Skip to content

Sobrevivir para convivir

14 enero, 2018

Vivimos tiempos extraños, en los que nada coincide con lo que esperábamos. Hace unos meses éramos muchos quienes creíamos, unos con esperanza y otros con temor, que si el presidente de la Generalitat entraba en la cárcel, o se veía en la tesitura de tener que huir del país para evitar ir a prisión, saldría de la cárcel, o regresaría del extranjero, aclamado por el pueblo catalán e investido automáticamente como presidente de la República Independiente de Cataluña. Sin embargo, el señor Puigdemont sigue en Bruselas y el señor Junqueras en la cárcel, y las elecciones, lejos de ofrecernos la imagen de un pueblo unido para rescatar a sus líderes, nos han mostrado a un pueblo partido en dos mitades enfrentadas. Es más, frente a la idea bastante extendida de que el sacrificio por la patria es la semilla de la que nace la gratitud del pueblo, resulta que ha tenido más votos el huido señor Puigdemont que el encarcelado señor Junqueras, y cualquiera diría que la vida en cárcel es más sacrificada que asistir a la ópera en Gante.

Por otro lado, mucha gente pensó inicialmente que la solución del presidente Rajoy para restaurar la legalidad en Cataluña, convocando rápidamente unas elecciones, en aplicación del artículo 155 de la Constitución, le daría grandes réditos políticos, si no en Cataluña, sí en el resto de España. Lo extraño no es que los resultados del PP hayan sido calamitosos en Cataluña, sino que los de Ciudadanos, que ha tenido una posición aún más radical, hayan sido tan buenos. Y más extraño aún es que, lejos de recibir el premio en el resto de España, las encuestas muestren una significativa bajada general de los apoyos al PP en beneficio de Ciudadanos.

Por mi parte, he de reconocer que estaba, y sigo estando, convencido de que la estrategia del señor Iceta es la que más conviene a la sociedad catalana: unir a las dos identidades nacionales que viven en Cataluña en una comunidad cívica. Sin embargo, el resultado de los socialistas ha sido decepcionante. Los socialistas comparecieron con una propuesta de solución, pero la mayoría de los electores unionistas, en lugar de votar a quienes ofrecían una solución, prefirieron a quienes subrayaban el problema. Es como si quienes votaron a la señora Arrimadas pensaran que, para convivir, primero hay que sobrevivir. Identitariamente hablando, claro. Quienes votaron a Ciudadanos priorizaron el derecho a vivir su identidad nacional, en su caso de catalanes que también se sienten españoles, a las fórmulas para convivir con la otra identidad nacional. Es algo que los independentistas pueden comprender muy bien, porque es lo que llevan haciendo desde hace mucho tiempo. Quizá, vaya usted a saber, el mayoritario voto del electorado unionista a Ciudadanos era algo más que una mera cita de esos versos del poema Patmos, de Hölderlin, que dicen: “allí donde hay peligro crece lo que nos salva”. A lo mejor, para que todos vean la solución, es necesario que todos comprendan el peligro.

En fin, que dado que nada es como esperábamos, quizá deberíamos empezar a esperar otras cosas.

Publicado en los diarios SUR y el Correo el 14 de enero de 2018.

Regular

7 enero, 2018

Publica estos días la prensa sendas informaciones sobre el propósito de los presidentes Macron y Trump de establecer ciertas regulaciones legales para Internet. La intención del presidente Macron es impulsar una ley para perseguir la publicación de noticias falsas en la red. La del presidente norteamericano es acabar con la llamada neutralidad de la red, y de camino con la neutralidad del Estado, legislando a favor de las empresas de telecomunicaciones frente a las proveedoras de servicios en Internet. Lo que en la práctica significará establecer una Internet a dos velocidades, una, más cara, para que los ricos no tengan que esperar, y otra, más lenta, para los menos ricos, porque los pobres, los pobres de verdad, no tienen Internet. A lo que quiere hacer el señor Macron lo llaman regulación, y eso inquieta a los fundamentalistas neoliberales, y a lo que quiere hacer el señor Trump, se lo califica como desregulación, y eso los tranquiliza.

