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El cordero que quita los pecados

19 mayo, 2013

El pasado martes me reuní en el Congreso, en compañía de la portavoz del Grupo Socialista, Soraya Rodríguez y del diputado Juan Luís Gordo, con una asociación profesional de periodistas. En su agenda traían varios asuntos relacionados con sus intereses laborales, pero también con los intereses generales de la sociedad. No es algo excepcional, todos hemos aprendido que, si queremos tener éxito en un sistema democrático, debemos argumentar a partir del interés general incluso nuestros intereses más particulares.

En un momento dado la conversación derivó a la situación de la radiotelevisión pública. Creo que se comprenderá que, como correligionario suyo, me sorprendiera gratamente que aquella media docena de periodistas reivindicaran con entusiasmo el modelo de radiotelevisión pública del Presidente Rodríguez Zapatero y que me identificara con su crítica acerba a la gestión del actual Gobierno. Una gestión que se traduce, en última instancia, en el abandono de las audiencias, y por las audiencias, de la radio y la televisión públicas.

Me sorprendió porque fue la primera golondrina que he visto en mucho tiempo en el invierno de la crítica implacable al anterior Presidente del Gobierno. Un invierno del juicio político en el que Zapatero tiene la culpa de todo y toda la culpa. Más allá de sus errores o aciertos, Zapatero se ha convertido en el chivo expiatorio de buena parte de la sociedad española, el cordero que quita los pecados de acción de la derecha y de omisión de una incierta izquierda; del capital financiero y de los que siempre predican y nunca dan trigo. Fue con ese juicio sumarísimo, con la condena por todo y de casi todos al Presidente Zapatero, con lo que se empezó a hinchar una nueva burbuja en nuestro país, una burbuja de explicación, de juicio político.

Desde la derecha se consiguió instalar que la crisis era un fenómeno nacional consecuencia exclusiva de la supuesta incompetencia económica del presidente. Que bastaba cambiar de presidente para que manaran los capitales y acabara la crisis. Una buena estrategia electoral pero un pésimo diagnóstico sobre la crisis y una mala pedagogía para una sociedad que perdía 1154 empleos diarios con Zapatero y que ahora pierde 2600 con Rajoy. Y que además de los empleos ha perdido aquella explicación tan sencilla por la que Zapatero era la causa de todos los males.

Desde una incierta izquierda se sostiene que el socialismo y la derecha son lo mismo, que da igual quien gobierne. Ahora esa incierta izquierda quiere defender las conquistas de los socialistas, pero sin los socialistas, expulsándolos a gritos y golpes de las manifestaciones a favor de la sanidad o de la educación. Porque dicen que son lo mismo quienes construyeron que quienes destruyen.

En fin, que me llevé una alegría con aquellos ecuánimes periodistas. A ver si hay suerte y pinchamos esta otra burbuja del juicio político. Y no solo por el interés de los socialistas, que debería estar claro para nosotros mismos, sino por el de la mayoría.

Publicado en el diario SUR el 19 de mayo de 2013

Con un margen de error

12 mayo, 2013

La estadística, que no siempre entusiasma a los estudiantes de ciencias sociales, es, sin embargo, una disciplina muy útil que nos permite describir con precisión cómo es toda una sociedad a partir de una pequeña muestra. Las muestras de los barómetros del CIS están compuestas por 2500 personas elegidas al azar, que nos proporcionan una fotografía bastante aproximada de una población de 46 millones de españoles. El margen de error nos dice lo que perdemos en información por ahorrarnos el dinero que costaría preguntar a toda la población. Una muestra de ese tamaño, bajo determinados supuestos estadísticos, tiene un margen de error de un 2% por arriba o por abajo. La encuesta de abril que conocimos la semana pasada decía que un 70,9% de los entrevistados se declaran católicos. Con el margen de error de dicha encuesta sabemos que si pudiéramos preguntar a todos y cada uno de los 46 millones de ciudadanas y ciudadanos de nuestro país obtendríamos que el porcentaje que se declaran católicos estaría entre el 68,9 y el 72,9%.

