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Parpadeos

18 junio, 2017

A Maribel Martínez Marín

y a Carlos Martínez Orgado,

que supieron decir lo esencial a tiempo.

 

En la tribuna del Congreso hay una luz que empieza a parpadear cuando se te acaba el tiempo del que disponías para intervenir. A diferencia de lo que ocurre con las intervenciones parlamentarias, en la vida no sabemos con precisión cuánto tiempo nos queda, pero, a partir de cierta edad, como ocurre con la luz que hay en la tribuna, la vida te hace un parpadeo.

 

A los veinte años eres inmortal, la muerte no te toca, va con los abuelos, pero los abuelos no son como tú. Es como si fueran de otra raza, incluso de otra especie, de una especie mortal. Te entristece su muerte, pero los abuelos son de otro tiempo, piensas que han vuelto a ese tiempo, con sus colegas. Un tiempo que ya pasó, un tiempo lejano, que ya no está. Por el contrario tu tiempo está aquí, lo puedes sentir, puedes percibir sus colores, brillantes, nuevecitos. Incluso, cuando en esa primera juventud pierdes a un amigo de tu edad, más allá del dolor de la pérdida, más allá del impresionante dolor de sus padres, y del reflejo de ese dolor en el abrazo que te dan los tuyos, sientes que la muerte no va contigo.

 

Al paso de los años, de pronto, un día, sin saber por qué, te das cuenta de que en el camino perdiste el don de la inmortalidad. Algo hiciste, algo pasó, pero un día notas el parpadeo ese de la vida, que se parece al de la luz que hay en la tribuna de oradores del Congreso. Esa señal puede ser la llamada de un íntimo amigo al que le han diagnosticado un cáncer, o la muerte de una amiga de juventud, que apenas había cumplido los cincuenta. Lo cierto es que te das cuenta de que has perdido la inmortalidad. Hubo un tiempo en el que pensaba que la gente se muere porque se olvida de que es inmortal, en ocasiones todavía lo pienso. Pero no, es todo lo contrario. Nos morimos porque somos de la misma raza que nuestros abuelos, lo que ocurre es que nos olvidamos constantemente de que somos una especie mortal.

 

Cuando en el Congreso ves que la luz parpadea sabes que ya estás en manos de la benevolencia de la Presidencia, y que en un instante te puede quitar la palabra. Entonces es el momento de aprovechar el tiempo, de decir lo más importante que tenías que decir, de saber distinguir entre lo esencial y lo accesorio, porque todo tu discurso puede echarse a perder si le falta la clave de bóveda, esa frase que pones al final y le da sentido a todo lo que has dicho.

 

En la vida pasa igual, cuando ves el parpadeo que te avisa de que estás en manos de la benevolencia de Dios, del azar, del destino, o como sea que se llame, debes darte prisa en decir y hacer lo importante. En la tribuna unos ruegan más tiempo o discuten con la Presidencia, y así estropean su discurso, otros gesticulan con el micro cortado tratando de decirlo todo, sin que ya nadie pueda oír nada, y otros pelean consigo mismos para renunciar a decir todo con tal de decir lo esencial. Al final todos nos tenemos que bajar de la tribuna, es verdad, pero sólo los que luchan contra sí mismos, escuchan aplausos verdaderamente sentidos.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 18 de junio de 2017

Hic Rhodus, hic salta

11 junio, 2017

 

Los griegos son un filón. Pensemos en Procusto, que ofrecía posada a los viajeros y, cuando estaban durmiendo, los amordazaba y los ataba para ver si alguna parte de su cuerpo sobresalía de la cama, con objeto de serrarles las partes sobrantes hasta hacer coincidir la longitud de la cama y del viajero. Si, en lugar de sobresalir, eran más pequeños que el lecho, entonces los estiraba, descoyuntándolos, hasta que tenían la misma longitud que la cama. Obviamente ninguno viajero estaba en condiciones de levantarse a la mañana siguiente. Los científicos hablan del lecho de Procusto para referirse a quienes torturan a los datos para hacerlos encajar en sus teorías.

