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De pasada

19 noviembre, 2017

Las sesiones de control al Gobierno en el Congreso son, con seguridad, el mejor instrumento para medir el pulso a la vida política española. Cada miércoles, de nueve a diez y media de la mañana, desfilan por el Hemiciclo nuestro paisaje y paisanaje político, con sus personajes cómicos o trágicos, banales o profundos, y con sus tiempos de sequía o de inundaciones de acontecimientos, de calma chicha o de tempestad, de esperanza o desesperanza, porque la vida política española unas veces tiene clima atlántico, otras mediterráneo, y casi siempre continental, oscilando entre el calor agobiante y el frío que, de vez en vez, hiela el corazón de los españolitos y españolitas.

Cada mañana de miércoles, en breves combates verbales de cinco minutos, los oradores de los distintos partidos se miden con el Gobierno y ganan o pierden, unas veces por puntos y otras por K.O. Poco a poco nos vamos tomando la medida unos a otros y, superada la novedad de las primeras actuaciones, todo el mundo sabe más o menos lo que puede esperar de ciertos duelos. Por ejemplo, seguro que el portavoz en el Congreso de En Comú Podem, después de constatar cómo le está yendo los últimos miércoles en sus enfrentamientos con la vicepresidenta del Gobierno, agradece que le hayan propuesto liderar la lista de su partido en las elecciones catalanas del 21D.

Las preguntas del señor Rufian, por ejemplo, vistas por alguien que no entienda la lengua de Cervantes, le llevarían a figurarse al señor Rufián como un galán, algo pesado, que, desde las alturas de su escaño, se dirige semana tras semana a la joven mujer que se sienta en el banco azul, al lado del señor de la barba blanca, seguramente su padre, mostrándole distintos objetos, para ganarse su favor, unas veces una impresora, otras unas esposas, qué se yo, por la variedad de objetos, tampoco parece que tenga muy claras las preferencias de la dama, mientras que ella le da calabazas, semana sí y semana también, disparadas con una ametralladora verbal.

En fin, cada uno tiene sus debilidades. Una de mis heroínas es la diputada socialista por Barcelona Meritxell Batet, elegante y grácil como persona y también como parlamentaria. Me gustaría dejar constancia hoy aquí de cómo la señora Batet, el miércoles, al pasar, y casi sin que se notara, le dio una estocada mortal, obviamente en términos políticos, a la señora Colau, alcaldesa de Barcelona. Mientras preguntaba al ministro de Exteriores por sus gestiones para que se instale en Barcelona la Agencia Europa del Medicamento, que sale de Londres consecuencia del Brexit, la señora Batet recordó que, entre todas las desgracias ya conocidas, no parece que una alcaldesa euroescéptica, sumada a un proyecto secesionista, sea la mejor ayuda en una operación tan vital para el futuro económico, científico y político de Barcelona. Con un leve giro de muñeca, “en passant”, de camino que apremiaba al ministro a trabajar por Barcelona, la diputada Batet dejó su florete clavado en el corazón de la ambición ciega de una persona que no está a la altura de la ciudad que preside.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 19 de noviembre de 2017

Todavía es pronto

12 noviembre, 2017

Esta semana circuló por las redes un artículo de un veterano dirigente comunista, el señor Justiniano Martínez, que, durante el franquismo, fue encarcelado y torturado. Estaba escrito para agradecer el discurso que unos días antes, otro veterano dirigente comunista, Paco Frutos, había dirigido a la multitud en Barcelona, y en el que criticaba a una incierta izquierda que, con sus mentiras sobre la Transición, está legitimando la estrategia del nacionalismo excluyente. El artículo tenía la fuerza de la verdad de una vida vivida y, con esa fuerza, conmovía. Después de leerlo lo impulsé por la misma red social por la que había llegado a mí, y lo acompañé de un breve comentario en el que decía que se puede improvisar un discurso pero no se puede improvisar una biografía.

