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Lo llaman democracia

13 agosto, 2017

 

La semana pasada el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su barómetro de julio. La notable subida en la intención de voto del PSOE distrajo nuestra atención de otros aspectos que, sin duda, resultan igualmente interesantes. Por ejemplo, la también notable subida de la preocupación por la independencia de Cataluña. El porcentaje de la población española que menciona ese asunto como uno de los tres problemas más importantes que afronta nuestra sociedad ha pasado de ser el 1,4% en junio, al 3,8% en julio. Es decir, que en un mes la preocupación por la independencia de Cataluña se ha multiplicado casi por tres. Eso sí, a gran distancia otros temas como, por ejemplo, el paro, que en junio era citado por el 71,2% y en julio “sólo” lo ha sido por el 70,6%. O la corrupción, que de ser citada por el 49,1% ha pasado a serlo por el 45,3% de los entrevistados.

 

A pesar de todo, y menos de cien días del fatídico uno de octubre, en el que los independentistas quieren convocar a las urnas a los catalanes y catalanas para ver qué hacen con Cataluña y, ya de camino, con España entera, el asunto no parece ser una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad en ninguna parte del territorio. Ante lo cual uno no sabe qué pensar, si es que la gente no se entera de la gravedad del desafío independentista, si es que no se lo cree, o sencillamente si es que no le importa. Como suele decir un amigo ante este tipo de preguntas: lo más seguro es que no se sabe.

 

Y con ese nivel de implicación, ¿cómo se puede tomar una decisión democrática? Quiero decir, cómo se puede tomar por mayoría la decisión de declarar a las tías de mi mujer, que emigraron hace más de cincuenta años a Cataluña desde la Serranía de Ronda, extranjeras en el pueblo de sus hijos y de sus nietos. Es decir, si ellas deciden seguir siendo españolas, quién irá a su casa a decirles que muy bien, que se pueden quedar si quieren, faltaría más, pero que, desde ese momento, allí son como alemanas o francesas, en el mejor de los casos, o inglesas después del Brexit, en el peor. Cómo es posible que en una votación se pueda declarar a mi amigo Aleix, extranjero en la tierra de sus padres, de sus abuelos y de sus bisabuelos, a él que tiene dieciséis apellidos catalanes.

 

Sentado en la casa que mis amigos ingleses se compraron en un remoto pueblecito francés, pasando unos días con ellos y mi familia, les escucho criticar el Brexit, que los ha privado, de repente, de los derechos políticos y sociales que les daba la ciudadanía común europea en Francia, el país al que se habían venido a vivir su jubilación. Y todo, dicen, porque Cameron tenía un problema en su partido. Es eso mismo lo que quieren hacer los independentistas catalanes, privar de la ciudadanía común española a toda la sociedad catalana. Quizá lo que quiere decir la encuesta del CIS es precisamente eso, que el pueblo ni siquiera se plantea aquello sobre lo que los independentistas le exigen que se pronuncie. Aún así pueden forzar a la gente a votar, y a eso lo llaman democracia, pero no lo es.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 13 de agosto de 2017

La tómbola del poder

6 agosto, 2017

 Lo peor de leer, por poner un ejemplo, la conversación que tuvieron en enero de este año los presidentes de México, Peña Nieto, y de Estados Unidos, Trump, es la enésima confirmación del bajo nivel del presidente norteamericano. Bajo nivel cultural, bajo nivel político y, sobre todo, bajo nivel humano. En resumidas cuentas, en la transcripción ahora conocida de la conversación telefónica que tuvo lugar en enero, Trump demuestra estar más preocupado por qué dirá la prensa de él si México no paga la construcción del muro, que por el muro mismo. Resulta que todo se resume, para el presidente Trump, en que el presidente mexicano no puede dejarlo mal, sin pararse a pensar un momento en cómo deja él a todos los mexicanos obligándolos a pagar su estúpida idea de construir un muro de la vergüenza entre ambos países.

 

Hace tiempo leí un estudio sobre psicología evolutiva en el que explicaban un sencillo experimento por el que se medía la capacidad de los niños pequeños de pensar con la cabeza de otra persona, es decir, la capacidad de razonar como lo haría alguien que, por ejemplo, no tiene todos los datos que nosotros tenemos. Esa capacidad es algo que los niños desarrollan relativamente pronto, pero no todos al mismo tiempo. En el caso del presidente Trump, se ve que todavía no le ha llegado ese momento de maduración psicológica. Lo curioso es que él es consciente de la vergüenza que pasaría si no cumpliera lo que ha venido prometiendo durante dos años, es decir, si no construye el muro de separación entre Estados Unidos y México, a expensas de México, pero, sin embargo, es incapaz de comprender la vergüenza que haría pasar al pueblo mexicano.

