Saltar al contenido

Abstención patriótica

17 noviembre, 2019

Viendo la alarma de la derecha, rayana en la desesperación, ante el preacuerdo al que llegaron PSOE y UP el pasado martes, no se comprende por qué no han hecho nada para evitarlo. Hubiera bastado con que, hace unos meses, se abstuvieran en la votación de investidura del candidato socialista para que la elección del Gobierno de España no hubiera tenido que depender del voto de UP y de la abstención de los separatistas catalanes, que tanto dicen que les preocupa. Si de verdad no querían que el PSOE llegara a un acuerdo con UP, por qué todavía el lunes de esta semana el número dos de los populares afirmaba que para ellos es un deber patriótico impedir que Pedro Sánchez sea presidente del Gobierno de España. ¿Cuál era la propuesta? ¿Qué volviéramos a hacer otras elecciones? ¿Cuántas?

 

Cuesta entender que esta semana un dirigente de Ciudadanos ofreciera al PSOE los gobiernos de las comunidades madrileña, andaluza, murciana y castellano leonesa, además de un peine, un iPhone 5, un juego de sartenes y un botijo, a cambio de que los socialistas rompan su preacuerdo con UP, cuando hace un par de meses hubiera bastado con que Ciudadanos, haciendo honor a su promesa fundacional, hubiese ofrecido un acuerdo de investidura más estable y menos oneroso que el ofrecido por UP. Claro que hace un par de meses Ciudadanos y el PP, por no ver, no veían las diferencias entre el PSOE y Bildu. Lo que no entiendo es qué ha pasado para que ahora vean perfectamente las diferencias entre el PSOE y UP que no veían el lunes por la mañana. O quizá las veían, pero pensaban que todavía podían deteriorar más al PSOE, y de camino el sistema político español, prolongando la interinidad del gobierno y el hartazgo de la ciudadanía. 

 

En 2016 los dirigentes del PP y Ciudadanos, y la derecha mediática y económica, nos pidieron a los diputados socialistas que nos abstuviéramos en la votación de la investidura de Rajoy, no para que hubiera un gobierno del PP, sino para que hubiera un gobierno en España. Nos lo pidieron por España, y sesenta y ocho diputados y diputadas socialistas lo hicimos por España, y pagamos un alto precio por hacerlo, todo el PSOE lo pagó. Supongo que eso que hicimos los socialistas es lo que el señor Núñez Feijóo llamaba este jueves “abstención patriótica”.¿O solo es patriótica si la hacen ellos? Es posible que el señor Núñez Feijóo haya visto algo que no han comprendido los dirigentes de su partido, y que tampocoentendieron los dirigentes de UP cuando, durante la campaña, nos reprochaban que les recordáramos nuestra abstención a los populares. Eso que ve el presidente gallego es que muchos votantes de la derecha pueden caer en que, en lo que a España respecta, obras son amores.Que, en lo que a España se refiere, los socialistas tenemos actos y la derecha actuaciones. Es verdad que nuestra abstención no ha servido de ejemplo a la derecha. Sin embargo, sí ha servido para algo, y es para que nunca, en lo que nos quede de vida, tengamos que soportar que nadie de la derecha nos trate a los socialistas como a españoles de segunda.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 15 de noviembre de 2019

Electorado Bovary

10 noviembre, 2019

 

La vida confortable y aburrida de Emma Bovary no encajaba en las novelas románticas que tanto le gustaban, de modo que decidió perseguir sus fantasías, con la mala fortuna de que los hombres que eligió para alcanzarlas no estaban a la altura de sus sueños, y lo que es peor, ni siquiera a la de su marido. Flaubert da un final muy triste a la vida de madame Bovary y a la novela homónima. Ese final le evitó algunos problemas al autor, que fue acusado de inmoralidad y llevado a juicio por publicarla. Sin embargo la permanente insatisfacción de su personaje por la distancia entre la realidad y sus fantasías dio lugar, además de a la genial novela, a un término psicológico, el bovarismo, con el que se describe ese estado de decepción constante en el que viven sus vidas algunas personas.

 

Desde 2011, una parte de la sociedad española vive algo parecido al bovarismo. Decepcionadas con la respuesta del gobierno de Rodríguez Zapatero a la crisis, que consideraba insuficientemente de izquierdas, muchas personas salieron a las calles y las plazas el 15M, y muchas más se identificaron con ellas, pidiendo un cambio radical en el sistema. Extrañamente, una semana más tarde dieron la victoria en las elecciones autonómicas y municipales, y seis meses más tarde en las generales, al PP, que no es exactamente lo que el común de la sociedad española consideraría un partido antisistema. 