 

Una teoría muy querida por una incierta izquierda, es que el sufrimiento produce automáticamente, en los explotados y dominados, un despertar de la conciencia sobre sus verdaderos intereses. De modo que algunas almas cándidas pensaron que si, cuando la izquierda recortó quince mil millones de euros en la IX legislatura, la derecha obtuvo 187 escaños en 2011, dado que luego la derecha recortó más de cien mil millones de euros en la X legislatura, por una sencilla regla de tres, la izquierda debería haber obtenido ¡1.246 escaños! en 2015. Lo que hubiera sido un éxito extraordinario, teniendo en cuenta que el Congreso sólo tiene 350 escaños en total. Por desgracia, en 2015, la suma de los escaños del PSOE, Podemos e IU, fue de 161 diputados, frente a los 162 que sumaban PP y Ciudadanos. Seis meses después, en junio de 2016 la izquierda obtuvo 156 diputados, y la derecha 169. Si a los escaños del PP y Ciudadanos añadimos el de Coalición Canaria y los de Convergencia, entonces la derecha suma 178 escaños, dos más que la mayoría absoluta. Las políticas del PP incrementaron más el sufrimiento de la gente que el voto a la izquierda.

 

Como Procusto, hay quienes insisten en que, si estiramos los escaños de la izquierda hasta descoyuntarla, se puede formar un gobierno de izquierdas en España. Cada vez que salen datos nuevos sobre un caso de corrupción ya conocido, crece la teoría de la izquierda ganó las elecciones, pero los escaños permanecen tercamente estables. Los escaños dan para un gobierno de centro izquierda, limpio de corrupción, como el que intentó el PSOE en marzo de 2016 con Ciudadanos, pero no para un gobierno de izquierdas con el señor Iglesias de vicepresidente.

 

A Marx le gustaba citar la fábula de Esopo en la que un hombre decía que en Rodas dio un prodigioso salto de un pie al otro del famoso coloso. La gente le dijo: “Hic Rhodus, hic salta”. Aquí está Rodas, salta aquí. Ganando la moción de censura del próximo martes, el líder de Podemos tendrá la oportunidad de dar un prodigioso salto desde el Congreso a la Moncloa, demostrando así que en junio de 2016 la izquierda ganó las elecciones. Claro que, si falla, le queda el recurso de descoyuntar moralmente a los socialistas. Dirán cualquier cosa antes de aceptar que el dolor que las políticas de la derecha infligieron a la gente trajo, además, la derrota de la izquierda.

Publicado en el diario SUR el 11 de junio de 2017

De suposiciones y presupuestos

4 junio, 2017

 Esta semana el Gobierno del presidente Rajoy ha conseguido aprobar los Presupuestos Generales del Estado para el presente año de 2017. Como los votos del PP y sus convergencias no son suficientes, el Gobierno ha debido recabar los cinco votos del PNV y el voto del diputado de Nueva Canarias. Y como el diablo mata moscas con el rabo cuando no tiene nada que hacer, se ha extendido, a partir de este resultado, la tesis de que la abstención del PSOE el pasado 29 de octubre no era necesaria para evitar unas terceras elecciones.

 

Quienes hacen esa afirmación están haciendo también, quizá inconscientemente, una concesión a quienes nos abstuvimos: que evitar unas terceras elecciones era un objetivo valioso. Aunque sólo fuera porque era una forma de evitar unas cuartas o quintas elecciones consecutivas, y sus posibles consecuencias para nuestro sistema político. La cuestión ahora es, por tanto, si, a partir de los resultados de la votación de los presupuestos, se puede sostener que el PNV y el diputado de Nueva Canarias hubieran votado favorablemente la investidura del presidente Rajoy en octubre.

 

Lo cierto es que, esta misma semana, el mismo diputado nacionalista canario que ha votado los presupuestos del gobierno Rajoy ha dicho también que votará a favor de cualquier moción de censura que se presente contra Rajoy. Es evidente que, para él, y no sólo para él, no es lo mismo facilitar el acceso al gobierno a un partido que aspira a gobernar, que facilitar la aprobación de unos presupuestos a un partido que ya está gobernando.

 

¿Por qué el PNV no apoyó al Gobierno en octubre de 2016 y nos evitó a los socialistas pasar por el trago de la abstención? He podido comprobar que algunas de las personas con las que he hablado estos días no recordaban que, tras la investidura fallida del señor Rajoy el 2 de septiembre de 2016, se celebraban las elecciones autonómicas en Euskadi, concretamente el 25 de septiembre y que la investidura del lehendakari Urkullu se demoró hasta el 24 de noviembre. ¿Se imagina el amable lector, o lectora, al PNV diciendo, en plena campaña autonómica, que apoyaría la investidura de Rajoy? Obviamente no es imaginable. Ni siquiera era imaginable en aquél momento que el PNV hubiera dicho que meses más tarde apoyaría los PGE a cambio de importantes contrapartidas. Los mismos ciudadanos y ciudadanas de Euskadi que ahora valoran favorablemente el apoyo del PNV a los presupuestos, hubieran penalizado entonces a los nacionalistas vascos por insinuar que lo harían.

