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Nacionalistas y nacionales, todos iguales

14 abril, 2019

 

Estos últimos años, digamos que estos últimos veinte años, cada vez que he contrapuesto los nacionalismos catalán y español, algunos amigos me preguntaban “¿dónde están los nacionalistas españoles?”, a lo que yo les respondía: “sobre todo en el PP, de hecho, en su caso, popular no se refiere al pueblo, sino a la nación, el Partido Popular es en realidad el Partido Nacionalista Español”. La derecha española, una y trina, es nacionalista.

 

El proyecto nacionalista, en cualquier lugar, siempre es el mismo: homogeneizar culturalmente a la población de un territorio y conseguir el monopolio del poder sobre el mismo, la soberanía.  Estos días hemos conocido el programa del Partido Popular para fortalecer la nación española, un popurrí de medidas muy dispares cuyo propósito es la homogeneización cultural de toda España con la plantilla de Castilla la Vieja, y la recentralización del poder en las élites políticas, económicas y burocráticas de Madrid. Como medida cultural proponen, por ejemplo, que el INAEM organice giras por provincias, supongo que con obras de Lope y Calderón, que son españoles de fiar. Medida de poder es aplicar el artículo 155 de la Constitución por el tiempo que se considere “inexcusable”. Que dicho así no es algo muy concreto, pero que traducido a la lengua de Cervantes significa: hasta que nos salga de las narices. Y una medida mixta, cultural y de poder, es que las multas, en cualquier lugar del territorio, nos las pongan obligatoriamente en castellano. Qué gusto.

 

En general, el nacionalismo, lejos de hacer fuertes sus sociedades, las debilita, porque las divide. Así ha ocurrido en Cataluña. Nacionalistas catalanes y españoles cuestionan respectivamente la catalanidad y la españolidad de quienes no son nacionalistas como ellos. Si te gustan los toros eres un mal catalán, y si no te gustan eres un mal español. De idioteces como esa están hechas, en buena medida, las identidades nacionalistas. Ahora resulta que quienes llevan cuarenta años de democracia empeñados en hacer de España una sociedad capaz de proteger a quienes caen enfermos, o pierden su empleo, o sencillamente se hacen demasiado mayores para trabajar, una sociedad capaz de educar y dar esperanza a sus jóvenes, en resumen, quienes se han esforzado en hacer de España una sociedad fuertemente cohesionada, social y territorialmente, se han vuelto sospechosos de querer debilitar la nación.

 

Los socialistas no suelen tener suerte cuando se oponen a la espiral del enfrentamiento nacionalista. Pasó en la Europa de las Guerras Mundiales. Pero no deben callar. Quienes cuestionan ahora la lealtad a España del presidente Sánchez y de los socialistas, son herederos de quienes insultaban a los presidentes Suárez, González y Rodríguez Zapatero los días de duelo, y son igual de injustos y nocivos. Y lo mismo que los socialistas no necesitan un partido carabina de una sedicente izquierda para que garantice que harán políticas sociales, tampoco necesitan a nadie a su derecha que los avale como buenos españoles.

Publicado en el diario SUR el 14 de abril de 2019

Partidos carabina

7 abril, 2019

 

 

 

La Real Academia define la palabra carabina, en su segunda acepción, como: “mujer de edad que acompañaba a ciertas señoritas, especialmente cuando eran cortejadas”. Aunque, en el uso cotidiano, el término carabina se hacía extensivo a cualquiera que tuviera que acompañar a sus hermanas mayores de paseo o al cine, cuando salían con su pretendiente. Nunca fue un papel muy vistoso. Normalmente, si te tocaba hacerlo de pequeño, en cuanto tomabas conciencia del asunto te negabas a representarlo, salvo que estuvieras desesperadamente aburrido y no supieras qué hacer con tu vida o, más modestamente, con aquella tarde. Y aún así, si eras buena persona, te sentías entre ridículo y culpable.

 

En la ya centenaria tradición de investigación sociológica sobre los partidos, mis colegas han hecho un sinfín de clasificaciones: partidos de notables, partidos de masas, partidos de cuadros, de círculos, de rayas (últimamente de moda en nuestro país), partidos cartel, partidos populistas, partidos revolucionarios, reformistas, radicales, moderados. De modo que, ahora que me reincorporo a mis tareas docentes e investigadoras, me tienta proponer una nueva clasificación: los partidos carabina. Así de entrada no es como para pedir que me reconozcan un sexenio, pero creo que, como mínimo, puede justificar dignamente esta columna. Ciertamente, un descubrimiento así nunca se produce en solitario, de modo que debo compartir los laureles que me correspondan con sus inventores, entre los que he de incluir a alguno de mis colegas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Complutense que ahora lidera Unidas Podemos.