 

Las cosas salieron como cabía esperar. De modo que hartos de políticas de derechas, recortes y casos de corrupción, una parte del electorado volvió a ilusionarse, y votaron, literalmente, la foto de un presentador de televisión y profesor de universidad. Frente a los políticos viejos y arrugados, el electorado bovary optó con entusiasmo por el joven héroe moral, o por su foto. Al tiempo una parte del electorado bovary de la derecha decidió que también tenía derecho a la ilusión, porque el señor Rajoy no daba para exaltados sueños románticos de limpieza moral y eficacia económica, de modo que se entregaron a un joven bancario que se fotografiaba semidesnudo en la playa, y que prometía bajar los impuestos y subir la libido, todo en uno. ¡Qué tiempos! Parece que fue hace un siglo, pero no han pasado ni cuatro años desde las elecciones de 2015.

 

Cuatro años para un electorado tradicional, de su casa, no es nada. Imagine la amable lectora, o lector, al electorado socialista: ciento cuarenta años de fidelidad. Sin embargo, para el electorado bovary, esa es una idea insoportable. De modo que apenas hace un año, en las elecciones andaluzas, apareció, a caballo, un nuevo objeto del deseo. Y el electorado bovary se movilizó una vez más, otra vez más, buscando esa ilusión que lo haga vibrar un rato, hasta que descubra sus corruptelas, su pasado oscuro, hasta que sienta vergüenza al escuchar sus propuestas. Al final los electores bovary necesitarán una nueva ilusión para vivir, y cambiarán, o al menos es lo que cabría desear, porque si este es el final, si resulta que se plantan aquí, va a ser un final triste, muy triste.

 Publicado en el diario SUR el 10 de noviembre de 2019

 

 

 

Más unidos que unitarios

3 noviembre, 2019

 

El miércoles saltó a los medios la noticia de que los socialistas habían quitado de su programa electoral, y vuelto a poner, las referencias a la plurinacionalidad y al federalismo. Por supuesto, lo que late bajo la noticia no es una preocupación sobre el mejor modelo territorial para España, o sobre cómo es la identidad nacional de los que vivimos en ella, sino dar pábulo a la nada velada acusación de las derechas de que los socialistas son malos españoles. Claro que no deberíamos sorprendernos de ese tipo de acusación cuando la flamante portavoz parlamentaria del Partido Popular en el Congreso puso este verano en duda la autenticidad del compromiso con España de sus propios compañeros vascos. Y es que nuestra derecha nacionalista española es capaz de exigirle la Jura de Santa Gadea al mismísimo Cid Campeador.

 

Por cierto, que poco más de un siglo después de que muriera el Cid, la Iglesia decidió acabar con la herejía cátara, y se cuenta que el enviado papal, antes del inicio de la toma de la ciudad de ziers, fue interrogado sobre cómo distinguir a los buenos católicos de los malvados cátaros, a lo que contestó: “¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!”. Y es que cuando actúas en nombre de Dios o de la Nación, te sientes legitimado para no hacer distingos. Por eso cuando la derecha nacionalista española, ofendida con el nacionalismo catalán, decidió boicotear los productos catalanes, fue contra los frutos del trabajo de todos los ciudadanos y ciudadanas de Cataluñasin distinción. Arruinémoslos a todos, que España bien lo merece, debieron pensar. Al confundir en su ataque a todos los catalanes con los separatistas catalanes, la derecha nacionalista española atacaba a España al tiempo que  contribuía a fortalecer el relato de los separatistas. La verdad, no creo que lo hicieran por maldad, sino por simple y llana estupidez. Lo que, sin lugar a dudas, es mucho más desesperante.

 

Por supuesto no estoy diciendo que las torpezas y maldades de unos justifiquen las torpezas y maldades de los otros, sino que no hay nada mejor que un radical para alimentar una espiral de conflicto, y nada más fácil que, en mitad del conflicto, acusar a quienes trataron de evitarlode tibieza, cobardía o, simple y llanamente, de traición. 

