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Del oficio de columnista

6 abril, 2012

Hace casi dos años comencé a escribir esta columna de los martes en La Opinión de Málaga. Ni una semana, en todo este tiempo, he dejado de acudir a esta cita. Hubiera mucho trabajo parlamentario o poco, congresos del partido o campañas electorales, esta página se ha convertido para mí en un compromiso semanal ineludible. Tanto que en ocasiones, mientras paseaba con mi familia, ante el comentario de mi mujer sobre mi silencio, mi hijo solía decir: “déjalo mamá, ¿no ves que está escribiendo su columna de La Opinión?”.

En su libro La audacia de la esperanza, el presidente Obama escribe que, para la gente, un político dice lo que la prensa cuenta que dice, que un político es quien la prensa dice que es. La comunicación entre los representantes y los ciudadanos está mediada, y a veces mediatizada, por los medios de comunicación.

Desde ese punto de vista, la posibilidad de escribir una columna semanal se convierte en una gran oportunidad para un representante político. Una oportunidad doble, por un lado la posibilidad de expresar la visión de la política desde dentro, la oportunidad de explicar y de explicarse directamente ante sus electores.

Por otro lado, escribir una columna semanal obliga al representante político a ponerse en el lugar del comentarista político, del periodista. En esta tarea uno descubre, viviéndolo, que el comportamiento de las audiencias se parece bastante al de los parlamentarios en cualquier Hemiciclo del mundo. Que cuando lo que cuentan los medios no interesa, los programas se quedan sin espectadores o sin oyentes, los periódicos se quedan amontonados en los kioscos. Así que, al menos una vez a la semana, el representante que escribe una columna se ve participando en esa inmensa batalla de los medios por la atención de la gente.

Uno constata de inmediato que todo lo que siempre había dado por supuesto no se consigue sin trabajo y esfuerzo. Desde los temas a tratar, cuanto más atractivos más espinosos, hasta el título del artículo, capaz de atraer o rechazar la atención del lector en un primer vistazo. También uno se da cuenta de que hay caminos fáciles para encontrar la atención de los demás a cambio de perderse el respeto a uno mismo.

Por eso, durante todo este tiempo he tenido cuidado en combatir más las ideas que a las personas. Y siempre que he podido he tratado de omitir nombres propios en la crítica política. Lo cierto es que muchas veces tratamos a los representantes políticos como si fueran personajes, cuando en realidad son personas. Los personajes son de goma, si los golpeas no pasa nada; pero las personas son de carne y hueso, si las golpeas, las hieres. La crítica política se ha degradado tanto en nuestro país que he visto a gente cebarse, no ya con los políticos, sino con los hijos menores de edad de los políticos.

Con todo, siempre le queda a uno la posibilidad de poner algo de esperanza en el desolado paisaje de estos años. Nunca se me va de la memoria la imagen de un Frank Capra tratando de hacer películas con algo de humanidad y optimismo en plena Gran Depresión. No es que me parezca fácil imitarlo, pero me parece necesario.

Con este artículo, que tiene algo de balance y dación de cuentas, pongo fin a mi columna de los martes en La Opinión. Solo tengo gratitud para con este diario. Gratitud a sus responsables por la oportunidad que me han dado, por la libertad de la que he gozado y por el respeto y el afecto que he recibido. También a los lectores, a los que he llegado a encontrarme en lugares tan inverosímiles como el Museo Humboldt de Berlín o el tejado de la Catedral de Santiago de Compostela. Si no con este formato y con esta periodicidad, estoy seguro de que tendremos ocasión de encontrarnos más veces en las páginas de La Opinión de Málaga. Gracias.

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