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Y no es una nación

24 septiembre, 2017

Los sociólogos también tenemos nuestros teoremas. Uno de los más importantes es el de Thomas, que viene a decir que si la gente piensa que algo es real, ese algo tendrá consecuencias reales. Se puede dudar de la existencia de Dios, pero no es prudente coger carrerilla y embestir con la cabeza contra los muros de la catedral. Como ocurre con Dios, quienes creen en la nación la habrán podido imaginar, podrán creer en ella firmemente, pero lo que se dice verla, no la han visto nunca, ni ellos, ni nadie. Con todo, existan o no las naciones, de lo que no cabe ninguna duda es de la existencia de los nacionalistas. Que son muchos y muy variados. Por cierto, al igual que con los muros de la catedral, tampoco es conveniente embestir contra los nacionalistas, con independencia de la bandera que les cobije, porque te puedes hacer bastante daño.

El nacionalismo, como todas las ideologías, tiende a aprovechar algunas singulares características del lenguaje humano, por ejemplo, las figuras retóricas. De hecho, el nacionalismo le debe mucho a la sinécdoque, esa figura en la que nombramos la parte por el todo, o viceversa. De modo que cuando el periódico titula “España ganó a Liechtenstein por 8 a 0”, se está refiriendo a las selecciones de fútbol de ambos países, y no a que todos los españoles y españolas nos batiéramos en el Rheinpark Stadion contra los habitantes de Lieschtenstein en un partido de fútbol. Se trata sólo de una figura retórica, de un tropo, por eso ningún amigo inglés o alemán se nos acerca al día siguiente y nos pregunta si tenemos agujetas después del partido, o lo que es peor, nos llama abusones por ser tantos contra un país tan pequeño.

Ahora bien, si hubiera titulado esta columna “Cataluña no es una nación, y España tampoco”, como llegué a acariciar en mi atolondramiento juvenil, me hubieran dado la del pulpo en las redes, y hasta es posible que alguien de la dirección de mi partido me hubiera llamado a su despacho. Pero, bien pensado, Francia es un territorio, o si se quiere, un país o un Estado, en el que viven los franceses. Los franceses, y francesas, serían la nación, pero Francia es simplemente el lugar en el que viven. Otra vez la puñetera sinécdoque haciendo de las suyas. Decir que Francia es una nación es llamar al país por sus habitantes. A algunos nacionalistas les viene muy bien confundir el continente con el contenido, pero en la vida práctica procuran no hacerlo por la cuenta que les trae. Cuando un, o una, nacionalista le dice a su pareja, “me he comido dos platos”, ambos saben perfectamente que lo que tienen que comprar es más judías, o garbanzos, no una vajilla nueva. Pues bien, si pensamos que España, Cataluña, o Murcia, no son naciones, sino territorios en los que vive gente con muy diversas identidades, ya sean nacionales, de género, de clase, o de equipo de fútbol, a lo mejor también se nos ocurre cómo articular que toda esa gente tan distinta viva junta, con los mismos derechos, en el mismo territorio, sin necesidad de hacer más fronteras, que ya hay muchas, oiga.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 24 de septiembre de 2017

Margen de error 

17 septiembre, 2017

 Con bastante frecuencia vemos solo aquello que queremos ver. En las campañas electorales, por ejemplo, tendemos a pensar que, como los mítines están llenos, son las encuestas las que se equivocan. Sin embargo, la noche electoral descubrimos que los mítines estaban llenos porque las malas perspectivas electorales habían movilizado a los más fieles de los nuestros. No digo que pase siempre, por supuesto, pero pasa mucho. Por eso me tranquilizo cuando la asistencia a los mítines y las previsiones de las encuestas coinciden, sobre todo si es para bien, y me inquieto cuando no coinciden.

 

Es muy posible que, durante las próximas semanas, cada uno de nosotros vea en las fotografías de los mítines y manifestaciones, en las encuestas, o en las entrañas de las aves, la fuerza del independentismo en Cataluña. Personalmente yo me fiaría más de las encuestas que del análisis de las entrañas de las aves, y puestos a tener que elegir, me fiaría más de una buena interpretación de lo que dicen las entrañas de las aves, que del número de asistentes a los mítines.

