo para fichar la salida del trabajo, podrán poner a parir en Facebook, Twitter o Instagram, a los compañeros que aparezcan en la lista de absentistas. Naturalmente, el siguiente paso, ya lo habrá adivinado la amable lectora, o lector, es que Internet, que todo lo sabe, facilite los accesos a las redes sociales de los trabajadores públicos durante su horario de trabajo. Al fin y al cabo, como se argumenta para los políticos, también su sueldo lo pagamos todos. Y seguro que pronto se encontrará una buena razón para extender el derecho a un minucioso escrutinio público de las vidas de todo el mundo. Bienvenidos al juego.

En los últimos años ha hecho fortuna un libro del escritor israelí Yuval Noah Harari, titulado ‘Sapiens’, donde explica que una razón de la fenomenal evolución de la especie humana es su capacidad para el cotilleo. Ahora ha escrito otro en el que sostiene que en un par de siglos seremos como dioses, y desde luego, si es por cotillear, seguro que lo logramos.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 6 de mayo de 2018.