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Rajoy y Barrio Sésamo

21 agosto, 2016

 Los demócratas decimos que nos sometemos a las leyes porque emanan de la voluntad del pueblo. En noviembre de 2011 el PP obtuvo el 44,6% de los votos, que obviamente no son la mayoría absoluta de los votos, pero que le dieron la mayoría absoluta de los escaños en el Congreso y el Senado. Ciertamente, el PP obtuvo el 44,6% de los votos emitidos, pero también es verdad que esos votos eran solo el 30% del censo electoral, y el 23% de toda la población española. Por razones prácticas, en las democracias occidentales hemos aceptado la ficción de que la voluntad de la mayoría es equivalente a la voluntad del pueblo, pero como ya hemos explicado alguna vez en estas páginas, no deberíamos llevar esa ficción más allá de donde dicta la prudencia.

 

Al menos no tan lejos como la llevó el PP en la legislatura de 2011 a 2015. Si el PP aprobó muchas de sus leyes y medidas en solitario, no fue porque interpretara mejor la voluntad del pueblo que los demás partidos, sino porque tenía mayoría absoluta en las Cortes. Los demócratas no necesitamos engañarnos con historias peregrinas para acatar las normas de la democracia. Es acatándolas, especialmente cuando no nos favorecen, como mostramos nuestra verdadera talla.

 

Quienes defienden la abstención del PSOE para facilitar la investidura del señor Rajoy no terminan de encontrar argumentos indiscutibles o, por lo menos, sólidos y rigurosos. De modo que se inventan normas y principios tan endebles como desconocidos hasta ahora. Primero dijeron que los socialistas están obligados a abstenerse porque nunca se ha producido una diferencia tan clara entre el primer partido y el segundo, hasta que miraron los resultados de 1982, y tuvieron que buscar otro argumento. Para ello han dado una vuelta de tuerca más a la ficción de tomar a la mayoría como si fuera la totalidad del pueblo. En este caso el argumento es que el PP subió entre diciembre y junio, 669 mil votos. No sería la mayoría que obtuvieron el 20D, sino esos nuevos votos, un poco mas que el 1% de la población, los que marcarían la diferencia cualitativa, los que expresarían el verdadero sentir del verdadero pueblo. Y luego hablan del populismo.

 

Ni la distancia con el segundo, ni ser el partido que más ha crecido de una elección a otra, forman parte de las normas que rigen la elección de presidente del Gobierno de España, y que están claramente establecidas en el artículo 99 del la Constitución. El señor Rajoy y sus partidarios tratan de ganar en los despachos y en los medios de comunicación lo que no ganaron en las urnas, y para ello quieren hacernos creer que el 26J el líder del PP ganó la presidencia del Gobierno. ¿Qué gano el señor Rajoy el 26J? Lo único que de verdad ganó es un escaño por Madrid, y la prueba es que tiene su escaño, nadie lo discute. Lo que Rajoy no ganó el 26J es la presidencia del Gobierno. La prueba de que no la ganó es que no la tiene. Por eso todavía tiene que ganarla en el Congreso, o no. Esas son las reglas de nuestra democracia. Como dirían en Barrio Sésamo, conviene distinguir entre lo discutible y lo indiscutible.

 Publicado en el diario SUR el 21 de agosto de 2016

Rajoy y el juego del gallina

14 agosto, 2016

 

 

De todos los juegos que se estudian en teoría de juegos el que me pone más nervioso es el juego del gallina. A ese juego, por llamarlo de alguna manera, jugaban James Dean y Corey Allen, en Rebelde sin causa. En la película el juego consistía en una carrera de coches en dirección a un barranco para ver quién era el último conductor en saltar de su coche antes de que se despeñara por el precipicio. En su versión canónica el juego consiste en que los dos conductores dirijan sus coches el uno contra el otro, y gana el último que da un volantazo para eludir el choque, es decir, gana el que más desprecia su propia vida. Es un juego que, generalmente, termina mal.