Por cierto, el porcentaje de católicos que salía en el barómetro de enero era del 73,1, lo que quiere decir que el dato para la sociedad entera estaría entre 71,1 y el 75,1%; bien podría ocurrir que, aunque hay una diferencia de 2,2 puntos entre las encuestas de enero y abril, el porcentaje real en la sociedad sea el mismo en ambos casos, pongamos el 72%. No sería prudente titular que la elección del Papa Francisco ha hecho disminuir el número de los que se declaran católicos en España, sin embargo con los datos electorales la cosa ha sido bien distinta.

La diferencia en la estimación de voto que daba el CIS entre enero y abril era de un punto para el PP, dos para el PSOE y medio punto para IU y UPyD. Lo sensato hubiera sido decir que todas esas variaciones están dentro del margen de error de la encuesta, y que poco se ha movido desde enero, pero algunos periódicos publicaron en sus portadas titulares tan coloridos como “La mayoría con el Gobierno y el PSOE se hunde”, “El voto del PSOE se desploma y el PP ralentiza su desgaste” o “La crisis económica y política acaba con el bipartidismo”. No sé cómo se podría medir el margen de error de los titulares periodísticos respecto a la realidad, pero desde luego lo hay. Basta con salir a la calle para apreciarlo.

Si atendemos a lo que dicen algunos medios de comunicación, deberíamos estar esperando que de un momento a otro se produjera un estallido social que llevara en volandas a algún caudillo mediático a la Moncloa. Por el contrario, si atendemos a lo que pasa en la calle, parece que lo que esperan muchas personas es sencillamente que aguanten las redes de solidaridad mientras la economía se arregla sola; porque el 85% de los entrevistados afirma que su confianza en el gobierno encargado de arreglarla es poca o ninguna. Eso sí, con un margen de error del 2%.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 12 de mayo de 2013

Estampas del #25A

5 mayo, 2013

El pasado 25 de abril teníamos reunión de la Comisión de Educación del Congreso. Era el día previsto por la plataforma En Pié para llevar a cabo el asedio al Parlamento. A mi llegada, la tranquilidad en los alrededores de la Carrera de San Jerónimo contrastaba con las expectación que habían creado los medios de comunicación y las redes sociales. Si la gente hace cola días antes de un concierto de un grupo de adolescentes, tanta normalidad debió encoger el ánimo de los organizadores de una convocatoria que pretendía ser el detonante de un cambio de régimen.

Mi tarea esa mañana era formular al Secretario General de Universidades sendas preguntas registradas hacía un año. Un año había tardado el gobierno en enviar a alguien a contestar dos preguntas orales sobre su política de becas. Salí de aquella comisión con la misma decepción que me dejaron las respuestas del gobierno a una batería de preguntas escritas sobre el mismo tema. Salí también con la determinación de insistir en el asunto. La democracia parlamentaria es, a veces, insoportablemente lenta.

Entre tanto, en las alertas de correo fui recibiendo la información de los datos de la EPA, seis millones doscientos mil parados. El vértigo de las cifras del paro parece llamar a otros modos de hacer política, más rápidos. La propuesta de los organizadores del #25A se ofrecía como la solución más veloz, casi instantánea. La teoría decía que bastaba con que esa tarde acudieran cientos de miles, millones de españoles, a rodear el Congreso, para que colapsara el sistema y se acabara la legislatura, dimitiera el gobierno y renunciara el rey. Espontáneamente, el pueblo, sin intermediación de ningún tipo, se haría cargo de la situación y resolvería con rapidez y eficacia las necesidades de trabajo y justicia de la sociedad española. Cuando salí del Congreso, a eso de las tres de la tarde, los alrededores seguían igual de vacíos que cuando entré.

Los medios de comunicación contaban que, esa mañana, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología un grupo de jóvenes, que pretendían bloquear el acceso al edificio, había tenido un serio altercado con la policía. Al parecer sus compañeros habían ido a protestar al rectorado de la Complutense.

Al caer la tarde salí a correr por la Ciudad Universitaria, y cuando me acercaba al Paraninfo empecé a divisar una multitud de jóvenes, al día siguiente la prensa diría que eran más de cinco mil. Pensé «¿no dijeron que se habían concentrado en el rectorado?». Al llegar hasta ellos me di cuenta de mi error, aquello no era una protesta, sino un macrobotellón en celebración de «San Cemento» patrono no oficial de los arquitectos. Por la noche las noticias sobre el asedio al Congreso decían que apenas se habían concentrado mil personas en Neptuno. Los propios organizadores reconocían su fracaso. Unos cuantos violentos dieron la puntilla a la movilización. Por mi parte he registrado una proposición para que el gobierno ponga en marcha un sistema de indicadores de la igualdad de oportunidades educativas en España.