 

De promover un proceso destituyente, para luego dar paso a uno constituyente, es decir, de presentarse como un partido revolucionario cuyo propósito irrenunciable era cambiar el sistema, Unidos Podemos solo ha cambiado, en la práctica, de nombre. Fracasado el empeño revolucionario, Unidas Podemos emprende ahora un nuevo modelo y se ofrece como partido carabina de los socialistas. Dicen: “vótennos a nosotros para asegurarse de que el PSOE va a hacer políticas de izquierdas”. De guardianes de la revolución, a carabinas de la virtud. Aunque no están solos. No han tardado en salirle imitadores en la derecha, y ahí está ese partido que usted sabe, querida lectora o lector, que se ofrece de carabina del PP, al que llama la “derechita cobarde”, para asegurarse de que, de gobernar, desmantelaría la sanidad, la enseñanza y las pensiones públicas, además de cargarse unos cuantos derechos y libertades.

 

Ciudadanos, por su parte, además de dedicarse al reciclaje de los materiales de los que se deshacen los partidos grandes, sin que eso le ayude a ellos a salir de la medianía, también se ofrece como carabina, en el caso del PSOE para asegurarse la lealtad constitucional de los socialistas, y en el del PP para lo mismo, aunque en este caso con más razón, pero con igual de poca legitimidad. Antaño, cuando no tenías ningún plan para el sábado por la tarde, te acoplabas de carabina; y hogaño, cuando no tienes un proyecto político sustantivo, también.

Publicado en el diario SUR el 7 de abril de 2019

Historia y política

31 marzo, 2019

Me disculpará la amable lectora, o lector, de esta columna si, al citar de memoria, me equivoco al atribuirle a Ramón Gómez de la Serna una pasmosa conclusión sobre el mundo de nuestros antepasados. Decía nuestro autor, u otro distinto que yo confundo con el de las greguerías, que si cada uno de nosotros tenemos dos padres, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, treinta y dos trastatarabuelos, sesenta y cuatro pentabuelos, ciento veintiocho hexabuelos, doscientos cincuenta y seis heptabuelos, y así sucesivamente, en tiempos de Adán y Eva, en lugar de dos personas y una serpiente, en nuestro planeta no cabía un alfiler. Para superpoblación, la de entonces.

Con nuestros padres y hermanos compartimos la mitad de los genes, con abuelos y tíos una cuarta parte, y con nuestros primos hermanos un doce y medio por ciento. En cierto modo, relación genética y frecuentación familiar van juntas. ¿Qué relación familiar tenemos con un primo quinto? Pues, en general, ninguna, porque no tenemos ni pajolera idea de quiénes son nuestros primos quintos, o nuestros pentabuelos, si vivieran.

Nunca he entendido del todo por qué los hijos deben pagar por los pecados de sus padres, entiendo mejor que los padres paguemos por los de nuestros hijos, al fin y al cabo hemos asumido alguna responsabilidad por traerlos al mundo. Si la criaturita rompe la figura de porcelana en casa de los amigos, parece lógico comprarles otra al menos igual de fea. Ahora bien, ¿qué responsabilidad tenemos cada uno de nosotros en los pecados de nuestros doscientos cincuenta y seis heptabuelos? Y lo que es peor ¿de dónde sacaríamos dinero para hacerles su regalo de cumpleaños? Eso sí, nuestro cumpleaños sería maravilloso.

Viene esto a cuento de la petición del presidente mexicano de que el Rey de España y el Papa de Roma pidan perdón por la conquista de México, que es algo que hicieron unas personas que todavía están mucho más lejos de nosotros que un primo quinto. Por otro lado, si pudiéramos volver atrás y evitar la llegada de Colón a aquel continente, ¿habría un presidente de México que se apellidara López? Cuando pienso en estas cosas siempre se me vienen a la cabeza los versos de Ángel González: “yo no soy más que el resultado, el fruto,/ lo que queda, podrido, entre los restos”. Somos el fruto, a veces no querido, de lo que hicieron miles de personas en un pasado remoto que no se puede cambiar y que nos pertenece a todos, en lo bueno y en lo malo.