 

No está bien que un presidente del gobierno practique un juego tan peligroso, pero eso es lo que está haciendo el señor Rajoy. El metafórico barranco son, en esta ocasión, unas terceras elecciones. O él, o las elecciones. Ese es el desafío que nos hace a todos. Esta semana ha dado el volantazo el líder de Ciudadanos, el señor Rivera. Como ha dicho uno de los dirigentes de ese partido, se van a tragar todo lo que han venido diciendo hasta ahora. Y es un trago muy amargo.

 

La razón de ser de Ciudadanos como proyecto político autónomo, la razón de la lealtad que han mantenido más de tres millones de votantes de centro derecha a ese partido, es precisamente su apuesta por regenerar éticamente a una cierta derecha indiferente, cuando no complaciente, con la corrupción. Y ese proyecto de regeneración, como afirmaba el señor Rivera durante y después de la campaña, es incompatible con la presidencia del señor Rajoy.

 

Al tratar de legitimar su brusco giro, el señor Rivera ha hecho algo peor que facilitar la investidura del líder del PP: ha ocultado el verdadero juego del señor Rajoy. Rivera no puede creer, ni hacer creer a nadie, que sus seis medidas sirven para acabar con la corrupción. Que todas ellas, además, sólo tengan que ver con la corrupción, no hace más que evidenciar la razón de su sentimiento de culpa. Lo que reivindica es lo mismo que ha traicionado. El líder de Ciudadanos ha perdido la oportunidad de mostrar con meridiana claridad el único motivo por el que ha cedido: evitar unas terceras elecciones. Las terceras elecciones con las que el señor Rajoy está chantajeando a todas las fuerzas políticas que se niegan a apoyar su investidura y, en último término, a la sociedad española.

 

Una cosa es ceder a un chantaje y otra justificarlo. En lugar de mostrar su propia responsabilidad, lo que ha hecho el señor Rivera es ocultar la irresponsabilidad de Rajoy. Con un panorama parlamentario como el que ha salido de las urnas el 26J, lo lógico es que, como ha venido exigiendo Ciudadanos, Rajoy ceda el testigo a otro miembro de su partido, capaz de conseguir el crédito de otras fuerzas políticas. Rajoy ni lo ha intentado, él no necesita el crédito ni la confianza de nadie, le basta con apretar el acelerador y esperar a que sus medios de comunicación vendan como prudencia de sus adversarios lo que no es más que “vil y pálida cobardía”.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 14 de agosto de 2016

No, es más que no

7 agosto, 2016

 Dicen que la consigna “no es no” que repetimos los socialistas cuando se nos pregunta por un eventual apoyo, activo o pasivo, a la investidura del señor Rajoy, no es una buena estrategia de comunicación. Lo cierto es que, a pesar de nuestra reiteración del “no es no”, los medios, nuestros adversarios, y hasta algunos de nuestros propios compañeros, no dejan de presionar para que nos abstengamos y facilitemos la presidencia del Gobierno al líder del PP. De modo que esa insistencia, de unos y otros para que nos abstengamos, aparece como una muestra de la poca eficacia comunicativa del “no es no”.

 

Dicho lo anterior ¿hay algún dato objetivo que nos ilumine sobre la eficacia, o ineficacia, del “no es no” entre la ciudadanía? El único dato que conozco son dos encuestas de Metroscopia, una realizada inmediatamente después de las elecciones del 26J y la otra un mes más tarde. En la primera el porcentaje de ciudadanos que preferiría abstenerse y dejar que gobernara Rajoy para que no se repitan las elecciones, era del 73%, en la segunda los partidarios de la abstención bajaban al 66%.

 

Por cierto, la misma encuesta preguntaba si Mariano Rajoy debería renunciar a ser presidente si eso facilitara la formación de Gobierno, y tanto en la encuesta de comienzos de julio, como la realizada a finales, el 70% de los entrevistados se muestra favorable a una renuncia de Rajoy. De este dato apenas se oye hablar y, sin embargo, no parece un asunto menor. Sobre todo teniendo en cuenta que Ciudadanos ha puesto como condición para apoyar un gobierno del PP que este partido cambie de candidato.