Publicado en el diario SUR el 5 de mayo de 2013

No somos Italia, todavía

28 abril, 2013

Hay quienes se consideran demócratas solo porque saben sumar. Creen que la democracia se reduce a la regla de la mayoría, pero lo que define y legitima a la democracia no es la regla de la mayoría sino la idea de que el pueblo es el amo. Los libres encontramos aceptable someternos a la voluntad de ese amo porque, al formar parte del mismo, su voluntad es también la nuestra. Al menos en teoría. Porque la realidad es que ese amo no es un ser único, con un solo pensamiento y una sola voluntad, sino una multitud con pensamientos diferentes y con voluntades contradictorias.

En la práctica, resolvemos la ausencia de ese pueblo, inencontrable en palabras de Rosanvallon, sustituyendo sus supuestos pensamiento y voluntad, por los de de la mayoría. De modo que, en realidad, cuando decimos democracia, estamos hablando del gobierno de la mayoría, no del gobierno del pueblo. Concretamente, en nuestro país, y en la presente legislatura, estamos hablando de un sistema en el que 56% de los ciudadanos nos tenemos que someter a la voluntad de los representantes del 44% .

Personalmente estoy convencido de que, a falta de uno mejor, es un buen arreglo aceptar mayoría por pueblo, pero conviene no olvidarse que es solo un arreglo. Especialmente no debe olvidarlo la mayoría electoral de cada momento. No siendo estrictamente lo mismo mayoría que pueblo, tampoco tienen estrictamente la misma legitimidad. ¿Tengo derecho a obligarte a educar a tu hijo de una manera determinada porque tengo una mayoría del 44%? Parece razonable pensar que, aunque sea legal actuar de ese modo, es más democrático buscar acuerdos en los que puedan sentirse integrados porcentajes más amplios de ciudadanos.

Claro que si la mayoría electoral de turno llega a acuerdos con otras fuerzas políticas, lo deberá hacer a costa de realizar cesiones en su programa electoral. Es decir, tendrá que incumplir algunos compromisos con su electorado. Lo mismo les ocurrirá a las minorías que pacten con esa mayoría, que tendrán que moverse desde sus posiciones programáticas iniciales a otras de consenso. Es así como tomamos muchas decisiones en la vida cotidiana, cada uno varía su posición hasta llegar a un acuerdo que resulte aceptable para todos. Normalmente, cuando uno de los amigos o familiares pone su dignidad en no moverse un milímetro de sus pretensiones, solemos pensar que es un pelmazo, por mucha razón que lleve. Por desgracia, parece que algunos, que no soportarían esos comportamientos en sus relaciones de familiares o amicales, los consideran muy beneficiosos en la vida política.

Mientras los señores Berlusconi y Bersani ofrecen acuerdos y componendas, el señor Grillo ha puesto la dignidad de su Movimiento en no moverse ni un milímetro de su programa electoral. O los demás aceptan en su integridad su programa electoral, o no hay nada que negociar. El pueblo para Grillo no es ni la totalidad, ni siquiera la mayoría, sino los suyos, que son la tercera fuerza electoral. Se ve que cultiva la aritmética con igual fortuna que la democracia.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 28 de abril de 2013

Justicia y verdad

21 abril, 2013

Cuando queremos investigar las jerarquías sociales y las desigualdades, los sociólogos usamos las llamadas escalas de prestigio profesional. El pasado mes de febrero el CIS incluyó en su barómetro una de estas escalas. Se les pedía a los entrevistados que valoraran del 0 al 100 cada una de las siguientes profesiones: maestro/a de educación infantil, abogado/a, albañil, arquitecto/a, profesor/a de primaria, fontanero/a, juez/a, profesor/a de secundaria, médico/a, profesor de formación profesional, escritor/a, periodista, policía local, profesor/a universitario, camarero/a y barrendero/a.