 

Y para encuestas, cuando se trata de Cataluña, son muy útiles las del Centre d’ Estudis d’ Opinió (CEO), que es como el CIS de la Generalitat. Desde diciembre de 2014, el CEO, viene preguntando varias veces al año a la ciudadanía catalana si quiere que Cataluña se convierta en un Estado independiente. En diciembre de 2014, los contrarios a la independencia eran el 45,3% de los entrevistados, y los partidarios de la independencia, el 44,5%. Dicho de otro modo, los partidarios de mantenerse unidos al resto de España ganaban a los secesionistas por ocho décimas. Teniendo en cuenta que el margen de error de la muestra del barómetro del CEO es de ±2,53, podemos considerar que había un empate técnico. Un empate que siguió, siempre con una ligera ventaja para los partidarios de permanecer unidos al resto de España, hasta junio de 2016. En esa ocasión, la ventaja se invirtió, por primera, vez a favor del independentismo, un 47,7% frente al 42,4%. Desde entonces los partidarios de la unidad han ido recobrando su ventaja y la han ampliado, y en junio de este año, ganaban a los independentistas por un 49,4% frente al 41,1%. Las ocho décimas de ventaja de los partidarios de la unión con el resto de España se han multiplicado por diez hasta convertirse en ocho puntos porcentuales.

 

Conviene, no obstante, no sacar conclusiones apresuradas. Lo único que parece claro es que estamos frente a una sociedad divida por la mitad en un asunto crucial. En un contexto así, alentar el enfrentamiento, aunque sea en las urnas, es tener la garantía de que, como mínimo, la mitad de la población perderá, y mucho. En estas condiciones votar puede ser una idiotez, democrática, sí, pero una idiotez. Lo sensato es dialogar para forjar un acuerdo en el que nadie lo gane todo, pero nadie lo pierda todo. Y luego votar el acuerdo. Sin embargo, son muchos los que empujan a medir fuerzas. Y, poco a poco, nos vamos quedando sin margen de error, mientras nos llama, a voces, el abismo.

 Publicado en el diario SUR el 17 de septiembre de 2017.

Ricos y políticos

10 septiembre, 2017

A veces, cuando te timan, además del dinero pierdes otras cosas, por ejemplo tu honorabilidad. En el caso canónico del timo de la estampita además de como un idiota, quedas como una mala persona, de modo que los timadores, de tenerla, alivian su mala conciencia pensando que, al fin y al cabo, le han robado a un ladrón bastante más inmoral que ellos, porque, en ese timo, el timado trata de aprovecharse de un inocente.
 

Al poco de ser elegido, el presidente Trump anunció que renunciaba a su sueldo, cobrando solo un simbólico dólar anual. Con ese gesto el nuevo presidente le ahorraba al pueblo norteamericano cuatrocientos mil dólares anuales. En un tiempo en el que los políticos se muestran impotentes para resolver los problemas sociales, a la velocidad y con la gravedad con las que se nos presentan, abundan las pujas a la baja: yo te hago lo mismo, es decir nada, pero por mucho menos que mi contrincante. Y Trump ha hecho una oferta difícil de superar.

 

Salvo por él mismo. De hecho, el presidente Trump ha donado un millón de dólares para ayudar a las víctimas del huracán Harvey. Un día, un vecino de escaño, me dijo, ironizando, que el siguiente paso es pagar por ocupar un cargo político. La donación de Trump recuerda a aquellos políticos de la antigua Roma que, cuando había hambre, abrían sus graneros al pueblo. Ya se sabe, las campañas siempre han sido caras. Luego, eso sí, solían resarcirse bastante bien al llegar al poder.

 

Entre la noticia de la renuncia al sueldo y la noticia de la donación del millón de dólares, hemos visto publicados titulares como este: “proteger a los Trump cuesta 120 millones de dólares, ocho veces más que a los Obama”. Obama costaba los 400.000 dólares de sueldo anual más los 15 millones de su seguridad. Trump cuesta un dólar de sueldo anual y 120 millones de seguridad. Por supuesto, antes de ser elegido, Trump había criticado lo costosos que resultaban los desplazamientos de los Obama.