 

En todo caso, lo que uno puede concluir de ambas encuestas, que al fin y al cabo consisten en preguntar su opinión a más de mil personas elegidas al azar, y que son estadísticamente representativas de la población española, es que estamos, en términos de opinión pública, en una guerra de trincheras en la que el frente apenas avanza para nadie. Lo que no deja de ser sorprendente, porque la potencia mediática a favor de la investidura del señor Rajoy es abrumadora. Tan abrumadora que nos confunde sobre la realidad, hasta que dejamos de ver partes esenciales de la misma, como esa persistente mayoría del 70% que cree que Rajoy debería renunciar a presentarse en lugar de chantajearnos con unas terceras elecciones.

 

Con todo, probablemente sería bueno que los socialistas hiciéramos un esfuerzo para explicar, además de reiterar como lo estamos haciendo cada día, nuestro “no es no” a la investidura de Rajoy. Por eso me atrevo a traer aquí una célebre cita de El hombre rebelde, de Albert Camus, en la que dice: “¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no. Pero negar no es renunciar: es un hombre que dice sí desde su primer movimiento”. Cuando los socialistas decimos no al señor Rajoy, estamos afirmando que la insensibilidad, e incluso la complicidad, ante la corrupción y la indiferencia ante el sufrimiento de la gente no deben presidir una sociedad como la nuestra. Cuando decimos no a Rajoy decimos sí a una España más justa. Esa esperanza explica nuestra rebeldía.

 Publicado en el Diario SUR el 7 de agosto de 2016

Vidas perpendiculares

31 julio, 2016

 En los primeros días de abril de 2011, José Luis Rodríguez Zapatero anunció que no sería candidato en las siguientes elecciones generales. Antes de hacer ese anuncio, su valoración en el último barómetro que había publicado el CIS fue de 3,3 en una escala del 0 al 10. En ese momento, el 27% de los entrevistados le daba un cero. En el barómetro de abril del presente año, la valoración del presidente Rajoy ha sido del 2,9 y le daba un cero el 38% de los entrevistados. No está mal, antes de las elecciones de diciembre el porcentaje de ceros a Rajoy era del 46%. Claro que a Rodríguez Zapatero le discuten muchas cosas, pero no su generosidad.

 

Mientras escuchaba la comparecencia del presidente Rajoy, a la salida de su reunión con el rey, pensaba en sus diferencias con el presidente Rodríguez Zapatero. Si Plutarco levantara la cabeza, en lugar de Vidas paralelas, escribiría Vidas perpendiculares. El señor Rajoy, con una valoración bastante peor de la que tuvo el último presidente socialista, en lugar de renunciar a presentarse, volvió a encabezar las listas del PP en las elecciones del 26 de junio y, tras quedarse a 39 escaños de la mayoría, insiste en que estamos obligados a hacerlo presidente por el bien de España. Sin comprender que es, precisamente, por el bien de España, por lo que nos negamos a hacerlo presidente.

 

Choca que algunas de las personas, de las poderosas personas, que más inquina mostraron antaño contra el presidente Rodríguez Zapatero, son las que, hogaño, se muestran más comprensivas con el presidente Rajoy. De modo que esas personas nos piden generosidad y altura de miras para que, por el bien de España, le demos el gobierno al señor Rajoy. Digo yo que bien podríamos responderle como aquel soldado que cuando el capitán le ordenó: “ponte a cavar una trinchera que nos va a atacar el enemigo”, le contestó: “mi capitán, ¿y por qué no atacamos nosotros y que caven las trincheras ellos?”.

 

¿Por qué no le piden generosidad y altura de miras a Rajoy? Bastaría con que el señor Rajoy diera un paso atrás, y cediera el liderazgo a otra persona de su partido, para que pudieran sumar los 32 escaños de Ciudadanos de manera prácticamente automática. Sin embargo, en su rueda de prensa, el presidente en funciones dijo que el PP no acepta ese tipo de condiciones, y por tanto su partido no le obligará a dar un paso atrás. Es posible que eso honre al PP, pero no beneficia a España, y habíamos quedado en que el bien de España es lo principal.