 

En cuanto a lo de la plurinacionalidad, convendría ser tan constitucionalistas como la Constitución, que en su artículo 2 (no hay que leer mucho para enterarse) “reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones” que forman España. La amable lectora, o lector, habrá observado que habla de nacionalidades en plural. Y es que nuestra Constitución democrática recoge mejor la realidad de España que el nacionalismo autoritario, centralista y unitario que la precedió. En cuanto al federalismo es probablemente la parte que más necesita nuestro Estado Autonómico, que ha desarrollado más la autonomía que la federación, y federar, como es bien sabido, significa unir. La unión, por cierto, está reñida con la uniformidad. La unión es siempre de lo plural. E pluribus unum.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 3 de noviembre de 2019

Llamadla democracia

27 octubre, 2019

 

 

Seguramente la amable lectora, o lector, se habrá percatado de que los secesionistas suelen tener una cierta dificultad para pronunciar la palabra España. Obviamente no se trata de un problema fisiológico, sino psicológico, como si pensaran que al no nombrar una cosa, esa cosa desapareciera. De modo que, en lugar de hablar de España, los secesionistas suelen usar como sinónimo el término Estado.

 

Un Estado que, en el imaginario secesionista, funciona como un único sujeto, que trasciende el régimen político de cada momento, y que todo lo sabe y todo lo puede, incluso por encima de la suma de las voluntades del Parlamento, el Poder Judicial y el Gobierno. Con el Estado les ocurre a los separatistas lo que con el sistema a los revolucionarios, o con el pueblo a los populistas, es decir, que ocupa el lugar de la divinidad. En el pensamiento secesionista, el Estado no se cansa, no se distrae, no se olvida de nada, está ahí siempre, haciendo maldades, visibles o invisibles, para impedir que los secesionistas alcancen sus últimos objetivos, es decir, la separación de España, o de ñ, como también la llamanpara no llamarla España.

 

En mi molesta opinión algunos de los problemas e inconvenientes que encuentran los separatistas tiene su origen precisamente en su lenguaje, que termina confundiéndolos a ellos mismos. Por ejemplo, con el lenguaje ellos dan a entender que su problema es la Monarquía borbónica, cuando, en realidad, dudo que una monarquía de los Habsburgo consintiera un referéndum en Cataluña para declararnos extranjeros a todos los españoles que residimos fuera de Cataluña, y a más de la mitad de quienes viven en Cataluña. Es más, tampoco la República española les permitió la secesión. De modo que el verdadero problema no lo tienen ni con la forma de Jefatura del Estado, ni con los Borbones, sino con los García, López, Martínez y demás españoles, y con su democracia.

 

Y con esto voy a lo que quería ir. Los secesionistas, y no solo ellos, usan el término Estado para dar a entender que, en el fondo, la España democrática es la continuidad de la Dictadura franquista. Lamentablemente para ellos, y para algunos más, España no es una dictadura desde hace cuatro décadas. Con lo que están chocando es contra una democracia, y enfrentarse contra una democracia es mucho peor que hacerlo contra una dictadura. Ciertamente España es una democracia que no les permite organizar un referéndum para declarar a los españoles extranjeros en Cataluña. De igual modo que la democracia española no les permitiría organizar un referéndum para expulsar a todos los africanos de Cataluña. Porque, por más que los dirigentes de Unidas Podemos argumenten que no hay ningún problema en votar cualquier cosa, si la gente lo desea, lo cierto es que sí es un problema votar según qué cosas. Aunque es posible que en el caso de la expulsión de los africanos, los dirigentes de Unidas Podemos tuvieran algún reparo, por aquello de los derechos humanos. Lo que, con razón, les resulta impensable para los africanos, lo han pensado, sin razón, para andaluces y extremeños.

Publicado en el diario SUR el 27 de octubre de 2019

La conjura de los estúpidos

20 octubre, 2019

 

España es más de izquierdas que Italia, Reino Unido, Francia y Alemania, ha concluido el ‘Estudio Europeo deValores 2019’, después de preguntar por su ideología a mil quinientas personas en cada uno de esos cinco países. Que España es más bien de izquierdas es algo que se sabe desde los años ochenta, y por supuesto es algo que sabe la derecha. Por eso a la derecha le interesa que el debate político no se produzca sobre los temas propios del eje izquierda derecha, es decir, los referidos a los servicios y prestaciones del Estado del Bienestar. Tampoco nuestra derecha está bien situada en el eje que podríamos llamar del progresismo, es decir, en asuntos como el divorcio, en el pasado, o el cambio climático y el feminismo, en la actualidad, temas de los que se podría pensar escapan al debate izquierda derecha. Por desgracia nuestra derecha y el progreso tienen poca (y mala) relación.