 

Con todo ¿es un hombre generoso el presidente Trump? Se calcula que el coste del daño que ha hecho el huracán es de ciento sesenta mil millones de dólares. Como presidente las ayudas que quiere dar son de ocho mil millones, lo que es claramente insuficiente. Como mecenas, el millón de dólares de Trump es, sin duda, muy loable, pero en relación a su fortuna es como si el español medio donara ochenta euros de su patrimonio, o dos euros de un sueldo medio mensual, si no tiene patrimonio. Eso sí, si usted dona ochenta euros, puede estar completamente seguro de que no saldrá en los periódicos. Un patricio romano aplaudiría a rabiar la estrategia publicitaria de Trump. Una estrategia que se basa en la dificultad que tenemos los humanos para hacer cálculos relativos, y sobre todo con cifras muy superiores a nuestro sueldo mensual. Algo que saben muy bien los ricos cuando nos timan en política, para lo que siempre encuentran colaboradores necesarios entre la muchachada indignada de la clase media. Ya lo decía el apóstol Mateo: al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará. No falla.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo, el 10 de septiembre de 2017

La vida sigue igual

3 septiembre, 2017

Sé que hay muchas personas que lo desean, pero es altamente improbable que ocurra. No creo que veamos la siguiente escena en ningún parlamento del mundo:
 

– La presidenta de la Cámara: el señor presidente del Gobierno tiene la palabra.

– El presidente del Gobierno: señoras y señores, lo hemos hecho mal, muy mal. En política económica hemos tomado las medidas más injustas y más ineficaces para salir de la crisis. Por lo demás, nos hemos dedicado a beneficiar a los amigos en lugar de favorecer el interés general. De modo que voy a presentar mi dimisión con carácter inmediato.

– La presidenta de la Cámara: tiene la palabra el líder de la oposición.

– El líder de la oposición: no se maltrate, señor presidente, la cosa no es para tanto. En economía usted ha hecho lo único que se podía hacer, lo que hubiéramos hecho cualquiera de nosotros, incluso mejor. Es verdad que han preterido el interés general, pero, por otro lado, ustedes honran la amistad… De modo que ni se le ocurra dimitir.

No, no veremos una escena como esta en la vida. Veremos al presidente defenderse con uñas y dientes, y veremos a la oposición atacarlo con todo lo que tenga a mano. Y, después de todo, eso es lo razonable. La famosa quinta enmienda de la Constitución norteamericana se sustenta en un principio de dignidad humana elemental: no se puede obligar a una persona a hacerse daño a sí misma. Nadie tiene derecho a ordenarte que te des dos bofetadas, aunque esa es una práctica que he visto alguna vez en tiempos más infames que los actuales: “date más fuerte, Fulanito”. Lo bueno de la democracia es que puedes poner a parir al presidente del gobierno en la prensa y en sede parlamentaria sin que te pase nada, salvo que seas de su partido, claro. Y eso conlleva que él tiene derecho a defenderse.

 

Lo que vimos el miércoles pasado en el pleno extraordinario del Congreso ya lo habíamos visto en otro pleno en el verano de 2013. Entonces fue el escándalo de los telegramas a Bárcenas. Al igual que ahora, la oposición atacó lo mejor que supo, y Rajoy se defendió también lo mejor que pudo. Si la justicia no lo condena, es bastante improbable que Rajoy asuma voluntariamente el veredicto de la oposición y se vaya. Si no se determina una responsabilidad penal, nos dice el presidente Rajoy, ¿quién puede establecer la responsabilidad política sino el electorado? Después de aquello el PP volvió a ganar las elecciones dos veces. Es verdad que los ciudadanos, con su veredicto en las urnas, dejaron abierta la posibilidad de quitar a Rajoy de la presidencia, pero los líderes de la oposición han demostrado tener otras prioridades. Para unos lo importante es la independencia de Cataluña, para otros la unidad de España, para otros el triunfo de la izquierda verdadera, para todos su supervivencia política. Al final, farisaicamente, de lo que nos quejamos es de que los ciudadanos no castiguen más la corrupción política de lo que la castigan los líderes de la oposición. Y es que también esperamos que los demás sean mejores que nosotros.

Publicado en el diario SUR el 3 de septiembre de 2107

Trabajo político

27 agosto, 2017

 

Este verano ha traído dos interesantes polémicas sobre las vacaciones de los políticos, una en España y otra en Francia, protagonizadas, respectivamente, por la presidenta de la Comunidad de Madrid, que anunciaba que este año tampoco se toma vacaciones, y, en el caso francés, por el líder del Partido de Izquierda, que, en sentido contrario, se quejaba de que el parlamento galo se reuniera en agosto. De modo que es probable que la amable lectora, o lector, de estas líneas, se pregunte: ¿quién tiene razón? En los tiempos que corren seguramente la respuesta más popular sea que ninguno. Lo que es cierto, aunque probablemente por razones equivocadas.