 

Por cierto, esta última consideración también se la deberían aplicar quienes desde las filas de la oposición dicen que es mejor que no cuestionemos el liderazgo de Rajoy, porque si él continua al frente del PP y del Gobierno de España, será más fácil ganar a la derecha que si ponen a otra persona. Cuando Rodríguez Zapatero, como líder de la oposición, explicó su estrategia de oposición útil, dijo que para ganar nunca haría nada que perjudicara a España. No se me ocurre una oposición más inútil, y más dañina para España, que dejar que el presidente Rajoy siga gobernando. Lo dicho, vidas perpendiculares.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 31 de julio de 2016

Fuerzas de flaqueza

24 julio, 2016

 En los manuales de las facultades de Ciencias Políticas se explica que el mecanismo convencional por el que los partidos burgueses consiguen vencer a los partidos obreros, obviamente más numerosos, es desviando el debate político de los problemas sociales a los asuntos relacionados con el sentimiento nacional. Por alguna triste e injusta, aunque eficaz, razón, los partidos burgueses tienen el monopolio de los sentimientos nacionales. Es algo así como si se hubieran escriturado la patria a su nombre. De modo que la batalla entre izquierda y derecha por el Estado del Bienestar, por poner un ejemplo, pasa a segundo plano cuando la patria está en peligro, sea real o imaginario.

 

Con la triste experiencia del Estatuto de Cataluña llegué a la conclusión de que el PP sólo aceptaría un acuerdo con los nacionalistas vascos y catalanes sobre la cuestión territorial si lo hacían ellos. Los que se consideran dueños de la patria común creen que ese tipo de obras mayores sólo las pueden llevar a cabo ellos. A los demás nos consideran inquilinos, por más que nuestras familias hayan regado esta tierra con su sudor y, a veces, con su sangre, durante las mismas generaciones que sus familias. Y a los inquilinos, todo lo más, se nos deja ordenar la disposición de los muebles y pegar posters en las paredes, sin dejar marca.

 

Así que, como español, siempre esperé que llegara el día en que el nacionalismo central necesitara a los nacionalistas periféricos, y viceversa, para que se pudiera llegar a un acuerdo más o menos estable sobre el tema territorial. Y mire usted por donde que el martes, en la sesión constitutiva del Congreso, atisbamos esa ansiada posibilidad. En efecto, los anónimos apoyos de los nacionalistas periféricos sirvieron para que los candidatos del PP y Ciudadanos a las vicepresidencias del Congreso sumaran 179 votos, tres más que la mayoría absoluta. Eso garantiza la investidura y la gobernabilidad.

 

Ese resultado hace evidente que las fuerzas de la derecha son mayoritarias en el Parlamento. No es que me guste esa verdad, pero la mentira me gusta menos todavía. La votación de los vicepresidentes me hizo abrigar la esperanza de que algunas personas comprendan que no tiene sentido que los socialistas hagamos ningún gobierno con los resultados salidos del 26J, y menos con el apoyo de los nacionalistas, porque ni serviría para hacer políticas económicas y sociales de izquierdas, ni serviría, como decía más arriba, para ayudar con el problema territorial, porque el PP nunca aceptaría lo que pactáramos con ellos.

 

Ahora el PP necesita apoyos para la investidura y para la gobernabilidad, y también necesita arreglar el problema territorial que tanto ha contribuido a exacerbar. Las burguesías nacionalistas periféricas también necesitan salir del carril de una especie de Brexit con un final entre albanés y bolivariano en el que se han metido. Quizá este contexto de debilidad de nacionales y nacionalistas dé para un acuerdo justo y razonable que pudiéramos apoyar los demás, con la lealtad y el sentido de Estado que ellos nunca tuvieron.

 Publicado en el diario SUR el 24 de julio de 2016

La voluntad del pueblo y los posos del café

17 julio, 2016

 Dice Pierre Rosanvallon que la elección democrática es, a la par, un principio de justificación y una técnica de decisión. Ocurre, además, que ambos elementos pueden entrar en contradicción con cierta facilidad. Como técnica de decisión la elección funciona de manera bien sencilla, el 51% es más que el 49%. Con un resultado así no hay problema a la hora de interpretar quién ha ganado.