 

La conversación, por lo que ha filtrado el Washington Post, no tiene desperdicio. Así, gracias a la misma, hemos sabido que el presidente Trump le dijo a Peña Nieto que si el ejército mexicano no tenía valor de ir a por los cárteles de la droga, los militares norteamericanos lo harían, que para eso son unos valientes. A lo que, como era previsible, Peña Nieto respondió que bastaría con que desde Estados Unidos no se proveyera de armas y dinero a los narcotraficantes, para que el problema se pudiera reconducir de manera más razonable.

 

Los seres humanos tendemos a atribuir cualidades excepcionales a las personas que tienen éxito social, incluso aunque el éxito lo hayan heredado de sus padres, o les haya tocado en la tómbola. Y ese principio, combinado con otro que conocen bien los economistas, el llamado efecto Mateo, es decir, que “al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará”, hace que tendamos a fortalecer cada vez más a cualquier imbécil afortunado, de modo que con cierta frecuencia nos vemos envueltos en una espiral en la que terminamos poniendo el futuro del mundo en las poderosas manos de la persona equivocada.

 

Es posible que la amable lectora, o lector, de estas líneas piense que en el caso que comentamos los seres humanos hemos tenido muy mala suerte, y que se trate de una circunstancia excepcional, pero lo cierto es que también aquí hay un método en nuestra locura.

Publicado en el diario SUR el 6 de agosto de 2017

El pozo envenenado

30 julio, 2017

 Lo fácil sería decir aquí que el PP es un partido corrupto hasta los tuétanos, pero sería injusto. La inmensa mayoría de los afiliados, concejales, diputados, del PP, son personas honestas que nada tienen que ver con la corrupción. Esto debería ser una obviedad, pero, por desgracia, hace ya muchos años que, precisamente desde las filas del PP, se importaron técnicas de marketing político de Estados Unidos que se basan en destruir la reputación de los adversarios mediante gruesos brochazos de acusaciones de corrupción. Con el tiempo muchos han aprendido esas técnicas. Mi madre suele cantar una coplilla que dice: “A mi amigo lo llevé/ a casa de quien yo amaba/ tan bien aprendió el camino/ que luego él me llevaba”. El camino que nos enseñaron los estrategas de la derecha está ahora muy transitado. ¿Para qué discutir sobre modelos de crecimiento económico o los mecanismos de financiación de la sanidad pública, pudiendo acusar de corrupción al adversario? En retórica se llama “envenenar el pozo”. Si consigo que la gente piense de alguien que es un corrupto, todo lo que salga de él será rechazado.

 

El miércoles pasado vimos al presidente Rajoy sentado en el banquillo. Es verdad que como testigo, un testigo que afirma que ni vio nada, ni supo nada. Mucha gente no lo cree, pero es posible que, mientras desde los comités de campaña electoral, el señor Rajoy dirigía la estrategia de ensuciar a todo el PSOE con acusaciones de corrupción, ni se le ocurriera preguntarse de dónde salía el dinero para alimentar a sus propias filas. Uno puede concederle el beneficio de la duda al señor Rajoy, pero ¿y sus mensajes al tesorero Bárcenas? ¿Por qué le pedía que resistiera? ¿Qué es lo que hacía el presidente Rajoy cuando le decía a Bárcenas “hacemos lo que podemos”? No es todo el PP, no son todos los dirigentes del PP, hay muchas personas, la inmensa mayoría sobre las que no tenemos derecho a albergar ninguna duda, el problema es que sí es razonable sospechar del señor Rajoy, y esa sospecha es demoledora para la legitimidad de todo nuestro sistema democrático. Algo que han sabido aprovechar muy bien los enemigos tradicionales del sistema político que los españoles nos dimos en 1978.