 

Convendría tener en cuenta, para empezar, que nuestra cultura asocia el trabajo con un castigo divino. En el Paraíso, Adán y Eva no tenían que trabajar, lo que técnicamente nos llevaría a concluir que tampoco tenían vacaciones. En 1899 Thorstein Veblen publicó un libro maravilloso en el que cuenta cómo las élites sociales han eludido el trabajo desde que han podido, entre otras cosas porque, incluso en las sociedades que no son de la Biblia, el trabajo está mal visto. Veblen aclara que se refiere al “trabajo industrial”, que él llama tráfago, esto es, a cosas como plantar maíz con estaquilla, fregar platos o apretar tornillos en una cadena de montaje. Tareas, todas ellas, que podría hacer un gorila amaestrado, como decía el ingeniero y economista Frederick W. Taylor, por los mismos años en que Veblen escribió su famoso libro.

 

En realidad, según Veblen, las élites pueden llegar a estar muy atareadas en cazar elefantes, hacer la guerra, calmar a los dioses para que llueva, gobernar los destinos de la patria, pintar las Meninas o subir al Everest. Algunas de esas son bastante cansadas y peligrosas, pero, en general, tienen más de heroica proeza que de tráfago. Cuando Dios condenó a los seres humanos a ganarse el pan con el sudor de su frente, estaba contraviniendo la naturaleza que él mismo nos había dado, obligándonos a realizar tareas para las que cualquier asociación protectora de animales no consentiría que se usara a un gorila, es decir, nos condenó al tráfago, hasta en vacaciones.

 

Quizá la genuina proeza unas verdaderas élites sociales debería ser liderar a la humanidad en su lucha por liberarse de la condena divina, y recuperar nuestra naturaleza original. En 1870, John Adams, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, escribió desde París una carta a su esposa en la que proponía un maravilloso programa político: “Debo estudiar la política y el arte de la guerra para que mis hijos gocen de libertad para estudiar matemáticas y filosofía. Mis hijos deben estudiar matemáticas y filosofía, geografía, ciencias naturales e ingeniería naval, navegación, comercio y agricultura para transmitir a sus hijos el derecho a estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, escultura y artes decorativas”.

 

Que las élites renuncien a sus vacaciones no es necesariamente bueno, sobre todo si su propósito es tan poco heroico como mantener a la humanidad encadenada al trabajo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 27 de agosto de 2017

Marbella, amor para vivir

20 agosto, 2017

 

Uno debería prohibirse a sí mismo hablar pública, y privadamente, de ciertos temas antes de haber leído, al menos, un libro sobre la materia en cuestión. Por ejemplo, en los últimos tiempos son muchas las personas que hablan del concepto de representación política como si lo hubieran inventado ellas mismas. Lo sorprendente, con todo, no es que esas personas desconozcan que el término representación tiene diferentes significados, sino que desconocen hasta el que ellas mismas le dan.

 

Viene esto a cuento porque, aunque ya sospechaba algo, cuando me leí el clásico de Hanna Pitkin, sobre el concepto de representación, caí en la cuenta de que tengo mis días. Es decir, que hay veces que entiendo la representación a la manera en que nos representa un retrato y días que la entiendo a la manera en que nos representa un abogado, y días en que la entiendo de las dos formas al mismo tiempo.

 

El día que conocí a Pepe Bernal, el hoy alcalde de Marbella, caí en la cuenta de que tenía ante mí a una persona que unía ambos significados del concepto de representante: retrato y abogado, al tiempo, de sus representados. Porque lo cierto es que Gil, y lo que vino después, difícilmente podían entenderse como un retrato del demos de Marbella, y tampoco, por muy mala opinión que se tenga de los abogados, se podían entender a esos representantes como abogados de los intereses de la ciudad. En todo caso, eran el retrato de la peor oligarquía de la ciudad, vernácula o importada, aventureros y oportunistas que se colaron por la brecha populista.

