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Paradojando

22 abril, 2018

Acabamos de conocer la noticia de que se normalizan las relaciones diplomáticas entre Venezuela y España. Mientras leía el periódico pensaba en el debate que tuvimos, aparentemente, sobre el país caribeño hace un par de semanas en el Congreso. Y digo aparentemente, porque creo que como casi siempre que los seres humanos debatimos sobre algo, no necesariamente lo hacemos sobre aquello que decimos que estamos debatiendo.

Y es que, escuchando a algunos intervinientes en el debate parlamentario, se tenía la sensación de que no estaban hablando sobre otro país, aunque sea un país hermano como lo es Venezuela, sino que parecía que estaban, estábamos, hablando de los españoles mismos, de nuestra propia historia política, tales eran las pasiones que latían en las palabras de unos y otros oradores. Para unos, Venezuela resulta una tiranía inaceptable que no merece más que el aislamiento, para otros es más bien una democracia ejemplar, que requiere todo el reconocimiento y apoyo. Para unos la única salida de la situación venezolana es la ruptura radical con el régimen de Maduro, para otros el reconocimiento de la completa legitimidad del mismo. Por supuesto a los equidistantes o, como dice la Biblia, a los tibios, el Señor los escupirá de su boca. O sea, que estamos fastidiados, todos, aquí y allí, o acá y allá.

Y, mientras los escuchaba, pensaba en nuestra propia historia, que cuando ya se van teniendo unos cuantos años, se mezcla con la propia biografía. Quienes se manifiestan más intransigentes con el gobierno venezolano, y apuestan por agudizar los problemas del país para provocar su caída, son los mismos que reivindican las bondades de nuestra Transición a la democracia. En efecto, los mismos que alaban, y se inspiran en la figura del presidente Adolfo Suárez, creen que no hay nada que hablar con el presidente Maduro. Sin embargo, Adolfo Suárez, antes de ser el primer presidente de Gobierno de nuestra democracia fue el ministro secretario general de partido único de la dictadura. Y si pudo llevar a cabo la labor que todos le reconocemos fue porque líderes como Felipe González o Santiago Carrillo no tenían como objetivo encarcelarlo y pedirle, a él y a sus correligionarios, cuentas por los crímenes de la dictadura. Y esa actitud de los antifranquistas, también vino bien, también ayudó.

Paradójicamente, lo que unos y otros quieren para España es exactamente lo contrario que quieren para Venezuela. Los contrarios al presidente Maduro, venezolanos y españoles, son partidarios de la salida reformista para la Transición española, pero opuestos a cualquier cosa que se le parezca en Venezuela. Por el contrario, a los partidarios del presidente Maduro, sean españoles o venezolanos, les disgusta la Transición reformista española, y desearían derogar la Ley de Amnistía de 1977 para meter en la cárcel a unos cuantos octogenarios, pero les gustaría para Venezuela el espíritu de concordia que aquí nos presidió en 1978. Unos y otros son muy poco kantianos y, además, no dejan de paradojar, aquí y allá.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 22 de abril de 2018.

Comunicando

15 abril, 2018

Ayer nos despertamos con las informaciones de los bombardeos que Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia han realizado sobre territorio Sirio. Bombardeos que el presidente del Gobierno de España ha considerado proporcionados. Y es que últimamente todo parece muy proporcionado. Si atacar con armas químicas a la población resulta un crimen horrendo y descomunal, enseguida alguien busca la forma de hacerlo proporcionado, en este caso los norteamericanos y europeos con su respuesta. Es lo que tienen las guerras, que buscando la proporción a cosas que no la tienen terminan siendo cada vez más desproporcionadas.

Cuando, allá por estas fechas, en 2003 la inmensa mayoría de los españoles nos opusimos a la Guerra de Irak, hubo quien escribió que oponiéndonos a aquella guerra nos hacíamos cómplices del terrorismo. Oponerse a la guerra era tachado de “buenismo”, que es un término que se ha convertido extrañamente en una forma de menosprecio e insulto. Lo cierto es, sin embargo, que aquella guerra, en lugar de paz y prosperidad a Irak, a Oriente Medio y al mundo, solo ha traído más violencia y más pobreza, quizá con la excepción de los beneficios que obtuvieron algunas empresas de seguridad norteamericanas.