El nacionalismo, español o mexicano, catalán o corso, se empeña en hacer política con la historia, y eso suele acabar en planteamientos más falsos que el razonamiento con el que empezaba esta columna. La tarea no es hacer política con la historia, sino historia con la política, que es más difícil, pero más noble. Historia como la que hizo el presidente mexicano Lázaro Cárdenas dando asilo a los exiliados republicanos españoles. Con ese México, grande y generoso, tiene la España democrática una deuda de gratitud que reconocemos. Lo otro, dejémoslo a los historiadores.

Publicado en el diario SUR el 31 de marzo de 2019

El candidato es el mensaje

24 marzo, 2019

 

En esta sociedad acelerada en la que vivimos tenemos poco tiempo para leer programas y escuchar discursos. De modo que, generalmente, buscamos atajos que nos ahorren esfuerzos a la hora de tomar nuestra decisión de voto. Y uno de esos atajos es personificar las ideas, encarnarlas en alguien. En la política es un recurso habitual desde siempre, los líderes encarnan a los partidos y a sus ideologías, y cuando hay elecciones, son los candidatos y candidatas quienes cumplen esa función. Que por cierto es una tarea tan relativamente fácil como efímeros sus logros. Porque hasta a los mejores seres humanos, les resulta extraordinariamente difícil estar a la altura de un ideal todo el tiempo.

 

A la hora de encarnar una idea conviene tener suerte con la idea que te toque. Por ejemplo, si te toca encarnar la cultura del esfuerzo, que tanto le gusta a la derecha, vas dado. Porque encarnar la cultura del esfuerzo cansa, y mucho. Tiene uno que ser Stajánov, para llevar esa púrpura con dignidad, pero Stajánov no era de derechas. Entonces no nos queda más remedio que mirar a la derecha realmente existente, y pensar en el momento en el que el partido le dice a uno de sus dirigentes, pongamos que se llama Mariano: “Mariano, te ha tocado encarnar la cultura del esfuerzo”. Pues es hacerle una trastada. Alguien puede sugerir: “pongamos a un compañero que tenga varios masters”, y claro, tampoco.

 

Los símbolos van por barrios. Nadie en la derecha considera relevante encarnar la cultura de la austeridad (propia). Sí en la izquierda. De modo que un día eliges a un joven y austero candidato para contraponerlo a la casta política y te dedicas a restregarle a tus adversarios las ventajas y privilegios materiales que los han convertido en corruptos, egoístas e insensibles, y al día siguiente ese líder va y, con todo su derecho, se compra una vivienda cuyo tamaño excede con mucho los estrictos límites franciscanos que, según habías pregonado a los cuatro vientos, garantizan la virtud cívica de representantes y representados. Y en ese instante te sientes como el inquisidor oficioso de la parroquia cuando se entera de que han pillado al párroco con una colección de pornografía infantil.

 

Otra cosa distinta es que debas personificar la idea de la unidad de España. Ahí hay encarnaciones para todos los matices. Si, por ejemplo, defiendo la unidad de España contra los separatistas, y pongo a un coronel legionario en mi lista por Melilla, estoy dando un mensaje distinto que si pongo en mi lista de Madrid a un abogado del Estado con fama de duro en el juicio al “proces”. Que a su vez es distinto del mensaje que envío si pongo a encabezar la lista por Barcelona a una periodista y tertuliana que considera el diálogo un vicio abominable. Con ninguna de esas estrategias hay peligro de cansarse, aunque tampoco de acertar.

 

La palma se la llevan los separatistas catalanes. Si estás dispuesto a cercenar las libertades democráticas de tus ciudadanos, saltándote tus propias leyes en aras de la construcción nacional, nada mejor que poner de candidato a un preso.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 24 de marzo de 2019

 

Cuidado

17 marzo, 2019

 

Se quejaba estos días el líder del PP de ser una víctima de las noticias falsas, y lo hacía a raíz de la controversia surgida de la publicación de una medida electoral de su partido, que relaciona las expulsiones de mujeres inmigrantes irregulares con los procesos de adopción de sus hijos. Con las “fake news” cabe decir aquello de que no hay mejor consejo que una mano quemada. Así que, para no quemarme las manos, citaré textualmente laspalabras aclaratorias del líder del partido mayoritario de la derecha:

 

“Antes que político soy persona. Todas las tertulias y todos los partidos intentan decir una barbaridad que yo jamás admitiría en mis adversarios. Decían que el PP quería que a las mujeres inmigrantes sin papeles si decidían entregar a su hijo en adopción se las iba a blindar. Lo que propone el PP, y ya se hace en la Comunidad de Madrid, es que las madres embarazadas que deciden entregar a su hijo en adopción en lugar de abandonarlo tengan absolutamente garantizada la confidencialidad y los mismos derechos, estén regularizadas o no”.