 

Como principio de justificación, la elección remite a la existencia de una voluntad general, que a su vez remite a la existencia de un pueblo que es el sujeto de esa voluntad general. Claro que por experiencia sabemos que casi nunca se producen acuerdos del 100%. De modo que hacemos “como sí” la mayoría fuera la totalidad: al cumplir la voluntad de la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas, suponemos que estamos cumpliendo la voluntad del pueblo. Pero, volvamos al mundo real, ¿es la voluntad del 51%, la voluntad del pueblo o estamos llevando la ficción demasiado lejos? ¿Si los representantes del 51% de los electores obligan al 49% de los electores restantes a educar a sus hijos en contra de sus propios valores, es esa la voluntad general del Pueblo, o es la voluntad particular de una mayoría coyuntural? El sencillo sistema de decisión choca frontalmente con el principio de justificación.

 

Estos días escuchamos a muchas personas interpretar la voluntad general del pueblo, como si, efectivamente, el pueblo fuera un único sujeto y tuviera una sola voluntad. Nos dicen: el pueblo ha hablado claramente, nunca hasta ahora el primero le había sacado tanta ventaja en escaños al segundo, de modo que el segundo está obligado a facilitar el gobierno porque esa es la voluntad del pueblo. No es así, el PP le ha sacado al PSOE 52 escaños de ventaja, pero en 1982 el PSOE le sacó a AP 95 escaños de ventaja. Con todo, ¿cuál sería el resultado excepcional que permita romper la lógica de formación de gobiernos en una democracia parlamentaria? Lo que ocurre cuando se argumenta con datos es que siempre hay otros datos: nunca hasta ahora nadie había intentado formar gobierno con 137 escaños. Por ejemplo, decir que porque el PP ha subido 14 escaños respecto a diciembre, la voluntad del pueblo es que los socialistas le regalen la investidura a Rajoy es olvidar que todavía le faltan 39 para los 176. Digo yo que si los ciudadanos le hubieran querido dar el gobierno al PP habrían buscado un camino más directo, como en 2011, en lugar de votar al PSOE. Y es que interpretar los resultados electorales es para algunos lo que para otros es interpretar las cartas o los posos del café.

 

Parece razonable que el partido que tenga más apoyos parlamentarios, porque los haya obtenido en las urnas, o porque los haya conseguido de otros grupos políticos, sea el que acuda a la investidura. Esa es la lógica de una democracia parlamentaria. El martes se constituyen las Cortes, por ahora el que tiene más escaños para iniciar el proceso de buscar apoyos es el PP, ¿sabrá la derecha alcanzar el gobierno, y gobernar, sin mayoría absoluta?

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 17 de julio de 2016

El trilema del PSOE

13 julio, 2016

 

Los socialistas nos encontramos en la siguiente situación: a) no queremos que gobierne el PP; b) no somos capaces de formar una mayoría alternativa; y c) no queremos que haya nuevas elecciones. Nos encontramos ante un trilema: sólo podemos hacer concordar dos de las tres opciones. Por ejemplo, si no queremos que gobierne el PP y no queremos que haya nuevas elecciones, no nos queda más remedio que formar una mayoría alternativa. Que fue lo que intentamos, sin éxito, la pasada legislatura. Si, por el contrario, en esta ocasión renunciamos a formar una mayoría alternativa y no queremos que haya elecciones, entonces no nos quedaría más remedio que resignarnos a un gobierno del PP. La tercera opción del trilema, la de no resignarnos a que haya un gobierno del PP, sin que seamos capaces de formar una mayoría alternativa, desemboca necesariamente en unas nuevas elecciones. De hecho esa fue la opción del PP y de Podemos en la pasada legislatura, como no aceptaban un gobierno liderado por el PSOE, y no eran capaces de formar una mayoría alternativa, en lugar de abstenerse, forzaron unas segundas elecciones.