 

Probablemente para buena parte de los nacionalistas la relación con España sean sólo negocios, puro utilitarismo de Barrio Sésamo: “me conviene, no me conviene”. Nunca van a sacrificar nada por los intereses generales de los españoles, por eso no era posible que en octubre hicieran lo que sí han hecho ahora. Es verdad que, en ocasiones, que te ayuden, aunque sea por interés, es preferible a que te dejen caer por amor, como quiso hacer el PP con España en mayo de 2010, cuando el presidente Rodríguez Zapatero trataba de evitar, y evitaba, que nos intervinieran.

Publicado en el diario SUR el 4 de junio de 2017

Sin perdón

28 mayo, 2017

En La rendición de Breda, Velázquez recoge el momento en el que el general Spinola, jefe de las fuerzas españolas, evita que el general holandés Nassau se humille ante él, impidiéndole arrodillarse. Se ve que antaño un gesto caballeroso como ese tenía un valor político en nuestro país. Hogaño no podemos estar tan seguros. De hecho, acabadas las primarias en el PSOE, patrulla por Internet un cuerpo de voluntarios para ver si los vencidos aclaman con suficiente entusiasmo a los vencedores. No hay que alarmarse, no se trata de los temibles guardias de la revolución, que después de la misma, aparecen denunciando y encarcelando a los contrarrevolucionarios o, simplemente, a los tibios. En realidad no llegan ni a la altura de la vieja del visillo, ese personaje cotilla y mezquino que tan bien caricaturiza José Mota.
 

Hay una escena memorable de la película Gladiator en la que Quinto, el lugarteniente de Máximo Décimo Meridio, le dice a su jefe, refiriéndose a las tribus germánicas a las que van a enfrentarse, “hay que saber cuando se es conquistado”, a lo que el personaje encarnado por Russell Crowe responde “¿tú lo sabrías? ¿y yo?”. No hay un solo militante del PSOE que no haya aceptado la victoria de Pedro Sánchez el pasado domingo. Una de las cualidades de la democracia es que hace aceptable la derrota. No sólo por la justicia de la competición, sino por el carácter mismo de la derrota. A diferencia de lo que dice Clint Eastwood en Sin perdón, la derrota en democracia no te quita “todo lo que has tenido y todo lo que podrías tener”, sino que te permite albergar la esperanza de que en el futuro tus ideas podrán ser las que triunfen. Y eso, que vale para la democracia en el país, vale también para la democracia en el partido.

 

Sin embargo, la insistencia en que quienes hemos perdido demos muestras bien claras de que hemos aceptado nuestra derrota, o la exigencia de que los secretarios generales regionales pidan perdón a la militancia, refleja una cierta inseguridad sobre el significado de la victoria y la derrota. ¿En qué concepción de la democracia los derrotados deben pedir perdón? ¿tú lo harías? ¿y yo? Lo que está en disputa en el PSOE no es solo, ni principalmente, quién ha de ocupar la secretaría general, cuestión que ya ha quedado resuelta, sino el concepto de democracia interna. Dicho de otro modo, lo que está en disputa es el perímetro del poder del secretario general, no su nombre.

 

La victoria, en democracia, da el poder, no la razón. La derrota no puede convertirse en la exigencia de que abdiquemos de una concepción republicana y federal del poder interno. Por supuesto, todos estamos obligados a aceptar lo aprobado por la mayoría, pero no a renunciar a convertir nuestras ideas en mayoritarias. Para el socialismo, a diferencia de lo que ocurre en otras tradiciones de la izquierda, los principios que inspiran la democracia en el país son los mismos que inspiran la democracia en el partido. Lo que está en crisis en la socialdemocracia, es, precisamente, la democracia. En cómo mejorarla es en lo que tenemos que ponernos de acuerdo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 28 de mayo de 2017