Hace mucho tiempo, pero mucho, que los seres humanos comprendieron que podían venderse con las mismas técnicas con las que se venden las mercancías. También en política, especialmente en política. Basta con leer los consejos que, hace dos mil años, le dio Quinto Tulio Cicerón a su hermano Marco sobre cómo debía llevar a cabo su campaña electoral, para convencerse de que la cosa viene de antiguo. Desde entonces, además de las innovaciones que ellos mismos han hecho, los publicistas han aprendido mucho de los avances del conocimiento sobre la psicología humana. De modo que los estrategas comerciales y políticos, cada vez cuentan con un arsenal mayor de conocimientos para llevarnos, dulcemente, del ronzal, casi sin que lo notemos, casi entregándonos por nuestro propio interés, nuestro genuino gusto, nuestra soberana voluntad.

Una cosa que no deja de asombrarme es cómo en las escuelas de negocios y de liderazgo, enseñan como una técnica, comportamientos que tradicionalmente han formado parte de la ética. No es que me parezca mal, prefiero que mi prójimo sea educado y respetuoso conmigo aunque solo sea por puro cálculo aprendido, a que sea brutal y desabrido. Sin embargo, más pronto que tarde adivinas que el mensaje, o la llamada, preguntándote cómo estás, responden al contenido de una hoja de cálculo en la que eres una fila más, y que esa llamada se repetirá igual de formal y burocrática cada equis días, o semanas, sencillamente para hacerte sentir que formas parte de algo de lo que en realidad no formas parte, salvo porque recibes esa llamada rutinaria. Y con esa llamada te sujetan con afectos, tus afectos, que nacen indebidamente, equivocadamente, de un ethos antiguo y humano que nada tiene que ver con el cálculo, ni con la mercadotecnia. Y caes en la trampa, y te sumas, pero no cuentas.

Los programas hechos a medida, los discursos impostados, los robots de Internet que disparan miles de mentiras por segundo, chocan de pronto con la verdad de un hombre que se levanta y dice: yo estuve allí, en la celda, en el potro de tortura, yo me enfrenté a la dictadura y conquisté la libertad de tus padres y la tuya, y no me puedes enterrar bajo tus mentiras, porque todavía es pronto para la desmemoria histórica.

Publicado en el diario SUR el 12 de noviembre de 2017

De novios y naciones

5 noviembre, 2017

 

Hace tiempo que los sociólogos de la familia nos advirtieron de que, en general, nos casamos con personas cuyos padres tienen una posición social similar a los nuestros. Por supuesto, esta es una afirmación estadística, y, sin duda, podemos encontrar muchas excepciones a la norma, pero la norma es que la gente se enamora y se casa con el equivalente social de sus hermanos y hermanas. Nadie nos obliga, normalmente, a casarnos con una persona determinada, pero, cuando nos estudian a todos, resulta que, en general, seguimos pautas comunes de las que no somos conscientes. No elegiste a tu chico por su estatus social, sino porque es amigo de tu hermano, pero él y tu hermano fueron al mismo colegio de pago. No solo nos ciegan las pasiones, también la estadística nos ciega.

 

Lo cierto es que, aunque el mundo es muy grande y hay mucha gente, nos movemos en círculos bastante reducidos. Nos pasa, además, que tenemos una fuerte predisposición a extrapolar nuestro pequeño círculo vital al mundo en general. Podríamos decir, llevado al límite, que conocemos el mundo por introspección. Eso sí, el mundo se empeña en desbaratar las ideas que nos hacemos sobre él. De modo que muchas veces nos damos de bruces con una realidad que teníamos delante, a un palmo de nuestras narices, pero ante la que permanecíamos completamente ciegos. La arquitecta o el cirujano, quizá nunca reparen en el albañil o el auxiliar que tienen al lado y con los que hubieran podido fundar una familia y ser extraordinariamente felices. Sencillamente, porque no los vieron, porque, aunque físicamente estaban a su lado, socialmente estaban muy lejos. También es cierto que de vez en cuando ocurre lo contrario y se fijan en ellos y se casan, pero la prueba de que no es frecuente es que cuando sucede hacen una película con Julia Roberts y Richard Gere para contarlo.