 

Se nos dice a los socialistas que la sociedad española no nos perdonaría unas nuevas elecciones, pero en junio el electorado ha premiado al PP y Podemos, que suman ahora 208 escaños, es decir, 16 más que en diciembre y, por el contrario, ha castigado a Ciudadanos y PSOE, que suman ahora 117, es decir, 13 menos que en diciembre. Probablemente quienes nos hacen tales advertencias estén igual de equivocados que quienes afirmaban que repetir las elecciones provocaría una gran abstención. Pese a las previsiones de esas personas, los ciudadanos hemos participado algo más en las elecciones de junio que en las diciembre pasado (*).  

 

Porque, en general, los ciudadanos no castigan que les hagamos perder una hora en ir votar, sino la incoherencia entre nuestras palabras y nuestras acciones. ¿Cómo entenderían los casi cinco millones y medio de votantes socialistas que permitiéramos un gobierno del PP? Y eso después de que el PSOE, por boca de sus lideres, de todos ellos, haya denunciado no ya las erradas e injustas políticas de la derecha, sino los comportamientos absolutamente inaceptables del señor Rajoy y de su ministro del Interior, por citar el caso más reciente. ¿Qué significaría a partir de ese momento “no es no”, cuando lo diga un socialista? ¿Qué les dirían a los votantes socialistas los de Podemos al día siguiente en los trabajos? ¿Enhorabuena, qué envidia, vuestros líderes son los más responsables? ¿Qué nos diría la derecha económica y mediática la primera vez que votáramos con Podemos en contra de un proyecto de ley del PP? ¿Nos diría, no os preocupéis, sabemos que vosotros sois muy responsables?

 

Cuesta trabajo creer que alguien se atreva a decirle a los socialistas que abstenerse y regalar el gobierno al PP, la oposición a Podemos, y el PSOE al olvido, es un acto de responsabilidad con España. Pero cuesta más trabajo aún imaginar que alguien, que nos quiera y nos respete, nos vaya a agradecer que hagamos eso.

 

La derecha política, económica y mediática nos plantea a los socialistas la repetición de elecciones como un chantaje: o nos abstenemos para que gobierne el PP, o la culpa de unas nuevas elecciones será nuestra. Los socialistas no estamos interesados en absoluto en que haya un gobierno del PP, y no veo por qué deberíamos hacer nada para que lo haya. Sin presuponer qué gobierno se pueda formar, si el PP y el resto de las fuerzas políticas quieren que nos pongamos de acuerdo en resolver el trilema y que una mayoría de bloqueo no fuerce un bucle de repetición de elecciones, como hicieron la vez pasada PP y Podemos, los socialistas no deberíamos tener ninguna objeción. Siempre y cuando el coste de la no repetición se distribuya de manera equitativa entre todos, esto es, que ponga más el que más tenga, nobleza obliga. Como dijo Pablo Iglesias, el fundador del PSOE, en un tiempo en el que sólo a los hijos de los trabajadores se les exigía ir a la guerra de Cuba: “o todos, o ninguno”.

 

Si la sociedad, o los que dicen hablar en su nombre, exigen que unos hagan todos los esfuerzos y los sacrificios, y a otros les permite que no hagan ninguno, entonces la política no se va a curar.

Publicado en el diario El País el 12 de julio de 2016.

(*) En efecto, según la página oficial del Ministerio del Interior la participación el 26J fue del 69,84% y la del 20D lo fue del 69,67%. Sin embargo, como amablemente me ha advertido Pepe Fernández Albertos, los datos de Interior no incorporan aún el CERA para el 26J, de modo que es bastante probable que finalmente la participación baje algo más de tres puntos porcentuales. Ciertamente, como también me dice Fernández Albertos, esa diferencia no modifica sustancialmente el argumento, frente a quienes afirmaban que una repetición de elecciones provocaría una desafección que tendría graves consecuencias en la participación, una diferencia de tres puntos porcentuales no se sale de las oscilaciones en la participación que venimos observando a lo largo de las elecciones de la democracia. En todo caso, honremos a la verdad de los datos y a la inteligencia amable de Pepe Fernández Albertos.

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