Las guerras engendran guerras, y las escaladas son la tendencia natural de los conflictos. Hay una escena muy impactante en un película de Spielberg del año 2005 que se titula “Múnich”, que cuenta la historia de un comando israelí que trata de acabar con la vida de unos palestinos, a los que responsabilizan de la matanza del equipo olímpico de Israel en los juegos de Múnich de 1972. En un momento determinado, los palestinos empiezan a responder colocando bombas como respuesta a las que colocan los israelíes, a lo que un comando israelí, satisfecho, dice: “ya saben que existimos, y que nos estamos comunicando con ellos”. Y desde entonces siguen comunicándose sin parar con los recursos que les prestan hombres como los presidentes Trump o Putin.

Estos días hemos asistido en el Congreso a cómo los representantes de la nueva política, ayudados por algunos veteranos, se empezaban a comunicar entre sí en temas internacionales, concretamente respecto a la crisis en Venezuela. Sin embargo, nada más escucharlos, es muy fácil identificar la gramática con la que se comunican, y no es nueva. Cada uno había elegido un bando en el país caribeño, al que dotaba de todas las virtudes, al que excusaba de todas sus tropelías, para apoyarlo sin fisuras. Estoy seguro de que en Venezuela, después de escuchar el debate en el Congreso español, los radicales de cada bando se sintieron más fuertes, más animados a darse duro, en los medios y en las redes, a empujar a los hijos de otros, porque siempre son los hijos de otros, a darse duro en las calles. No me parece que ese deba ser el papel del Parlamento español, no creo que debamos convertirnos en Trumps o Pútines alimentando el conflicto entre nuestros hermanos venezolanos. Nosotros sabemos y podemos hacerlo mejor.

Publicado en el Diario SUR el 15 de abril de 2018

La izquierda y el guisante

8 abril, 2018

En el cuento de Andersen ‘La princesa y el guisante’ se descubre que la joven superviviente del naufragio es una princesa porque es capaz de sentir el guisante que le habían puesto debajo de varios mullidos colchones. La interpretación moderna del cuento no es que la princesa fuera una pija insufrible, la chica había demostrado suficiente valor y resistencia para sobrevivir a un naufragio en las frías aguas del Báltico, sino que una extraordinaria nobleza lleva aparejada una extraordinaria sensibilidad.

Cuando Marx denuncia la nueva forma de violencia que el capitalismo ejerce contra el proletariado está demostrando una sensibilidad que otros desconocen. El capitalismo pone unos cuantos colchones sobre los grilletes del feudalismo, pero bajo lo que parece un ejercicio de libre intercambio de un trabajo por un salario hay una forma de violencia. ¿Qué queda de lo que aprendimos sobre la violencia estructural a la que somete el mercado a los proletarios? Esa violencia, que sin porras ni pistolas, ejerce sobre el  trabajador el temor a no tener nada que llevar a su casa para que coma su familia.

Tiene narices. Ahora resulta que violencia es sólo cuando te pegan un tiro o, por lo menos, te dan una pedrada en la crisma. Si no hay sangre, pelillos a la mar. Violencia es la de Otelo contra Desdémona. Yago, nos dirán, es solo un “influencer”, un poco pasado de rosca. Y, digo yo, ¿qué queda de la violencia simbólica de los Aparatos Ideológicos de Estado que nos descubría el marxismo?

¿Tuvo que ver algo el ministro del Interior en la violencia de la policía en Cataluña el 1 de Octubre? ¿O sólo fueron responsables de la violencia quienes daban los porrazos? Decía Al Capone, citando libremente a Max Weber, que se llega más lejos con una sonrisa y una pistola que sólo con una sonrisa. ¿No reprimen a palos los mossos las manifestaciones ilegales? ¿A qué aspiran el señor Puigdemont y sus correligionarios si no es al monopolio en el ejercicio de la violencia en Cataluña? Ciertamente antes de desarrollar esa violencia legal y legítima de la que hablaba Max Weber, los independentistas tenían que conculcar, sólo con sonrisas, otra legalidad y otra legitimidad. Y eso es lo que hicieron en el Parlament en septiembre cuando vulneraron el Estatuto de Autonomía de Cataluña y la Constitución Española que habían votado masivamente los catalanes.