 

Sin duda quienes precedieron durante las últimas décadas a Pepe Bernal y sus compañeros y compañeras en el Ayuntamiento, eran representantes, incluso con mayoría, pero no representaban a la mayoría, ni en su extracción social, ni en sus intereses. La Marbella del ocio y del negocio se sostiene sobre una mayoría de trabajadores y trabajadoras para los que su ciudad no es un parque temático, ni un decorado de televisión, sino un lugar para vivir, para vivir la vida de verdad, la de los hijos, la de los padres, los amigos y los amores, la de los colegios, los centros de salud, las aceras y los aparcamientos imposibles.

 

Desde esa primera vez que conocí a Pepe Bernal fui consciente de que representaba a esa mayoría sociológica de una Marbella que conozco bien, el joven historiador, profesor de instituto, hijo de una familia trabajadora de la calle Leganitos, con la misma historia de mis familiares y amigos de Marbella, trabajadores y profesionales, con la misma visión de la ciudad que tienen quienes han nacido, o se han instalado en ella, para vivir y hacerse viejos y morir en su ciudad. Pensé que sería un buen alcalde y lo apoyé, incluso en contra de la opinión de algunos dirigentes de mi propio partido. Y estoy orgulloso de él como alcalde, porque representa a esa Marbella poco representada en la tele y en las instituciones: la digna, trabajadora y culta Marbella de verdad, el amor para vivir. Por eso ni quienes le van a presentar una moción de censura en unos días pueden explicar por qué lo hacen.

 Publicado en el diario SUR el 20 de agosto de 2017

Lo llaman democracia

13 agosto, 2017

 

La semana pasada el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su barómetro de julio. La notable subida en la intención de voto del PSOE distrajo nuestra atención de otros aspectos que, sin duda, resultan igualmente interesantes. Por ejemplo, la también notable subida de la preocupación por la independencia de Cataluña. El porcentaje de la población española que menciona ese asunto como uno de los tres problemas más importantes que afronta nuestra sociedad ha pasado de ser el 1,4% en junio, al 3,8% en julio. Es decir, que en un mes la preocupación por la independencia de Cataluña se ha multiplicado casi por tres. Eso sí, a gran distancia otros temas como, por ejemplo, el paro, que en junio era citado por el 71,2% y en julio “sólo” lo ha sido por el 70,6%. O la corrupción, que de ser citada por el 49,1% ha pasado a serlo por el 45,3% de los entrevistados.

 

A pesar de todo, y menos de cien días del fatídico uno de octubre, en el que los independentistas quieren convocar a las urnas a los catalanes y catalanas para ver qué hacen con Cataluña y, ya de camino, con España entera, el asunto no parece ser una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad en ninguna parte del territorio. Ante lo cual uno no sabe qué pensar, si es que la gente no se entera de la gravedad del desafío independentista, si es que no se lo cree, o sencillamente si es que no le importa. Como suele decir un amigo ante este tipo de preguntas: lo más seguro es que no se sabe.

 

Y con ese nivel de implicación, ¿cómo se puede tomar una decisión democrática? Quiero decir, cómo se puede tomar por mayoría la decisión de declarar a las tías de mi mujer, que emigraron hace más de cincuenta años a Cataluña desde la Serranía de Ronda, extranjeras en el pueblo de sus hijos y de sus nietos. Es decir, si ellas deciden seguir siendo españolas, quién irá a su casa a decirles que muy bien, que se pueden quedar si quieren, faltaría más, pero que, desde ese momento, allí son como alemanas o francesas, en el mejor de los casos, o inglesas después del Brexit, en el peor. Cómo es posible que en una votación se pueda declarar a mi amigo Aleix, extranjero en la tierra de sus padres, de sus abuelos y de sus bisabuelos, a él que tiene dieciséis apellidos catalanes.

 

Sentado en la casa que mis amigos ingleses se compraron en un remoto pueblecito francés, pasando unos días con ellos y mi familia, les escucho criticar el Brexit, que los ha privado, de repente, de los derechos políticos y sociales que les daba la ciudadanía común europea en Francia, el país al que se habían venido a vivir su jubilación. Y todo, dicen, porque Cameron tenía un problema en su partido. Es eso mismo lo que quieren hacer los independentistas catalanes, privar de la ciudadanía común española a toda la sociedad catalana. Quizá lo que quiere decir la encuesta del CIS es precisamente eso, que el pueblo ni siquiera se plantea aquello sobre lo que los independentistas le exigen que se pronuncie. Aún así pueden forzar a la gente a votar, y a eso lo llaman democracia, pero no lo es.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 13 de agosto de 2017