Le invito a la amable lectora o lector de estas líneas a hacerse las mismas preguntas que yo les haría a mis estudiantes de Estructura Social de España, antes de mostrarles los resultados de la encuesta. Por ejemplo, ¿somos más bien igualitarios o desigualitarios a la hora de clasificar las profesiones? ¿Qué distancia esperarían que las personas entrevistadas por el CIS establezcan entre la profesión mejor valorada y la peor valorada?, teniendo en cuenta que la máxima distancia en la escala que usa el CIS sería de 100 puntos.

Los entrevistados, que son una muestra representativa de toda la población española, clasificaban las dieciséis ocupaciones en un abanico en el que la puntuación mínima eran 59,01 puntos y la máxima eran 81,58. Apenas 22 puntos de distancia, de los 100 posibles, entre la profesión menos valorada y la más valorada no parece un abanico muy abierto. Uno podría concluir que somos bastante igualitaristas y no nos gusta reconocer muchas diferencias de prestigio entre nosotros.

Seguidamente el CIS hacía esta otra pregunta: ¿si tuviera que recomendarle dos de estas profesiones u oficios a su hijo o hija, cuál le recomendaría? Aquí las diferencias se agrandan, la menos recomendada no llega al 1%, y la más recomendada sobrepasa el 46%. Exactamente la más recomendada para los propios hijos es preferida 57 veces más que la menos recomendada.

La diferencia entre ambas respuestas puede interpretarse de manera cínica o de manera más amable. Soy partidario de lo segundo. Queremos una sociedad que trate con mayor igualdad a todos, pero sabemos que la sociedad actual es bastante desigual y no queremos que nuestros propio hijos la sufran. Precisamente, por paradójico, es bastante humano todo.

Lo curioso de esta encuesta es que la profesión menos valorada por la sociedad española es la de juez o jueza, seguida por la de periodista. Deberíamos preguntarnos por qué las profesiones encargadas de proveernos de justicia y verdad son precisamente de las menos valoradas en la España actual. Aunque si uno escucha las declaraciones del director de un importante medio de comunicación afirmando que Eduardo Madina, diputado socialista, demócrata a carta cabal y capaz de jugarse la vida frente a los terroristas por un ideal de convivencia en libertad, está más cerca de ETA que del PP, entonces se comprenden algunas valoraciones. Seguramente muy injustas si las generalizamos.

Publicado en el diario SUR el 21 de abril de 2013

Se va pudiendo

14 abril, 2013

Hace unos días un diputado amigo me contaba que había dado una conferencia en un colegio mayor de Madrid. Me decía mi amigo que, en el debate posterior, uno de los colegiales sostuvo que es bueno meter miedo a los políticos hasta que “hagan lo que queremos nosotros”. Le dije a mi amigo “¿es ingeniero, verdad?”, a lo que mi amigo asintió sorprendido. Mi amigo atribuyó mi acierto a mi pasada experiencia de director de un colegio mayor. Imaginaba él que los años de convivencia con estudiantes de diversas carreras me habían dado una especial intuición para detectar la ideología que se asocia a cada una de ellas. En realidad fue un truco, acerté por puro cálculo de probabilidades, ya que en los colegios mayores de la Ciudad Universitaria madrileña suelen abundar los ingenieros. Eso es todo lo que me dice mi experiencia de director. Por lo demás, las ideas de aquel estudiante de ingeniería son compartidas por bastantes de sus compañeros de las más diversas carreras, incluidas las de humanidades.

Es más, lo que no imagina aquel estudiante de ingeniería es la cantidad de filosofía política que controla. Eso sí, se sorprendería de quiénes ha tomado prestadas sus ideas. Ideas como la de considerar a los representantes votados por los ciudadanos unos “otros” radicalmente ajenos al “nosotros” que constituye el pueblo que los ha elegido. Una negación que lleva a algunos a igualar a los políticos de los sistemas democráticos con los políticos de sistemas no democráticos. Por cierto, a simple vista se podría pensar que es lo mismo manifestarse en Sol que en la plaza de Tlatelolco, o en la Sorbona que en Tian´anmen, pero no es lo mismo, en la respuesta de los políticos se nota la diferencia, aunque no solo en la respuesta de los políticos.