Convendría, no obstante, aclarar que quienes hablan de no regulación no defienden la sustitución de las reglas por el azar, sino por otras reglas. En la naturaleza, los lobos y los corderos no se comen aleatoriamente entre sí, sino que son los lobos los que siempre se comen a los corderos. Volver al Estado de Naturaleza del que hablaba Hobbes significa volver a la ley del más fuerte. La neutralidad de la red requirió un importante esfuerzo regulador por parte de la administración Obama, la desregulación que propone el presidente Trump significa que sólo rige una regla: “los ricos primero”. Lo que hacen los absolutistas del mercado es afirmar que esa regla es mucho más natural y sencilla que la regulación que había establecido el presidente Obama. En palabras del presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos: “no es nuestro trabajo decidir quién gana y quién pierde en la economía de Internet”. Está claro quien se va a comer a quien a partir de ahora. Las telefónicas harán con las empresas proveedoras de servicios, lo que estas hicieron con las creadoras de contenidos. Lo que no está claro es por qué las decisiones que tomamos con nuestro dinero han de ser necesariamente más naturales que las que tomamos con nuestro voto.

La desregulación que propicia el presidente Trump tendrá un final bastante previsible, será sustituida por la regulación que establezcan las compañías de telefonía, una regulación privada que tendrá menos garantías democráticas y que permitirá una mayor acumulación de dinero y poder a quienes ya tienen mucho. Que el presidente Macron alcance el éxito en su intento de evitar que Internet sea tóxica parece más imprevisible y también más improbable, sin embargo, si lo consigue, su regulación habrá traído más democracia y más libertad a su sociedad. Es verdad que regular cualquier actividad humana puede conllevar riesgos para la libertad, pero también es cierto que la ausencia de leyes no equivale a la libertad, sino a la tiranía del más fuerte, del más rico, o del que tiene menos escrúpulos, y en eso se está convirtiendo Internet.

Publicado en el diario SUR el 7 de enero de 2018

De corazón

31 diciembre, 2017

A principios del siglo pasado, Max Weber, uno de los padres de la Sociología hablaba de los seres humanos del futuro, es decir, de nosotros, como “especialistas sin espíritu, gozadores sin corazón”. Weber temía que la creciente burocratización de la vida social, junto con el avance tecnológico, terminaran por convertirnos en algo a lo que hoy llamaríamos robots. En realidad sus predicciones no tardaron mucho en cumplirse de la forma más siniestra en Alemania, su propio país, apenas una década después de su muerte.

De forma bastante más amable que en los años treinta del siglo XX en Alemania, pero no menos inquietante, las predicciones de Weber se cumplen, cada vez con más fuerza, todos los años durante estas fechas. No fui muy consciente del asunto hasta que, como diputado, empecé a recibir un buen montón de tarjetas de felicitación de personas, empresas, ONGs, e instituciones públicas, a las que no conocía de nada. De modo que le pregunté a un colega qué se hacía con todo aquello, esto es, si había que responder una a una a todas aquellas tarjetas. Mi colega me dijo: “haz lo que quieras, en realidad no te lo manda la persona que firma la tarjeta, sino su oficina a partir de un listado en el que te han incluido por ser diputado”. “Habrán mandado miles”, concluyó. De modo que para corresponder educadamente a las personas que me felicitaban, y dado que los diputados, en general, no tenemos “oficina”, calculé que debía dedicar varios días a escribir felicitaciones de respuesta que, probablemente, solo leerían “las oficinas” de quienes habían empezado primero el intercambio de tarjetas navideñas. Así que, no sin cierto sentimiento de culpa, desistí.

Desde entonces, y rápidamente, el correo electrónico, pero sobre todo la mensajería móvil, han democratizado el acceso a las felicitaciones masivas. Ya no necesitas tener una oficina que tenga una buena base de datos con nombres y direcciones. Ahora basta con darle a una tecla para enviar felicitaciones a toda tu lista de contactos, y no sólo una vez, sino todas las veces que se te ocurra. De modo que si después de enviar una imagen para felicitar a todas las personas que conoces, recibes otra que te gusta más, pues también se la envías a todos tus contactos. Al recibirlas ya no puedes consolarte pensando que Fulanito o Menganita se han acordado de ti dos veces, porque en realidad ni se acuerdan de que te tienen en la lista de contactos desde el día en que incautamente les distes tu número, sino que eres tú el que te acuerdas de ellos cada vez que le den a enviar.