 

Los resultados de las dos últimas elecciones generales no dieron la victoria a la izquierda, se pongan como se pongan quienes sostienen lo contrario. De hecho los desafío a un duelo, pero en lugar de a espada, les propongo que el arma sea una suma. Lamentablemente ni la crisis, ni la gestión de la derecha de la crisis, dieron la victoria a la izquierda, pero la izquierda pudo propiciar un gobierno cuyo presidente no estuviera bajo la sombra de la sospecha. Ese presidente pudo ser el señor Sánchez, pero el señor Iglesias no quiso. O pudo ser un dirigente del PP que no fuera Rajoy, pero nadie quiso explorar esa posibilidad. ¿Por qué? Quizá ocurra que hay demasiada gente en todas partes interesada en que el pozo de la política siga envenenado. Mientras algunos hacen su agosto todo el año, a la inmensa mayoría se nos van los días mirando la bolita.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 30 de julio de 2017

Irse

23 julio, 2017

 

Esta semana hemos sabido que la Academia de la Lengua ha aprobado el uso de iros en lugar de idos, que, al parecer, está casi en desuso. Personalmente prefiero el idos, porque queda, más que correcto, señorial: idos a hacer puñetas suena más respetuoso que iros a hacer puñetas. Lo bueno es que podemos seguir usando el idos, y además tenemos el iros, una maravilla. Una pena que todo no tenga una solución tan sencilla y barata.

 

Cuando el presidente Rodríguez Zapatero dijo aquello de que el concepto de nación es discutido y discutible, trataba de aprovechar la amplitud de sentido de la palabra nación, para buscar una solución a un problema de estrechez de sentido de algunas personas. Quienes se lanzaron contra él presidente socialista deberían copiar cien veces las seiscientas referencias bibliográficas de la tesis doctoral de mi colega Araceli Serrano, para que vean lo discutible y discutido que es el concepto de nación. Claro que ni los nacionalistas españoles ni los nacionalistas catalanes estaban dispuestos a hacer el más mínimo esfuerzo para ampliar el sentido de la palabra nación, y menos todavía su propio sentido común. Y en estas estamos.

 

Lo curioso es que tanto los nacionalistas catalanes, como los nacionalistas españoles, han cambiado, gratis, el significado de otra palabra cuyo sentido, en principio, no es discutido ni discutible en ninguna parte, salvo, quizá, en Galicia. Me refiero a la palabra irse. Cuando uno se va de un sitio lo que hace es dejar de estar en ese sitio, para estar en otro. Irse de casa es una acción por la cual, cuando se ha completado plenamente, si alguien se asoma a tu habitación, no estás. Es más, tu madre la tendrá tan ordenada que resultará obvio para cualquiera que ya no vives allí desde hace bastante tiempo.

 

Esta semana hemos leído que el nuevo jefe de los mossos d’esquadra escribió un tuit en el que decía: «Espero que nos vayamos ya porque me dais pena todos los españoles». También es frecuente oír a decir a los nacionalistas españoles al referirse a los independentistas catalanes: ¡que se vayan! Y es ahí donde creo yo que está el problema con el significado de irse. ¿Alguien ha tenido noticias de que los independentistas haya pedido cobijo en algún otro lugar de la tierra? No, no hay noticias de que lo hayan pedido.

 

¿Por qué no están buscando sitio en la ancha geografía del mundo los independentistas catalanes que se quieren ir de España? Muy sencillo, porque hay un error de interpretación del término irse. Lo que quieren los independentistas no es irse de España, sino echar de Cataluña a las instituciones españolas. Y, si se tercia, a los catalanes que también se sienten españoles, que a partir de la independencia serán considerados extranjeros en su propio país por la autoridad competente. Si los independentistas catalanes consiguieran su propósito de irse de España, no habría que buscarlos en el Mediterráneo, sino en sus casas, por ejemplo, en Girona. La independencia no consiste en que los catalanes se vayan de España, sino en que los españoles se vayan de Cataluña, a ver si nos enteramos.