 

Todo esto viene a cuento de que, con esta afición que le he tomado a los datos del barómetro de junio del Centre d` Estudis d` Opinió de la Generalitat de Catalunya, he encontrado que cuando se les pregunta a las personas encuestadas cuya lengua propia es el catalán por la lengua que usan más frecuentemente en su vida diaria, el 85% dice que el catalán. De igual modo, el 80% de quienes tienen como lengua propia el castellano responden que la lengua que usan habitualmente es el castellano. Dicho de otro modo, que las dos grandes comunidades lingüísticas que viven en Cataluña, se relacionan más dentro de ellas que entre ellas. Y es esto, probablemente, lo que ha impedido ver a los señores Puigdemont y Junqueras, entre otros, a más de la mitad de la sociedad catalana cuya lengua propia es el castellano. No la han visto, ni han visto sus deseos de permanecer unida al resto de España, ni su angustias, ni sus silencios. Ahora, aprendida amargamente la lección, sería bueno que ninguna comunidad se olvidara de existencia de la otra, sino que la aceptara como una riqueza. Entre otras cosas porque ninguna va a desaparecer, sino que van a seguir aquí, soñando, viviendo, votando, insistiendo en ser y pervivir.

 Publicado en el diario SUR el 5 de noviembre de 2017

Y ahora lo explicas

29 octubre, 2017

 

He leído que al líder de Podemos le parece que la declaración de secesión, realizada por el Parlamento de Cataluña el pasado viernes, es ilegítima, ilegal y favorable a la derecha. Tal acumulación de críticas a la secesión me lleva a pensar que los dirigentes del partido morado tratan de poner una apresurada distancia con sus propios actos. Que la votación era ilegal es algo que ya sabían los diputados de Catalunya Sí Que Es Pot, cuando participaron en la votación, de hecho, la ilegalidad de la votación fue la razón por la que los diputados de Cs, PP y PSC se ausentaron del pleno antes de que comenzara.

 

Cuando participamos en una votación, la estamos legitimando. Es más, cuando participamos en una votación nos estamos comprometiendo a aceptar su resultado. Sin embargo, después de los épicos saludos que el señor Fachin y la señora Martínez dirigieron a la bancada independentista, al volver a sus asientos tras haber votado, resulta que consideran que todo aquello era ilegal, ilegítimo y que, por tanto, no tiene ninguna validez.

 

Es verdad que ninguno de los parlamentarios que votaron el viernes creía en la validez de lo que hacían. De hecho esa fue la razón por la que los héroes de la independencia decidieron privarse a sí mismos, y a sus hijos y nietos, del honor de una votación por llamamiento y a viva voz. Sabían que no estaban constituyendo un nuevo Estado, con una nueva legalidad, sino que deberían responder ante las leyes que durante los últimos cuarenta años, en sucesivas votaciones democráticas, los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña habían contribuido a establecer. Tanto es así que ahora dice el señor Fachin que no mostró su voto para proteger a los diputados secesionistas.

 

¿Por qué protegen los diputados de Podemos a los diputados secesionistas de las consecuencias de sus acciones ilegales? Quizá la explicación más sencilla es porque aunque las consideran, a pesar de ilegales, legítimas. Por eso me sorprendió que su líder, el señor Iglesias, dijera que además de ilegal era ilegítima, argumentando, con razón, que el Govern tenía votos para gobernar, y no para declarar la independencia, lo que no ha impedido a su partido legitimar el referéndum del 1-O y la votación del viernes con su participación.

 

Me llamó la atención la última afirmación del señor Iglesias, al sostener que la declaración de independencia favorece al PP, porque es como si le estuviera diciendo a los secesionistas: además de malos sois tontos. Un reproche en el que, por cierto, pesa más lo de tontos que lo de malos. Lo que le preocupa a los dirigentes de Unidos Podemos no es el daño que una secesión puede producir a la sociedad catalana, y al resto de la sociedad española, sino que beneficie al PP. A buenas horas. Y, por cierto, ahora quién se lo explica al señor Cañamero, diputado de Podemos por Jaén, que se ha paseado por Cataluña defendiendo el derecho unilateral de los ciudadanos de Pals (Girona) a declarar extranjeros a los de Segura de la Sierra (Jaén). Será muy interesante ver al señor Cañamero explicarlo, en Jaén, en las próximas elecciones.