Durante la Guerra Fría se especulaba con la idea de oleadas de aviones que seguirían, de manera automática, repostando y recargándose automáticamente, mientras bombardeaban un planeta en el que no quedarán ya ningún ser humano vivo. Creo que ese final, afortunadamente, lo hemos evitado. Ahora la pesadilla es que, desaparecida la humanidad entera, los teléfonos móviles seguirán felicitándose el año unos a otros sin que ningún ser con corazón lea esas felicitaciones. Querida lectora, o lector, desconocido, feliz 2018, de corazón.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 31de diciembre de 2017

Enhorabuena a los ganadores

24 diciembre, 2017

Dada la necesaria brevedad de esta columna, he pensado que el título me venía bien para felicitar al mismo tiempo a quienes el viernes ganaron algún premio de la lotería de Navidad y a quienes ganaron el jueves las elecciones de Cataluña. Respecto a los primeros, los de la lotería, siempre me viene a la cabeza aquella clase de Sociología en la que nos explicaron, ya hace cuarenta años, en qué consistía la llamada “cultura de la pobreza”. Al parecer ganar la lotería no les garantiza a cierto tipo de personas que las cosas se les arreglen. Si la razón por la que te va mal en la vida es que tus valores y hábitos son inadecuados o, directamente, malos, el dinero de la lotería se te escapará entre las manos en un pis pas, es más, puede que te metas en gastos que te hagan más pobre de lo que eras. De modo que, por lo visto, quienes les sacan más rédito a un premio de la lotería son las personas a las que la vida ya les va bien o muy bien. Sin duda se trata de una idea muy poco romántica, y hasta nos puede parecer injusta, pero funciona.

También debemos felicitar a los ganadores de las elecciones en Cataluña, allí la victoria ha estado muy repartida, como también ha ocurrido con el gordo de Navidad. Nadie podrá negar el magnífico resultado que ha obtenido Inés Arrimadas al frente de Ciudadanos. Ciertamente su partido ha sido el primero en votos y escaños, aunque, en un cierto sentido que no debemos obviar, no haya ganado las elecciones. En efecto, en ese sentido al que nos referimos, las elecciones las han ganado los partidos que gobernaban -es un decir- Cataluña, hasta la aprobación del 155.

Ciertamente después de la gran alegría de la noche del jueves, es posible que, a estas alturas, todos los ganadores de las elecciones catalanas se estén dando cuenta de que el premio que han obtenido no les va a arreglar la vida sin más, sino que tendrán que usar unas virtudes y unos valores que hasta ahora no les hemos visto, para sacar algún rendimiento al poder y a la representación que les han otorgado las urnas. Un poder que no ha sido ni el imaginado por unos, ni el temido por otros, pues, al final, el pueblo de Cataluña no ha sacado de la cárcel al señor Junqueras, ni ha traído del exilio al señor Puigdemont, para canonizarlos héroes nacionales de la república catalana.

No va a ser fácil explicar, ni siquiera en Bruselas, y eso que allí están acostumbrados a escuchar muchas cosas, que con el 47% de apoyo popular un gobierno regional europeo puede saltarse la Constitución y las leyes de su Estado, incluidas las de la propia región, y declarar la independencia. No solo es difícil explicarlo cara al futuro, sino cara al pasado. De modo que es posible que cuando se les pase la euforia, los señores Junqueras y Puigdemont, caigan en que su notable victoria del pasado jueves no les da para pagar las deudas que contrajeron malinterpretando la que obtuvieron en 2015, unas deudas que ahora los tienen en la cárcel y en el exilio respectivamente. Como la lotería, también el éxito en política puede arruinar a quien no se lo merece.

Publicado en el diario SUR el 24 de diciembre de 2017

¿Lo sabrías tú?

17 diciembre, 2017

Las encuestas nos muestran de manera consistente que en torno a una cuarta parte de la población catalana no se siente en absoluto española, y casi otra cuarta parte se siente más catalana que española. Hay quienes opinan que, en este asunto de las identidades nacionales, lo relevante es el pasaporte, y nos critican a los sociólogos por preguntar por los sentimientos. Y alguna razón tienen. Si llegas a Estados Unidos y le dices a los funcionarios de la aduana que no tienes pasaporte, ni visado, pero que te sientes muy norteamericano, no te dicen: “espere en este cuartito, que le vamos a dar una alegría al presidente Trump”, sino que los muy ingratos te devuelven a tu país en el primer vuelo disponible.