La violencia feudal de la sangre y los grilletes también les repugnaba a los defensores del mercado capitalista, hasta ellos notarían una sandía debajo del colchón. El marxismo nos enseñó a ver esas otras violencias que se desarrollan sin sangre ni grilletes, al menos inicialmente. Para empezar a usar la fuerza, se puede comenzar por forzar una votación ilegal. Ganar una votación convocada ilegalmente para imponer una nueva legalidad que pusiera en sus manos el monopolio weberiano de la violencia, ese era el propósito del señor Puigdemont. Salvando las distancias, seguro que a los jueces alemanes le suena todo esto. Lo digo por Weber, y sólo por Weber, naturalmente.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 8 de abril de 2018

Al alcance de la mano

1 abril, 2018

Llevo toda la vida tratando de no ser nacionalista. De ningún tipo de nacionalismo. Ni nacionalista andaluz, ni nacionalista español, ni nacionalista europeo, nada. Soy andaluz, es verdad, y español y europeo, pero trato de serlo a la manera de un no nacionalista. Si lo pienso bien, y soy sincero, me preocupa menos la pureza de nuestra identidad cultural, que la cura del analfabetismo, del hambre, del cáncer o del Alzheimer. Es más, todavía me recuerdo a mí mismo, hace ya unos cuantos años, acurrucando a mi hijo cuando era un bebé y pensando que quizá la sensación que tenía en ese momento era la misma que sentiría cualquier mamífero por su cría en una situación similar. Pensaba que esa extraña ternura de padre primerizo era la misma que un gato o un perro sentirían por su cachorro, y que, por tanto, también sería muy parecido el dolor que ellos sentirían si a sus crías les pasara algo.

Hoy la neurociencia aporta cada vez más evidencias a favor de la continuidad entre la especie humana y otras especies animales, a las que, hasta ahora, considerábamos incapaces de sentir nada parecido a lo que nosotros sentimos. En la medida en que los seres humanos tomamos conciencia de que los animales no son un otro tan distinto de nosotros, y actuamos en consecuencia, y nos permitimos menos crueldad con ellos, tiene menos sentido que nos tratemos entre nosotros mismos con crueldad o con fría indiferencia. De modo que si somos capaces de comprender, o por lo menos de atisbar, lo que siente en lo esencial un padre de otra especie, no nos debería costar nada ponernos en el lugar de cualquier padre de nuestra especie. El amor y el miedo, la enfermedad y la salud, la vida y la muerte, nos unen en una comunidad más auténtica que la lengua o el acento, y bastante más extensa.

No será un soldado extranjero el que nos quite todo lo que tenemos y destruya a los seres que más amamos, no será quien nos quite la vida o la salud. Más cornadas da el hambre, decían los toreros. Más cornadas da la existencia normal de los seres humanos. ¿Normal? ¿Qué es lo normal? Lo normal, en tiempos de mis abuelos, era no saber leer y escribir. Lo normal era que algunos de sus muchos hijos murieran en la infancia. Lo normal era que a los sesenta años las personas fueran ancianas. Es posible que entonces mucha gente creyera que todo eso era normal, aunque otras personas pensaron que ese no era un destino obligado para los seres humanos, y decidieron cambiarlo. Enfrente tuvieron a muchos, empeñados en distraer los esfuerzos de la humanidad para otros menesteres, como, por ejemplo, matarse por centenares de millones en dos guerras mundiales. Nada más idiota que los seres humanos aliándose con los jinetes del Apocalipsis para facilitarles su siniestro trabajo. Quizá pronto morir de cáncer sea tan raro como lo es ahora morir de tuberculosis, salvo que, entre tanto, es posible que para nosotros y las personas que más queremos la solución llegue tarde, y todo porque algunos nos están haciendo perder un tiempo precioso.

Publicado en el diario SUR el 1 de abril de 2018

En confianza

25 marzo, 2018

Con cierta periodicidad el Centro de Investigaciones Sociológicas introduce en sus encuestas la siguiente pregunta: “¿Diría Ud. que, por lo general, se puede confiar en la mayoría de la gente, o que nunca se es lo bastante prudente en el trato con los demás? Por favor, sitúese en una escala de 0 a 10, en la que 0 significa ‘nunca se es lo bastante prudente’ y 10 significa que ‘se puede confiar en la mayoría de la gente’”. Recomiendo encarecidamente a la amable lectora, o lector, de estas líneas que, si tiene una víctima cerca, amigo, pareja, padres, hermanos, aproveche para hacerle la pregunta, y también que haga una apuesta, antes de seguir leyendo, sobre cuál es la media que la encuesta del CIS da para la sociedad española.