Lo llamativo y lo importante 

21 mayo, 2017

Estos últimos días he estado haciendo campaña por diversas agrupaciones socialistas de distintos, y distantes, lugares de España. De vez en cuando, aunque no en demasiadas ocasiones, escucho intervenciones de compañeros que atribuyen mis opiniones a mi condición de diputado. Tú tienes esas opiniones porque eres diputado, me dicen, y yo les suelo responder, ¿y no se te ha ocurrido pensar que tú tienes las tuyas porque no eres diputado? Un veterano dirigente socialista solía decir, parafraseando a Karl Marx, que el sillón determina la conciencia. Lo que ocurre es que si el sillón determina la conciencia, la ausencia del sillón, o la añoranza del mismo, también la determinan. Al final ese tipo de argumentos no te ayudan a ganar ningún debate, todo lo más te permiten empatar con un juego poco elegante. Además, bien pensado, hay compañeros y compañeras con un cargo público que piensan de forma muy distinta unos de otros, como hay militantes de base de todas las opiniones.
 

Lo que ocurre es que el cerebro de los humanos es fruto de un proceso evolutivo regido por las leyes del azar y no un producto perfectamente diseñado por un grupo de ingenieros del MIT, y eso, al final, se nota. De modo que, vemos regular lo que pasa, e inferimos bastante peor de lo que vemos. Con cuatro casos mal evaluados somos capaces de construir una teoría sobre el Universo. Por ejemplo, tendemos a fijarnos en lo más llamativo antes que en lo más importante, lo que está en el origen de muchos accidentes de tráfico. Ciertos miembros de la alta dirigencia de Podemos son hijos de antiguos dirigentes socialistas, algunos de los cuales, además han girado bastante en las puertas giratorias. Lo que no saben es que el caso de sus padres es muy excepcional. La inmensa mayoría de los diputados y ministros socialistas que conozco, al terminar su periplo institucional, volvieron a sus puestos de origen, o peores. Lo llamativo, que no lo más frecuente, son los casos en los que la política produce un ascenso social.

 

Lo más frecuente, sin embargo, es que ser socialista, y más si te significas asumiendo una responsabilidad pública es que te ocurra lo contrario de lo que les ha pasado a algunos de los padres socialistas de los dirigentes de Podemos. Lo más frecuente es que ser hermano, hijo o, incluso, amigo, de un dirigente socialista te cause problemas. Cuando el presidente Aznar salió de Moncloa, sus colaboradores fueron fichados por importantes empresas de nuestro país. Cuando los presidentes socialistas Felipe González y Rodríguez Zapatero salieron de Moncloa, sus colaboradores no corrieron igual suerte que los del presidente Aznar. Para ellos, haber colaborado con gobiernos socialistas no fue una ventaja cuando pedían trabajo en una empresa, sino un problema. En fin, que los poderosos no te quieran si eres socialista es algo mucho más frecuente que lo contrario, pero mucho menos llamativo. Y es que, aunque a los dirigentes de Unidos Podemos les parezca imposible distinguir entre el PSOE o el PP, las élites del poder y del dinero lo hacen sin ningún problema.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 21 de mayo de 2017

Cultura política y liderazgo en el PSOE 

19 mayo, 2017

Últimamente escuchamos con cierta frecuencia hablar de quién tiene, o no, cultura política socialista. En realidad la cultura socialista no está establecida de una forma fija y acabada que, además, podamos definir fácilmente. Se trata, sin duda, de un concepto muy amplio, que abarca muchos aspectos de la vida del PSOE, que van desde los símbolos hasta la forma en que nos tratamos en nuestras reuniones. También forman parte de la cultura socialista las expectativas que tenemos sobre la relación entre los líderes y los militantes, o respecto a lo que podemos esperar legítimamente de un compañero.

 

Cuando escucho a algunos compañeros y compañeras decir que, una vez elegido un líder, todos tenemos que obedecerlo, me pregunto qué pensarían si alguien dijera lo mismo del presidente del Gobierno. Probablemente, nos dirían que la persona que hace esa afirmación no tiene cultura democrática, pero nos dirían también que un partido es distinto de un país. Quienes hacen esa distinción, puede que hasta sin saberlo, tienen una cultura leninista de la organización, pero no una cultura socialista. El PSOE tiene una cultura democrática no solo por obligación constitucional sino porque es la esencia de su proyecto político.

 

Por eso, no es fácil ser secretario general del PSOE, como no es fácil ningún liderazgo político en una democracia. Es verdad que los socialistas usamos coloquialmente los términos militante, militancia y militar, pero a lo que nos referimos con esas palabras es a una forma intensa de compromiso cívico. Somos una organización política, de ciudadanos, de militantes, pero no de militares. En el PSOE no se manda como en un cuartel, ni como en una empresa.