 

¿En qué terreno encuentra la derecha española su ventaja electoral sobre la izquierda? Podría intentarlo en el ámbito de la economía, pero enseguida se aprecia que, más que la economía, lo suyo son los negocios. Los suyos, claro. De modo que a nuestra derecha no le queda otra que buscar ventaja en el mismo eje que las derechas de casi todo el mundo, es decir, en el eje de la identidad y los intereses nacionales, aunque no necesariamente de la nación. Cuando el presidente Trump dice “América primero” no se refiere a la política de becas o a la sanidad pública, pero, no obstante, emociona a una parte del electorado americano, a la que le vendría de maravilla una sanidad pública gratuita y de calidad que Trump jamás promoverá. Sin embargo, les funciona, y muchas personas, movidas por esa emoción patriótica, les dan sus votos y, en ocasiones, hasta las vidas de sus hijos. Desde los comienzos de nuestra democracia la derecha ha buscado, y encontrado, en el conflicto territorial ese espacio en el que puede recuperar la ventaja que la izquierda le saca en losejes del progreso social y las libertades. Sin duda los separatismos, tradicionalmente, han resultado de gran ayuda a la estrategia de la derecha, de la que ambos sacaban beneficios electorales a costa de los socialistas. Ahora ha venido a sumarse a los separatistas, en beneficio de la derecha, una incierta izquierda populista que, como los estúpidos que definió el historiador Carlo M. Cipolla en su “Teoría de la estupidez”,  perjudica tanto a los demás como a sí misma. Los malvados, por el contrario, nunca se perjudican a sí mismos, según el genial autor de Allegro ma non troppo.

 

En su juego de situar a los socialistas en la antiespaña, la derecha, una y trina, ha tratado de empujarlos a los brazos del populismo de izquierdas y el separatismo. Claro que es difícil situar en la antiespaña al partido que más España ha construido. Obviamente no lo han conseguido, por eso hay elecciones. Precisamente el interés electoral puede llevar a la derecha a entrar en el juego de las provocaciones del separatismo catalán, y a transitar así de la maldad a la estupidez. Siempre según Cipolla, claro.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 20 de octubre de 2019

 

 

 

 

Currículum oculto en una pantalla

13 octubre, 2019

 

Escribo en la mañana del viernes. La prensa de hoy se hace eco, en unas ocasiones con indisimulada alegría, y en las más con pesadumbre, del fiasco de la campaña en las redes contra el programa “El hormiguero” por la emisión de una entrevista al líder, que no nombraré, de ese partido de extrema derecha que tampoco nombraré. Resulta que, a pesar del boicot, o gracias al mismo, la entrevista de anoche fue un rotundo éxito de público. En fin, que si el boicot funcionó como esperaban quienes lo promovieron, y redujo el número de espectadores, es para preocuparse, y si les salió el tiro por la culata, y aumentó el número de espectadores, dando visibilidad al programa, para preocuparse todavía más.

 

Resulta muy difícil conocer de manera rigurosa cuál de los dos mecanismos ha funcionado, pero la prensa de esta mañana de viernes se muestra partidaria, en general, de atribuir el éxito del programa de anoche al boicot al mismo. Las paradojas le suelen resultar más interesantes al cerebro humano que las obviedades. Y la prensa, al igual que quienes la consumimos, estamos prisioneros de ese rasgo de nuestro cerebro. De modo que hoy la noticia es, por un lado, que el líder de extrema derecha ha tenido una importante audiencia y, por el otro, y casi más importante, que la estrategia de boicot, al menos aparentemente, ha fracasado. Prohibir puede ser la mejor convocatoria.