Publicado en el diario SUR el 29 de octubre de 2017

La construcción de un conflicto identitario

28 octubre, 2017

 

Circula por las redes un chiste en el que un fundamentalista islámico se sube a un taxi y le pide al taxista que apague la música de la radio porque en tiempos del Profeta no había radio, a lo que el taxista le responde que se baje del taxi y espere a que pase un camello, porque en tiempos del Profeta no había taxis. Los anacronismos nos suelen llevar a estas contradicciones, y no nos faltan anacronismos últimamente en España. Los secesionistas catalanes llevan años paseándose por el mundo hablando del amargo final de la Guerra de Sucesión, que no de Secesión, y las añoradas libertades de los catalanes en el siglo XVIII. Sin embargo es harto improbable que los catalanes y catalanas del siglo XXI aceptaran cambiar sus libertades actuales por las que tenían en la Cataluña feudal del siglo XVIII. Hacer retroceder la historia para que el mundo recupere su configuración de hace tres, o cinco, siglos, además de imposible, es bastante injusto con las vidas de las personas que vivieron entremedias.

 

De hecho, a la hora de buscar una solución a la situación en Cataluña, parece más razonable apelar a los pactos de nuestros padres que a las guerras de nuestros abuelos. Incluso quienes, como hacen los líderes de Unidos Podemos, tratan de deslegitimar la Constitución de 1978 diciendo que fue una constitución elaborada bajo la vigilancia de los militares, deberán reconocer que la unidad de España que se recoge en nuestra Constitución es fruto de un consentimiento más libre y democrático que ningún otro procedimiento de unificación de territorios a lo largo de toda la historia de lo que hoy es España. Obviamente esto no significa que debamos ignorar nuestro pasado, sino todo lo contrario. Como decía Marx, los seres humanos hacen su propia historia, pero en condiciones que no han elegido. Así fue para nuestros padres, y así es para nosotros. No hemos elegido, por ejemplo, que haya en Cataluña dos grupos lingüísticos diferenciados, pero la historia los ha puesto ahí.

 

Según la última encuesta del Centre d´ Estudis d´Opiniò (CEO) de la Generalitat, correspondiente al mes de junio, el 48% de la población catalana considera el castellano como su lengua propia, el 43% considera que es el catalán y un 9% dice que ambos idiomas son su lengua propia. Y la lengua es, quizá, el principal material, ciertamente no el único, con el que los nacionalistas construyen las naciones, y con ellas los Estados, aunque no es obligatorio construir ni unas, ni otros. Ciertamente, una vez establecidos, los sentimientos de identidad territorial son bastante persistentes. El nacionalismo español se empleó a fondo durante cuarenta años de dictadura para acabar con los nacionalismos periféricos, sin mucho éxito.

 

Con la Constitución de 1978 los españoles embridamos al nacionalismo español e iniciamos un nuevo periodo de nuestra historia en el que la diversidad de lenguas y culturas, y la pluralidad de identidades, fue considerada una riqueza que debíamos proteger. Una de las expresiones más notables de amor a esa diversidad que constituye España fue que, en Cataluña, quienes tienen como lengua propia el castellano, y que, como hemos visto, son, también allí, el grupo lingüístico mayoritario, aceptaron educar a sus hijos, no en una escuela bilingüe, sino exclusivamente en catalán. No es muy común en ninguna parte del mundo que la lengua oficial del Estado esté prácticamente excluida en la escuela de un territorio de ese Estado. Pero esa fue la apuesta de la España constitucional por la identidad, la cultura y la lengua catalanas, para hacer de diferentes comunidades lingüísticas e identitarias un sólo pueblo. Ese fue el pacto que hicieron nuestros padres, un pacto que garantiza un amplio autogobierno en Cataluña y, a la par, la unidad política de los españoles de Cataluña con los del resto de España, un pacto que ahora tratan de impugnar los secesionistas y sus palmeros populistas.

 

Un acuerdo, por cierto, que unos hemos cumplido más que otros. En Cataluña, el 61% de los que consideran el castellano su lengua propia se consideran tan catalanes como españoles, un sentimiento de identidad compartida que solo se da entre el 17% de los que consideran que su lengua propia es el catalán. Donde nuestros padres hicieron un pacto de convivencia para construir un pueblo plural, los secesionistas y populistas están alimentando un conflicto entre las dos comunidades lingüísticas. Según los propios datos de la Generalitat, la lengua propia es el mejor predictor de las preferencias respecto a la secesión de los catalanes y catalanas. Quienes tienen como lengua propia el catalán son partidarios de la secesión en un 80%, cifra que se reduce al 16% entre quienes tienen el castellano como lengua propia. La secesión que aprobó ayer la mitad del Parlamento de Cataluña no es sólo respecto al resto de España, sino respecto a más de la mitad de la sociedad catalana.