Lo fácil siempre es seguir leyendo y enterarse de cuál es la media de la sociedad española, y a partir de ahí sacar las conclusiones pertinentes, pero eso no ayuda a pensar. Cuando leamos la cifra, tendremos un dato muy preciso, pero ese dato nos aportará poca información, y probablemente muy poco conocimiento y ninguna sabiduría. Hoy día, aunque no solo hoy día, el discurso público oscila entre dos peligros iguales: las opiniones sin datos y los datos sin opiniones. Así que pensemos un poco más antes de conocer el dato del CIS.

Imaginemos que una noche de invierno un viajero, procedente de un lugar lejano, llama a una puerta y pide hospitalidad, y se la dan, y se pregunta, mientras se calienta junto a la chimenea, ¿se puede confiar en estas personas? Imaginemos también que, al llegar a España, le dieron en un sobre cerrado, que olvidó abrir, el dato del CIS. Obviamente, si al abrirlo, aparece un diez, cabe pensar que el viajero se quedaría a dormir tranquilo y agradecido. Si, por el contrario la cifra fuera un cero, probablemente volvería a la noche oscura, que posiblemente le parecería más segura que la casa.

Antes de seguir. ¿Qué idea tenemos nosotros de la sociedad española, y de cómo se puntúa a sí misma? ¿Qué dato destruiría esa idea nuestra y nos obligaría a replantearnos nuestras creencias? Esa es la forma en que me enseñaron a mirar los datos sociológicos, en vez de lanzarme glotonamente a devorarlos sin provecho. Antes de abrir el sobre ¿qué cifra aconsejaría no quedarse a dormir?

La media que obtuvo la encuesta del CIS del pasado diciembre, para la sociedad española en general, fue de un cinco mondo y lirondo. ¿Resultará prudente para el viajero pasar la noche en la casa de los españoles, o le convendrá buscar refugio en la oscuridad exterior? ¿Le habrá servido de algo conocer el resultado de la encuesta? ¿Sirven de algo los datos sin un marco interpretativo? ¿Y las opiniones sin datos?

Si la amable lectora, o lector, se ve en la tesitura de tener que pasar una oscura noche de invierno en casa de un desconocido pregúntele cómo se llama, y si se llama Procusto, busque refugio en el frio y la oscuridad. A veces es mejor soportar la angustia de nuestra ignorancia que buscar refugio en un dato preciso e inútil que sustituye nuestro pensar.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 25 de marzo de 2018

Vender la libertad al miedo

18 marzo, 2018

A Juan Carlos Campo, que eligió ser valiente

El mundo de mi adolescencia y primera juventud se dividía entre los amigos que teníamos padres que podían superar su miedo, y los que no. Ya fuera que planeáramos hacer un viaje, o salir el sábado por la noche, sabíamos que unos tendríamos que dar pocas explicaciones en casa, en tanto que otros tendrían que pasar un calvario para conseguir el permiso paterno.

Todos los padres sentimos un pellizco de angustia cuando vemos salir de casa a nuestros hijos adolescentes. La cuestión es si nuestro miedo se convierte en una cárcel para nuestros hijos, es decir, hasta dónde estamos decididos a restringir su libertad y su desarrollo personal para garantizar su seguridad. Algo así pasa con las sociedades. Nuestro país es uno de los países más seguros del mundo. Según estadísticas del Ministerio del Interior y de Eurostat, en España hay menos homicidios que en Italia, Alemania, Portugal, Gran Bretaña o Francia, que son países muy seguros.

La tasa de homicidios por cien mil habitantes en España es de 0,63. Esto equivale, para una ciudad como Málaga, a tres homicidios y medio al año. No obstante, con esos datos, y una buena campaña de prensa, se podría conseguir asustar a los padres de tal modo que una generación de jóvenes malagueños y malagueñas vivieran un infierno cada fin de semana en sus casas. Es más, seguro que algunos partidos estarían dispuestos a decretar el toque de queda, todo por los votos, pero dudo de que así disminuyeran los homicidios.