 

Efectivamente, las primeras noticias que tuvimos de esta medida del PP daban a entender que lo que se proponía es un intercambio del hijo por papeles: “tú me das al niño y yo te regularizo”. Tiene razón el líder del PP al indignarse, porque ese intercambio convertiría al niño, o a la niña, en una mercancía. Es algo parecido a decir que no hay que abortar porque en el futuro no habrá quien nos pague las pensiones. Esas cosas no las piensa un kantiano de pura cepa como el líder de la derecha, son solo “fake news”, ¿o lo de las pensiones sí lo dijo? En todo caso, lo que nos dice ahora el líder del PP es que con su propuesta pretende evitar el abandono de bebés y potenciar la entrega en adopción. Por tanto ni la madre vende al niño a cambio de papeles, ni nuestro país lo compra. Y eso está bien, pero algo sigue rechinando en las palabras recogidas en el párrafo anterior. Porque, también se deduce de las mismas que, finalizado el proceso de adopción, la madre que ha entrado de manera irregular en España podrá ser expulsada.

Hace poco ese mismo líder le explicaba a las mujeres lo que significa llevar una vida dentro. Obviamente no hablaba por experiencia propia. Cabe suponer que lo hacía por esa cualidad tan humana que es la empatía. De modo que no debería resultarle muy difícil ponerse en la piel de una madre, inmigrante irregular, que se debate entre entregar a su hijo en adopción, o llevárselo consigo al ser expulsada de nuestro país. No debería resultarle difícil imaginar la conversación interior de la madre, mientras siente la respiración de su bebé acurrucada en su regazo, sobre qué destino le espera a su hija en el seno de un hogar de clase media española, o en el mundo del que esa mujer huyó buscando una vida mejor,y al que la obligamos a volver. Quizá ante el desgarro, esa madre sueñe con otra posibilidad, la de poder trabajar para mantener a su hija y vivir con ella, en nuestro país o en otro lugar donde las quieran. Y quizá lo lograríamos si todos fuéramos tan buenos políticos como personas.

 Publicado en el diario SUR el 17 de marzo de 2019

 

 

 

No usarás su nombre en vano

10 marzo, 2019

 

Estos días se cita, con razón, a Machado, cuando afirma que en España “los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva”. Quizá porque la patria, o la nación, aunque no sean sinónimas, pasaron a ocupar el puesto de la divinidad, quienes más creen en ellas son, precisamente, quienes menos se atreven a usar su sagrado nombre en vano. Lo que ocurre es que hay personas para las que si no tienes todo el tiempo el nombre de España en la boca y la bandera en la mano, no eres un español de fiar. En realidad lo que quieren decir esas personas es que si no ganaste la Guerra Civil no eres verdaderamente español, sin haberse enterado de que esa guerra la perdimos todos, ni de que lo que ganamos todos fue la democracia. De esto último, por cierto, tampoco se han enterado algunos que ahora dicen que la democracia fue un regalo de la dictadura. En todo caso, para esos que van repartiendo el título de español, también te da puntos en su escala de españolismo ser machista, homófobo, y rezar mucho y pensar poco, según va predicando a la juventud por los bares de España uno de los líderes de la extrema derecha. Para ellos Trento se quedó demasiado a la izquierda, aunque eso no impide que se divorcien y tengan amantes, hasta ahí podríamos llegar. Porque lo suyo no es más que propaganda del hiper, como decíamos en mi juventud, para distraernos con la bolita mientras nos despluman.