 

Lo que nos lleva a una paradoja más relevante si cabe: ¿cómo debemos defender la democracia de quienes quieren menoscabarla por procedimientos democráticos? ¿Negándoles los derechos democráticos? ¿Impidiéndoles que hablen? ¿Boicoteando a los medios que los muestran con independencia de cómo los muestren? El mensaje que parecen traer esta mañana los medios de comunicación es que ese tipo de estrategias alimentan lo que pretenden destruir. Sin embargo, ¿no deberíamos evaluar esas estrategias, además de por sus resultados, por los valores que las inspiran? De igual modo que los Estados democráticos vencen al terrorismo desde el respeto a la legalidad democrática, y sin convertirse ellos mismos en terroristas, los demócratas podemos vencer a quienes quieren reducir nuestras libertades democráticas sin tener que limitar las suyas, mientras actúen legalmente. Los enemigos de la democracia crecen con las incoherencias de los demócratas, y lo saben.

 

En mis tiempos de estudiante de Sociología de la Educación leía sobre el llamado currículum oculto, es decir, sobre las cosas que se aprenden en la escuela y no vienen en ningún programa. Cosas buenas y malas, liberadoras y opresoras, pero siempre subliminales: la disposición del espacio, la autoridad, la disciplina, el compañerismo. Quizá el mayor daño a la democracia no lo haga una entrevista, no complaciente, a un nostálgico de la dictadura, sino todo ese currículum oculto de banalización, griterío y falta de respeto que preside algunos programas dedicados a la política. Todas esas prácticas son, paradójicamente, tan llamativas como poco visibles, en su oculta función de degradar la convivencia democrática.

Publicado en el diario SUR el 13 de octubre de 2019

Insulto científico

6 octubre, 2019

 

Decía Juan de Mairena, el personaje de Machado, que “el paleto perfecto es el que nunca se asombra de nada; ni aun de su propia estupidez”. Una parte significativa de nuestra sociedad ya no se asombra de los insultos. No se trata de un fenómeno repentino ni generalizado, pero, como “la nada” de aquella novela de Michael Ende, el insulto no deja de avanzar y extenderse. La naturaleza y la función del insulto han cambiado. De ser como una planta silvestre, el insulto, y las malas formas en general, han pasado a ser un producto fabril.

 

El insulto natural es casi una interjección, un desahogo espontáneo, la expresión incontrolada de un sentimiento de rabia, indignación, cabreo, o lo que sea. Ese insulto es una queja, como en el viejo chiste del hombre que trabajaba en una fundición y preguntado por el juez si no era más cierto que había blasfemado e insultado gravemente a su compañero, el hombre contestó: “no señoría, yo solo le dije, por el amor de Dios, ten cuidado, que me estas derramando plomo fundido por la espalda y eso es muy molesto”.

 

Nuestro padres nos enseñaron a contener nuestros cabreos, a no dejarnos llevar por la ira. Lo que se valoraba era, precisamente, la capacidad de contención de las personas. En aquellos códigos de nuestros mayores, mantener las formas en un momento en el que la presión es muy alta, es un signo de nobleza, de distinción, e incluso de dureza. Ser duro era, en el pasado, soportar el dolor, nos recuerda Tony Judt. Ahora, para muchos, ser duro es infligir dolor a otros.

 

De un tiempo a esta parte el insulto ha empezado a cumplir un papel que ya no es la expresión grosera, por natural, de un desahogo. Ahora hay quienes insultan no para expresar su malestar, o su desprecio, su odio o ira, (e incluso –extrañamente- su afecto y admiración) a la persona insultada, sino para llamar la atención del público. El insulto usado como cebo para que pique un tercero. En la tribuna del Congreso, en las tertulias de los medios de comunicación, en las redes sociales, hay gente que insulta y se insulta como quien se da los buenos días, sin plantearse siquiera que, una vez conseguida la fama, lo único que queda claro es su infamia. Lo peor es que, conforme pasa el tiempo, corremos el riesgo de que nos volvamos insensibles al insulto, como quien recibe una vacuna, y los insultos y los gritos dejen de asombrarnos, y nos parezcan normales, como al paleto perfecto.

 

Por supuesto, el culpable del insulto es quien lo profiere, pero cuando el insulto forma parte de un negocio, cuando los gritos y las malas formas no son el fruto descontrolado de un arrebato, sino una forma fríamente planificada, científica, de aumentar y mantener la audiencia mediática o política, hay también otros culpables del deterioro de la convivencia y de las consecuencias posteriores. Generalmente se trata de unos hombres con  excelentes maneras en la mesa, y que contratan y pagan bien a los que mienten, gritan e insultan. Hasta que un día se les escapen y les muerdan a ellos. Eso sí, después de haber destrozado la convivencia de todos.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 6 de octubre de 2019