Cuando el Gobierno nos quiere convencer de que recortar el número de policías, como ha hecho, y aumentar las penas, es una forma eficaz de evitar los delitos, tenemos derecho a pensar que nos está tomando el pelo. Con todo, la seguridad estructural en un país depende algo más de los maestros que de la policía, como la seguridad de los edificios depende más de las normas de construcción que de los bomberos. Y nuestro país es, repito, uno de los más seguros del mundo. Luego están casos como el del guardia civil que, drogado, dispara con su arma reglamentaria a alguien que tuvo la mala suerte de cruzarse con él. O los menores de edad que matan a la pareja de ancianos para robarles. Es decir, luego está la naturaleza humana.

Podemos convertir el mundo en la cárcel de una tiranía, sin derechos, sin garantías jurídicas, a merced de sus funcionarios, y seguirá habiendo delitos. Las democracias no son avanzadas porque sean tolerantes con el delito, sino porque son capaces de combatir el delito sin acabar con la libertad y la seguridad de sus ciudadanos, y sin necesidad de conculcar los derechos humanos de los delincuentes. Es verdad que estos días hablar de los derechos humanos de los delincuentes no cotiza al alza en el mercado político. Estos son días de miedo, rabia y venganza, que son muy humanas, pero ni son más humanas que la piedad y la razón, ni garantizan un orden más libre, ni más justo, ni más seguro.

El peor de todos los delitos lo habremos cometido nosotros, los ciudadanos y ciudadanas, si vendemos nuestra libertad al miedo.

Publicado en el diario SUR el 18 de marzo de 2018

Intervención en el Pleno del Congreso en relación con una Proposición de Ley de ERC para despenalizar las injurias a la corona y los ultrajes a España

15 marzo, 2018

CORTES GENERALES

DIARIO DE SESIONES DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS

PLENO Y DIPUTACIÓN PERMANENTE

Año 2018 XII LEGISLATURA Núm. 108

PRESIDENCIA DE LA EXCMA. SRA. D.ª ANA MARÍA PASTOR JULIÁN

Sesión plenaria núm. 103

celebrada el martes,

13 de marzo de 2018

TOMA EN CONSIDERACIÓN DE PROPOSICIONES DE LEY:

– DEL GRUPO PARLAMENTARIO DE ESQUERRA REPUBLICANA, ORGÁNICA, POR LA QUE SE MODIFICA LA LEY ORGÁNICA 10/1995, DE 23 DE NOVIEMBRE, DEL CÓDIGO PENAL, PARA DESPENALIZAR LAS INJURIAS A LA CORONA Y LOS ULTRAJES A ESPAÑA. (Número de expediente 122/000044).

La señora PRESIDENTA: Muchas gracias.

Por el Grupo Parlamentario Socialista, tiene la palabra el señor Torres Mora.

El señor TORRES MORA: Gracias, señora presidenta.

Cuando dos matemáticos comienzan a trabajar juntos, lo primero que hacen es ponerse de acuerdo en el sistema de notación; es decir, se ponen de acuerdo en el significado de los términos que usan. Señor Rufián, usted interviene en nombre de un partido que se llama Esquerra Republicana y yo lo hago en nombre de un partido que es republicano y de izquierdas. Sin embargo, usando las mismas palabras, no nos entendemos, de modo que quizá sea bueno aclarar primero los términos.

El término republicano hace referencia tanto a la forma electiva y no hereditaria de la Jefatura del Gobierno como a un orden político e institucional al servicio de un exigente ideal de libertad, y es de la libertad de lo que trata el presente debate. Se apoyan ustedes en la vieja paradoja sobre cómo se defienden las democracias de quienes quieren acabar con ellas por procedimientos democráticos y nos piden, en nombre de la democracia y de la libertad, que legislemos para que calumniar, injuriar o ultrajar a España y al jefe del Estado dejen de ser delitos. Es más, lo que sostienen ustedes es que calumniar, injuriar y ultrajar a una persona o a un país es una expresión de libertad, y con ambas afirmaciones tenemos un desacuerdo sustantivo.

La libertad, tal como la entiende el republicanismo, no consiste en hacer mi capricho sin ninguna interferencia. Esa idea responde a otra tradición política, la del liberalismo, que en su peor versión, la neoliberal, se ha convertido en la ideología hegemónica de nuestro tiempo; tanto que es la que inspira la proposición de ley que hoy nos presentan ustedes. ¿O es casualidad que hayan tomado ustedes como inspiración a los Estados Unidos?