Antes de que le dieran el premio Nobel a Kahneman, los trileros, los publicistas y demagogos de toda ralea, conocían desde hace siglos los sesgos cognitivos del cerebro humano. Como en los programas de ordenador, nuestro cerebro tiene unas puertas traseras por las que se nos puede hackeareficazmente. También es verdad que conociéndolas podemos poner parches que impidan ese tipo de accesos malintencionados. Gracias, Kahneman. Hace mucho tiempo que, en todas las sociedades como la nuestra, cierta gente se dio cuenta de que pueden usar las banderas como capotes, que no es la forma más digna de usarlas, pero que les funciona. Y cada vez que ven perder sus privilegios agitan la bandera para que la gente vote a la par por la unidad de España y, de matute, la privatización de las pensiones, sin que se sepa por qué razón han de ir las dos cosas juntas, cuando son tan contradictorias.

Los socialistas hemos discutido entre nosotros en esta legislatura sobre si era viable, o no, un gobierno sostenido parlamentariamente por los independentistas catalanes y los populistas, hemos discutido sobre si era pertinente abstenernos y permitir un presidente bajo sospecha para que hubiera legislatura, o si debíamos ir a terceras elecciones, debates a veces desgarradores, pero nunca, nunca, ninguno de nosotros se planteó, se plantea o se planteará hacer nada que sirva para romper España. No es propio de socialistas usar la bandera de España como engaño para distraer al personal de otras operaciones. Nunca lo hemos hecho, y cuesta reconocer como socialista a quien lo hace, aunque haya militado en nuestras filas.

 Publicado en los diarios SUR y El Correo el 10 de marzo de 2019

 

 

 

 

 

 

Vacunas

3 marzo, 2019

 

Estos días los medios de comunicación nos informan de dos noticias relacionadas con el mundo de la salud y la medicina, pero que, a poco que meditemos, van bastante más allá. Por un lado es noticia el establecimiento por parte del Ministerio de Sanidad de un listado de 73 pseudoterapias que no tienen ningún tipo de aval científico que demuestre su eficacia y, lo que es más, que garantice que no son perjudiciales. Por otro, hemos sabido que UNICEF ha dado la voz de alarma porque la negativa de ciertas familias a vacunar a sus hijos ha provocado la reaparición del sarampión en países en los que esa enfermedad había sido erradicada.

 

Y aunque no necesariamente tiene que ser así, seguramente muchas de las personas que creen en pseudoterapias para las que no hay ningún aval científico,descreen, al mismo tiempo, de terapias cuya bondad y eficacia ha sido demostrada científicamente.  Al fin y al cabo, en ambos casos, lo que hay detrás de ambos comportamientos es el desconocimiento, o el desprecio, de la ciencia y la razón.

 

Durante el siglo XX nuestro planeta sufrió varias pandemias de inhumanidad, que condujeron a muchos millones de personas a la muerte. No es que antes no las hubiera, tengamos paz Steven Pinker, sino que los sufrimientos resultan más insoportables cuando tienen remedio. Y antes de las dos guerras mundiales la humanidad ya había descubierto los instrumentos que, después de ellas, nos han dado ocho décadas de crecimiento del bienestar y la libertad en la mayor parte del mundo. En los años treinta ya existían el Estado del Derecho, la democracia parlamentaria y la Sociedad de Naciones, y sin embargo los seres humanos, en lugar de perseverar en esos instrumentos, reaccionaron ante la crisis del año 1929 abandonando todos esos avances y buscando pseudoterapias antipolíticas que, a la postre, no solo no resolvieron nada, sino que resultaron letales en un grado superlativo.

 

Es verdad que la situación actual de nuestros países y nuestras democracias no es la de los años treinta, todo el mundo lo dice, pero también es cierto que mucha gente vuelve a creer en las pseudoterapias del populismo y la tecnocracia, en los remedios de la antipolítica. Dice Nassim Taleb, y no es algo nuevo, que basta un pequeño número de radicales intransigentes para cambiar una sociedad. La crisis económica ha sido la excusa perfecta para que un pequeño número de radicales haya debilitado nuestras defensas contra males todavía peores que la pobreza. Por las brechas que han abierto, penetran ahora otros radicales todavía más peligrosos.

 

Hace unos días en un programa de televisión vespertino unos tertulianos entrevistaban, entre ataques y risas, a uno de esos otros radicales que ahora se pasea en un autobús contra las “feminazis”. El tipo resistía, frio y determinado, las invectivas y mofas de los tertulianos, sabiendo que le estaban haciendo una publicidad que, de otro modo, no hubiera podido pagarse. Finalmente los demócratas ganaremos esta partida, pero antes debemos cambiar nuestra forma de jugarla.

Publicado en el diario SUR el 3 de marzo de 2019