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El pueblo y el soberano

1 octubre, 2012

El martes fue un día intenso en el Congreso y sus alrededores. Casi nunca llevo la credencial de diputado. Así que antes de irme a dormir la busqué y la dejé en un lugar bien visible para no olvidarla. Efectivamente, cerca del Congreso, un policía me pidió que me identificara. Le mostré mi credencial y me dejó pasar. Para tener esa credencial había necesitado que, un domingo de noviembre del año pasado, doscientas veintisiete mil cuatrocientas sesenta y tres personas votaran la lista en la que figuraba mi nombre.

Hay quien pretende que eso no tiene ningún valor, que los que fuimos elegidos no representamos a nadie. Pero aquel domingo de noviembre del año pasado, más de veinticinco millones de personas fueron a votar. Lo hicieron en mitad de una cruel crisis económica. Acudieron a las urnas con la experiencia de treinta y cinco años de democracia, de campañas y de partidos. Habían visto incumplimientos de programas electorales, se habían sentido impotentes ante mayorías absolutas, habían sufrido con escándalos de corrupción. Y, sin embargo, decidieron conscientemente ir a votar, y votar lo que votaron. Otras personas piensan que, a diferencia de lo que les ocurre a ellas, esos veinticinco millones de ciudadanos votaron engañados o equivocados; y creen que el pueblo, como nación, está mejor representado por quienes se manifestaban la tarde del martes en la plaza de Neptuno. Sin embargo, los manifestantes son una parte del pueblo, pero no son el pueblo. Es verdad que hay muchas más como ellas, pero todas juntas siguen sin ser pueblo.

Los revolucionarios franceses de 1789 colocaron al pueblo en el lugar del rey soberano, pero como el francés era un rey absoluto, el pueblo calzó los zapatos de un príncipe absoluto. Un pueblo inspirado por la «Voluntad General», que, en palabras de Hannah Arendt «dirigía a la nación, como si esta formase realmente una persona y no estuviera compuesta por una multitud». Y de igual modo que el monarca absoluto tenía un poder ilimitado, el poder de la nación tampoco tenía límites.

Al otro lado del Atlántico y por las mismas fechas, otros revolucionarios, los norteamericanos, pusieron también al pueblo en el lugar del rey; pero como la monarquía inglesa no era absoluta, y el poder de su rey estaba limitado por las leyes, los norteamericanos pusieron en la Constitución el origen y el límite de los poderes del pueblo soberano. Una nación que nunca entendieron como si fuera una sola persona, sino como una multitud de personas con opiniones e intereses distintos y enfrentados.

Mientras escuchaba en el hemiciclo las voces plurales y contradictorias de los representantes, moderadas en sus pasiones por el reglamento de la Cámara, fuera del Congreso miles de voces gritaban como una sola persona: «¡no nos representan!». Dos siglos más tarde, las revoluciones francesa y americana siguen llamándonos a dos destinos distintos. Cada uno de nosotros debe elegir cómo es su pueblo y cómo es su soberano; y así elegir su propio destino.

Publicado en el diario SUR el 30 de septiembre de 2012

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