Nos dicen en la exposición de motivos de su proposición de ley que la primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos permite quemar la bandera norteamericana en aras de la libertad. Por cierto, cuidado, que los mismos que te permiten quemar la bandera llevan muy mal que no te levantes al paso de la misma cuando la sacan a desfilar para honrar una de sus guerras. (Aplausos). Pero, para entender plenamente esa idea de libertad, hay que ver cómo interpretan la segunda enmienda los defensores del derecho a llevar armas. No sé ustedes, pero yo me siento más libre sabiendo que nadie lleva armas que pudiendo comprarme unas cuantas a las tres de la mañana. Para un neoliberal, conducir borracho es un ejercicio de libertad; para un republicano, no. La libertad no es hacer mi capricho, sino que nadie me pueda someter al suyo. La libertad no consiste en que yo pueda calumniar, injuriar o ultrajar a quien me venga en gana, sino que nadie me pueda calumniar, injuriar o ultrajar cuando le venga en gana. (Aplausos).

No es la crítica política democrática al jefe del Estado lo que quieren despenalizar. La crítica política al rey fiera y despiadada, con toda su dureza, no está penalizada en nuestro país. En la España del presente no solo se pueden criticar públicamente los errores del rey, sino que se puede criticar libremente la forma monárquica de la Jefatura del Estado y hacer proselitismo a favor de la república. Y si un familiar del rey comete un delito, no solo se puede publicar la denuncia a los cuatro vientos, sino que veremos a ese familiar dar cuentas ante la justicia, y esto no es una hipótesis. No, no es la crítica política lo que ustedes quieren despenalizar, sino que quieren convalidar una forma de violencia al amparo de la libertad de expresión. ¿O acaso la violencia verbal no es violencia? (Aplausos). ¿No es un arma la palabra? ¿Es que no hieren las palabras? ¿No marginan, no destruyen las reputaciones, no arruinan las vidas las palabras? La calumnia, la injuria y el ultraje tienen todas la misma venenosa raíz: la mentira, y combatir la mentira no es ir en contra de la libertad de expresión, sino a favor de la verdad que nos hace libres.

La injuria busca la humillación, es decir, el sometimiento. El calumniador no es un liberador, sino un opresor. Es a ese tipo de personas a quienes quieren ustedes desatar con su iniciativa al amparo de una concepción equivocada de la libertad. Es la ley la que nos da la libertad. Ulises, atado al mástil de su barco por su propia voluntad, es más libre que muerto en el abismo tras haber sido arrastrado por los cantos de sirena. Hace tiempo que los seres humanos aprendimos que la ausencia de leyes, de límites no nos hace más libres, sino más vulnerables a nuestras pasiones y al capricho de los poderosos. Hago aquí un punto y aparte para advertir seriamente a la Cámara de que sería algo mucho peor que una torpeza imponer penas injustas por excesivas a este tipo de delitos. Lo que dice el tribunal de Estrasburgo es que el populismo penal es igual de dañino para la democracia que cualquier otro populismo. Dicho esto, señor Rufián, quemar al rey sigue siendo un delito.

Señorías, el ideal republicano nos obliga a vigilar eternamente para mantener viva la llama de la libertad, también a vigilar al jefe del Estado, pero hoy no viene de ahí el peligro. El héroe del drama de Zorrilla estaba dispuesto a dejarse ultrajar por el rey porque en el medievo el rey podía ultrajar a todos impunemente. Con su proposición de ley ustedes invierten los términos de la ecuación, es decir, quieren que todos puedan ultrajar al jefe del Estado. Cambian el número y el nombre de quienes pueden ultrajar impunemente a otros, pero el resultado sigue siendo la tiranía, que, en lugar de ser de uno, es de muchos o, si quieren, de una mayoría. El republicanismo no debería confundir la democracia con la tiranía de la mayoría, como, por cierto, hicieron ustedes el pasado 6 de septiembre en el Parlamento de Cataluña. (Aplausos).

Hace tiempo que los socialistas, los buenos socialistas, la tradición socialista y republicana, comprendimos que ser antifascista no te convierte necesariamente en un demócrata. También comprendimos que ser antimonárquico no es lo mismo que ser republicano. Por eso votaremos desfavorablemente a su proposición de ley, porque no es republicana y, por cierto, no es de izquierdas.

Muchas gracias. (Aplausos).

Publicado en el Diario de Sesiones del 14 de marzo de 2018