Publicado en el Diario SUR el 23 de julio de 2017

Todos los hijos de Zapatero

16 julio, 2017

 Me recuerdo corriendo por la Ciudad Universitaria de Madrid, cerca de donde hoy está el rectorado de la Complutense. Corría de prisa, muy de prisa, los diecinueve años y el miedo me daban alas. Volví la cara y vi claramente como el policía, exhausto, se paraba y me apuntaba con su pistola, corrí más de prisa, volé, hasta caer por un terraplén, que me sirvió para esconderme y alejarme. Era el mes de diciembre de 1979. Nos manifestábamos contra el proyecto de ley de Autonomía Universitaria (LAU) del gobierno de UCD. Estudiaba tercero de Sociología, y José María Maravall era dirigente del PSOE y mi profesor de Cambio Social, al terminar la clase me acerqué a él y le conté lo que estaba ocurriendo con la policía. Maravall me dio el teléfono de Javier Solana, y le expliqué lo mismo, Solana me dijo que ya habían hablado con Rosón, que entonces era el gobernador civil de Madrid, sobre las actuaciones policiales y que Rosón les había dicho que no eran capaces de controlar a toda la policía. Me obsesionaba la idea de morir luchando contra un proyecto de ley que ni siquiera había leído, y traté de hacerme con una copia. Gracias a la manía adolescente de llevar un diario recuperé, treinta años después, en la casa de mis padres, en Yunquera, aquellas conversaciones. Al día siguiente nos manifestamos de nuevo. Cuando volví con Enrique Martínez a nuestro Colegio Mayor, nos enteramos de que la policía había matado a José Luis Martínez y a Emilio Montañés, de veinte y veintitrés años respectivamente. José Luis estudiaba en mi facultad. Fui al funeral con Joaquín Arango, que había sido mi profesor de Historia en primero, dimos el pésame a los padres de los chicos. Allí comprendí lo fácil que es llevar a los adolescentes al matadero, y el precio brutal que pagan sus padres. 

El otro día leí que un guardia nacional venezolano había matado a un chico de veintidós años, David José Vallenilla, que era hijo del jefe, del supervisor, del presidente Maduro, cuando éste trabajaba de conductor de autobús en el Metro de Caracas. Luego vi en la tele al padre del chico decirle al presidente de Venezuela que ese joven era el mismo niño que él había conocido años atrás. He visto fotos del chico mientras se le escapaba la vida.

 

Si todos los esfuerzos que está haciendo el presidente Rodríguez Zapatero en Venezuela, sirven para salvar la vida de un solo chico, de uno solo, habrán valido la pena. Duele cuando le preguntan: “¿cree, señor Zapatero, que todavía es posible el diálogo en Venezuela?”. Cómo si fuera un pobre ingenuo, o algo peor. ¿Les parecería más listo si les respondiera que no, que nada hay que hacer, salvo alentar el conflicto y esperar los cadáveres adolescentes de los hijos de los otros? ¿Aceptarían quienes lo critican que fueran los de sus propios hijos? Al menos, a diferencia de esas personas, él sabe que todos los hijos valen para sus padres igual que los nuestros para nosotros: todos los esfuerzos, la esperanza más desesperada. Y, sí, no hace falta tan listo como sus críticos, basta con ser tan decente como él.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 16 de julio de 2017

Puerto Gallego

9 julio, 2017

 Conozco a muchas personas a las que una determinada situación les recuerda una película, a otras una canción, a mi también me pasa, pero con frecuencia las cosas me recuerdan a un libro. No siempre el mismo libro, no siempre Republicanismo, de Philip Pettit, como intuyo que estará pensando algún amigo malpensado. Por ejemplo, cuando escribo estas líneas me acaba de llegar una buena noticia, el archivo de la causa que obligó a una magnífica diputada a dejar el escaño hace unos meses. Y lo primero que me ha venido a la cabeza es el título de un excelente libro del profesor Ángel Rodríguez, catedrático de derecho constitucional de la Universidad de Málaga: El honor de los inocentes.

 

En su libro el profesor Rodríguez advierte de un triángulo al que debemos prestar atención, el que componen los medios de comunicación, por un lado, los policías y fiscales, por otro, y los jueces, no sé si en el vértice. Un triángulo en el que, en ocasiones, desaparece el honor de personas inocentes, en medio de operaciones policiales diseñadas como un espectáculo mediático, y seguidas de juicios paralelos y ejecuciones sumarias llevadas a cabo por columnistas justicieros, por no hablar de los ciberlinchamientos, por llamarlos de algún modo, a manos de sujetos sin perfil y por perfiles sin sujeto, por robots insultadores.

 

Todo eso es posible gracias a una justificación que ha hecho fortuna. Hace unos años un amigo politólogo me decía que para recuperar el prestigio de nuestra democracia era necesario sacrificar a algunos políticos inocentes. ¿Cuántos? cabría preguntarse. Todos, contestarían algunos de los que hoy disputan el poder político a la democracia. Estos días leemos que algunos altos mandos de la policía llevan años haciendo un uso espurio de su poder y de los instrumentos que la democracia ha puesto en sus manos. Resulta que esos policías, al igual que algunos fiscales, jueces y periodistas, hacen más política, y una política más corrupta, que los representantes elegidos por los ciudadanos, y uno de sus servicios es ofrecer víctimas propiciatorias en el altar de la regeneración democrática. Resulta paradójico que se instituya el crimen como instrumento para recuperar la virtud.