 

Ni la dictadura, ni la inmersión lingüística, han conseguido cambiar el sentimiento de identidad nacional, ni la lengua propia de nadie. Nuestros padres lo comprendieron y vieron la solución, para crear un marco de convivencia, en el acuerdo. El secesionismo catalán, y el populismo, la ven en la confrontación, aunque sea una confrontación en las urnas, como quieren los populistas. No ofrecen el referéndum como un ejercicio de libertad, sino que obligan a que una mayoría de catalanes renuncien a una parte de su identidad plural, para adecuarse al ideal homogéneo de nación de los secesionistas. A eso llaman derecho a decidir. También al derecho exclusivo y excluyente de los ciudadanos y ciudadanas de un territorio a declararnos extranjeros, de manera unilateral, al resto de los españoles, a nuestras instituciones y a nuestra lengua. Extranjeros en un territorio en el que no lo fueron ni nuestros padres ni nuestros abuelos, pero sí lo serían nuestros hijos y nuestros nietos. Secesionistas y populistas olvidan que somos un pueblo porque, después de una guerra civil y una dictadura, los españoles, temerosos no de los militares, sino de nuestro pasado, nos hicimos una promesa de convivir respetándonos y ayudándonos, y no bajo el capricho de una mayoría coyuntural, sino bajo el imperio de una ley democrática, que acordamos y votamos entre todos.

 

Estoy convencido de que, cuando, después de haber intentado todo lo demás, hagamos lo razonable, encontraremos que lo razonable, a la hora de construir el marco de convivencia en una sociedad plural, no es acordar una votación, sino votar un acuerdo. No es solo el articulado, sino el espíritu de la Constitución que forjaron nuestros padres lo que fue vulnerado ayer por los secesionistas y sus compañeros de viaje populistas.

Publicado en el diario El País el 28 de octubre de 2017

La mayoría contra el pueblo

22 octubre, 2017

Imagine la amable lectora, o lector, que paseando con un amigo por una ciudad catalana, su amigo le dice: “te doy doscientos euros si adivinas si aquella persona que viene a lo lejos es partidaria de la secesión de Cataluña o no, pero si fallas me tienes que dar cien”. Según el último barómetro del Centre d´ Estudis d´ Opinió, que depende de la Generalitat de Catalunya, el 45% de la población que vive en Cataluña es partidaria de la secesión y el 55% es contraria a la misma, de modo que aunque el amable lector o lectora apostara porque la persona que se ve a lo lejos está en contra de la secesión, en el fondo se estaría jugando sus cien euros casi a cara o cruz.
 

Saber el sexo de la persona que viene a lo lejos no nos ayuda mucho a ganar los doscientos euros, porque no hay diferencias significativas en las preferencias por la secesión entre hombres y mujeres, un 46% en el caso de ellos, y un 45% en el caso de ellas. Si, al acercarnos a la persona sobre cuyas preferencias apostamos somos capaces de apreciar la edad, tampoco eso nos dará una gran ventaja para aceptar la apuesta. La cohorte de edad más secesionista, según la encuesta del CEO, es la que tiene entre 35 y 49 años, con un 48% a favor, y los menos secesionistas son los mayores de 65 años, con un 42% a favor. Ni conocer el sexo, ni la edad de la persona sobre la que apostamos nos ayuda a ganar la apuesta.

 

Si al acercarse la persona sobre cuyas preferencias están apostando, usted le pregunta qué lengua considera propia, entonces sus posibilidades de ganar la apuesta mejorarán considerablemente, porque si, por ejemplo, le dice que su lengua propia es el catalán, con una probabilidad del 80% esa persona estará a favor de la secesión y solo un 20% en contra, y si, por el contrario, le dice que su lengua propia es el castellano con una probabilidad del 84% será partidaria de mantener a Cataluña unida al resto de España. Si además de decirle que su lengua propia es el catalán lleva una estelada atada al cuello, no lo dude, apueste los cien euros, que si no gana es que estaba de Dios que los perdiera.