 

En efecto, no es fácil liderar al PSOE. Algunos jóvenes, y también algunos veteranos, con ambición por el liderazgo, sólo ven las luces del poder, los grandes aplausos de los que asisten a los mítines, los abrazos y el reconocimiento. De cerca, la realidad es otra. Durante los cuatro años que José Luis Rodríguez Zapatero fue el líder de la oposición, fui su jefe de gabinete. Un secretario general del PSOE, que no es presidente del gobierno, prácticamente solo tiene un instrumento para dirigir la organización: la persuasión. Realmente, como presidente del Gobierno de una democracia tampoco tiene muchos más. De modo que, o persuades y convences, o no lideras. Porque ni el PSOE es un partido de ordeno y mando, ni los socialistas somos dados a renunciar a pensar con nuestro propio cerebro. Así que, aunque algunos no lo recuerden, Rodríguez Zapatero era obedecido por los miembros de su ejecutiva, los secretarios de las federaciones, o los miembros del Comité Federal, cuando los convencía. Mientras tanto, tenía que aceptar las críticas que sufre el líder de cualquier institución democrática. Lo que hacía con su proverbial talante.

 

En cierta ocasión, Rodríguez Zapatero, ya siendo presidente del Gobierno, le expresó al secretario general de la federación de Madrid que sería bueno que renunciara a ser candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Como es sabido, Tomás Gómez le dijo que no. Hubo muchos compañeros y algunos creadores de opinión que se rasgaron las vestiduras: “¡¿cómo se atreve a decirle que no?!”. Todos leninistas, y la mayor parte sin saberlo. En mi caso, que era miembro de la ejecutiva de Rodríguez Zapatero, en lugar de escandalizarme por la supuesta desobediencia de Tomás Gómez, me puse de su parte. Y así se lo anuncié al presidente Rodríguez Zapatero, que me respondió que estaba en mi derecho, no solo de ponerme de parte del dirigente madrileño, sino, por supuesto, de ayudarle a ganar las primarias. Porque ese fue el método que Rodríguez Zapatero y Tomás Gómez acordaron para tomar la decisión.

 

Tomás Gómez y sus compañeros ganaron aquellas primarias. Y desde entonces no dejé de trabajar con él para ayudarle en su combate contra la derecha más tramposa y más tóxica de nuestro país. Fue un combate muy desigual. Hoy algunos ven más claro lo que entonces ya era evidente, las ramificaciones del poder de la derecha madrileña en la prensa y en la justicia. Un buen ejemplo de cómo actúa la derecha es lo que le sucedió a la secretaria de organización del PSM y ex alcadesa de Torrejón, condenada a inhabilitación para desempeñar cargo público por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid. Un año después de esa condena, fue absuelta por el Tribunal Supremo con todos los pronunciamientos favorables. Hoy, casi nadie recuerda que a la portavoz socialista en la Asamblea de Madrid la expulsó el presidente de la Asamblea, suspendiéndola de su condición de parlamentaria durante un mes, por denunciar la corrupción de Ignacio González. Casi nadie lo recuerda porque una parte de la prensa ocultaba la labor de oposición del PSOE en Madrid, y otra difundía las noticias falsas sobre Tomás Gómez que suministraba la derecha política, mediática y judicial madrileña.

 

Aunque ahora se presenta como el candidato de la militancia, lo cierto es que en el origen de cualquier trayectoria política siempre hay alguien que te presta un cierto capital político inicial. Tomás Gómez, junto con otros compañeros, le prestó ese capital inicial al último secretario general federal del PSOE y ahora de nuevo candidato. Y antes de que se lo prestara Tomás Gómez se lo prestaron desde Ferraz para ser concejal y diputado, porque lo cierto es que el último secretario general federal del PSOE, y ahora candidato, nunca tuvo muchos apoyos entre sus compañeros madrileños.

 

Una vez elegido, el último secretario general de los socialistas españoles sintió que los compañeros y compañeras no le obedecían como él había imaginado, es decir, comprobó que los socialistas esperan ser persuadidos en lugar de sometidos. De modo que puso en marcha una operación para reforzar su poder, o mejor dicho, la imagen de su poder. Cuenta Hannah Arendt en su libro La crisis de la República, hablando del desastre que fue la Guerra de Vietnam para los norteamericanos, que se puede hacer una guerra para ocupar un territorio, para ayudar a un amigo, pero que los norteamericanos habían hecho una guerra para producir una imagen, “algo nuevo en el gran arsenal de humanas locuras que registra la Historia”.