 

También los partidos han ido pasando de aprovecharse oportunistamente de los casos de corrupción que surgían entre los adversarios a reaccionar aterrorizados aplicando la consigna de mi amigo politólogo, es decir, a sacrificar preventivamente a personas inocentes al severo dios de la regeneración de la democracia.

 

Puerto Gallego, que así se llama la exdiputada cuya causa ha sido archivada esta semana, es una pediatra con una enorme vocación social, fue alcaldesa de Santoña con mayoría absoluta. Un adversario político la denunció, y hoy en nuestro país una denuncia es ya una condena. Ella, sabiéndose inocente, dimitió antes de ser juzgada, para no perjudicar a su partido. Quienes la conocemos no necesitábamos que la rompieran para saber de qué está hecha, de su integridad y de su nobleza. Mi amigo está equivocado, sacrificar a inocentes no mejora la democracia.

 Publicado en el diario SUR el 9 de julio de 2017

La boda de Helenita 

2 julio, 2017

Helenita era un bella joven que vivía en una pequeña ciudad Estado del Mediterráneo. Helenita era hija de Tindáreo, el rey, y acababa de volver a su ciudad después de pasar su primer curso en una universidad extranjera. Una tibia tarde de verano, Leda, que así se llamaba la madre de Helenita, le dijo: “Helenita, hija, tu padre ha acordado con Agamenón que te vas a casar con su hermano Menelao”. Helenita, poniendo el grito en el cielo, contestó a su madre: “¡ni muerta!, ¡con Menelao no!, mamá, con Menelao no, que es feo y viejuno. Además, a mí el que me gusta es Paris, el hermano de Héctor, que vive en un Colegio Mayor que hay al lado del mío”. La madre de Helenita insistió: “hija, esta es una decisión de tu padre, que es el rey, y tienes que acatarla”. A lo que Helenita, que acababa de terminar el primer curso de Ciencias Políticas, dijo: “papá es un tirano, y me gustaría que hubiera una revolución democrática para que sea el pueblo quien tome las decisiones”.
 

Por aquellos tiempos se estaba produciendo un proceso de transición a la democracia en la mayor parte de las ciudades de la región. De modo que, al poco tiempo de que Helenita tuviera esta conversación con su madre, la ola democratizadora, que se había iniciado unos meses antes en una ciudad vecina, alcanzó a la ciudad de Helenita. El rey fue depuesto y sustituido por la asamblea permanente de los ciudadanos y ciudadanas de la ciudad. La democracia se extendió hasta el último confín de la vida social, y desde ese momento todas las decisiones se tomaron por mayoría.

 

De modo que, cuando nuestra heroína volvió a su casa en las siguientes vacaciones, una delegación de mozos y mozas se acercó a la casa de Helenita y le dijeron: “ciudadana Helena, hija de Tindáreo y Leda, los mozos y mozas de la ciudad, después de deliberar y votar democráticamente, hemos decidido que te vas a casar con Menelao, el hermano de Agamenón”. Naturalmente Helenita se agarró un rebote notable y, acordándose del libro de un autor llamado Philippos de Hibernia sobre un ideal político llamado republicanismo, que le había recomendado el profesor Andréas de Kiko, replicó a la delegación de jóvenes demócratas: “¡qué vais a ser demócratas!, vosotros sois unos populistas de mierda (sic), eso que vosotros estáis haciendo se llama tiranía de la mayoría, no democracia, sois un pueblo liberticida y no acato vuestra decisión”.

 

Helenita había comprendido que lo importante no es quién tiene el poder, si una persona o una multitud, sino los límites de ese poder. La gente de la ciudad seguía usando el poder en los mismos términos que su padre, el rey Tindáreo, es decir, como un tirano. Lo importante, recordó Helenita del ideal republicano, es no estar sometido al capricho arbitrario de nadie. Ya sea ese capricho la voluntad de su padre o de una mayoría de los ciudadanos. En la práctica tanto o más importante que decidir quién tiene el poder, es definir cómo se ejercer el poder y para qué se puede usar. Querido lector o lectora ¿a que se entiende?

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 1 de julio de 2017