Sin embargo, y a pesar de todo, los sentimientos son importantes, fríos patriotas constitucionales habermasianos hay muy pocos. Las mismas personas que consideran irrelevantes los sentimientos nacionales de los catalanes secesionistas, suelen alegrarse mucho de la reciente recuperación de un cierto sentimiento de orgullo nacional español. Toda nación es una construcción artificial, una elaboración de las élites nacionalistas, pero te atrapa por el sentimiento, ese es su inmenso poder y ese es su enorme peligro.

Estos días vamos conociendo encuestas sobre las próximas elecciones en Cataluña, y casi todas dan un empate entre las fuerzas secesionistas y las constitucionalistas. De modo que, después de todo el desgarro social, después de todo el perjuicio económico y reputacional, que nos está produciendo a todos el conflicto en torno a la secesión de Cataluña, nos encontramos con que la sociedad catalana sigue dividida en un empate inalterable.

A poco que examinemos los abundantes datos de que disponemos, hemos de concluir que en Cataluña hay dos comunidades con identidades nacionales diferentes. Durante mucho tiempo fueron un “sol poble”, y quizá vuelvan a serlo, pero ahora ese pueblo ha sido dramáticamente dividido en dos comunidades con proyectos muy distintos para el territorio en el que viven. Es posible que, en una y otra, haya quien espere que los otros desistan, que comprendan que han sido vencidos. Pero ya deberíamos saber que ninguno de los dos bandos va a darse por enterado de una eventual derrota. De hecho todos sabemos que pase lo que pase, esto no se acaba aquí.

En uno de  los primeros diálogos de Gladiator, la película de Ridley Scott, Quinto, amigo y lugarteniente del general Máximo Décimo Meridio – Russell Crowe-, el héroe de la película, dice de las tribus germánicas a las que se enfrentan: “uno debería saber cuándo es conquistado”. A lo que el general responde: “¿lo sabrías tú, Quinto? ¿Y yo?”. Reconocer que tampoco él comprendería que habría sido derrotado lo convierte en un héroe trágico, que no siendo algo muy bueno, es siempre mejor que ser un imbécil.

Ninguno aceptaríamos que otros decidieran nuestra identidad, ni con la espada ni con la urna. La cuestión es cuánto tiempo tardaran en comprender, quienes alientan el enfrentamiento, que si no pueden ganar, es precisamente porque no pueden perder.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 17 de diciembre de 2017

Con tradiciones

10 diciembre, 2017

Una vez me invitaron a participar en La Tuerka, el programa de debate televisivo de Podemos, y me preguntaron si eran compatibles el capitalismo y la democracia.  ¿Y el comunismo, es compatible con la democracia?, les respondí. Porque de lo que no hay duda, añadí sin ironía, es que el comunismo y el capitalismo son compatibles, y si no me creéis, mirad China. No piense la amable lectora, o lector, que mis contertulios se sintieron muy afectados por la contradicción. Lo cierto es que poco hay que discutir con alguien que, al mismo tiempo que niega que nuestro sistema político sea una democracia, afirma que el régimen norcoreano es una república en la que la presidencia es hereditaria.

Dicho esto, según qué capitalismo, será más o menos compatible con la democracia. Desde luego, un capitalismo completamente desregulado no es compatible con la democracia, porque la dictadura, aunque sea del mercado, no es compatible con la democracia. Como tampoco lo es la dictadura del proletariado.

Últimamente, por razones de todos conocidas, se ha puesto de moda otro viejo debate, sobre si se puede ser nacionalista y de izquierdas. Y, naturalmente, dependiendo de la idea sobre qué es ser nacionalista y qué es ser de izquierdas que tenga la persona que conteste, la respuesta será una u otra. Sin embargo, el hecho de formular la pregunta ya es importante, porque, en efecto, hay cierta concepción del nacionalismo y de la izquierda que nunca han sido compatibles. Dicen que la hipocresía es el secreto homenaje que el vicio rinde a la virtud, y algunos veteranos dirigentes de ERC, provenientes de la tradición comunista del PSUC, saben de sobra que el nacionalismo y la izquierda no encajan bien. Quizá por eso he oído decir más de una vez a los portavoces de ERC en el Congreso que ellos no son nacionalistas, sino independentistas. Sin embargo, en su práctica política respecto a la cuestión territorial, y en algunas otras más, resulta imposible distinguir a un dirigente de ERC de uno del PDeCat. Por desgracia, la única herencia viva que les ha quedado de la tradición comunista es la facilidad para comulgar con ruedas de molino.