 

Para producir una imagen de autoridad, el último secretario general de los socialistas españoles, y ahora de nuevo candidato, aprovechó una campaña mediática auspiciada por Ignacio González para destituir al líder de los socialistas madrileños. Como en la leyenda de la Campana de Huesca, el último secretario general federal del PSOE, y ahora de nuevo candidato, quiso enviar un mensaje de intimidación a todos los secretarios generales de las federaciones cortando la cabeza política del líder madrileño. Tomás Gómez no era un barón, puesto que no había heredado el cargo de sus padres, sino que había sido elegido secretario general por sus compañeros de la federación socialista madrileña, una de las federaciones más numerosas del PSOE. El secretario general federal, y ahora de nuevo candidato, lo destituyó por un procedimiento sumario, sin ningún tipo de garantías jurídicas ni estatutarias. Lo hizo con un golpe, que algunos medios de comunicación calificaron de manera infame como un golpe de autoridad. La complicidad de unos pocos, el temor de otros a que, aún inocente, la justicia pudiera imputarlo para desimputarlo unos meses más tarde, y la indiferencia de los más, contribuyeron al éxito de la operación.

 

Hay quien dice que estas prácticas las hace todo el mundo en el PSOE, pero no es cierto. En cuarenta años de militancia he visto el juego agresivo de la política democrática también en la vida interna del partido, pero hay una diferencia entre ir a dar una patada al balón e ir, directamente, a dar una patada a la cabeza. Es muy distinto que te llamen para que no te presentes a un cargo, o que promocionen a alguien que lo merece menos, que, siendo completamente inocente, en una rueda de prensa te acusen de corrupto y te destituyan de un cargo electivo por un procedimiento sumarísimo. Esto último no forma parte de la cultura política socialista, sino que la destruye, porque rompe las expectativas de lealtad entre nosotros. Si convalidamos ese comportamiento, a partir de ese momento la desconfianza y la inseguridad minarán la organización. Quién se esforzará si el trabajo de años de muchas personas puede arruinarse injustamente en un momento para mejorar la imagen del líder. El día que destituyeron injustamente a Tomás Gómez como secretario general, arruinaron injustamente su reputación personal y disolvieron los órganos de dirección y control político regionales de Madrid. Destruyeron el trabajo y los equipos que se habían formado durante años sólo para dar una imagen. Por otro lado, y para colmo de felicidad, el secretario general federal podía “mandar” en su propia federación, en la que nunca tuvo éxito, aunque para ello hubiera tenido que acabar con la democracia interna y con las expectativas de lealtad y solidaridad que debemos tener entre compañeros.

 

Dice Hannah Arendt que el peligro de la mentira en política es el autoengaño, “el engañador autoengañado pierde todo contacto, no sólo con la audiencia, sino con el mundo real, que, sin embargo, acabará por atraparle porque de ese mundo puede apartar su mente pero no su cuerpo”. Cuando el anterior secretario general del PSOE, y ahora de nuevo candidato a la secretaría general, pidió su aval a los compañeros y compañeras de Madrid quedó segundo, detrás de Susana Díaz. La imagen de poder que quiso transmitir destruyendo política y civilmente a Tomás Gómez, se disipó como el humo a la hora de pedir los avales en su federación.

 

Los que creen ingenuamente que quien no respetó los derechos de un secretario general de una federación, para intimidar al resto de los secretarios generales, va a respetar los derechos de los militantes de base están peligrosamente equivocados. Lo que hizo con un secretario general lo hará con cualquiera cada vez que le convenga, y siempre encontrará una excusa para justificarlo.

 

Después de destituir a Tomás Gómez al frente de los socialistas madrileños, el secretario general federal del PSOE, y ahora candidato, lo quitó de la candidatura a la presidencia de la Comunidad de Madrid aduciendo que tenía malas perspectivas electorales. Unos meses después, en diciembre de 2015, el secretario general federal se presentó a la presidencia del Gobierno de España por la circunscripción de Madrid, y quedó el cuarto. Es decir, que cuando se midió con Rajoy, Iglesias y Rivera, cara a cara, liderazgo a liderazgo, quedó detrás de todos ellos. La cultura socialista establece que quien nos dirige sea más exigente consigo mismo que con los demás. Si echó a Tomás Gómez por tener malas perspectivas electorales, debió irse cuando él cosechó la peor derrota de nuestra historia en el mismo contexto político y geográfico en el que peleaba Tomás Gómez.