Tres semanas después del mayo del 68 hubo unas elecciones en Francia, que ganó contundentemente la derecha. También, después de que los manifestantes del 15M dijeran alto y claro que los políticos de aquel momento no los representaban, las urnas dieron una aplastante victoria a la derecha en España. Algo falla en el pensamiento de una incierta izquierda. Algo hace que, después de las manifestaciones más apasionadas de su compromiso con el pueblo, la mayoría del mismo vote a la derecha. O falla esa incierta izquierda o falla el pueblo, pero alguien no hace lo que cabría esperar.

Es posible que el gobierno andaluz acabe de dar una pista interesante esta semana al poner en marcha la respuesta más avanzada hasta el momento frente a los desahucios. Los gobernantes andaluces no han necesitado ser intimidados, les ha bastado con la empatía con la gente, con el conocimiento de los instrumentos jurídicos y económicos necesarios para establecer un mecanismo de ayuda a las familias en riesgo de desahucio y con la voluntad de hacerlo. Por fortuna hubo gente que en las pasadas elecciones en lugar de tratar de darles miedo a estos políticos en concreto les dieron sus votos. Y eso, los votos, ha resultado ser fundamental para que se vaya pudiendo.

Publicado en los diarios SUR y El Correo el 14 de abril de 2013. Día de la República.

Brillo y contraste

7 abril, 2013

Conforme pasan los años la crisis va desdibujando los perfiles y los colores de nuestra sociedad, poco a poco todo se funde en el negro del desánimo y de la rabia. Hace unos días leí en Twitter: «un catedrático es condenado a pagar 5.000 euros por plagiar la tesis de una alumna. ¡Qué país!». Me pareció un buen ejemplo de lo que nos está pasando, de los varios miles de catedráticos de nuestro país, la acción de uno solo le vale a la persona que escribió el tuit para describir no ya al colectivo de catedráticos, sino al país entero. Si aparecen dos o tres casos más, es fácil imaginar la cacería moral que se desatará sobre nuestra Universidad.

Creo que una forma razonable de combatir esta oscuridad añadida que nos trae la crisis es empeñarnos en señalar las diferencias, en buscar el brillo y el contraste que nos permitan distinguir los perfiles, que nos curen la ceguera que nos paraliza de miedo o desidia. Por eso me gustaría llamar la atención del amable lector o lectora de estas líneas sobre una interesante coincidencia que ha tenido lugar esta semana.

Me refiero a la coincidencia temporal de la comparecencia del presidente Griñán en el Parlamento Andaluz con la del presidente Rajoy ante el Comité Nacional de su partido. En ambos casos tenían que dar cuenta de sendos asuntos de corrupción. Hasta ahí la coincidencia. Ante las novedades judiciales sobre los EREs, el presidente Griñán compareció a petición propia en el Parlamento Andaluz en el primer pleno que se celebró. Por el contrario, lejos de comparecer en el Congreso para explicar el caso Bárcenas, el presidente Rajoy solo aparece ante la opinión pública a través de una pantalla de plasma.

Uno, Griñán, se expuso, en sede parlamentaria, a las críticas de la oposición. El otro, Rajoy, se expuso, en la sede de su partido, al fuego graneado de las salvas de aplausos de sus correligionarios. Es posible que haya quienes no vean la diferencia, pero la hay. He visto a lo largo de mi vida parlamentaria subir a la tribuna a presidentes y ministros, y en ocasiones me ha tocado polemizar con alguno de ellos. Hay una verdad en el momento del debate parlamentario como la hay en pocas cosas de la vida, de allí sales entero o roto, digno o dejando el rastro de tu deshonra, o de tu torpeza, en el diario de sesiones, para siempre.

Vi a Griñán subir a la tribuna con el gesto grave del que sabe que realiza un acto que tiene consecuencias para él y para todos, un acto en el que se juega su destino, pero también un acto que rompe la continuidad de las cosas, que establece un antes y un después. No es la primera vez que lo hace, y no será la última. Lo de Rajoy no fue un acto, sino una actuación, a más señas una actuación para la tele. No se acercó a los afilados pitones de la verdad, no arriesgó, no se jugó nada. No es la primera vez que lo hace, y tampoco será la última. No son iguales y, como diría Serrat, lo escribo «para que se sepa».

Publicado en el diario SUR el 7 de abril de 2013.

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