 

La lengua propia es lo que mejor nos ayuda a predecir las preferencias a favor o en contra de la secesión de los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña. La encuesta del CEO nos muestra dos grupos lingüísticos en Cataluña, que son la base de dos identidades territoriales distintas, la que no se siente española, por ser catalana, y la que se siente española precisamente por ser catalana. Y esas identidades suelen llevar a preferencias distintas sobre la relación de Cataluñas con el resto de España. Los secesionistas hablan de una nación catalana homogénea, o de un solo pueblo catalán, con una sola voluntad, pero los datos de la encuesta de la Generalitat muestra una sociedad partida en dos, y precisamente por el lugar de un desacuerdo sobre la decisión de constituir una comunidad política diferenciada. Nada menos. De haber una votación no sería el pueblo catalán quien decidiera, sino una exigua mayoría coyuntural, sea cual sea, la que usurparía la voluntad del pueblo.  

Publicado en el diario SUR el 22 de octubre de 2017

Tengamos la escuela en paz 

15 octubre, 2017

Dicen los psicólogos que cuando una persona tiene un delirio es inútil tratar de razonar, o de aportar pruebas en contrario. Si un responsable político tiene el delirio de que todo el mundo conspira contra él, entonces no parará de encontrar pruebas confirmatorias, y si no las encuentra, más a su favor, pensará que no hay mejor prueba de la conspiración que la ausencia de pruebas, para concluir que se cierne sobre su cabeza una trama perfecta. Ocurre con los delirios, a diferencia de otras patologías de la mente humana, que tienen una conexión con lo real, obviamente la política es un espacio propicio para las conspiraciones. Razón por la cuál conviene ser prudente a la hora de disuadir a un líder político paranoico de su deliro, porque como decía el personaje del chiste: a los paranoicos también nos persiguen. También a los jefes paranoicos les montan conspiraciones. Y a ellos, precisamente por el estado de alerta en el que los tiene su paranoia, casi nunca les escapa ninguna de las de verdad. Por cierto, si algún amable lector, o lectora, está absolutamente convencido de que este párrafo le va dedicado, le pido encarecidamente que pida ayuda psicológica.
 

Los celos son otro motivo típico de delirio. A los nacionalistas, de cualquier bando, les pasa mucho esto de los celos. Y no hay cosa por la que sufran más que por dejar a sus niños en la escuela de los otros nacionalistas a merced de sus propósitos. Resulta que, según el último barómetro de la Generalitat, el 48% de los catalanes de más de 65 años declara que su lengua propia es el castellano, frente a un 47% que dice que es el catalán y un 5% que dice que lo son ambas. Vinieran del resto de España, o hubieran nacido en Cataluña, todos estudiaron castellano en la escuela, pero, a pesar del empeño de Franco, la mitad siente el catalán como su lengua propia. La sorpresa viene cuando se le hace la misma pregunta a los catalanes que tienen entre 18 y 24 años, porque un 47% dice que su lengua propia es el castellano, un 43% dice que el catalán, y un 10% dice que ambas. Y, claro, esta generación se ha educado en catalán. Se ve que la escuela sirve para aprender a escribir catalán sin faltas de ortografía, pero no para cambiar la lengua materna. Hablan lo que escuchan en casa. Tampoco sirve para cambiar la identidad nacional: los jóvenes catalanes, tienen prácticamente las mismas preferencias por la independencia que sus mayores.

 

Como en aquel titular de un periódico madrileño al acabar la I Guerra Mundial, que decía “El archiduque ha sido encontrado vivo, la guerra no ha servido para nada”, cabría concluir que los esfuerzos de los nacionalistas, de un bando y otro, por cambiar la lengua propia, y la identidad nacional, de los niños en la escuela no han servido para nada. También es cierto que cuando los datos de la realidad van contra nuestro delirio, los obviamos, los negamos, o los olvidamos. La situación actual en Cataluña tiene que ver mucho con los políticos y los periodistas, y muy poco con los maestros. Así que, tengamos la escuela en paz. Incluidos algunos maestros.

Publicado el 15 de octubre de 2017