 

Sin duda, los compañeros y compañeras pueden convalidar estas prácticas y esta cultura de liderazgo en las primarias del próximo domingo, pero incluso si consiguieran ser mayoría, no lograrán que esto se pueda considerar como parte de la cultura socialista. Quizá esta sea la razón de la tensión que vivimos en estas primarias, porque no es sólo el liderazgo lo que decidimos, sino nuestra propia identidad, nuestra propia cultura política.

 Publicado en El Plural el 19 de mayo de 2017

Un militante dos votos, por lo menos 

18 mayo, 2017

Frente a lo que algunos piensan, el debate interno que se está produciendo en el PSOE no es entre posiciones de izquierda y derecha. No nos enfrentan a unos socialistas con otros las políticas de sanidad, educación, fiscal o laboral. En torno a nuestras políticas los socialistas tenemos un consenso bastante grande. Lo que nos enfrenta, y por eso este proceso es tan apasionante y doloroso, no son las políticas, sino la política. Lo que está en juego es la identidad política del PSOE. La fuerte convulsión interna que sufrimos los socialistas tiene que ver con la presencia en el seno de nuestra organización de un cuerpo extraño a nuestros valores e ideología: el populismo.

 

Hay personas que son populistas, pero creen que son demócratas. En parte es comprensible, porque ambos, populismo y democracia, tienen la misma fuente de legitimidad: el pueblo. O las bases. El populismo es la democracia sin instituciones. El populismo afirma que cumplirá hasta sus últimas consecuencias la promesa de la democracia: el gobierno directo del pueblo. O de las bases. En la práctica, sin embargo, el populismo se concreta en la concentración de todo el poder político en un líder carismático que, supuestamente, aúna sabiduría, honestidad y voluntad, y que se pasea por las calles nacionalizando, a ojo de buen cubero, las propiedades de la pequeña burguesía venezolana, o disolviendo los órganos de representación democrática de las federaciones socialistas sin más garantías legales, en uno y otro caso, que las supuestas buenas intenciones del líder. Siempre, por supuesto, con el aplauso de un pueblo o unas bases, que nunca son ni todo el pueblo, ni todas las bases. De modo que cuando aquí hablo de populismo me refiero a esa forma de la política, y no a si el líder usa un lenguaje más o menos llano a la hora de hablar, o si va con camisa remangada, o regala relojes. Esto último pueden ser técnicas de mercadotecnia, pero el populismo de verdad es otra cosa, es una forma de autoritarismo que cuenta con el respaldo del pueblo o de las bases, según se trate de la sociedad o del partido.

 

En el PSOE se ha extendido la consigna “un militante, un voto” como la máxima expresión de la democracia interna. Defenderé aquí que más democrático que “un militante un voto” es “un militante dos votos, por lo menos”. Pierre Rosanvallon, en su excelente libro El buen gobierno, sostiene que para los populistas no puede haber dos expresiones legítimas y simultáneas de la voluntad popular. Si el pueblo ha elegido a un presidente directamente, sostienen los populistas, entonces el Parlamento no tiene nada que decir. Sin embargo, el Parlamento también ha sido elegido directamente con el voto de los ciudadanos. ¿Es una casualidad o un error que existan dos expresiones legítimas y simultáneas de la voluntad de los ciudadanos? Ni una cosa ni la otra. La democracia es una institución política algo más sofisticada que la mera sustitución de la guerra por el recuento de votos. Lo que, por cierto, es un gran avance.

 

La democracia es, por un lado, un mecanismo de autorización. Con nuestro voto autorizamos a determinadas personas para que nos gobiernen, pero las sociedades democráticas siempre se cuidaron de convertirse en tiranías electivas. De forma que, además de la democracia de autorización, instituyeron una democracia de control, y de oposición, a quien gobierna. Votamos para elegir quién nos gobierna, y votamos para elegir quiénes han de controlar a los gobernantes. Lo cierto es, además, que ni el pueblo gobierna directamente, ni controla directamente. Los populistas saben bien lo primero, y delegan el gobierno en un líder, pero se resisten a aceptar lo segundo, y prometen que el pueblo será quien controle, directamente, al líder y a los delegados del líder.