También es cierto que es mucho pedir a quienes no son capaces de distinguir la democracia del populismo, al PSOE del PP, o a una república de una monarquía, por muy comunista que sea esa monarquía, que distingan entre el nacionalismo de esa incierta izquierda que defiende la construcción nacional de Cataluña, y el proyecto federal de quienes, defendiendo la unidad de España, aspiramos a disolver las fronteras nacionales en proyectos políticos que incorporen cada vez a partes más grandes de la humanidad. Esta semana, en el congreso del SPD, el partido de los socialdemócratas alemanes, Martin Schulz, recordaba que ya en 1925 su partido defendió la creación de los Estados Unidos de Europa, y proponía Schulz una gran alianza de todos los progresistas europeos para hacer esos Estados Unidos en el 2025. Y es que la tradición de la izquierda es el internacionalismo, el nacionalismo es, además de una contradicción, un contratiempo.

Publicado en el diario SUR el 10 de diciembre de 2017

Último trago

3 diciembre, 2017

La verdad es que la imagen, con el titular periodístico debajo, era impactante. El general bosniocroata Slobodan Praljak,  se suicidaba, bebiendo veneno, ante el tribunal que lo condenaba por crímenes de guerra. Lo vi en mi tableta mientras esperábamos a que la mesa de la Comisión de Cultura del Congreso, diligentemente presidida por Marta Rivera de la Cruz, ordenara las votaciones de la sesión del pasado miércoles. Sin embargo, a pesar de lo llamativo de la noticia, mi primera reacción fue alejarme del asunto, echarlo al olvido, y concentrarme en dirigir las votaciones de mi Grupo. La muerte es lo absoluto, y mi tarea cotidiana es precisamente lo contrario, es lo relativo, lo que tiene que ver con la cambiante opinión de los seres humanos, esto es, la política. No se me ocurre nada más absurdo, más cruel y estúpido, que mezclar la muerte con la política, la muerte absoluta y definitiva de un ser humano por motivos y argumentos que habrán cambiado una década, un año o una semana después. Justo cuando una muerte no puede ser ya reparada.

Sin embargo, mientras cenaba, las noticias de la noche volvieron a poner las imágenes de aquel hombre de 72 años, de pie, bebiendo el veneno que le causaría la muerte casi inmediata. Vi como hizo ese mismo movimiento con el que se saborea ese último resto del café en el que se concentra el azúcar, y ese gesto hizo que mi cerebro se impusiera a mi propósito de olvidar el asunto. Ese gesto con el que saboreamos la dulzura de una bebida, era el mismo con el que el general Praljak saboreaba la muerte. Y ya no pude dejar de pensar en el asunto.

Dice Wikipedia que Praljak fue militar, político, ingeniero, director de cine, director de teatro, empresario, escritor y conferenciante sobre psicología y filosofía. También dice fue condenado por ordenar torturas, violaciones y asesinatos, con el propósito de crear una Croacia étnicamente limpia. Resulta una triste ironía que las limpiezas étnicas supongan la realización de acciones tan sucias. Resulta también una amarga evidencia que ni nuestro nivel formativo ni nuestros títulos académicos nos libran de convertirnos en la encarnación del mal.

El mal es el poder sin restricciones, y nada más cercano a eso que el poder de un militar en guerra, o de un terrorista, o de un jefe arbitrario, o de un marido maltratador, es decir, el poder sin política, aunque sea al servicio de un proyecto político. Hace unos días leí una entrevista a un neurocientífico que afirma que el poder altera la química del cerebro de quien lo ejerce llevándolo a la locura, y también de quien lo padece. Dice además que, en general, aunque no siempre, la gente se cura de esa locura al tiempo de abandonar el poder. Praljak gritó, antes de tomar el veneno, que él no era un criminal de guerra. No sabemos si negaba sus actos o si se negaba a sí mismo, si quería escapar de la cárcel o de los gritos de desesperación, o de socorro, de las personas a las que torturó, violó y asesinó, y a las que ya no podía salvar. Quizá por haber bebido el poder a grandes sorbos, bebió con avidez aquel último trago.

Publicado en el diario SUR el 3 de diciembre de 2017