 

Quienes sostienen la consigna de “un militante, un voto”, no están proponiendo un avance, sino un retroceso en la democracia interna en el seno del PSOE. Quieren que nos quedemos con el voto con el que autorizamos al líder a gobernarnos, pero que renunciemos al voto con el que elegimos a quienes controlan al líder. Hasta ahora, además del voto en primarias para elegir a la persona que liderará el partido y a la que encabezará la candidatura socialista a la presidencia del gobierno, los militantes votan al comité de su agrupación, a los representantes de su agrupación en el Comité provincial, o regional, y a los delegados a los congresos provinciales, regionales y federal, y a través de estos últimos, a los representantes en el Comité Federal, además de a los miembros de la Comisión Ejecutiva Federal. Toda esa arquitectura institucional no es una casualidad, ni un error, sino una decisión consciente de los partidos socialistas, socialdemócratas y laboristas, que los liga a principios democráticos de matriz liberal o republicana, también en su organización interna.

 

Nuestra manera de organizarnos responde a una decisión tomada firmemente por el socialismo democrático después de la Segunda Guerra Mundial, y que nos alejó de esa otra izquierda que, de una forma u otra, sigue atada al espíritu de Robespierre. Los dos votos, el de autorización y el de control, sirven, entre otras cosas, para impedir que un líder elegido democráticamente se comporte como un tirano. La legitimidad que da la democracia de elección no basta. Para que un liderazgo sea democrático, además de serlo por elección, deberá serlo por ejercicio. Y para eso tenemos estructuras institucionales que garantizan un sistema de controles y contrapesos. Hace mucho tiempo que los demócratas, liberales y republicanos, entendieron que el mejor líder, el más sabio, puro y bien intencionado, actuará como Maduro, Putin o Erdogan, si tiene la menor oportunidad y cuenta con el aplauso de una parte de su sociedad muy movilizada. Ese aplauso, la complicidad de ciertos medios de comunicación, el temor de muchos compañeros y el apoyo entusiasta de otros, fue lo que permitió al anterior secretario general del PSOE, y ahora de nuevo candidato, destituir y tratar de deshonrar al secretario general de los socialistas madrileños, y disolver la ejecutiva regional y el Comité Regional de Madrid. En lo primero, en la destrucción de un compañero, sin atenerse a ningún procedimiento con garantías públicas, está la expresión de una disposición moral, además de política. La disolución de un órgano al que pertenecían quinientos representantes de las agrupaciones socialistas madrileñas es una evidente manifestación de populismo, que una parte del PSOE ha avalado, abriendo la puerta, consciente o inconscientemente, a que algo así pueda repetirse en el futuro. La democracia no es un régimen establecido para imponer el dominio de la mayoría, sino, precisamente, para garantizar la libertad como no dominación. Eso, por cierto, en la tradición del pensamiento político se llama republicanismo.

 

El federalismo es otro de los instrumentos democráticos para evitar que se constituya un poder autoritario. Los socialistas elegimos democráticamente tanto los órganos federales como los órganos de las federaciones, y regulamos la interacción entre ambos. La disolución del Comité Regional de Madrid es lo mismo que el anterior secretario general, y ahora candidato, hizo, de facto, con todos los órganos federales de control y representación interna, cuando presintió que había perdido la mayoría en los mismos. Lo hizo aprovechando, además, elementos del pensamiento político de otras latitudes. Incluso le vino bien la evolución de un lenguaje que degradaba, inicialmente casi en broma, las federaciones a feudos, y sus secretarios generales a barones, por más que hubieran sido elegidos tan democráticamente como él. Las metáforas las carga el diablo. Hoy, en alguno de los territorios aparentemente más federalistas, descubrimos un fuerte apoyo a un candidato a la secretaria general dispuesto a deslegitimar cualquier poder que no sea el del centro. Concretamente, su poder personal. Los que dicen que nadie puede toser a un secretario general elegido por la militancia están pensando en un tipo de liderazgo que no es el propio de un partido democrático.

 

Me gusta mucho más un PSOE en el que un militante tiene dos votos, por lo menos, y los dos igual de legítimos, que un PSOE en el que un militante tiene un solo voto. Por desgracia, hace mucho tiempo que los socialistas dejamos de preocuparnos por nuestra propia formación, y hoy uno se encuentra a compañeros que han tenido, tienen, y aspiran a tener, altas responsabilidades políticas, que son populistas, pero no lo saben.

Publicado en Público el 18 de mayo de 2017